El arquitecto de ecos. - Capítulo 13
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13: Capítulo 13: La Dilatación del Tiempo 13: Capítulo 13: La Dilatación del Tiempo Llegó el primer puente festivo del semestre.
Para la mayoría de los estudiantes, era una oportunidad para escapar de la rutina, un éxodo masivo de tres días hacia sus ciudades natales o fincas de recreo.
Para mí, fue la primera vez que sentí la verdadera escala de mi soledad en Bogotá.
El campus, normalmente un hervidero de actividad se transformó en una ciudad fantasma.
Los pasillos del edificio de residencias, que solían resonar con música y conversaciones hasta altas horas de la noche, se sumieron en un silencio pesado y antinatural.
Laura se había ido a visitar a su familia en Medellín.
Yo me quedé, usando la excusa del estudio, pero la verdad era que no tenía a dónde más ir.
Volver a mi pueblo se sentía como viajar a un pasado con el que ya no conectaba.
El viernes por la noche, la soledad se hizo casi física.
Caminé por los senderos vacíos del campus, la única alma bajo la pálida luz de los faroles.
El silencio era absoluto.
Era solo yo, la ciudad dormida a lo lejos, y mi universo.
En la quietud de mi cuarto, me sumergí en mi creación.
Mi planeta, Roca, era una esfera de belleza y promesa, su órbita ahora estable alrededor de la estrella Lux.
Pero su progreso era geológico, desesperadamente lento.
Era una bola de magma al rojo vivo, un infierno de roca fundida que tardaría millones, quizás cientos de millones de años del tiempo del universo exterior, en enfriarse lo suficiente para formar una corteza sólida.
Una profunda impaciencia, nacida de mi soledad y de mi insignificante vida humana, se apoderó de mí.
No tenía millones de años.
Tenía, con suerte, ochenta.
¿Pasaría toda mi vida cultivando una sola roca estéril?
¿Moriría antes de ver el primer océano, la primera nube?
La idea era insoportable.
Era un dios con la mortalidad de un insecto.
Frustrado, me aparté de la observación y me sumergí aún más profundo en mi propia conciencia, buscando en el único lugar donde podía encontrar respuestas: el legado del Arquitecto.
Hurgué en esos recuerdos fragmentados, no buscando imágenes, sino principios, conocimiento fundamental que aún no había desenterrado.
Busqué una solución a la tiranía del tiempo.
Y la encontré.
No era un recuerdo claro, sino una comprensión intuitiva, una ecuación que floreció en mi mente.
La Relatividad General de Einstein, que yo estudiaba en mis clases, era solo una parte de la historia.
El tiempo no era una constante universal.
Era maleable.
Un Arquitecto no solo moldeaba el espacio y la materia; también moldeaba el tiempo.
La clave era la energía.
Una concentración de energía lo suficientemente masiva y controlada podía crear una deformación en el tejido del espacio-tiempo, una “burbuja” donde el tiempo fluiría a un ritmo diferente en relación con el universo exterior.
Era una teoría de una complejidad y un peligro que me helaron la sangre.
Manipular la gravedad para salvar una biblioteca era una cosa.
Deformar el continuo temporal era jugar con el motor mismo de la realidad.
Un error de cálculo, una fluctuación en mi concentración, y podría crear un agujero negro, borrar mi sistema solar de la existencia o, peor aún, causar una paradoja que se propagara a mi propia conciencia.
Pero la impaciencia, ese catalizador tan humano, ganó la batalla.
Tenía que intentarlo.
Pasé todo el sábado en una profunda calibración mental.
No podía permitirme ni la más mínima emoción errática.
Necesitaba un estado de control absoluto.
Cuando la noche cayó de nuevo sobre el campus vacío, estaba listo.
Volví a mi sistema solar, al lado de mi sol, Lux.
Esta vez, mi objetivo no era el planeta, sino el espacio mismo que lo rodeaba.
Reuní mi poder, extrayendo energía de mi propio ser hasta que el familiar zumbido comenzó en mis oídos.
Pero seguí adelante, empujando más allá de mis límites anteriores.
La energía no la proyecté como una fuerza, sino que la tejí, creando una esfera invisible alrededor de todo el sistema solar, una cáscara de energía gravitacional de una densidad teórica.
Sentí el “clic” a una escala cósmica.
La burbuja se formó.
Desde mi perspectiva, fuera de ella, nada parecía haber cambiado.
Pero al enfocar mi conciencia en el interior, el universo se aceleró hasta convertirse en un torbellino.
Fue la experiencia más vertiginosa y sublime de mi vida.
Observé, hipnotizado, cómo cien mil años pasaban en un segundo.
Vi el magma de Roca arremolinarse y enfriarse.
Vi los elementos más pesados hundirse hacia el núcleo, mientras los más ligeros subían a la superficie.
Millones de años se desvanecieron en minutos.
La superficie del planeta se oscureció, pasando del rojo brillante al naranja, al marrón oscuro y, finalmente, al negro de la roca basáltica.
Una delgada corteza se formó, se fracturó por el impacto de asteroides y se volvió a formar, cada vez más gruesa, más estable.
Veía la danza de los otros planetoides en el sistema, sus órbitas cambiando, algunos chocando y fusionándose, otros siendo expulsados.
Era la adolescencia violenta de un sistema solar, condensada en una tarde de domingo en un solitario cuarto de Bogotá.
Mantuve la burbuja activa durante lo que, en el mundo real, fueron unas seis o siete horas.
En el interior, habían transcurrido casi quinientos millones de años.
Roca ya no era una bola de fuego.
Era un mundo.
Una esfera sólida y rocosa, con una atmósfera primordial de gases volcánicos, esperando el siguiente paso de su evolución.
Sintiéndome agotado hasta la médula, disolví la burbuja.
Liberé la energía que la contenía y el flujo del tiempo dentro y fuera de ella se sincronizó de nuevo.
El coste de mi acto de creación divina se manifestó al instante.
Cuando mi conciencia regresó plenamente a mi cuerpo, el mundo se rebeló contra mí.
No era un simple mareo.
Era una disonancia fundamental, una desconexión total entre mi mente y la realidad.
Mi cerebro, que acababa de experimentar medio billón de años de evolución cósmica, ahora intentaba procesar el lento y pesado ritmo del tiempo humano.
El cuarto parecía moverse en cámara lenta.
El sonido de mi propia respiración era un estruendo agónico y espaciado.
Intenté levantarme, pero mis miembros pesaban como si estuvieran hechos de plomo.
Tropecé y caí al suelo, el impacto reverberando a través de mi cuerpo durante lo que pareció una eternidad.
Era un “jet lag” cósmico.
Mi reloj biológico estaba completamente desincronizado del universo.
Era como si mi alma hubiera viajado a la velocidad de la luz y mi cuerpo se hubiera quedado atrás.
Me arrastré hasta la cama, temblando incontrolablemente.
La cabeza me daba vueltas, y oleadas de náuseas me recorrieron.
Cerré los ojos, pero solo veía imágenes residuales de la formación de un planeta a una velocidad vertiginosa.
El agotamiento era absoluto, un vacío en el centro de mi ser.
Había conquistado el tiempo.
Pero el precio era una parte de mi propia humanidad.
El poder del Arquitecto exigía un peaje que el cuerpo de Santiago apenas podía pagar.
Y mientras me hundía en un sueño febril y sin descanso, me di cuenta de que cada gran salto en mi poder me alejaba un paso más del mundo que tan desesperadamente quería proteger.
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