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El Archivo del Trauma - Capítulo 52

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Capítulo 52: Capítulo 52: La Independencia del Peón

Serenne salió de su escondite con una lentitud casi hipnótica. Caminó hacia nosotros con esa calma característica suya, como si no estuviéramos en una habitación llena de hombres armados y desesperados, sino paseando por un jardín olvidado.

—Espera —gruñó el hombre, y el sonido del seguro del arma saltando fue como un latigazo en el silencio.

El cañón de la pistola subió de nuevo, esta vez con una firmeza renovada. El metal frío se hundió en mi piel, justo en el centro de mi frente. El líder ya no dudaba; el miedo se había transformado en una rabia defensiva.

—Solo estás jugando con nosotros, ¿verdad? —siseó, con los ojos inyectados en sangre.

—¿A qué te refieres? —pregunté, manteniendo la respiración rítmica que mi madre me había grabado a fuego.

—Esto es una estrategia para manipularnos. No eres más que un mentiroso, un niño que sabe hablar demasiado bien.

—No es así. Realmente…

—¡Cállate! —el arma presionó con más fuerza, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás—. No caeré en tus trucos. Si te vuelo la cabeza ahora, tus mentiras morirán contigo.

El metal estaba frío como el hielo, un recordatorio físico de que mi elocuencia había llegado a su límite. Tal vez no fue suficiente charla. Tal vez la lógica no es suficiente cuando el oponente prefiere morir antes que aceptar que es un esclavo.

Serenne, quien se había detenido a un par de metros, intervino con una voz suave, casi melodiosa, que cortó la tensión como una cuchilla de seda.

—Este… disculpe. ¿Puede ver esto?

El hombre soltó un gruñido de fastidio. Fue el error más grande de su vida. Se giró con la intención de callarla a ella también, pero al hacer contacto visual con Serenne, el mundo se detuvo.

Fue instantáneo. El arma que hace un segundo era una sentencia de muerte cayó al suelo con un estruendo metálico que nadie pareció notar. El brazo del hombre quedó suspendido en el aire, sus dedos temblando ligeramente antes de quedar rígidos.

—No… tranquila. Yo te protegeré —murmuró el hombre, con una voz que ya no pertenecía al líder implacable de hace un segundo.

Se había quedado congelado, con los ojos fijos en un punto inexistente del aire. Era una imagen perturbadora: el sujeto estiraba los brazos y parecía abrazar el vacío con una delicadeza desgarradora, mientras gruesas lágrimas surcaban el polvo de sus mejillas. Estaba en otro lugar, en un tiempo que el Archivo le había robado y que Serenne le estaba devolviendo en una dosis letal.

Sería casi imposible que lograra salir de esa ilusión por su cuenta; nadie quiere despertar cuando el sueño es más dulce que la realidad.

—¿Qué le sucede? —preguntó uno de los hombres del fondo, dando un paso atrás con el rostro pálido.

—¡¿Qué diablos le hicieron?! —gritó otro, pero su mano no se atrevió a buscar el arma en el suelo. El miedo a lo desconocido era más fuerte que su lealtad.

—Ahora mismo, él preferiría quedarse en su ilusión para siempre —respondí, observando la patética figura del líder—. En su mente, está recuperando lo que más amaba. Pero la paz en este mundo es un préstamo con intereses muy altos.

Miré a Serenne, dándole una señal silenciosa para que terminara la farsa. No podíamos permitirnos el lujo de esperar a que él despertara por voluntad propia; el tiempo afuera seguía corriendo en nuestra contra.

Ella se acercó al hombre con pasos felinos. Sin decir una palabra, le dio un leve empujón en el hombro. Fue un contacto mínimo, apenas un roce, pero bastó para que el cuerpo del líder se tambaleara. La ilusión se cortó de raíz, como un cristal rompiéndose en mil pedazos.

El hombre soltó un jadeo violento, como si acabara de salir de las profundidades de un océano helado. Sus ojos recuperaron el foco, pero la luz que había en ellos se había apagado. Se desplomó sobre sus rodillas, mirando sus manos vacías con una desesperación que me hizo recordar, por un segundo, el entrenamiento de mi madre.

El silencio que siguió fue absoluto. Ya no necesitaba el arma de fuego. El líder estaba roto por dentro.

Me agaché para quedar a su misma altura, rompiendo la distancia de seguridad que cualquier táctico habría mantenido. Con una lentitud estudiada, puse una mano sobre su hombro; no era un gesto de dominio, sino una caricia que buscaba anclar su dolor a mi presencia.

—Yo también tengo a una persona a la que quiero —susurré, dejando que mi voz vibrara con una sinceridad que ni yo mismo sabía si era real—. Por eso quiero sobrevivir de cualquier manera en este mundo. ¿Tú también te sientes así?

El hombre levantó la vista, con los ojos empañados por el rastro de la ilusión de Serenne.

—Yo… debo cuidarla —balbuceó, con el alma todavía en carne viva—. Una niña pequeña no puede estar sola en este lugar. No tiene a nadie más… por eso debo protegerla cueste lo que cueste.

Una niña. Mis pensamientos volaron inevitablemente hacia Mia. Me pregunté qué clase de pecados o tragedias habrían ocurrido para que seres tan frágiles terminaran cayendo en este infierno.

—Entiendo tu dolor —le dije, suavizando mi expresión—. Esa pequeña alma es lo único que te mantiene cuerdo, ¿no es así?

Él asintió con una lentitud penosa. Mi habilidad no detectaba un trauma punzante, pero sí un miedo profundo, una fobia visceral a la pérdida que era casi tan destructiva como cualquier cicatriz mental. Quizás este hombre no llegó aquí por un evento traumático, sino por el simple y cruel olvido del mundo real. Era una tragedia silenciosa.

—Yo tengo a alguien querido esperándome en el mundo real, y pienso volver —continué, fijando mis ojos en los suyos—. Por eso sobrevivo. ¿Es por eso que haces esto? ¿Lo haces por… amor?

—Yo… no sé si es amor —confesó, con la voz rota—. Pero esa niña es como si fuera mi propia sangre. Debo protegerla. Aquellos sujetos… —hizo una pausa, tragando saliva—, ellos me brindan seguridad y recursos. Por eso acepté este trabajo. Por ella.

Era una escena surrealista. Los otros ocho hombres observaban en un silencio sepulcral, paralizados por la revelación de la vulnerabilidad de su líder. Estaban igual de rotos, igual de desesperados. Eran piezas de un rompecabezas que no encajaba en ninguna parte.

—Escucha —dije, endureciendo un poco el tono para que comprendiera la gravedad de la situación—. Si yo rescato a esos rehenes ahora, el castigo caerá sobre ti. Pero si tú logras mantenerlos bajo tu mando, el castigado seré yo. Es una balanza cruel.

—Sí… solo uno de los dos… —murmuró él, reconociendo la lógica del sacrificio.

Me obligué a mantener la máscara. Era un ejercicio agotador de frialdad y calidez simultáneas, una técnica que mi madre habría aprobado: usar el corazón del enemigo para guiar el cuchillo. Poco a poco, sentía que ese “yo” del pasado, el niño moldeado por el entrenamiento inhumano, regresaba para tomar las riendas.

—Hay una manera de que todos salgan ganando en este juego —sentencié, dejando caer la semilla de la traición.

—¿Qué…? —preguntó él, buscando una salida en mis ojos.

—Eres un hombre bueno —le aseguré, y esta vez una pequeña parte de mí lo decía en serio—. En un mundo así de roto, encontrar a alguien como tú es un alivio. Me hace pensar que no todo está perdido, me devuelve algo de esperanza.

Ofrecer una salida donde todos ganen parecía, en teoría, una imposibilidad matemática. Pero cuando le brindas una brizna de esperanza a alguien que está al borde del abismo, a alguien que todavía tiene algo que perder, el instinto de supervivencia hace que termine aferrándose a ella como si fuera una verdad absoluta.

En un principio, mi plan era simple: rescatar a los compañeros de Malrec y seguir fingiendo ser el peón útil en ese grupo de psicópatas. Sin embargo, tras la información que logré extraer de Serenne, seguir ese camino habría sido una estupidez suicida. Lo que estaba haciendo ahora también era arriesgado, pero nacía de un sentimiento extraño, una pulsión que jamás había experimentado y que se sentía más grande que el miedo.

Me incliné hacia él y le susurré el núcleo de mi traición.

—Voy a dejar que maten a nuestro líder allá afuera —solté, sin que me temblara la voz—. Si los aliados de ustedes están aquí, es porque ya han diezmado al grupo fuerte de los nuestros. Malrec no podrá ganar solo. En el mejor de los casos, lo dejarán lo suficientemente débil para forzar su retirada. Cuando ellos decidan subir aquí para reclamar su victoria, nosotros ya habremos escapado.

Llegué a esta conclusión prestando atención a la sinfonía de muerte que retumbaba debajo de nuestros pies. Escuchando las vibraciones de las explosiones y el eco de los impactos contra el concreto, pude descifrar el ritmo de la batalla. Malrec no estaba peleando contra un solo hombre; el patrón de los ataques delataba un asedio coordinado.

Por el estruendo, deduje que se enfrentaba a cinco, quizá siete u ocho agresores al mismo tiempo. Era una masa crítica de violencia que incluso un monstruo como él tendría dificultades para contener. El tiempo de Malrec se estaba agotando, y el nuestro, apenas comenzaba.

El hombre me miró con una mezcla de horror y fascinación.

—¿Tu plan es… escapar de todo? ¿De ambos bandos?

—Así es. Podemos sobrevivir si nos apoyamos mutuamente. Tú eres un buen líder —añadí, apelando a su orgullo para cimentar su lealtad—. No por nada te escogieron para comandar a estos hombres. Tienes la autoridad para hacerlo.

—Es demasiado arriesgado… —murmuró él, aunque la duda en su voz revelaba que la idea ya había echado raíces en su mente.

—Tranquilo, confía en mí. Iremos a un lugar seguro, lejos de las garras de cualquier líder lunático y de los sádicos que te dan órdenes.

El sujeto vacilaba, pero su lenguaje corporal lo delataba. Mi aparición había sido el catalizador perfecto; este hombre ya albergaba el deseo de abandonar el trabajo sucio, solo necesitaba un pretexto, una mano tendida desde el otro lado. Tuve la suerte de encontrarme con una grieta en su armadura y no dudé en ensancharla.

—¿Puedes luchar por esto? —le pregunté, clavando mi mirada en la suya para que no pudiera escapar—. No lo hagas por mí. Hazlo por aquello que llamas hija. Protégela de esta manera.

Con eso fue suficiente. Había lanzado el anzuelo y el cable estaba tenso. Ahora, todo dependía de este hombre y de su voluntad para destruir su propia rutina de servidumbre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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