El Archivo del Trauma - Capítulo 51
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Capítulo 51: Capítulo 51: El Pastor del Sacrificio
Me acerqué a la habitación con una parsimonia que no sentía. Al no haber puerta, mi presencia fue detectada al instante. Nueve pares de ojos se clavaron en mí, pero decidí que la mejor armadura sería la naturalidad.
—Hola —saludé, como si estuviera entrando en una cafetería y no en un nido de hombres armados.
Un tipo se levantó de inmediato, interponiéndose en mi camino. Levantó el brazo con una coordinación mecánica y me apuntó directamente a la cabeza con un arma de fuego. El cañón negro parecía un ojo vacío juzgándome.
—E-eh… ¿p-por qué me apuntas…? —balbuceé, fingiendo una fragilidad que los desarmara.
—¿Quién eres? —su voz era áspera, curtida por la paranoia.
—Un chico… un poco asustado.
—Qué buena mentira —escupió él, sin bajar el arma.
—¿Qué?
Sus sospechas eran lógicas; temía que yo fuera un explorador de los locos que estaban desatando el infierno afuera. No se equivocaba; venía a rescatar al Grupo 5, pero necesitaba saber cuánto terreno pisaba antes de que la sangre llegara al río.
—¿Eres del grupo de ese maníaco de afuera?
Detrás de él, el resto de los sujetos me observaban con expresiones afiladas, como cuchillos listos para cortar. Sin embargo, más allá de ellos, una ventana dejaba ver el caos del exterior. Ese simple detalle, ese encuadre del mundo, me dio la pieza que me faltaba.
—¿Qué pasa si lo fuera? —pregunté, arrojando los dados de mi propia vida al suelo.
—Entonces apretaría el gatillo.
Activé mi habilidad.
El mundo se tiñó de datos, frecuencias y estática. Pero lo que vi me dejó mudo. Ya entendía por qué este hombre llevaba un arma de fuego en un mundo de dones sobrenaturales: era una rareza estadística. Si lo que mis ojos procesaban era cierto, estaba ante algo casi imposible en este Archivo.
—Eres un buen tipo —solté, casi con admiración.
—¿Qué dices?
—No tienes un trauma. Estás… sano.
—¿Eh? ¿Cómo demonios sabes eso?
Ignoré su pregunta y desplacé mi vista hacia los que estaban detrás de él. Uno por uno, sus secretos empezaron a flotar ante mí como heridas abiertas.
—Ese chico de cabello negro… —señalé a uno en el fondo— tiene una estabilidad al 52%. Su trauma proviene de una ruptura amorosa que nunca cerró.
Me giré hacia otro, clavando mi mirada en sus pupilas dilatadas.
—Vaya… tú tienes un 33% de estabilidad. Un trauma por acoso sistemático. Qué horrible debe ser vivir con ese eco en la cabeza.
El hombre frente a mí apretó el agarre de la pistola, su mano temblando levemente.
—Deja de hacer eso o te mato ahora mismo —amenazó.
—Lo siento. Solo veo lo que hay.
El líder se volvió hacia sus compañeros, buscando una negación que no llegó.
—Oigan… díganme si lo que dice este crío es cierto.
Tras unos segundos de un silencio pesado como el plomo, donde cada uno verificó su propia estabilidad y el peso de sus fantasmas, asintieron. El hombre de unos cuarenta años se tensó, bajando el arma apenas unos milímetros.
—¿Cómo es que tú…?
—Tranquilo. No soy como ese loco de ahí afuera —dije, aprovechando que finalmente tenía su atención total—. Lo cierto es que estoy siendo utilizado por ese hombre como un arma. Debido a mi poder para ver los traumas, ahora soy una marioneta de esos sujetos. Una pieza más en su tablero.
El tipo me detuvo con un gesto seco.
—Espera. Hay algo que no me cuadra. ¿Cómo sabes que yo no tengo un trauma?
—Bueno, eso es por…
De pronto, un dolor agudo me atravesó el cráneo, como si me hubieran clavado agujas ardientes en los nervios ópticos. Un calor asfixiante se extendió por mis globos oculares.
—Tsk… dame un momento…
Me agaché, sujetándome la cabeza con ambas manos. Mi habilidad me estaba cobrando el peaje. Había procesado demasiada información prohibida en pocos segundos y mi cerebro estaba empezando a fracturarse.
—¿Qué te sucede? —preguntó el hombre, bajando el arma por completo.
—Es el precio… —logré articular entre dientes—. Cuando uso mi habilidad, mi cabeza paga la factura.
Me levanté despacio, con la vista nublada pero firme. No iba a apagar mi visión todavía; no hasta que el anzuelo estuviera bien clavado.
—Tienes una chaqueta de mangas largas —dije, fijando mis ojos con esfuerzo en él—. Normalmente no podría ver tu estabilidad, pero mi vista va más allá de la piel. Ya lo veo… Estabilidad al 60%. Cero traumas. Eres una anomalía, un hombre funcional en un mundo roto.
Apagué la habilidad de golpe. El dolor remanente era un latigazo en mi nuca, sordo y persistente. Es insoportable tener que sufrir este castigo cada vez que decido ver la verdad, pero era necesario.
El hombre se subió la manga y consultó su estabilidad. El número parpadeó en su muñeca: 60%. No había rastro de error crítico.
—Es cierto… —susurró, mirándome con una mezcla de horror y respeto.
Lo tengo.
La mentira más peligrosa es la que se construye sobre verdades irrefutables.
—¿Entonces de verdad puede ver los traumas? —preguntó una voz cargada de incredulidad desde el fondo de la sala.
—Al parecer… sí —respondió el hombre del arma, sin apartar sus ojos de mí. Su sospecha estaba mutando en algo más peligroso: reconocimiento—. Escucha, niño. Dices que estás siendo utilizado, ¿cierto?
—¿Qué…? ¿Acaso… eres un profeta…? —murmuré entre jadeos, el sarcasmo filtrándose a pesar de mi respiración inestable.
Un chiste fuera de lugar bajo la mira de un arma era una invitación al suicidio. Tras analizar la escena durante los últimos minutos, cada gesto y cada fluctuación en el ambiente, mi conclusión era sólida como el mármol.
—La verdad es que todos ustedes son solo herramientas para los tipos que se están matando ahí afuera, ¿me equivoco? —dije, una vez que mi respiración volvió a obedecerme.
—¿De qué hablas? —el líder frunció el ceño.
—Se les escapó un rehén hace un par de horas, ¿no? —lancé el cebo.
—Sí, pero eso no iba a ser un problema. Nuestros compañeros se iban a encargar de limpiar el rastro —respondió, restándole importancia.
—Bueno, ahí está su primer error de cálculo.
—¿Por qué lo dices?
El dolor en mis sienes se disipaba, dejándome una claridad mental absoluta, esa lucidez gélida que solo el entrenamiento de mi madre podía invocar.
—No me importa revelar información sobre el “Administrador”. Ese tipo es el jefe de los grupos de rescate, es decir, de nosotros. Al final, tú y yo somos lo mismo: armas biológicas con fecha de caducidad.
El sujeto guardó silencio. La confusión en su rostro era evidente, pero su mirada se volvió sombría, cargada de una seriedad pesada.
—Niño, no entiendo a qué quieres llegar. Explícate.
—Llegué a esta conclusión en cuanto los vi —dije, señalando con un leve gesto a los rehenes—. Primero: esos sujetos amarrados y golpeados son nuestro objetivo. No hay razón para ensañarse con alguien si no es por placer… o para extraer información. Los obligaron a hablar. El Administrador ya sabía que nos estarían esperando mucho antes de que pusiéramos un pie fuera de la base.
Recordé al chico mudo detectando ruidos. No era solo instinto; era una trampa orquestada. Tuve que fingir ignorancia total solo para que me permitieran llegar hasta este cuarto.
—Mi segundo razonamiento se basa en esa ventana —continué, apuntando hacia el vidrio roto—. Desde este ángulo tienen la vista perfecta para vigilar quién entra a la ciudad. Sabían que yo era del grupo de rescate. Por eso están vigilando la pelea de abajo y por eso mandaron a aquel sádico con la chica como escudo para intimidarnos antes de subir.
—Espera… ¿qué le hicieron a él? —preguntó uno de los hombres, con la voz temblorosa.
—Viendo lo aterrados que están, puedo deducir que no saben usar sus poderes. Por eso mandaron al más sádico, al que mejor sabía proyectar el miedo para controlarlos a ustedes y a nosotros.
—Maldito… eres un…
—Pero hay más —lo interrumpí, dejando que mi voz sonara como una sentencia—. Basándome en sus gestos, sus expresiones y, sobre todo, en la fragilidad de su estabilidad, he entendido su psicología. Todos ustedes están siendo manipulados por los que poseen poderes destructivos reales. Los usan para deshacerse de los escombros y retener a los rehenes. Son fáciles de controlar porque su inexperiencia los vuelve esclavos de su propio trauma. Por eso casi todos aquí son jóvenes… excepto tú.
Clavé mi mirada en el hombre de cuarenta años.
—Tú eres la figura líder entre los esclavos, ¿no es así? El pastor que cuida al rebaño antes del sacrificio.
—Espera… ¿entonces sabías que estaríamos esperando para tenderles una trampa? —preguntó el líder, con el sudor perlándole la frente.
—En realidad, quien lo sabía era el Administrador —respondí, dejando que el nombre del jefe pesara en el aire como una amenaza—. Por eso los más fuertes de su unidad están ocupados con el Grupo 2 ahora mismo. Ellos eran la carnada; nosotros somos los verdaderos rescatistas.
Lo entendí a la perfección en cuanto el Administrador dio las órdenes en la base. El Grupo 2 era el anzuelo reluciente, diseñado para atraer toda la atención y los recursos del enemigo. Por eso ese grupo estaba compuesto por operativos de asalto pesado y salieron primero. Nosotros, en cambio, éramos los que aprovecharíamos el caos y la distracción para infiltrarnos por las grietas.
Sin embargo, sabía que el Grupo 2 no podría contener a todos por siempre. Las explosiones y los ataques que resonaban afuera, cada vez más cerca, confirmaban que el tiempo se agotaba. Aproveché la brutalidad de Malrec y el sacrificio del primer grupo para llegar hasta aquí por mi cuenta. Y ahora, la pieza final de mi tablero estaba lista para entrar en escena.
—Bueno, no tienes tanta suerte, niño —dijo uno de los hombres, asomándose con cautela a la ventana que daba a la calle.
—¿Qué quieres decir?
—Los más fuertes están aquí —respondió con una sonrisa nerviosa—. Y están despedazando a tus compañeros ahí abajo.
—Ya veo.
No me sorprendió. En este mundo, las estrategias perfectas solo existen en el papel. Era hora de dar el golpe de gracia. El hombre del arma estaba dudando; el cañón de su pistola ya no me apuntaba al centro de la frente, sino que oscilaba hacia el suelo. Sus defensas psicológicas estaban en ruinas.
—Dime una cosa —le dije, bajando la voz a un tono casi íntimo—. Tienes algo en este mundo que te mantiene cuerdo, ¿verdad? Algo por lo que vale la pena seguir respirando en este basurero.
—¿Qué…? —sus ojos se abrieron, desorientados.
—Deben pagarte por hacer este trabajo sucio. Deben darte algo que realmente sirva en esta distopía. ¿O vas a decirme que simplemente eres un esclavo que disfruta de sus cadenas?
—Yo… —balbuceó, incapaz de encontrar una respuesta que no lo hiciera sentir miserable.
Era perfecto. Podía sentirlo ceder bajo el peso de la dependencia y la lealtad forzada. Solo necesitaba un empujón más para que su voluntad se desmoronara por completo.
—Tengo una amiga que te enseñará lo que tu corazón siente realmente —sentencié, dando un paso hacia atrás para dejarle espacio a la oscuridad.
—¿Qué? ¿Cómo?
—Serenne, por favor.
Era la hora de la actuación final. El aire en la habitación se volvió denso, cargado de una estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. El hielo de mi madre me recorrió la columna. El plan ya no me pertenecía; ahora le pertenecía a ella.
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