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El Archivo del Trauma - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 El placebo de la calidez
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6: Capítulo 6: El placebo de la calidez 6: Capítulo 6: El placebo de la calidez El mensaje azul seguía ahí.

No importaba cuánto apretara los párpados o cuántas veces me lavara la cara con el agua helada del baño; el recuadro de [ACCESO DENEGADO] permanecía anclado a mi visión, una mancha que se negaba a ser borrada.

Siguiendo el consejo de Lidya, terminé en la enfermería, buscando un rincón donde el silencio no pesara tanto.

El lugar era un oasis de color blanco y olor a eucalipto.

Al fondo, tras una cortina de lino que ondeaba suavemente con la brisa de la ventana, apareció ella.

—Otra vez por aquí, Elian —dijo con una sonrisa que solo podría describirse como reconfortante.

No era una desconocida, pero tampoco alguien con quien hablara a menudo.

Sin embargo, siempre me trataba con una familiaridad que me desarmaba.

Tenía ese tipo de belleza serena que no intimidaba, sino que invitaba a bajar la guardia.

Sus ojos tenían el mismo brillo protector que recordaba en los de mi madre antes de que todo se volviera confuso.

—Kloss dice que parezco un desastre —respondí, sentándome en la camilla de metal.

El frío de la superficie atravesó mi pantalón, pero ella se acercó de inmediato, colocando una mano cálida sobre mi hombro.

—Lidya siempre ha sido muy directa —comentó mientras humedecía una gasa para limpiar un pequeño raspón en mis nudillos que ni siquiera sabía que tenía—.

Pero tiene razón en algo.

Estás agotado.

Tu piel está demasiado pálida y tu pulso va a una velocidad que no me gusta.

Se movía con una gracia eficiente.

Me trató con una ternura casi maternal, ajustándome el flequillo con suavidad antes de colocarme un termómetro.

No era la amabilidad profesional y distante de un médico; era algo más íntimo.

Parecía que su única función en el mundo ese miércoles por la mañana era asegurarse de que yo estuviera bien.

—Dime la verdad —susurró, inclinándose hacia mí.

Su perfume olía a flores frescas, un aroma que contrastaba con el olor a encierro de mi apartamento—.

¿Has estado durmiendo?

¿O te has quedado despierto dándole vueltas a las cosas de nuevo?

Me tensé.

Sus dedos en mi frente se sentían reales, demasiado reales.

—Solo fue una noche larga —mentí, intentando ignorar el mensaje azul que seguía flotando, ahora justo sobre su coronilla.

—Mírame —pidió, tomando mi mentón con delicadeza para que la enfocara.

Lo hice.

Sus ojos eran claros y profundos.

Por un segundo, la calidez de su tacto y la suavidad de su voz me hicieron querer rendirme.

Quise contarle lo del mensaje, lo de Kenji, lo de la silla vacía.

Quise que ella fuera la persona que me dijera que todo era una pesadilla producto del cansancio.

Y entonces, justo cuando sentí la presión reconfortante de sus dedos sobre mi piel, el mensaje azul simplemente…

se desvaneció.

No parpadeó.

Solo dejó de existir, como si alguien hubiera pulsado un interruptor de apagado detrás de mis ojos.

El aire frente a mí volvió a ser transparente.

En lugar de alivio, sentí una punzada de terror.

Mi mente no se calmó; se puso en guardia.

Se ha ido justo cuando ella me ha tocado.

No es que me haya curado; es que el mundo se está escondiendo.

Está borrando las huellas porque sabe que estoy mirando.

—¿Ves?

Ya estás respirando mejor —dijo ella con una sonrisa que ahora me pareció una máscara de porcelana demasiado bien ajustada—.

Te has puesto muy blanco de repente, pero parece que el mareo está pasando.

—Sí —mentí, forzando una rigidez en mi voz—.

Solo necesitaba…

parar un momento.

Pero por dentro, la alarma no dejaba de sonar.

El mensaje se había ido, pero el vacío que dejó era mucho más amenazante.

Si el mundo podía borrar sus propios errores para convencerme de que estaba loco, entonces yo ya no tenía ningún lugar seguro.

Pasaron unos cuarenta minutos en los que el tiempo pareció espesarse.

Me quedé recostado en la camilla, mirando el techo blanco.

La enfermera me había dejado una infusión tibia que ahora descansaba, ya fría, sobre la mesa.

El silencio fue interrumpido por unos pasos rápidos y rítmicos.

Conocía ese andar.

No era la marcha pesada del conserje ni el paso marcial de Kloss.

Era un trote ligero, lleno de una energía que siempre me resultaba agotadora y necesaria a la vez.

La puerta se abrió y Amélie entró, casi sin aliento.

—¿Elian?

Kloss me dijo que estabas aquí.

Dijo que te habías quedado congelado en el pasillo.

Se acercó a la camilla en tres zancadas y se sentó en el borde, haciendo que el metal protestara con un chirrido.

Me escaneó con esa intensidad que solo ella podía permitirse.

—Kloss exagera —mascullé.

—Kloss no sabe lo que es una exageración, Elian.

Mírame a los ojos.

¿Me lo prometiste, recuerdas?

—preguntó en un susurro cargado de reproche dulce—.

Me prometiste anoche que ibas a cerrar los ojos.

¿Dormiste algo?

La culpa me golpeó con fuerza.

Recordé la noche en vela y la luz amarillenta de la lámpara quemándome las pupilas.

—Algo dormí —mentí, desviando la vista—.

Solo es la presión de los exámenes.

Amélie soltó un suspiro largo y me tomó del mentón, obligándome a volver a ella.

No me dejó escapar.

Sus ojos claros eran como espejos que me devolvían la imagen de un mentiroso mediocre.

—No me engañas.

Cuando mientes, parpadeas más de lo normal —apretó los labios—.

Sigues obsesionado con lo que ella dejó atrás.

Tienes que soltarlo, o te vas a desvanecer tú también.

Me quedé helado.

Te vas a desvanecer tú también.

Ella lo decía por mi salud, pero para mí sonó como una advertencia del sistema.

Si dejaba de buscar, ¿qué me impediría ser el siguiente en ser borrado?

—No te preocupes tanto, Amélie.

Estoy aquí, ¿no?

—traté de sonreír, pero la expresión se sintió como una máscara mal ajustada.

—A medias —replicó ella, aunque suavizó el tono—.

Vamos, levántate.

Te voy a llevar a la cafetería y vas a comer algo que no sea café y ansiedad.

Me bajé de la camilla.

Mientras caminábamos hacia la salida y ella empezaba a hablarme sobre lo horrible que era el nuevo peinado de un profesor, me permití disfrutar de su voz.

Era mi ancla.

Sin embargo, al cruzar el umbral, miré hacia atrás.

La enfermera seguía allí, al final del pasillo, observándonos partir con esa misma sonrisa perfecta que no llegaba a sus ojos.

—¡Vamos, Detective Sombras!

—Amélie me tiró de la manga—.

El mundo no se va a detener porque tú tengas sueño.

—Ya voy —respondí, dejando que ella me arrastrara de vuelta a la normalidad, aunque supiera que era una normalidad de cartón piedra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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