El Archivo del Trauma - Capítulo 55
- Inicio
- Todas las novelas
- El Archivo del Trauma
- Capítulo 55 - Capítulo 55: Capítulo 55: El Regalo de los Once Años
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 55: Capítulo 55: El Regalo de los Once Años
Un ligero toque en mi cabeza, una caricia cálida y reconfortante. Mi madre siempre sabía cómo hacerme sentir seguro. Ella es muy buena conmigo; siempre dice que soy especial.
—Elian, ya cumpliste once años —me dijo con esa voz suave que tanto me gusta—. A partir de ahora, el entrenamiento será mucho más difícil. Pero con tu capacidad de adaptación, será como un juego para ti. Uno muy fácil.
—Bueno… no creo que sea tan bueno como tú dices, mamá —respondí, sintiendo un poquito de vergüenza—. Pero haré lo mejor que pueda por ti. Prometido.
Ella esbozó una sonrisa tierna. Verla así me hacía sentir el niño más feliz del mundo. Si ella estaba contenta, mi mundo estaba en orden.
Me llevó de la mano hacia una habitación oscura al fondo de la casa. Me senté en la silla de madera, la que siempre usaba, y esperé. Una pequeña luz se encendió sobre la mesa, recortando las sombras. Delante de mí, había un hombre amarrado a otra silla. Tenía los ojos muy abiertos y una tela le tapaba la boca. Parecía que tenía mucho miedo.
—Bien, Elian. Comencemos —dijo mamá con calma.
Ella le quitó la prenda que lo mantenía callado. El hombre empezó a respirar muy rápido, como si hubiera estado corriendo una carrera. Era mi turno de actuar.
—¿Por qué me trajiste a este lugar? —gritó el hombre, mirando a mamá con desesperación—. ¡¿Por qué tengo a un niño frente a mí?! ¿Qué es esto?
—Mi hijo te interrogará —respondió mamá desde la oscuridad, detrás de mi hombro—. Yo no lo haré.
—¿Qué? ¿Un niño? ¿Aquí? —el hombre miraba hacia los lados, sudando mucho—. ¡En este lugar no hay policías ni cámaras! ¡Déjenme ir!
—Cállate y responde —dije yo, tratando de que mi voz no sonara nerviosa.
Puse mis manos sobre la mesa, tal como mamá me había enseñado. Miré al señor a los ojos. No quería lastimarlo, pero mamá dijo que este señor tenía información que podía ayudar a mucha gente.
—Hola, señor —le dije, intentando sonar amable, como cuando saludo a los vecinos—. Me llamo Elian. Si usted me cuenta la verdad, mamá dice que todo terminará rápido y podrá irse a casa. ¿A usted le gusta su casa, verdad? Yo quiero mucho la mía.
El hombre se quedó callado un segundo, mirándome como si yo fuera algo extraño. Sus ojos se movían de arriba abajo.
—Niño… por favor… sácame de aquí —susurró él.
—No puedo hacer eso si no me ayuda —respondí, inclinando un poquito la cabeza—. Mamá dice que usted sabe dónde están los papeles de la empresa. Si me lo dice, ella sonreirá, y a mí me gusta mucho cuando ella sonríe. ¿Por qué no me cuenta qué hizo con ellos?
El hombre soltó una carcajada nerviosa, una que sonaba a miedo puro.
—¿Papeles? ¿Casa? Niño, no sé de qué me estás hablando. Dile a tu madre que me suelte, yo no he hecho nada malo —dijo el señor, tratando de que su voz sonara fuerte, pero sus ojos bailaban de un lado a otro.
Incliné la cabeza, observándolo con mucha atención, tal como mamá me había practicado. Podía ver cómo sus manos temblaban contra las cuerdas y cómo evitaba mirarme directamente.
—Señor… mentir es feo. Mamá dice que cuando alguien miente tanto, su corazón se vuelve pesado. Y el suyo debe pesar muchísimo —le dije, suavizando mi voz—. Usted cree que porque soy pequeño no entiendo las cosas que hizo, pero yo sé leer. Sé lo que les pasó a esas personas por las que usted tomó dinero. Sé que ellos ya no tienen casa.
El hombre se quedó rígido. El sudor le caía por la frente, dejando un rastro brillante bajo la luz.
—¿Qué dices? Tú no sabes nada… —susurró.
—Lo sé todo —respondí, y esta vez no sonreí. Acerqué mi silla un poquito más a la suya, invadiendo su espacio—. Sé que usted cree que nadie lo vio, pero el mundo es muy chiquito, señor. ¿Sabe qué es lo más triste? Que mientras usted estaba en hoteles bonitos, había niños como yo que se quedaban sin comida. Por su culpa.
—Yo… yo solo seguía órdenes…
—Eso dicen los cobardes, mamá me lo explicó ayer —mis dedos empezaron a tamborilear suavemente sobre la mesa, un sonido rítmico que lo ponía más nervioso—. Usted no es una buena persona. Usted es un criminal. Y los criminales no vuelven a casa a menos que pidan perdón de verdad.
Me detuve y lo miré fijamente, usando ese truco de no parpadear que tanto me costó aprender.
—Si no me dice dónde está lo que buscamos, mamá se pondrá triste. Y si ella se pone triste, yo también. Y cuando estoy triste, a veces se me olvida ser amable —mi tono seguía siendo el de un niño, pero las palabras eran como agujas—. Usted tiene una hija, ¿verdad? Se llama Lucía. ¿Qué pensaría ella si supiera que su papá es un monstruo que le roba a los demás? ¿Seguiría queriéndolo? ¿O le daría asco tocar sus manos?
El rostro del hombre se descompuso por completo. Empezó a sollozar, un sonido feo que llenó la habitación oscura. Sus defensas, esas que quizás habrían aguantado los golpes de un policía, se rompieron ante la idea de que su propia hija lo viera a través de mis ojos.
—No… a ella no… por favor —suplicó, totalmente quebrado—. Te lo diré… te lo diré todo, pero no se lo digas a ella…
Sentí una punzada de satisfacción en el pecho. Miré hacia atrás, buscando la sombra de mi madre.
—¿Viste, mamá? El señor ya quiere ser un niño bueno —dije, recuperando mi sonrisa tierna.
Mamá salió de la oscuridad y puso su mano fría sobre mi hombro. Estaba orgullosa. Ese era el mejor regalo de cumpleaños que podía recibir.
Desperté con el sabor amargo del pasado todavía en la lengua. Había vuelto a soñar con aquella habitación oscura, con la silla de madera y el llanto de aquel hombre. Era inevitable; estaba usando las armas de mi infancia para sobrevivir al presente y tratar de construir un futuro. No puedes invocar a los fantasmas de tu madre sin esperar que se queden a cenar.
—Despertaste, niño —la voz del líder interrumpió mis pensamientos.
—¡Papá! ¡Papá! —un grito infantil y agudo rompió el silencio del refugio.
—Oh, ¿sucede algo, pequeña?
—¡Mira!
Me incorporé con lentitud, observando la escena. La niña le mostraba un dibujo, un garabato lleno de colores que parecía fuera de lugar en este mundo de ceniza. Me pregunté qué había pasado mientras el agotamiento me vencía. Había sido una hora de viaje, un trayecto agónico que me había dejado vacío.
Originalmente, mi plan era buscar cualquier agujero donde escondernos, pero este hombre insistió en venir aquí, al lugar donde ocultaba a su “hija”. No comparten sangre, pero en el Archivo, los vínculos se forjan con algo más espeso que el parentesco: la necesidad.
Estábamos a salvo, al menos por ahora. De las diecisiete personas originales, solo quedábamos once, contando a la niña, sumábamos doce almas. Mis ojos recorrieron el lugar, contando cabezas de forma instintiva. Seguían siendo demasiados. La onda expansiva no había sido lo suficientemente selectiva; no murieron suficientes personas.
¿Me conviene mantenerlos con vida? ¿O debería dejarlos morir?
La pregunta martilleaba en mi mente con una frialdad matemática. No es que yo me sintiera un dios con el poder de decidir quién respira, pero en el Archivo aprendes una lección rápido: si no tomas la decisión tú, el sistema la tomará por ti. Y cuando eso ocurra, te darás cuenta, demasiado tarde, de que fuiste estúpidamente gentil con los que te rodeaban.
Me detuve en seco, apretándome las sienes con los dedos. Me dolía la cabeza y esos pensamientos extraños empezaban a asustarme. Era como si la voz de mi madre se hubiera vuelto un eco permanente en mi cráneo.
Pero ya es tarde para dudar, ¿no? Si Malrec sigue vivo, somos hombres muertos caminando. Aquella esfera morada… no podía ser una coincidencia. Si era la misma que vi en el centro comercial, significaba que el Grupo 2 no era la carnada, sino el mazo. Y si ellos habían sobrevivido, seguir huyendo no serviría de nada. Nos encontrarían por el simple rastro de sangre y cansancio que dejábamos atrás. A no ser…
Me levanté con lentitud, sintiendo el peso de cada músculo protestando por el esfuerzo. Tenía que buscar a Serenne. Esa chica era un enigma que no terminaba de descifrar; le di la oportunidad de quedarse con el grupo de Malrec, de permanecer bajo la protección de un poder conocido, pero decidió lanzarse al vacío con nosotros. ¿Me podía imaginar el por qué? No estaba totalmente seguro, pero algo en su mirada me decía que sus motivos eran tan oscuros como los míos.
Sin embargo, había una urgencia más pragmática que la curiosidad.
Por lo que me había dicho antes del caos, debía encontrarla rápido. Hay varias cosas de las que tenemos que hablar, verdades que no puedo discutir frente a los otros diez. Ella debe saber dónde está exactamente este peso que siento encima; debe conocer la ubicación de ese rastreador que me vincula al Administrador.
Si no logro quitármelo, todo este escape, el sacrificio del chico y la traición a Malrec no habrán sido más que un retraso de lo inevitable. No estamos huyendo hacia la libertad; estamos arrastrando nuestra propia correa mientras el amo tira de ella desde las sombras.
Caminé entre los cuerpos cansados de los sobrevivientes, evitando pisar a los que aún roncaban con pesadez, buscando su silueta silenciosa. Necesitaba que Serenne me liberara de mi propia marca, antes de que el brillo púrpura de la calle volviera a encontrarnos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com