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El Archivo del Trauma - Capítulo 54

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Capítulo 54: Capítulo 54: El Teorema de Elena Vane

Logramos salir del edificio moviéndonos como sombras, tratando de no ser detectados por los protagonistas de la carnicería que rugía a unas manzanas de distancia. Al final, el líder de los esclavos aceptó mi trato. Fue un alivio; el tiempo era nuestro recurso más escaso y esperar a que su brújula moral terminara de oscilar habría sido una tortura que no podíamos permitirnos.

Sin embargo, la logística de nuestra huida era un desastre. Éramos diecisiete personas en total: Serenne, la chica que rescatamos al inicio, los cinco rehenes del Grupo 5 y los nueve captores que ahora nos servían de escolta. Una columna de diecisiete almas cruzando una zona de guerra es un blanco demasiado grande. Una parte de mí, la que heredó la frialdad de mi madre, susurraba que no estaría mal deshacernos de unos cuantos para ganar velocidad.

—¡O-oigan! ¡Miren eso! —gritó uno de ellos, señalando hacia el horizonte de asfalto y ruinas.

Todos nos detuvimos en seco. A lo lejos, emergiendo entre los edificios como un sol nocturno y venenoso, una esfera morada gigante se asomaba. Sentí que la sangre se me congelaba en las venas. Aquel color, esa vibración que distorsionaba el espacio… la conocía demasiado bien.

Era la misma esfera que había devorado el centro comercial. La misma presión insoportable que Marcus tuvo que soportar para protegerme. Eso significaba que la persona que me arrebató todo, el origen de mi caída en este lugar de psicópatas, estaba aquí, a unos cuantos metros de distancia.

Un deseo impulsivo y violento me ordenó dar media vuelta e ir tras él. Sentí un fuego en el pecho que me pedía justicia, o quizá venganza. Pero mi mente procesó los datos antes de que mis pies se movieran: la diferencia de poder era abrumadora. Ir tras ese individuo ahora no sería un acto heroico, sino un suicidio emocional. Tenía que estar loco para dejarme llevar por un mero impulso mientras cargaba con la vida de otras dieciséis personas.

—Hay que salir rápido de este lugar —ordenó el líder de los esclavos, cuya voz me devolvió a la realidad—. ¡Muévanse!

Comenzamos a correr con la desesperación de quien sabe que la muerte tiene un color púrpura. Si no salíamos del radio de acción de esa esfera en los próximos minutos, no importaría cuántos planes hubiera trazado: todos terminaríamos pulverizados, convertidos en nada más que estática y polvo.

Logramos movernos con una fluidez inesperada a pesar del tamaño del grupo. Era una imagen cargada de una ironía mordaz: los captores, aquellos que minutos antes repartían golpes e insultos, ahora cargaban y escoltaban a sus víctimas. No quería ni imaginar las atrocidades que esos rehenes habían sufrido bajo su mando, pero en este instante, el terror ante la aniquilación mutua los había convertido en aliados forzosos.

De pronto, el mundo se quedó en silencio. Una luz cegadora, de un violeta eléctrico y antinatural, iluminó nuestras espaldas con la intensidad de un relámpago eterno. El sonido tardó un segundo en alcanzarnos, pero cuando lo hizo, fue una explosión sorda que pareció devorar el oxígeno. El aire se transformó en un vendaval sólido que nos arrastraba, mientras trozos de asfalto y hormigón empezaban a llover como proyectiles.

—¡Agárrense de algo! —rugió alguien entre el estruendo—. ¡La onda expansiva nos va a alcanzar!

Me sujeté con fuerza a una vara de metal incrustada en el suelo. Sabía que era un gesto casi inútil frente a tal magnitud de energía, pero el instinto de preservación no entiende de física; solo te ordena aferrarte a la vida.

La onda de choque nos golpeó como un mazo invisible. Varios sujetos no pudieron resistir la presión y fueron succionados por el viento, desapareciendo en el torbellino de escombros. Justo delante de mí, uno de los captores luchaba por mantenerse en pie, pero una piedra del tamaño de un puño voló desde las alturas, impactando de lleno en su pierna.

—A-ayuda… ayúdame… —suplicó, cayendo al suelo.

La sangre comenzó a empapar su pantalón de inmediato. La herida era profunda, un destrozo de carne y hueso causado por la metralla urbana. Traté de moverme para alcanzarlo, pero mis pies se clavaron en el sitio. Una idea gélida se instaló en mi mente mientras observaba el caos: nadie me estaba mirando. Todos estaban demasiado ocupados luchando contra su propia muerte como para juzgar mis acciones. Nadie me culparía si este hombre no lograba sobrevivir.

—Tsk… espera un poco —murmuré, forzando un movimiento hacia él.

Pero el destino fue más rápido que mi fingida piedad. Otro escombro, esta vez una placa de concreto masiva, descendió desde el cielo amenazando con aplastarme. Realicé una maniobra evasiva, saltando hacia un lado para salvar mi propio cuerpo, y en ese acto, abandoné al hombre a su suerte.

—¡Nngh—!

Un quejido seco y breve fue lo último que escuché. Cuando me giré, el polvo se estaba asentando sobre un bloque de piedra que ahora ocupaba el lugar donde antes estaba su cabeza. No quise mirar más. Debajo de ese peso solo quedaba el final abrupto de un verdugo.

Me puse en pie, pero la realidad me golpeó de inmediato: el aire seguía rugiendo con una fuerza inhumana. No había tiempo para sacudirme el polvo ni para contemplar el cadáver bajo el escombro. La onda expansiva no se había detenido; era un empuje constante que amenazaba con arrancarme del suelo y lanzarme al vacío junto con los restos de la ciudad.

Mis dedos se cerraron con fuerza sobre la vara de metal, los nudillos blancos por el esfuerzo. Sentía mis pies deslizarse sobre el pavimento cubierto de gravilla. En medio de ese caos, mi mente seguía procesando la escena con una frialdad que me asustaba. No había rastro de culpa o arrepentimiento en mi pecho por el chico que acababa de morir; al fin y al cabo, aquel tipo era un perverso que había disfrutado del dolor ajeno.

Miré al resto del grupo a través del vendaval de ceniza. Si cualquiera de ellos moría hoy, no derramaría ni una lágrima. Al contrario, cada baja aliviaba la logística de mi escape. Pero para que ese escape fuera real, primero tenía que sobrevivir a este infierno púrpura.

—¡Aguanten! —el grito del líder apenas se escuchaba por encima del estruendo—. ¡Ya casi pasa!

Cerré los ojos y me pegué a la estructura metálica, sintiendo cómo el calor de la explosión lejana todavía erizaba los vellos de mis brazos. En este tablero, el único que valía la pena mantener con vida era el líder. Los demás no eran más que peso muerto a merced de la tormenta. Buena suerte para ellos; yo solo necesitaba que mis manos no resbalaran.

Finalmente, la onda expansiva se disipó, dejando tras de sí un silencio denso y cargado de estática. Me dejé caer sobre mis rodillas, agotado por el esfuerzo físico de mantenerme anclado al suelo. Estábamos lejos del epicentro, pero lo suficientemente cerca como para ser detectados si alguien en la calle decidía mirar. Teníamos que irnos, y rápido.

—No… no puede ser —susurró una voz detrás de mí.

Era el líder. Sin necesidad de girarme, supe exactamente qué estaba mirando. Mis ojos se desviaron apenas lo justo para confirmar el cadáver del chico que acababa de morir bajo el escombro.

—Maldición… no pude… —solté, bajando la cabeza, dejando que mis hombros temblaran con una fragilidad calculada.

—Su cabeza… él está… muerto —el tono del líder era de puro shock.

—Lo siento… traté de alcanzarlo… pero fue demasiado tarde.

—¡Oigan! ¡Hay que salir de aquí, rápido! —gritó uno de los hombres del fondo, presa del pánico.

Yo no me levanté. Me quedé allí, inmóvil, esperando. Quería poner a prueba una de las lecciones más oscuras de mi madre: el uso de la piedad como herramienta de control. Si ella tenía razón, este hombre no me culparía; al contrario, se sentiría responsable de mi dolor.

—Lo siento… de verdad lo siento…

Pasaron unos segundos eternos hasta que sentí el peso de una mano sobre mi hombro. Era una presión firme, casi paternal.

—Vámonos, chico —dijo el líder con suavidad—. No es tu culpa. Debemos salir… y dejar todo esto atrás.

—Es mi culpa… yo… yo fui quien propuso escapar —balbuceé, hundiendo más el rostro—. No quería que nadie muriera por mi culpa.

—No es tu culpa que esa cosa haya explotado —insistió el hombre, su propia culpabilidad alimentando su deseo de consolarme—. No es momento para lamentarnos. Vámonos, muchacho, antes de que pase algo peor.

Me levanté con lentitud. Me aseguré de que, al girarme, mi rostro no revelara la vacuidad absoluta que sentía por dentro. Mantuve la mirada baja, los ojos fijos en el suelo manchado de ceniza.

—Lo siento… —murmuré una última vez.

—Tranquilo, chico. Luego pensaremos en ello —dijo el hombre, con una mirada melancólica que delataba su propia derrota interna.

Retiró la mano de mi hombro y comenzó a caminar hacia el punto de reunión. Lo seguí a paso lento, manteniendo la farsa de la pesadumbre mientras nos acercábamos al resto del grupo que nos esperaba con impaciencia.

Por dentro, una parte de mí se burlaba de la facilidad con la que un hombre curtido podía ser manipulado.

Al final, sí tenías razón, madre. Te concedo la victoria esta vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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