El Archivo del Trauma - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 La simetría del silencio
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5: Capítulo 5: La simetría del silencio 5: Capítulo 5: La simetría del silencio La preparatoria a las seis de la mañana era poco más que un laberinto de concreto y sombras alargadas.
Los pasillos, vacíos de la marea habitual de estudiantes, tenían ese olor a cera para pisos y aire estancado que solo se percibe cuando el edificio aún no ha cobrado vida.
Mis pasos resonaban en el linóleo, un eco constante que subrayaba el hecho de que no había pegado el ojo en toda la noche.
Entré al salón 3-B esperando encontrar el aula desierta, pero me detuve al ver que alguien ya ocupaba su lugar.
Sentada en la primera fila, con la espalda perfectamente recta, estaba Lidya Kloss.
Ella no era como Amélie; no buscaba conversación ni intentaba descifrar lo que pasaba por mi mente.
Lidya simplemente estaba ahí, con un libro de cálculo abierto y un termo de café negro a un lado.
Era la mejor estudiante del curso, pero también la más silenciosa.
Una máquina de procesar datos envuelta en un uniforme escolar.
Me senté en mi pupitre, al fondo, dejando caer mi mochila con un golpe seco.
Ella ni siquiera giró la cabeza.
—Llegas temprano, Vane —dijo Lidya, sin apartar la vista de las integrales.
Su voz era neutra, desprovista de cualquier curiosidad.
—No podía dormir —respondí, pasando una mano por mi cara.
Mis ojos ardían—.
Supongo que tú tampoco.
—A esta hora no hay distracciones.
Es más fácil avanzar —contestó ella de forma práctica.
Pasó una página con una precisión casi quirúrgica—.
El café de la máquina del pasillo está peor que de costumbre, por cierto.
No lo intentes.
—Gracias por el aviso.
Me quedé mirando la nuca de Lidya.
Era extraño estar a solas con alguien que no te exigía una sonrisa o una explicación.
Por unos minutos, el salón se sumió en un silencio cómodo, roto solo por el zumbido de las luces fluorescentes.
Fue un respiro real; no había conspiraciones, solo dos estudiantes cansados esperando que el día los devorara.
—Kloss —la llamé después de un rato—.
El examen de historia del viernes…
¿recuerdas si el profesor mencionó algo sobre los grupos de tres?
Ella se giró ligeramente, sosteniendo el bolígrafo con firmeza.
—Dijo que podíamos elegir.
Pero la mayoría de las filas están impares ahora.
Va a ser un desastre organizarlo.
Miré la tercera fila, donde Kenji solía estar.
El pupitre brillaba bajo la luz blanca, vacío y anónimo.
—Cierto.
Falta gente —solté, como quien comenta el clima.
—Faltan lugares por llenar, querrás decir —corrigió ella con su lógica implacable—.
Da igual.
Probablemente nos asigne a los que sobramos al final.
Lidya volvió a sus números y yo me quedé mirando el polvo flotando en un rayo de sol.
Por un momento, me sentí estúpido.
¿Y si realmente solo era falta de sueño?
Lidya estaba ahí, hablando de exámenes con una normalidad aplastante.
El mundo se sentía sólido, aburrido y predecible.
Salí al pasillo para echarme agua fría en la cara, pero mis pies se detuvieron por inercia frente a un casillero.
No tenía nombre, ni candado, pero yo sabía que ese espacio pertenecía a Kenji.
Tiré de la puerta.
Se abrió con un chirrido que pareció desgarrar el silencio del pasillo.
Adentro no había nada.
O eso parecía.
Cuando la luz del pasillo golpeó el fondo del casillero, el metal pareció ondularse.
Por un segundo, no vi una pared de hierro, sino una superficie que recordaba al cristal líquido, oscura y profunda.
Al rozarla accidentalmente con los nudillos, un destello azul recorrió mi mano.
Un pequeño recuadro de texto que brotó en el aire, frente a mi cara, tan nítido que dolió leerlo: [ACCESO DENEGADO // CELDA DE ALMACENAMIENTO NO DISPONIBLE] Me eché hacia atrás, golpeándome contra los casilleros opuestos.
Las luces parpadearon y, por un instante, el sonido de los pájaros afuera se detuvo por completo, como si alguien hubiera pulsado el botón de “mute” en el universo.
—Vane, ¿qué estás haciendo?
—La voz de Lidya me sobresaltó.
La miré, pero no podía hablar.
Ella estaba ahí, con su termo de café, mirándome como si fuera un error en su mañana perfecta.
—Vane, te he hecho una pregunta —repitió ella, cruzándose de brazos.
Su tono era seco, desprovisto de cualquier matiz emocional—.
Si vas a vandalizar la propiedad de la escuela, al menos ten la decencia de hacerlo cuando no haya testigos.
—Kloss…
—mi voz sonó quebrada—.
¿No ves nada?
Aquí mismo.
Kloss se acercó un par de pasos, frunciendo el ceño con una molestia leve.
Para ella, yo solo era otro estudiante con falta de sueño teniendo un episodio extraño frente a un casillero vacío.
Extendí un dedo tembloroso y señalé directamente al centro del mensaje.
Ella miró el punto exacto donde yo señalaba.
No parpadeó.
No hubo duda en su expresión, solo una creciente impaciencia.
—Veo un casillero abierto que no debería estarlo y a un compañero que parece estar perdiendo el contacto con la realidad —respondió, dando un paso hacia la anomalía—.
No hay nada ahí, Vane.
Solo aire y metal viejo.
—Está justo frente a tu nariz.
Es azul.
Dice que el acceso está denegado —insistí, sintiendo que el corazón me iba a estallar.
Kloss suspiró y, con una confianza puramente práctica, puso su palma sobre mi frente.
Estaba fría, casi a la misma temperatura que el concreto.
—No tienes fiebre —dictaminó, retirando la mano—.
Pero tienes los ojos inyectados en sangre.
Mi consejo es que cierres esa puerta y vayas a la enfermería.
Estás empezando a proyectar tus obsesiones en el entorno.
Es una respuesta clásica al agotamiento mental.
Bajé la mano lentamente, sintiéndome ridículo.
El mensaje azul seguía ahí, burlándose de mi cordura.
—Sí…
—murmuré, obligándome a bajar la mirada—.
Tienes razón.
Probablemente sea eso.
Cerré el casillero con un golpe seco.
El mensaje no desapareció; simplemente se desplazó unos centímetros a la derecha, siguiendo el movimiento de mi cabeza.
Estaba anclado a mi retina, no al objeto.
—Ve a la enfermería —dijo Kloss, dándose la vuelta—.
En diez minutos llegará el conserje y no querrás explicarle por qué estás señalando fantasmas.
La vi alejarse con su caminar rítmico, dejándome solo con mi propia locura.
Me quedé ahí, respirando agitado, viendo cómo el recuadro azul seguía flotando sobre la imagen de los casilleros grises, negándose a desaparecer.
Lidya era la persona más lógica que conocía, alguien que no sabía mentir porque no le encontraba sentido a hacerlo.
Si ella decía que no había nada, entonces el problema no estaba en el mundo, sino en mis ojos.
Cerré los párpados con fuerza, apretando los puños hasta que me dolieron.
Era el sueño.
Tenía que ser eso.
El agotamiento me estaba pasando factura, proyectando las manchas de mi memoria sobre las paredes de la escuela.
—Solo necesito dormir —me mentí a mí mismo en un susurro—.
Solo es el maldito cansancio.
Pero cuando volví a abrir los ojos, el mensaje azul seguía ahí, parpadeando con una claridad que ninguna alucinación debería tener.
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