El Archivo del Trauma - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 La Ciudad Eco
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8: Capítulo 8: La Ciudad Eco 8: Capítulo 8: La Ciudad Eco El dolor fue lo primero que regresó.
Un pulso rítmico detrás de los ojos me obligó a mantener los párpados cerrados durante lo que parecieron minutos.
Sentía el rostro pegado al suelo.
La baldosa, que debería haber estado lisa y limpia, se sentía áspera, cubierta de una fina capa de ceniza que me llenaba la nariz con un olor a ozono y metal quemado.
Abrí los ojos muy despacio.
No me moví.
Mi instinto me ordenó quedarme quieto.
La cafetería ya no era la cafetería.
Las mesas estaban volcadas y el barniz de la madera se había descascarado como si hubieran pasado veinte años desde que Amélie se levantó por los cafés.
El silencio era lo más pesado; no era la ausencia de ruido, era una presión física en los oídos, como estar a kilómetros bajo el agua.
Me incorporé con lentitud, controlando cada movimiento.
Me acerqué al ventanal, evitando los cristales rotos que alfombraban el suelo como diamantes sucios.
Al mirar hacia afuera, el aire se me quedó atascado en la garganta.
El cielo no era el gris de siempre.
Era un naranja turbio, veteado de un rojo oscuro que palpitaba débilmente.
No había sol, pero todo estaba bañado por una luz enferma que no proyectaba sombras normales.
Los coches estaban detenidos en ángulos imposibles, cubiertos de óxido y polvo, con las puertas abiertas de par en par, como si sus dueños se hubieran evaporado en medio de un trayecto.
Salí a la calle con la espalda pegada a la pared.
Mis dedos rozaron el hormigón y sentí una vibración extraña, una especie de zumbido que venía de dentro de la estructura, como si el edificio mismo estuviera hecho de estática sólida.
“Cálmate”, me dije, aunque mis manos temblaban.
“Estabas en la cafetería.
Hubo ese destello azul.
Y ahora estás…
aquí”.
No intenté gritar.
Algo en la atmósfera, en ese cielo que parecía un incendio congelado, me decía que llamar la atención era una idea suicida.
Caminé hacia la esquina, observando los detalles por inercia: una farola doblada como si fuera de plástico, un escaparate que mostraba ropa que se deshacía en jirones negros, un cartel publicitario cuyas letras se mezclaban en un lenguaje que no podía leer.
La ciudad parecía una copia mal hecha, un boceto abandonado que alguien había intentado borrar sin éxito.
Me detuve al llegar al cruce.
A lo lejos, a un par de manzanas, algo se movió.
No era el movimiento de una persona.
Era un sonido pesado, un roce de metal contra asfalto que se repetía con una cadencia lenta y deliberada.
Shhh-clanc.
Shhh-clanc.
Me agaché tras el capó oxidado de un vehículo cercano, conteniendo la respiración.
Caminé pegado a las fachadas que vibraban con ese zumbido de estática.
Mi mente, acostumbrada a catalogar cada anomalía, intentaba procesar lo que veía.
“Tengo que llegar a casa”, pensé.
Era un impulso irracional, pero en un lugar donde nada tenía sentido, necesitaba un punto de referencia.
Llegué a la puerta de mi edificio.
La fachada parecía haber sido devorada por un ácido invisible; el hormigón presentaba agujeros que dejaban ver una estructura interna oscura y fibrosa.
Subí las escaleras evitando los peldaños que parecían translúcidos.
Al llegar al tercer piso, me detuve frente a la puerta.
Mi hogar.
Al girar el pomo, la puerta no ofreció resistencia, pero el sonido que emitió no fue de madera rozando el marco.
Fue un crujido de interferencia, como el de una radio mal sintonizada.
Entré.
Todo estaba en su sitio, pero a la vez, todo estaba mal.
Los libros en las estanterías no tenían títulos, solo manchas de tinta borrosa.
Metí la mano en mi bolsillo, buscando desesperadamente el reloj de pulsera de mi madre.
Necesitaba sentir el metal frío, algo que me recordara que yo era Elian Vane y que venía de un mundo con lógica.
Al sacarlo, mis ojos sufrieron un espasmo.
El reloj vibraba en mi palma, pero no por el segundero.
Una neblina azulada envolvía el cristal, distorsionando los números hasta hacerlos ilegibles.
Sobre el objeto, flotó un texto parpadeante: [ESTABILIDAD: 12%] Cerré los ojos con fuerza y me froté las sienes.
El dolor de cabeza era insoportable.
“¿Qué es eso?
¿Qué significa el doce por ciento?”.
El frío que emanaba del metal me quemó los dedos.
Ver ese número me produjo un mareo violento; era como si el reloj estuviera hecho de arena que el viento empezaba a llevarse.
Lo guardé de inmediato, con la mente trabajando a mil por hora.
Si el sistema le asignaba un porcentaje de “estabilidad” a un objeto inanimado para marcar su desaparición…
¿significaba que la existencia misma era una variable cuantificable en este lugar?
Un pensamiento gélido me recorrió la espalda: Si el reloj tiene un límite…
¿lo tengo yo también?
De repente, un ruido me obligó a congelarme.
Shhh-clanc.
Shhh-clanc.
Me pegué a la pared, conteniendo la respiración, y miré por la mirilla.
Afuera, en el pasillo bañado por esa luz naranja, había una figura alta y desproporcionada, cuyos brazos terminaban en puntas metálicas.
No tenía rostro, solo una masa de estática vibrante.
Sentí un impulso de salir, de enfrentarlo para exigir respuestas, pero mi inteligencia se impuso.
Estaba en desventaja.
En medio de la penumbra del salón, noté un destello tenue que emanaba de mi propio brazo.
Fruncí el ceño, desconcertado, y me subí la manga de la chaqueta.
Allí, flotando apenas a unos milímetros de mi piel, una etiqueta translúcida parpadeaba con una luz mucho más débil que la del reloj, pero igual de implacable.
[ESTABILIDAD: 92%] Me quedé mirando el número, sintiendo una mezcla de náuseas y una rabia sorda que me apretó la mandíbula.
¿92%?
No era una coordenada, ni una identificación.
Era una maldita barra de estado.
—¿Qué clase de juego enfermo es este?
—susurré, sintiendo que el aire me faltaba.
Un golpe seco en la puerta del vecino me hizo saltar.
La madera se disolvió en partículas negras y, segundos después, escuché un grito digitalizado, una grabación rota que se apagó en seco.
De pronto, el silencio regresó, pero era la calma que precede a un derrumbe.
Mi puerta simplemente se desintegró.
No hubo astillas, ni estruendo; se desvaneció en una nube de ceniza negra, dejando el umbral abierto como una boca oscura.
La figura entró con un movimiento fluido y aterrador.
Era más alta de lo que parecía por la mirilla.
Me puse en pie, con las manos a la vista.
El instinto me dictaba que debía intentar establecer contacto, racionalizar el peligro.
—Oye —mi voz sonó ronca—.
No sé quién eres.
No busco problemas.
Solo quiero salir de aquí.
La criatura se detuvo.
Inclinó la cabeza con un movimiento espasmódico, casi mecánico.
Durante cinco segundos eternos, se quedó inmóvil.
Por un momento, creí que mi lógica estaba funcionando, que bajo esa masa de estática había algo capaz de reconocer mi voz.
Fue una ilusión.
Sin previo aviso, el ser lanzó uno de sus brazos hacia adelante.
No fue un golpe; fue un latigazo de metal y sombra.
Me arrojé al suelo hacia la derecha justo a tiempo.
El brazo de la criatura se hundió en la pared de ladrillo de la entrada, provocando un estruendo seco y una lluvia de escombros que me golpeó la espalda.
Era sólido.
Tenía fuerza.
Y acababa de pulverizar el lugar donde estaba mi cabeza hace un segundo.
—Mierda —mascullé, rodando sobre las baldosas.
No había salida trasera.
Mi única forma de salir era pasar por encima de esa cosa o rodearla para llegar a la puerta principal.
“Piensa, Elian.
Causa y efecto.
No se mueve por vista, o ya me habría alcanzado”, razoné mientras me ponía de pie tras la barra de la cocina.
El ser estaba extrayendo su brazo de la pared con un crujido metálico.
Sus movimientos eran rápidos pero torpes, como si estuviera sintonizando una frecuencia.
Agarré un pesado jarrón de cerámica de la mesa y lo lancé con fuerza hacia el rincón opuesto del salón.
El jarrón impactó contra el suelo y estalló en mil pedazos.
Al instante, la criatura giró sobre sí misma y cargó contra el lugar del impacto, destrozando el sofá a su paso.
Era mi oportunidad.
Corrí.
No hacia la habitación, sino directamente hacia la salida principal que la criatura acababa de dejar libre.
Mis pulmones ardían y mi visión volvió a pixelarse por los bordes, un dolor punzante en las sienes que me avisaba de que mi cuerpo no toleraba estar cerca de ese ser.
Al pasar a menos de un metro de la criatura, el número en mi muñeca —ahora un 88%— parpadeó violentamente.
Sentí un frío glacial recorrerme la columna, una sensación de que mis propios átomos estaban siendo tironeados hacia afuera.
Llegué al pasillo del edificio y bajé las escaleras a saltos, casi cayendo en cada tramo.
Escuché un chillido digital detrás de mí; esa cosa había detectado el engaño y venía tras de mí con un estrépito de metal contra metal.
Salí al portal y empujé la puerta hacia la calle.
El cielo naranja me recibió con su luz enferma.
No me detuve a mirar.
Giré a la izquierda, internándome en un callejón, buscando cualquier rincón donde mi silueta se confundiera con las sombras de esta ciudad muerta.
Corrí hasta que mis piernas flaquearon, escondiéndome tras una hilera de contenedores de basura que se sentían como cartón mojado.
Me quedé allí, jadeando, con la espalda pegada a una pared que zumbaba con estática.
Había escapado, pero ahora sabía dos cosas: las reglas de este lugar no incluían la diplomacia, y mi simple existencia aquí era una anomalía que el mundo estaba intentando borrar activamente.
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