El Archivo del Trauma - Capítulo 50
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Capítulo 50: Capítulo 50: Huesos, Ilusiones y Frecuencias
Al alcanzar el rellano del quinto piso, el mundo se redujo a frecuencias biológicas. Logré distinguir respiraciones rítmicas, pasos pesados y susurros que apenas rozaban las paredes descascaradas. Cinco, siete, nueve. Nueve voces en total.
Me detuve a un solo escalón de la cima, asomando apenas un ojo para escanear el pasillo. Estaba vacío, una garganta de hormigón y sombras. Las voces provenían del último cuarto al fondo del piso; allí era donde guardaban su botín humano.
—Oye… ¿puedes decirme al fin cuál es tu estrategia? —susurró Serenne, pegada a mi espalda. Su cercanía no me producía calidez, solo una alerta constante.
—¿Crees poder usar tu habilidad en al menos diez personas al mismo tiempo? —le pregunté sin mirarla.
—Creo que no. De hecho, estoy segura de que no podré —respondió con una sinceridad aplastante.
—Ya veo.
No me sorprendió. Era un problema, pero una variable que ya había integrado en mis cálculos. En este mundo, tener poder significa haber acumulado trauma, y el trauma, tarde o temprano, se manifiesta como una debilidad estructural. Serenne tenía un límite, y yo estaba a punto de empujarla hacia él.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella, con una nota de curiosidad en la voz.
—Pregunta rápido. No tenemos tiempo.
—¿Ya has asumido que mi habilidad consiste en hacerte ver cosas? —Me lanzó una mirada de soslayo—. Es decir, ¿lo das por hecho?
—Eso es algo que tú misma me enseñaste —respondí con voz plana—. Lo aprendí a las malas, Serenne.
—Jeje. Supongo que sí.
Su calma era envidiable, casi insultante. En ese momento, sentí una envidia visceral. Deseaba con todas mis fuerzas recuperar la frialdad que mi madre me había inducido mediante su entrenamiento inhumano. Durante mucho tiempo intenté desechar esa faceta de mí, borrar el rastro de la mujer que me rompió para que no pudieran romperme otros. Pero ahora, esa parte de mí era la única que podía sacarme con vida de este edificio. Necesitaba volver a ser esa herramienta sin alma.
—Entonces… ¿qué haremos? —insistió mi compañera.
—¿Puedo confiar en que harás exactamente lo que te diga, sin cuestionarme?
Ella asintió. Una mirada determinante, casi feroz, asomó por su rostro. Pero aunque sus labios dijeran que sí, mi instinto gritaba lo contrario. No confiaba en esta mujer, y sospechaba que ella tampoco confiaba en el niño que la arrastraba por un edificio en ruinas. Éramos dos extraños unidos por el miedo y la necesidad.
—Bien. Escucha con atención, Serenne.
—Soy todo oídos.
Bajé la voz hasta que fue poco más que una vibración. Luego de detallarle el plan —la distracción, el momento exacto de la ilusión y el punto de quiebre—, solo quedaba ejecutarlo.
Si me permitía un solo error, una sola duda en el pulso, moriría antes de tocar el suelo. Todo dependía de qué tan bien lograra actuar mi papel. Tendría que hundirme en mis raíces más profundas y dejar que el hielo tomara el control.
(PUNTO DE VISTA DE MALREC ASHENVALE)
Lo golpeé una, dos, tres veces. Luego otra y otra más. El pobre miserable ni siquiera era capaz de resistir el peso de mis puños. Qué decepción. Aun así, no podía negar que me estaba divirtiendo; siempre hay un placer culposo en jugar con la comida antes de tragarla.
—¿Qué pasa? ¿Ya te cansaste de jugar? —le solté, esperando que el escarnio lo obligara a usar todo su poder de una vez.
—Hah… Hah… Eres… demasiado fuerte —jadeó, escupiendo sangre sobre el asfalto.
—Te equivocas. No es que yo sea fuerte, es que tú eres demasiado débil.
Me lancé de nuevo. Fue un ataque directo al abdomen, un impacto seco que lo mandó a estrellarse contra la fachada de un edificio cercano. El concreto se agrietó al recibir su peso.
—¡Me estás aburriendo!
El sujeto, movido por una desesperación primitiva, se lanzó contra mí. De sus manos brotó una explosión de energía que me golpeó de lleno en el rostro. El destello fue cegador, pero el dolor… el dolor fue inexistente. Qué patético.
—¡Mejor prueba esto!
Le devolví el favor con un gancho a las costillas. Escuché perfectamente el crujido del hueso rompiéndose, una melodía maravillosa, mientras él volaba directo hacia un camión volcado. Antes de que terminara de caer, me posicioné sobre él y lo hundí en el metal del vehículo con un pisotón.
—El juego no termina todavía —le susurré al oído.
Golpeé el tanque de combustible del camión, provocando una deflagración masiva. El sujeto desapareció entre las lenguas de fuego que devoraban el metal. Me alejé unos pasos, limpiándome el polvo del hombro, cuando de pronto sentí una detonación a mis espaldas que me impactó de lleno en la columna.
—¡¿Qué mier—?!
Salí disparado varios metros, rodando por el suelo. Eso dolió un poco, lo admito. Me levanté de entre los escombros, sintiendo una punzada de calor en la espalda y una sonrisa ensanchándose en mi cara.
—Jajaja… ¡Eso es! ¡Sigue entreteniéndome!
Me lancé nuevamente a la carga. Podía sentir mis propios dientes apretados en una mueca de pura satisfacción. Este tipo estaba en las últimas, apenas sosteniendo su propia existencia, y de igual forma acabaría muerto. Eso era lo más divertido de todo: mientras él creía que tenía alguna mínima posibilidad de ganar, la realidad era que yo ni siquiera estaba usando el 50% de mi poder.
Saber eso me excitaba. La brecha entre nosotros era un abismo que él intentaba cruzar con pasos de hormiga. ¿En serio este sujeto tuvo la audacia de decirnos que nos mataría?
—Jaja… —no pude evitar la carcajada mientras esquivaba otro de sus ataques desesperados.
Te lo dije, niño. Este imbécil no es más que un saco de boxeo con delirios de grandeza.
Le propiné una ráfaga de golpes directos al estómago, cada impacto hundiendo su abdomen como si fuera arcilla. El último golpe lo mandó a volar varios metros, dejando un rastro de sangre en el suelo hasta que quedó inmóvil, sin fuerzas ni aliento. Me acerqué con paso lento, saboreando el momento de terminar el trabajo.
—Fue divertido mientras duró —sentencié, alzando el puño.
—Malrec… vaya, lo hiciste polvo —una voz me interrumpió.
Me giré. Eran Niro y el chico mudo. Aparecieron de entre las sombras como buitres esperando el despojo.
—¿Qué quieren? —gruñí.
—Solo veníamos a ver el espectáculo. ¿Lo vas a matar ya?
—Eres imbécil al preguntarme eso, Niro. Sabes que no dejo cabos sueltos.
—¡Malrec, cuidado! —gritó Niro de repente, señalando detrás de mí.
Al volverme, la mano del sujeto que creía moribundo estaba a milímetros de mi cara. Sus dedos temblaban, concentrando una energía inestable que amenazaba con una explosión a quemarropa que me dejaría ciego. Reaccioné por puro instinto; ladeé la cabeza y atrapé su antebrazo con una fuerza que hizo crujir su brazo.
—Buen intento —le siseé a los ojos—, pero eres demasiado lento.
Cerré mi mano con una presión hidráulica. El hueso no solo se rompió; estalló bajo su piel. El sonido fue una delicia, un crujido seco y profundo que precedió al mejor momento de la tarde: su grito. Fue un alarido gutural, cargado de una agonía tan pura que me erizó la piel.
—¡Aaaagh! —el sujeto cayó de rodillas, con el brazo colgando como un trapo inútil. Las lágrimas de dolor absoluto surcaban la suciedad de su rostro.
—Ya muérete —dije, harto de su ruido.
Lancé un golpe horizontal, un tajo de fuerza bruta que llamo “Cuchilla Veloz”. Mi puño alcanzó tal velocidad que el aire mismo se volvió filoso. El impacto fue quirúrgico: le arranqué la cabeza del tronco antes de que sus nervios pudieran procesar el golpe final.
La sangre brotó como una fuente, empapando el asfalto. De pronto, la emoción se desvaneció; verlo así, decapitado y humillado, ya no era divertido. Era simplemente… triste. Relajé los músculos, dejando que el aura gris se disipara.
—Qué diabólico…
—Oye, ¿dónde está el niño y la chica? —pregunté, dándome cuenta del silencio a nuestras espaldas. Sería una molestia soberana tener que buscarlos en este laberinto.
—El chico dijo que él se encargaría de todo —respondió Niro, encogiéndose de hombros.
—¿Ah? ¿Acaso es tonto?
Sinceramente, no me importaba si moría. Pero lo trajimos porque posee una habilidad táctica que no podemos desperdiciar, y lo que es peor: ya se lo presentamos al Administrador. Si lo perdemos, el viejo no estará contento. Y la niña… ella es harina de otro costal. Aunque lleva tiempo con nosotros, aún no ha visto al Administrador, y su poder es mucho más monstruoso que el del niño. Perderla a ella sería una negligencia imperdonable de mi parte.
—Vamos rápido —ordené, pero antes de dar el primer paso, el entorno cambió.
Fuimos rodeados. De las ruinas y los callejones empezaron a emerger figuras armadas y sonrientes. Uno, tres, cinco… eran demasiados.
—¿Eh? ¿Y ustedes de dónde salieron? —preguntó Niro, poniéndose en guardia.
—¡Buenas! ¡Vinimos a jugar también! —exclamó uno de ellos, un tipo con mirada de loco—. Y por lo que veo… mataron a nuestro amigo.
—Jeje… lo dejaron bien feo —añadió otro, señalando el cuerpo decapitado—. Bueno, no importa. Ustedes sufrirán el triple de lo que nuestro querido compañero sufrió.
Maldición. Se suponía que el Grupo 2 serviría de carnada para limpiar la zona. ¿Qué demonios pasó? ¿Cómo es que estos tipos siguen aquí en tales números? Como sea, el retroceso no está en mi vocabulario. Además, esto promete ser interesante.
—Ja. Todos ustedes acabarán igual que su amigo: siendo basura en el suelo —dije, sintiendo cómo la adrenalina volvía a encender mi sangre.
—¡Qué arrogante! ¡Entonces, que comience la diversión!
Varios se lanzaron contra nosotros al unísono, con los ojos inyectados en sangre y la intención clara de jugar con nuestras tripas.
—¡Niro! ¡Chico callado! —grité, mientras mi aura gris estallaba de nuevo—. ¡Ustedes también jueguen!
Niro sonrió con malicia y el chico mudo simplemente asintió, desapareciendo en un movimiento borroso. Qué espectáculo se avecinaba.
Que comience el show.
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