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El Archivo del Trauma - Capítulo 49

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Capítulo 49: Capítulo 49: Vane y Akari

Nos escabullimos por las entrañas de un edificio que parecía sostenerse solo por la inercia del pasado. Según lo que logré memorizar del mapa en aquel breve instante en La Quinta, el objetivo debía estar aquí. Ahora, el reto era encontrar la habitación exacta donde los mantenían encerrados. Aunque mis pensamientos fueron interrumpidos.

—¿Eres consciente de lo que acabas de hacer? —preguntó ella a mis espaldas.

—Más o menos —respondí sin disminuir el paso.

—Eres un poco tonto.

—Bueno, no voy a negarte eso.

No le pedí que se callara, pero deseaba con todas mis fuerzas que guardara silencio. Estaba demasiado concentrado en la tarea de no morir como para gastar oxígeno en discusiones.

Alcanzamos el segundo piso. Mis ojos recorrían cada puerta podrida, buscando señales de vida o de forcejeo. El polvo bailaba en el aire, agitado por nuestras pisadas.

—Oye…

—¿Qué sucede ahora? —pregunté, empezando a perder la paciencia.

—Yo creo que… ya puedes soltar mi mano.

Me quedé helado. Bajé la mirada y, efectivamente, mis dedos seguían apretando los suyos con una fuerza mecánica.

—A-ah… sí, tienes razón —solté su mano de inmediato, sintiendo un calor repentino subir por mi cuello.

Me volteé rápido para evitar verla a la cara. Había olvidado por completo que la estaba arrastrando. Dejando de lado aquella distracción absurda, forcé a mi mente a enfocarse. Subimos al tercer piso mientras, afuera, el mundo seguía desgarrándose. Las explosiones y los golpes resonaban con una potencia que desafiaba las leyes de la física. Malrec y el desconocido estaban en una liga de poder que yo apenas podía procesar.

Para nuestra buena —y mala— suerte, una figura emergió de las sombras del pasillo, bloqueando nuestro camino.

—Hola —dijo el hombre con una calma que me revolvió el estómago.

Mis ojos se abrieron con horror al procesar la imagen. El hombre sujetaba a una chica, usándola como un escudo humano mientras presionaba la hoja de un cuchillo contra su garganta.

—P-por favor… a-ayuda… —gimió ella, su voz apenas un hilo de terror.

—Te dije que no hablaras —siseó el sujeto, hundiendo el filo un milímetro más en la piel de la joven.

Me quedé inmóvil, pero no por sorpresa. Cabe aclarar que ya esperaba esta escena. Había detectado sus pasos y el ritmo errático de sus respiraciones mucho antes de poner un pie en el tercer piso. Como me temía, era una trampa.

El escenario que mi mente había proyectado se estaba cumpliendo con una precisión quirúrgica. Todo les estaba saliendo según su guion… o al menos eso creían ellos.

—Oye… compañera de cuarto, ¿cuál es tu nombre? —pregunté, forzando una calma que no sentía.

—Ah… mi nombre es Serenne. Serenne Akari.

—Elian.

—¿Eh?

—Elian Vane —dije, fijando mi vista en el secuestrador—. Y por favor, usa tu habilidad en él. Ahora.

Giré levemente la cabeza para captar su reacción. Fue solo un segundo, pero una mirada en este mundo puede transmitir más que mil palabras. Serenne entendió.

—¿Habilidad? —bufó el hombre, apretando el cuchillo contra el cuello de la chica—. No dejaré que…

No terminó la frase. Sus ojos se dilataron, perdiendo el foco, y el cuchillo resbaló de sus dedos, golpeando el suelo con un tintineo metálico. La joven cautiva no perdió el tiempo; se soltó de su agarre y corrió hacia nosotros, refugiándose a nuestras espaldas con la respiración entrecortada.

—Hah… g-gracias… —logró articular entre sollozos.

—De nada —respondí, sin apartar la vista del agresor—. Dime una cosa: ¿dónde están tus compañeros?

Ella no respondió de inmediato. Antes de que pudiera abrir la boca, el hombre frente a nosotros cayó de rodillas, estirando los brazos hacia la nada.

—Por… por favor… no te vayas… ¡Te lo ruego, vuelve! —suplicaba el sujeto, con la voz quebrada.

Era una visión patética. El hombre ya estaba sumergido en las profundidades de la ilusión de Serenne, atrapado en algún rincón oscuro de su propia psique.

—¿Deberíamos matarlo? —preguntó Serenne con una indiferencia que me puso los pelos de punta.

—¿Tú quieres hacerlo? —le devolví la pregunta.

—No me importaría —dijo ella, encogiéndose de hombros.

—Haz lo que quieras.

Serenne se adelantó con paso lento y seguro. Recogió el cuchillo del suelo y se paró frente al hombre, quien seguía gritando incoherencias al aire, con el rostro bañado en lágrimas de alivio ficticio.

—¡Ah! ¡Eres real! ¡Eres real! ¡Estás conmigo otra vez! —gritaba el hombre, intentando abrazar un fantasma.

Si me detenía a imaginar lo que él estaba viendo, la escena resultaba desgarradora. Pero en el Archivo, la compasión era un lujo que no podíamos permitirnos.

—¿Entonces me das permiso para matarlo? —insistió Serenne, con el arma en alto.

—No te doy permiso —sentencié—. Te digo que debes hacerlo.

—Bien.

Ella asintió. Con un movimiento fluido y mecánico, le cortó el cuello. La vida del sujeto se extinguió en un instante, reemplazando sus gritos de alegría delirante por un gorgoteo húmedo antes de desplomarse sobre el mármol polvoriento.

—Oye, ¿ese sujeto era uno de los que los tomaron como rehenes? —le pregunté a la chica que temblaba detrás de mí.

—Sí… —susurró ella, mirando el cadáver con una mezcla de odio y alivio—. Ese hombre… nos trató de forma horrible.

—Ya veo.

Así es como funciona el trauma, ¿no? Te empuja a hacer cosas que crees que son correctas, aunque en el fondo sepas que solo estás alimentando el vacío. Supongo que eso también va para mí. Sigo sin saber qué hacer realmente con este “don” que me dejó mi madre, excepto usarlo para pavimentar mi camino con los restos de otros.

Me giré y me agaché para quedar a la altura de la chica. Ella seguía temblando, abrazándose a sí misma como si intentara evitar que su propio cuerpo se desmoronara.

—¿Te sientes bien? —le pregunté.

—M-me duele el estómago… y mis piernas queman… —susurró, con la mirada perdida.

Forcé mis facciones. Inspiré hondo y compuse una expresión de ojos fríos y oscuros, una mirada carente de cualquier rastro de vida o compasión. Necesitaba que me tomara en serio, no como a un niño, sino como a una amenaza.

—Que te hayamos liberado de ese sujeto no significa que estés a salvo —sentencié con voz gélida.

—¿Q-qué…?

—¿Conoces a Malrec?

Se tensó. Fue apenas un espasmo de menos de un segundo, pero era toda la confirmación que necesitaba.

—B-bueno… él es… —desvió la mirada, buscando una salida inexistente a la pregunta.

—Malrec es de tu grupo, ¿no? —insistí, imitando el tono amenazante que tantas veces le había escuchado a él.

—¿Tú eres… del equipo de rescate? —preguntó ella, con una chispa de esperanza que me resultó patética.

—Quién sabe.

Me levanté. Esa pregunta ya me daba la respuesta que buscaba: ella pertenecía al eslabón más débil de la cadena, pero sabía dónde estaban las piezas importantes.

—¿Dónde están tus compañeros?

Dudó, balanceándose sobre su miedo, pero terminó hablando.

—En el quinto piso. Ahí están todos.

—Bien. Vámonos, Serenne.

Serenne asintió, abandonando el cadáver del hombre en el suelo con la misma indiferencia con la que se deja una prenda vieja.

—¡Espera! —exclamó la chica desde el suelo, todavía temblando.

—¿Qué pasa ahora?

—Hay hombres ahí arriba. Si vas, te matarán. Ellos ya saben que vendrían a ayudarnos… es una carnicería preparada.

—Lo sé —respondí, dándole la espalda—. Por eso hago esto.

La chica no dijo nada más. Se quedó observándome con una mirada difícil de definir; una mezcla de desconcierto y pavor.

—¿Tienes algo en mente? —preguntó Serenne mientras subíamos las escaleras hacia el cuarto piso, con su voz sonando demasiado tranquila para la carnicería que acababa de presenciar.

Me detuve un segundo y miré de reojo a la chica que habíamos rescatado, quien seguía encogida en el suelo del pasillo.

—Puede ser —respondí, antes de dirigirme a la sobreviviente con un tono que no admitía réplicas—. Tú, quédate aquí. No te muevas de este sitio y, sobre todo, no intentes nada raro. Si te asomas o intentas seguirnos, no podré garantizar que Serenne no te confunda con un enemigo.

La chica asintió frenéticamente, pegándose aún más a la pared. Era mejor así; una variable menos en una ecuación que ya era demasiado compleja.

Continuamos el ascenso. Pero yo… yo era una mentira andante. Alcé mi mano en la penumbra de la escalera y vi cómo mis dedos bailaban en un temblor incontrolable. Era la primera vez que hacía algo tan arriesgado, pero eso no era lo peor. Lo peor apenas estaba por comenzar.

Cerré el puño con fuerza hasta que las uñas se clavaron en mi palma, usando el dolor físico para anclarme a la realidad. Respiré hondo, obligando a mis pulmones a estabilizarse. Tenía que estar vacío para lo que venía. Debía ejecutar cada paso con precisión quirúrgica si quería seguir respirando mañana.

Sin más que pensar, dejé que el plan fluyera a través de mis nervios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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