El Archivo del Trauma - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 La chica del vacío
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9: Capítulo 9: La chica del vacío 9: Capítulo 9: La chica del vacío Salí del callejón con los pulmones ardiendo.
No me detuve a comprobar si esa cosa seguía detrás de mí; el eco de sus pasos metálicos se había quedado grabado en mis oídos como una persistente interferencia Caminé por la avenida principal, tratando de mantener un ritmo constante, pero mis ojos no paraban de saltar de un lado a otro.
La ciudad estaba cambiando.
Antes, al despertar, todo parecía simplemente abandonado, un escenario inerte.
Pero ahora, las sombras bajo los coches oxidados parecían estirarse, cobrando una densidad antinatural.
De la nada, una figura emergió de un escaparate roto a mi derecha.
Luego otro, desde el interior de un autobús volcánico.
“No estaban ahí antes” , pensé, apretando los dientes.
“¿Aparecen cuando las miro?
¿O es que el mundo está generándolas porque sabe que me he movido?” .
No eran como la primera criatura.
Estas eran más pequeñas, más erráticas; bocetos inacabados de personas hechos de estática gris y cables.
No tenían dirección, solo deambulaban, pero en cuanto mis pies golpearon una rejilla metálica, todas giraron sus cabezas inexistentes hacia mí al mismo tiempo.
No esperé a ver qué hacían.
Empecé a correr.
Mi mente trazó una ruta automática.
La preparatoria estaba a tres manzanas.
Era un edificio sólido, lleno de pasillos que conocía de memoria, de rincones donde mi lógica tendría ventaja ambiental.
Al llegar a la verja principal, la encontré retorcida, como si el metal hubiera intentado huir del suelo.
Salté sobre los escombros y me interné en el patio central.
Pero cometí un error: el silencio de la escuela era una trampa de procesamiento.
Al llegar al centro del patio, el sonido de los roces metálicos se multiplicó.
Shhh-clan.
Shhh-clan.
Las criaturas salían de las aulas, bajaban por las paredes como insectos, bloqueando las salidas.
Eran al menos una docena.
Me rodearon lentamente, cortando el círculo.
El dolor en mis sienes se volvió insoportable; la interferencia que emitían era tan fuerte que mi visión empezó a parpadear en blanco y negro.
[ESTABILIDAD: 82%] El número en mi muñeca caía a una velocidad que me hizo flaquear las rodillas.
Estaba acorralado —Atrás —mascullé, aunque mi parte racional sabía que el lenguaje no era una herramienta útil contra esos monstruos.
Una de las criaturas se agachó para saltar.
Sus extremidades vibraron y la grieta de su rostro se iluminó con un cegador naranja.
Cerré los ojos, preparándome para el impacto que borraría mi existencia.
Pero el impacto nunca llegó.
En su lugar, escuche un silbido agudo, como el de una cuchilla cortando el aire a una velocidad imposible.
Un estallido de estática roja ilumina mis párpados.
Abrí los ojos y vi a la criatura desmoronarse en una lluvia de píxeles negros.
Frente a mí, de espaldas, había una chica.
No era Amélie.
Llevaba una chaqueta de cuero oscuro desgastada y una bufanda que le cubría la mitad del rostro.
En su mano derecha sostenía una especie de vara metálica que vibraba con una luz carmesí.
Se movió con una fluidez que hacía que los monstruos parecieran estatuas.
En tres movimientos precisos, toque a las criaturas más cercanas, destrozándolas básicamente, convirtiendo su estática en ceniza.
En menos de diez segundos, el patio volvió a quedar en silencio.
La chica soltó un suspiro largo y la luz de su vara se apagó.
Se giró hacia mí.
Sus ojos eran de un gris metálico que parecía ver a través de mi piel.
—Eres nuevo —dijo, y su voz tenía una dureza que no encajaba con su apariencia—.
Eres ruidoso.
Tu frecuencia está gritando “mírenme” a todo el maldito Archivo.
Se acercó y, antes de que pudiera reaccionar, me agarró de la muñeca izquierda, justo donde parpadeaba mi descenso.
—Si no cierras la boca y me sigue —sentenció, soltándome con desprecio—, tu estabilidad llegará a cero antes de que salgamos de este patio.
Y créeme, no quieres ver en qué te conviertes cuando eso pase.
Me quedé un segundo quieto.
Mi mente, impulsada por el miedo y la curiosidad, hizo lo que siempre hacía: intentar entender quién era la persona frente a mí.
Pero esta vez, no fue solo una deducción.
Sentí un tirón eléctrico detrás de los ojos, un calor seco que me quemó la retina.
Forcé la vista sobre ella.
De repente, la realidad se fragmentó.
Una ventana de luz azul, mucho más compleja que la de los objetos, se desplegó sobre ella.
El dolor me tocó la nuca, pero los datos aparecieron: [SUJETO: VALIETH VEILMOOR] [ESTABILIDAD: 64%] [TRAUMA DETECTADO: CULPA DE SUPERVIVIENTE] [ANOMALÍA: “FILO DE CENIZA” – Manifestación de la pérdida] Junto con los datos, una ráfaga de sensaciones me invadió.
Fue como si, por un milisegundo, yo fuera ella.
Sentí un frío metálico en el pecho y una soledad tan profunda que me oprimió el corazón.
El aire me faltó y mi propio marcador parpadeó violentamente.
[ESTABILIDAD: 81%] Me tambaleé, llevándome la mano a la frente.
Valieth se giró hacia mí como si hubiera sentido mi mirada.
Sus ojos se entrecerraron.
— ¿Qué acabas de hacer?
—preguntó en un tono peligroso—.
Tu frecuencia acaba de dar un salto de dolor.
—Nada…
—mentí.
El sabor de su culpa todavía amargaba mi lengua—.
Solo estoy mareado.
Ella invadió mi espacio personal para mirar mi muñeca.
—Ochenta y uno —susurró, sorprendida—.
Para ser un novato, estás bastante estable.
Pero si sigues esforzándote así, vas a terminar cloqueando antes de que termine el día.
Hizo un gesto hacia el sótano del gimnasio.
—Vamos.
Hay otros.
Y si quieres conservar ese ochenta y uno, será mejor que dejes de mirar las cosas tan fijamente.
El Archivo devuelve la mirada, Elian Vane.
Se sabía mi nombre.
No se lo había dicho.
El nombre Elian quedó flotando en el aire denso, sonando como una sentencia.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—mi voz salió más quebrada de lo que pretendía.
Valieth no se detuvo.
Empezó a caminar hacia el gimnasio con una confianza irritante.
Su bufanda ondeaba levemente, aunque no corría ni una pizca de aire.
—Ya te lo he dicho: eres ruidoso.
Tu identidad está pegada a ti como estática.
No hace falta ser un genio para leer un código que está gritando por ayuda.
—No me ha respondido —insistí—.
¿Quién eres tú?
¿Y qué es este lugar?
¿Qué es “el Archivo”?
Valieth se detuvo frente a la pesada puerta de metal.
Se giró solo lo suficiente para que su ojo gris captara la luz anaranjada.
—Demasiadas preguntas para alguien que casi se convierte en cena de Hollows hace dos minutos.
Si quieres respuestas, sígueme.
Si prefieres esperar a que la siguiente patrulla te borre de la existencia, adelante.
Puso la mano en el picaporte, lanzándome una última advertencia: —Pero te daré un consejo gratis, Elián.
En este lugar, saber cosas es un veneno.
Cuanto más intentas entender lo que pasa, más rápido te consume el Archivo.
No te detengas a pensar.
Solo muévete.
¿Archivo?
Ese nombre resonaba en mi cabeza.
Me quedé observando la puerta, calculando mis opciones.
Mi instinto me decía que entrar en un sótano con una armada desconocida era una idea nefasta.
Ella era un cúmulo de incógnitas: su arma, su actitud y ese truco inquietante de leer mi nombre.
Sin embargo, mirar hacia atrás era peor.
El patio se estaba volviendo “ruidoso”; el aire vibraba con ese zumbido que precedía a las sombras.
Seguirla era un riesgo calculado.
En este momento, ella era el único activo disponible.
—Está bien —apreté los puños—.
Te sigo.
Pero no esperes que me relaje ni que confie en ti.
Valieth soltó una risa seca, un sonido carente de humor.
—Confianza —repitió con cinismo—.
Qué concepto tan nostálgico.
Guárdatelo para cuando vuelvas a casa…
si es que eso sigue existiendo.
Empujó la puerta de metal y me interné tras ella en la penumbra, sintiendo el leve cosquilleo en mi muñeca.
Mi 81% vibraba contra mi piel, un recordatorio silencioso de que cada paso hacia la oscuridad era un paso menos hacia el mundo que creía conocer.
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