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El arquitecto de ecos. - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 La Primera Órbita
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12: Capítulo 12: La Primera Órbita 12: Capítulo 12: La Primera Órbita La calma que había encontrado no era una paz estática, sino un equilibrio dinámico que debía ser mantenido activamente, día tras día.

Mi vida se asentó en un ritmo: las clases, las sesiones de estudio con Laura, y mis noches secretas como jardinero cósmico.

Mi disco protoplanetario alrededor de Lux se estaba volviendo más definido, un anillo de promesa girando en la oscuridad.

En su interior, gracias a mi guía sutil, la materia comenzaba a agruparse en vórtices más densos, los embriones de futuros planetas.

El mayor desafío para mi recién descubierto equilibrio no vino de mi universo interior, sino del aula.

El profesor Montero, nuestro catedrático de Termodinámica, era un hombre brillante, pero su mente era un sistema cerrado.

Para él, el universo era una máquina implacable que avanzaba hacia una muerte térmica inevitable, regida por ecuaciones inflexibles.

Cada clase era un sermón sobre la tiranía de la entropía.

—El desorden siempre aumenta —declaró una tarde, su voz resonando en el anfiteatro—.

Es la ley más fundamental.

Cada sistema, desde una taza de café que se enfría hasta la galaxia más lejana, está perdiendo energía útil.

La vida misma es solo una anomalía temporal, una lucha inútil contra la marea del caos.

No hay propósito.

Solo hay física.

Sus palabras me irritaron de una forma que no esperaba.

Su visión era un insulto a la belleza y la complejidad que yo sabía que existían.

Para él, la vida era un error estadístico.

Para mí, era la consecuencia más elegante de las leyes del universo.

Su dogma chocaba con mi experiencia.

La entropía no era el enemigo; era el lienzo.

Sin ella, no habría espacio para la complejidad, para la formación de estrellas, para la existencia de un planeta, para la chispa de la vida.

Sentí una oleada de frustración, una impaciencia fría y afilada.

Era la arrogancia del que sabe, enfrentado a la certeza del que cree.

Me mordí la lengua para no debatir, para no humillarlo con una perspectiva que jamás podría comprender.

Pero la emoción ya había sido liberada.

Era una piedra lanzada a un lago tranquilo.

Esa noche, cuando me sumergí en mi universo para continuar mi trabajo, sentí las  consecuencias.

El disco protoplanetario estaba en desorden.

La energía de mi frustración había actuado como un pulso gravitacional errático, una patada cósmica.

El embrión planetario más grande y prometedor, un planetoide que ya tenía el tamaño de una pequeña luna y que yo había bautizado extraoficialmente como “Roca”, había sido perturbado.

Su órbita, antes un círculo casi perfecto, se había vuelto peligrosamente elíptica.

Se estaba alejando del plano del disco, amenazando con ser expulsado por completo del sistema solar de Lux y convertirse en un mundo errante y helado.

El pánico, un sentimiento que creía haber dominado, me atenazó.

Mi impaciencia en el aula había puesto en peligro milenios de mi cuidadoso trabajo.

Los días siguientes se convirtieron en una operación de salvamento desesperada.

Apenas dormía.

Falté a un par de clases, alegando enfermedad.

Incluso los tintos con Laura se volvieron tensos y silenciosos.

—Estás en otro mundo, Santi —me dijo un día, mientras caminábamos por el campus.

Su tono no era de enfado, sino de una preocupación genuina que me resultaba aún más dolorosa—.

¿Es por lo que dijo Montero?

Te vi en esa clase.

Parecías a punto de explotar.

—Es solo…

que no estoy de acuerdo con él —respondí, mi voz sonando hueca incluso para mí.

—Hay formas de no estar de acuerdo sin que te consuma —replicó ella, deteniéndose para mirarme—.

Lo que sea que te esté pasando, no puedes resolverlo solo.

Habla conmigo.

O con quien sea.

Pero esta intensidad…

te va a quemar.

Tenía razón.

Estaba repitiendo el error de la ignición, aunque a menor escala.

Estaba tratando de forzar una solución con poder bruto y ansiedad.

Esa noche, cambié mi enfoque.

Antes de entrar en mi universo, pasé una hora en calibración, enfocándome en la lección que Laura me había dado sin saberlo.

Acepté mi error.

Acepté la frustración como una parte de mí que necesitaba ser entendida, no suprimida.

Y luego, con una mente en calma, volví a Roca.

Dejé de intentar empujar al planeta de vuelta a su sitio.

Eso era como intentar corregir la órbita de un satélite dándole un martillazo.

En cambio, me convertí en el espacio a su alrededor.

Trabajando con una delicadeza extrema, apliqué micro impulsos gravitacionales a lo largo de su trayectoria.

Cada vez que pasaba por su apoastro, el punto más lejano de su órbita, le daba un tirón infinitesimal, apenas perceptible, para reducir su velocidad.

Cada vez que llegaba a su periastro, el más cercano, aplicaba un freno igualmente sutil.

Era un baile cósmico.

Un acto de jardinería que requería más paciencia y precisión que  cualquier otra cosa que hubiera hecho antes.

No luché contra su trayectoria; la guié.

Y  lentamente, día tras día en el mundo real, que eran siglos en la órbita de Roca, su elipse  comenzó a redondearse.

La órbita se estaba estabilizando.

Estaba salvando mi mundo.

El viernes por la tarde, después de casi una semana de esfuerzo agotador, lo conseguí.

La órbita de Roca era estable, un círculo casi perfecto.

El alivio me inundó, una sensación de paz tan profunda que me sentí mareado.

Exhausto pero satisfecho, decidí tomarme un descanso.

Fui a la biblioteca, no a estudiar, sino solo a estar en silencio, rodeado de conocimiento.

Busqué un libro de poesía en los estantes más altos y apartados de la sección de literatura, un lugar donde nadie solía ir.

Encontré un volumen de poemas de Aurelio Arturo, un autor que Laura me había  recomendado.

Estaba en el estante más alto, casi fuera de mi alcance.

Me puse de puntillas y estiré los dedos, pero al hacerlo, mi codo golpeó la estantería.

El libro que quería, y dos más a su lado, se tambalearon y cayeron.

Mi reacción fue instintiva, no pensada.

Levanté la mano, no para protegerme, sino con un vago impulso de “detenerlos”.

Y sucedió algo imposible.

Los libros no cayeron.

Su descenso se ralentizó de forma antinatural, como si estuvieran cayendo a través de miel espesa.

Giraron suavemente en el aire, y el volumen de Aurelio Arturo, el que yo quería, se separó de los otros y flotó hasta aterrizar suavemente en mi palma abierta con un susurro, como una hoja seca.

Los otros dos cayeron al suelo con un golpe sordo y normal.

Me quedé paralizado, mirando el libro en mi mano.

Mi corazón latía con fuerza.

No lo había hecho a propósito.

Había sido un reflejo, un pensamiento fugaz.

Una “fuga”.

Mi poder, la capacidad de manipular las fuerzas fundamentales, no estaba perfectamente contenido en mi universo interior.

Podía filtrarse, especialmente en momentos de alivio extremo o concentración, afectando sutilmente la realidad.

No era una telequinesis de película.

Había sido una manipulación infinitesimal de la gravedad local y de las corrientes de aire, una alteración de la probabilidad para que el resultado más deseable ocurriera.

Una nueva y aterradora puerta se acababa de abrir.

Miré a mi alrededor.

El pasillo estaba vacío.

Nadie lo había visto.

Pero yo lo sabía.

Mi secreto tenía una nueva dimensión.

Y el mundo real, me di cuenta, era mucho más maleable de lo que jamás había imaginado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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