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El arquitecto de ecos. - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 Materia y Memoria
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1: Capítulo 1: Materia y Memoria 1: Capítulo 1: Materia y Memoria El universo comenzó sin aviso.

No hubo una cuenta atrás, ni un comité de bienvenida.

Solo una transición violenta desde la no-existencia a una sobrecarga sensorial que amenazaba con desgarrar la conciencia antes de que pudiera formarse.

El primer asalto fue el frío, un frío húmedo y agresivo que me arrancó de un calor líquido y uniforme, un estado de equilibrio perfecto que ahora sentía como un paraíso  perdido.

Luego vino la luz, no era la luz filtrada y rojiza que había conocido, sino un resplandor  blanco, clínico, que apuñalaba a través de párpados inútiles.

Y los sonidos, un caos cacofónico, voces metálicas y agudas, un pitido rítmico y distante, y, sobre todo, el retumbar ensordecedor de un corazón que no era el mío.

El mundo exterior era una agresión.

Mi respuesta fue el llanto.

No fue una decisión, sino una reacción en cadena, un espasmo incontrolable de un cuerpo ajeno.

Una inhalación forzada que quemaba, un universo de aire llenando un vacío que no sabía que existía.

El grito que salió de mi garganta era el de un extraño, agudo y desesperado.

Pero mientras esta diminuta forma de vida se convulsionaba en un pánico primordial, una parte de mí permanecía en calma.

Una parte de mí observaba.

Porque en el centro de mi ser, en un lugar que no ocupaba espacio, existía otro universo.

Una singularidad.

Un punto de densidad y temperatura infinitas, contenido dentro de mi conciencia.

No era una metáfora.

Era una sensación tan real como el frío en mi piel o la luz en mis ojos.

Era un peso inimaginable, un calor que superaba cualquier cosa que este nuevo cuerpo  pudiera registrar.

Era todo lo que había sido antes, condensado.

Un recuerdo compacto de otra vida, de otro lugar, donde las reglas eran conocidas y la existencia era… lógica.

«Ecuación de estado…

Constante de Planck…

Diagrama de Penrose…»  Fragmentos de pensamiento, no como palabras, sino como formas puras, geometrías de conocimiento flotaban en la periferia de la singularidad.

Eran los ecos de mi antiguo yo, el fantasma de un físico o un cosmólogo, ahora atrapado en la prisión más blanda y vulnerable que se pudiera concebir: un recién nacido.

—¡Es un niño!

¡Un varoncito sano, Gloria, felicitaciones!

—dijo una voz, teñida con el acento cantado de las montañas.

Manos cubiertas de látex, firmes y expertas, me levantaron.

Por un instante, el mundo se puso del revés.

Vi un techo con manchas de humedad y lámparas fluorescentes parpadeantes.

Luego, me colocaron sobre algo cálido y suave.

El olor a antiséptico y sangre se mezcló con un aroma a piel y sudor.

El latido ensordecedor se hizo más lento, más cercano.

Era mi madre.

—Ay, mi niño… mi Santi… —su voz era un susurro tembloroso, lleno de un agotamiento tan profundo como el cosmos.

Su aliento olía a café.

Me envolvieron en una manta áspera pero cálida.

El llanto amainó, reemplazado por un temblor incesante.

Mis ojos, incapaces de enfocar, solo captaban manchas de color.

Una mancha rosada y borrosa que era el rostro de mi madre.

Una mancha más oscura con gafas que debía ser mi padre, murmurando cosas que sonaban a oración y alivio.

—Se parece a mi papá —dijo él, su voz vibrando a través del pecho de mi madre.

—No digas bobadas, Carlos.

Tiene tus mismos ojos.

Mira esa boquita.

El caos familiar colombiano, instantáneo y abrumador.

Pronto, el cuarto se llenó de más voces, más manchas de color que se movían y hablaban a la vez.

Una abuela que rezaba en voz alta, un abuelo que daba palmadas en la espalda de mi padre, tías y tíos que se asomaban para dar su veredicto sobre mi apariencia.

Yo era una exhibición, un milagro cotidiano pasado de brazo en brazo, oliendo a talco, a loción barata y al humo de cigarrillo impregnado en la ropa de alguien.

Y en cada momento, mientras mi cuerpo era manipulado por estas fuerzas titánicas, mi conciencia se replegaba hacia adentro, hacia el único punto de referencia estable: la  singularidad.

Ellos veían un bebé.

Yo sentía el potencial de un billón de galaxias esperando a nacer.

Con cada aliento forzado de mis nuevos pulmones, el punto de luz en mi mente temblaba.

No explotó, no aún.

Pero se estremeció, como una estrella a punto de colapsar o nacer.

La inflación había comenzado.

El espacio-tiempo de mi universo interior, ligado a mi propia existencia, había iniciado su expansión exponencial.

No podía controlarlo.

Era una ley fundamental, una consecuencia de mi propio renacimiento.

El viaje desde el hospital hasta la casa fue una sinfonía de baches y el zumbido de un motor viejo.

El pueblo se reveló en destellos a través de la ventanilla del auto: fachadas de colores vivos, cables de electricidad cruzando las calles como telarañas y el omnipresente aroma de la pulpa de café secándose al sol.

Estábamos en el corazón del Eje Cafetero, a finales de los años noventa.

Un mundo de certezas analógicas, de televisores de tubo y de una violencia  lejana que a veces se acercaba demasiado.

La casa olía a madera, a cilantro y a la humedad de las montañas.

Me depositaron en una cuna que olía a pintura fresca.

Desde mi prisión de barrotes de madera, observaba el universo exterior.

La luz del atardecer dibujaba rectángulos dorados en el suelo.

Las sombras se  alargaban, obedeciendo las leyes de la óptica y la rotación planetaria.

Todo era física.

Todo era un conjunto de reglas predecibles, y, sin embargo, todo era nuevo y aterrador.

Cerré los ojos, no por decisión, sino por el peso insoportable del agotamiento.

El mundo exterior se desvaneció, los sonidos se convirtieron en un murmullo lejano.

Solo quedaba yo.

Y mi universo.

La singularidad ya no era un punto.

Se había expandido a una velocidad más allá de la luz, convirtiéndose en una sopa hirviente, inimaginablemente densa y caliente, de partículas que aún no tenían nombre ni forma.

Las fuerzas fundamentales —la gravedad, la electromagnética, la nuclear fuerte y la débil— estaban unificadas en una sola interacción primordial, una simetría perfecta que pronto se rompería.

Yo era un cosmólogo con el laboratorio definitivo.

Y era también el experimento.

Atrapado en la cuna, sin control sobre mis propias extremidades, comencé mi verdadero trabajo.

Observar.

Esperar.

Y recordar las reglas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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