El Archivo del Trauma - Capítulo 7
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7: Capítulo 7: El umbral de la frecuencia 7: Capítulo 7: El umbral de la frecuencia Era miércoles, 14 de octubre.
Lo sabía porque lo había anotado tres veces en mi libreta antes de salir.
Mi madre siempre decía que las fechas son los clavos que sujetan la realidad a la pared; si pierdes la fecha, el cuadro se cae.
Hacía más de un año que no aceptaba una invitación que no fuera estrictamente académica.
Desde que ella se fue, mi mundo se había reducido al trayecto entre la preparatoria y mi apartamento; un circuito cerrado de soledad y carpetas.
Pero Amélie había insistido.
No, insistir era poco; me había arrastrado fuera de mi zona de confort con esa mezcla de dulzura y terquedad que solo ella poseía.
—Es solo un café después de clases, Elian —me había dicho mientras salíamos de la enfermería—.
No es una misión de espionaje.
Relájate.
Caminábamos por la acera que bordeaba el campus.
El aire de octubre era fresco, cargado de un aroma a hojas secas que debería haberme resultado agradable.
Pero mi mente no descansaba.
Mis sentidos estaban en alerta máxima, como un animal que presiente una tormenta que nadie más ve.
Escaneaba el entorno por pura inercia: un coche rojo aparcado en el mismo lugar que ayer, una grieta en el pavimento que parecía haber crecido, el parpadeo de un semáforo que no seguía su ritmo habitual.
—¿Vane?
Estás haciendo esa cara otra vez —la voz de Amélie me sacó de mi análisis.
—¿Qué cara?
—pregunté, obligándome a relajar los hombros.
—Esa en la que parece que estás intentando descifrar el mecanismo del universo.
Deja de mirar las grietas del suelo y mírame a mí.
Es de mala educación ignorar a tu guía turística.
Me obligué a girar la cabeza hacia ella.
Amélie caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta, saltando ocasionalmente para evitar las baldosas flojas.
El sol de la tarde se filtraba entre los edificios y le daba a su cabello un tono cobrizo que no recordaba haber notado antes.
Por un momento, me quedé mirándola más de lo necesario.
Ella era…
sólida.
Su risa no tenía estática, su piel no mostraba mensajes de error.
Era el único elemento de mi vida que no se sentía como una construcción de cartón piedra.
Verla así, tan despreocupada, me generaba una mezcla dolorosa de envidia y ternura.
Ella vivía en el mundo que yo había perdido.
—¿Tengo algo en la cara?
—preguntó ella con una sonrisa traviesa, notando mi escrutinio.
—No.
Solo…
intentaba recordar cuándo fue la última vez que hicimos esto —mentí a medias.
—Hace catorce meses y tres días —respondió ella de inmediato, perdiendo la sonrisa por un segundo—.
Pero no estamos contando, ¿verdad?
Hoy es un nuevo día, Elian.
Asentí, aunque por dentro sentía una punzada de culpa.
Amélie estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por remendar mi realidad.
Cada vez que mis ojos se desviaban hacia un callejón oscuro o hacia una persona que caminaba de forma demasiado mecánica, sentía que la traicionaba.
Llegamos a la cafetería “El Refugio”, un lugar pequeño y ruidoso.
Me senté frente a ella, tratando de que el murmullo de las conversaciones apagara el zumbido metálico que empezaba a vibrar en mis oídos.
—¿Ves?
Nadie ha muerto y el café huele a café —dijo ella, apoyando los codos en la mesa—.
Sobreviviste a los primeros cinco minutos de interacción social, Vane.
—Soy un milagro de la naturaleza —respondí, intentando que mi tono sonara sarcástico y no tan roto como me sentía.
Empezamos a hablar.
Fue una charla trivial, el tipo de conversación que yo solía despreciar por considerarla superficial, pero que hoy se sentía como un salvavidas.
Amélie se quejó del club de teatro, me contó que su padre estaba intentando aprender a cocinar sin quemar la cocina y se burló de lo mucho que Lidya Kloss se parecía a un despertador suizo.
Mientras la escuchaba, me quedé suspendido en un pensamiento peligroso: ¿Y si yo pudiera apagar el ruido?
¿Y si dejara de buscar grietas y me obligara a ver el mundo tan liso y perfecto como ella lo ve?
Tal vez, si lograba engañarme a mí mismo, tendría una oportunidad de ser feliz.
Por un segundo, la idea cruzó mi mente: ¿Y si ella…?
La duda me hizo callar.
Me quedé mirando el fondo de mi taza, preguntándome si era posible reescribirme para encajar en su mundo.
—¿Elian?
—su voz sonó más suave—.
Te quedaste en las nubes otra vez.
—No es nada —dije, levantando la vista—.
Solo pensaba que…
tienes razón.
El café huele a café.
Ella sonrió, satisfecha con mi respuesta, y extendió la mano para tomar un trozo de tarta.
Pero en ese preciso instante, mientras sus dedos rozaban el tenedor, mi visión periférica captó algo.
El reloj de pared dio un salto.
El segundero avanzó tres espacios de golpe, en silencio.
Miré hacia la barra; el camarero que estaba sirviendo una taza se quedó congelado en una postura antinatural, con el líquido suspendido en el aire, formando un arco perfecto que no caía.
El silencio que siguió no fue la ausencia de ruido; fue un vacío físico que me succionó los oídos.
—¿Amélie?
—pregunté.
Cuando la miré, ella ya no estaba masticando.
Sus ojos estaban fijos en mí, pero su expresión se había vuelto plana, como una fotografía mal impresa.
El pánico empezó a treparme por la garganta.
Miré a mi alrededor: nadie se movía.
El vapor de las tazas se había solidificado en el aire como hilos de algodón.
El ruido de la cafetería había sido reemplazado por un zumbido sordo, una frecuencia eléctrica que me hacía vibrar los huesos.
—Amélie, por favor, esto no tiene gracia.
Me levanté con tanta brusquedad que la silla se volcó, pero no produjo sonido alguno al golpear el suelo.
Extendí la mano hacia ella, necesitando desesperadamente sentir su calor.
Quise tocar su mejilla.
Pero cuando mis dedos entraron en contacto con su rostro, no hubo resistencia.
Mi mano atravesó su mandíbula como si ella estuviera hecha de humo o de luz proyectada.
No sentí piel, ni hueso.
Sentí una descarga de estática helada que me recorrió el brazo.
Retrocedí de un salto, ahogando un grito.
Al mirar mi propia mano, vi que por un instante se había fragmentado en miles de puntos de luz azul antes de recuperar su forma.
—¿Qué…
qué es esto?
En ese momento, el ventanal de la cafetería se volvió opaco y empezó a llenarse de líneas de texto que corrían a una velocidad vertiginosa.
El suelo vibró y la imagen de la cafetería empezó a “pelarse” por las esquinas, como una fotografía vieja arrojada al fuego.
Detrás de las paredes que se desmoronaban no había ladrillos; había un vacío infinito, una estructura de metal y sombras que se extendía hasta donde la vista no alcanzaba.
El mundo que Amélie habitaba se estaba apagando.
Un último mensaje, nítido y violento, apareció justo frente a mis ojos: [FALLO DE SINCRONIZACIÓN DETECTADO] [REUBICANDO ELEMENTO NO VÁLIDO EN LA CELDA DE ALMACENAMIENTO 04-S] Sentí un tirón brutal, como si un anzuelo invisible me arrastrara hacia atrás.
La cafetería, el café frío y la figura estática de Amélie se encogieron hasta convertirse en un punto de luz brillante que terminó por apagarse.
La oscuridad me tragó por completo.
Lo último que sentí antes de perder el conocimiento fue el olor a ozono y el impacto de mis rodillas contra un suelo de metal gélido que nunca antes había pisado.
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