El arquitecto de ecos. - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 La Alquimia del Agua
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14: Capítulo 14: La Alquimia del Agua 14: Capítulo 14: La Alquimia del Agua El lunes y el martes que siguieron al puente festivo fueron un infierno personal y silencioso.
El jet lag cósmico no se disipó con el sueño.
Se aferró a mí como una enfermedad.
En clase, las palabras de los profesores llegaban con un eco, como si viajaran desde una gran distancia.
Mi mente, acostumbrada a procesar eones por segundo, luchaba por seguir el ritmo de una conversación humana.
Cada movimiento era un esfuerzo consciente, como caminar por el fondo de un océano de melaza.
Sobreviví a base de café negro y una fuerza de voluntad que se sentía cada vez más delgada.
Laura lo notó, por supuesto.
Su percepción era demasiado aguda.
No dijo nada el lunes, pero el martes por la tarde, me interceptó a la salida del edificio de Física.
—Basta —dijo, su tono sin admitir réplica—.
Pareces un fantasma.
Has estado “enfermo” desde el fin de semana.
No vas a ir a encerrarte a tu cuarto.
Vienes conmigo.
—¿A dónde?
—pregunté, mi voz sonando cansada y distante.
—A caminar.
A respirar un aire que no sea el de los libros y las ecuaciones.
Vamos a La Candelaria.
Necesitas ver gente, ver colores, recordar que existe un mundo fuera de tu cabeza.
Una parte de mí quería negarse, retirarse a la quietud donde podía intentar recalibrarme.
Pero otra parte, una parte más sabia, sabía que ella tenía razón.
El aislamiento solo estaba empeorando la disonancia.
Necesitaba un ancla, y ella me la estaba ofreciendo.
—Está bien —acepté.
El viaje en bus hacia el centro fue una prueba.
El traqueteo del vehículo, los olores de la ciudad, las conversaciones superpuestas… todo era una sobrecarga sensorial.
Pero me obligué a no desconectarme.
Me enfoqué en Laura, en su presencia calmada a mi lado, y usé eso como mi punto de referencia.
Bajamos en el corazón de La Candelaria, y fue como entrar en otra era.
Las calles empedradas y estrechas, las casas coloniales pintadas de colores vivos —amarillo, azul, rojo sangre—, los balcones de madera labrada.
El aire olía a historia, a humedad y al aroma del café que se filtraba desde pequeñas tiendas.
El caos de la ciudad moderna fue reemplazado por un bullicio más humano, más antiguo.
—¿Ves?
—dijo Laura, con un gesto amplio—.
Esto también es físico.
Estrés estructural, acústica, termodinámica…
pero la gente simplemente lo llama “hogar”.
Caminamos sin rumbo fijo, y ella me llevó al Chorro de Quevedo.
La pequeña plaza, con su fuente de piedra en el centro, era un remanso de tranquilidad.
Estudiantes, artistas y viejos del barrio se sentaban en los escalones, conversando, riendo, viviendo.
—Aquí empezó todo —murmuró Laura, más para sí misma que para mí—.
Una capilla, unas cuantas chozas y esta fuente.
El agua.
De un simple chorro de agua nació una ciudad de ocho millones de personas.
Es una locura, ¿no?
Sus palabras resonaron en mi interior con la fuerza de una revelación.
El agua.
El origen.
La molécula simple que permitía la complejidad.
Miré la fuente, el agua fluyendo sin cesar, y luego miré a la gente, la vida que pululaba a su alrededor.
Mi mente hizo la conexión.
Luego fuimos al Museo Botero, una casona colonial restaurada que albergaba no solo las obras del maestro colombiano, sino también su colección privada de Picasso, Monet y Dalí.
Paseé por las salas en silencio.
Ya no veía solo la técnica o el color.
Con mi percepción agudizada, veía la intención del artista, la energía emocional plasmada en el lienzo.
Veía la “arquitectura” de la composición.
Cada obra de arte era un pequeño universo, creado por la voluntad de una sola mente.
Me detuve frente a un paisaje de Monet.
Era un estanque con nenúfares, pero era mucho más que eso.
Era un estudio de la luz, de la reflexión, del agua.
Era la celebración del ingrediente que hacía posible la escena.
Esa noche, cuando regresé a mi cuarto, la disonancia se había atenuado.
El jet lag cósmico no había desaparecido, pero ahora tenía un propósito que lo contrarrestaba.
La inspiración del mundo real era el antídoto.
Me sumergí en mi universo, no con la impaciencia de un dios mortal, sino con la visión de un artista y el plan de un fundador.
Mi planeta, Roca, estaba allí, una esfera sólida y estéril, su atmósfera un velo tóxico de gases volcánicos.
Era un lienzo preparado.
Le faltaba la pintura.
Le faltaba el agua.
No podía simplemente “crear” agua en su superficie.
Eso violaría las leyes de conservación de la masa y la energía que yo mismo había establecido como sagradas.
El agua tenía que venir de alguna parte.
Tenía que ser entregada.
Dirigí mi conciencia a los confines helados de mi sistema solar, mucho más allá de la órbita de Roca.
Allí, en la oscuridad, existía mi propia versión del Cinturón de Kuiper: un vasto enjambre de miles de millones de cuerpos helados, cometas compuestos de agua congelada, metano, amoníaco y polvo de roca.
Eran los restos prístinos de la formación del sistema, los ladrillos que no se habían utilizado.
Comenzó la fase más delicada y violenta de mi creación.
La llamé “La Gran Lluvia”.
Mantuve la burbuja de dilatación temporal activa, pero esta vez mi atención estaba en el exterior, actuando como un titiritero cósmico.
Seleccioné mi primer cometa.
Con un pulso gravitacional de una precisión exquisita, alteré su órbita, empujándolo suavemente fuera de su trayectoria estable y poniéndolo en un curso de colisión con el sistema solar interior.
El viaje duró, en tiempo acelerado, miles de años.
Observé cómo el cometa caía hacia Lux, su hielo comenzando a sublimar, formándole una hermosa y brillante cola.
Ajusté su trayectoria una docena de veces, usando la gravedad de los otros planetoides como hondas para afinar su curso.
No podía fallar.
Un impacto demasiado directo podría fracturar la joven corteza de Roca.
Un ángulo demasiado bajo y rebotaría en la atmósfera.
Lo guie para que impactara en el lado nocturno del planeta.
El destello de la colisión fue una cicatriz de luz blanca en la oscuridad.
El impacto liberó una cantidad de energía inimaginable, convirtiendo instantáneamente el hielo en vapor.
Y luego, repetí el proceso.
Una y otra vez.
Durante lo que fueron horas para mí, y millones de años para mi creación, orquesté un bombardeo pesado tardío.
Cientos, luego miles, luego millones de cometas y asteroides helados llovieron sobre Roca.
Era una alquimia de violencia y precisión.
Cada impacto era un acto de destrucción que servía a un propósito mayor de creación.
La superficie del planeta se convirtió en un infierno de explosiones y vapor.
Cuando finalmente me detuve, el planeta era irreconocible.
La atmósfera era ahora una densa y arremolinada capa de vapor de agua.
A medida que la superficie bombardeada se enfriaba lentamente, el vapor comenzó a condensarse.
Y entonces, lo vi.
En la vasta cuenca de un cráter de impacto, la primera gota de agua líquida se formó.
Luego otra, y otra.
Se unieron, formando un charco.
El charco se convirtió en un estanque.
El estanque, en un lago.
Millones de años de lluvia torrencial, condensados en un momento de observación.
Cuando salí de mi trance, el sol real de Bogotá comenzaba a filtrar su luz gris por mi ventana.
Estaba exhausto, pero era un agotamiento limpio, la fatiga satisfactoria del trabajo bien hecho.
El jet lag cósmico había desaparecido, reemplazado por una profunda sensación de armonía.
Mi planeta ya no era una roca.
Era un mundo de agua.
Oscuros océanos globales ahora cubrían su superficie, bajo un cielo espeso y tormentoso.
Era un lienzo preparado, un jardín recién regado.
Y en las profundidades de esas nuevas aguas oscuras, la química compleja que yo había entregado ya estaba comenzando su lenta y silenciosa danza.
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