El arquitecto de ecos. - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 Ecos y Frecuencias
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16: Capítulo 16: Ecos y Frecuencias 16: Capítulo 16: Ecos y Frecuencias La conexión con el susurro de Gaia cambió mi percepción de la vida de una forma fundamental.
Era un ancla constante en el fondo de mi mente, un zumbido de fondo que era a la vez calmante y vivificante.
Era la prueba tangible de que mi universo no solo existía, sino que vivía.
Esta nueva estabilidad me permitió navegar mi vida en Bogotá con una serenidad que antes me era ajena.
Sin embargo, pronto aprendí que la vida, por su propia naturaleza, busca el desequilibrio para poder evolucionar.
Y el primer sistema en desestabilizarse no fue el mío, sino el de Laura.
El cambio en ella fue sutil al principio.
Laura, que siempre había sido mi igual intelectual, mi piedra de toque en el mundo de la física, comenzó a apagarse.
Dejó de hacer preguntas incisivas en clase.
En nuestras sesiones de estudio, su mirada se perdía en la página sin leerla realmente.
Sus notas, siempre impecables, comenzaron a resentirse.
Se volvió retraída, construyendo un muro de silencio a su alrededor que ni siquiera yo sabía cómo penetrar.
Al principio, le di espacio, pensando que era solo el estrés del semestre.
Pero su estado empeoró.
La vi en la cafetería, sentada sola, removiendo un tinto que no se tomaba, su energía, normalmente tan vibrante y curiosa, ahora apagada y gris.
Fue entonces cuando mi percepción, agudizada por el susurro de Gaia, se sintonizó con ella de una forma nueva e inesperada.
Ya no solo veía sus interacciones sociales o su lenguaje corporal.
Podía sentir su estado interior.
Y no era una emoción simple como la tristeza o el enfado.
Era una disonancia.
Una frecuencia caótica y errática que emanaba de ella como el calor de una llama.
Era como escuchar una hermosa pieza musical arruinada por un instrumento desafinado, una nota discordante que lo empañaba todo.
Sentir su angustia era físicamente incómodo para mí, una estática que interfería con la calma que tanto me había costado conseguir.
Una tarde la encontré en la biblioteca, el lugar que había sido nuestro santuario, pero estaba sentada sola en un rincón diferente al nuestro.
Su cabeza estaba entre sus manos, rodeada de libros abiertos que eran claramente un decorado.
Me acerqué y me senté frente a ella en silencio.
La “frecuencia” de su dolor era casi abrumadora.
Era un torbellino de ansiedad por problemas familiares que no me había contado, la presión de las expectativas académicas y una profunda sensación de estar perdida.
No necesitaba que me lo dijera.
Lo sentía en las ondas caóticas que emitía.
Mi primer instinto, el de Santiago el amigo, fue hablar.
Preguntar qué pasaba, ofrecer soluciones, dar consejos clichés.
Pero el Guardián en mí, el ser que había aprendido a estabilizar órbitas y cultivar ecosistemas, sabía que ese no era el camino.
No se puede ordenar a un sistema caótico que se calme.
Hay que ofrecerle un punto de resonancia estable.
Así que, en lugar de hablar, me sumergí en mi propio centro.
Me conecté con el susurro de mi pequeño mundo viviente, con esa calma profunda y estable que me daba.
Y luego, hice algo nuevo.
No proyecté fuerza, ni gravedad, ni energía.
Proyecté mi estado.
Proyecté mi propia frecuencia de equilibrio.
Imaginé mi calma como una onda de sonido pura y de baja frecuencia, emanando de mí y envolviéndola suavemente.
No intenté cambiar su frecuencia, no luché contra su caos.
Simplemente, ofrecí una alternativa.
Un diapasón en una habitación llena de ruido.
Nos quedamos así, en silencio, durante casi media hora.
Ella no levantó la cabeza.
Yo no dije una palabra.
Solo mantuve la proyección, un acto que no requería esfuerzo, solo intención.
Lentamente, sentí cómo su frecuencia caótica comenzaba a cambiar.
No se detuvo de golpe, pero algunas de sus notas más agudas y disonantes empezaron a suavizarse.
El torbellino no desapareció, pero su velocidad disminuyó.
Fue como ver una tormenta amainar.
Finalmente, levantó la cabeza.
Sus ojos estaban enrojecidos, pero la desesperación en ellos había sido reemplazada por un profundo agotamiento.
—Gracias por quedarte —dijo, su voz apenas un susurro.
—No tienes que hablar si no quieres —respondí con calma.
Ella asintió y, por primera vez en semanas, me miró de verdad.
—Es raro…
—dijo, frunciendo ligeramente el ceño—.
Hace un momento sentía que mi cabeza iba a explotar.
Y ahora…
todavía estoy mal.
Pero el caos…
el caos se ha calmado un poco.
Recogió sus cosas lentamente.
—Tengo que irme —dijo—.
Pero…
gracias, Santi.
De verdad.
La vi alejarse, caminando con una postura un poco menos encorvada que antes.
Ese encuentro marcó un punto de inflexión.
Empecé a hacerlo de forma deliberada.
Cuando estudiábamos, yo mantenía mi “frecuencia de equilibrio” proyectada sutilmente.
No intentaba resolver sus problemas, que supe después que involucraban la enfermedad de su padre y la presión económica.
Simplemente le ofrecía un espacio de calma armónica donde ella misma pudiera encontrar la fuerza para enfrentarlos.
Y funcionó.
Poco a poco, Laura comenzó a volver.
Su energía regresó.
Empezó a participar en clase de nuevo, a cuestionar, a reír.
Una tarde, mientras tomábamos un tinto bajo el sol pálido de Bogotá, me confesó: —Ha sido un infierno de semestre.
Pero lo más extraño de todo es que el único lugar donde sentía que podía respirar, que el ruido en mi cabeza se detenía, era cuando estaba contigo.
Es como si fueras…
no sé cómo explicarlo.
Como si fueras silencioso a un nivel muy profundo.
Sus palabras me helaron.
Ella lo sentía.
No lo entendía, no podía conceptualizarlo, pero su ser era lo suficientemente sensible como para registrar la influencia.
La idea de que ella fuera una “sensitiva” no se me había ocurrido antes, pero ahora parecía la única explicación lógica.
—Quizás solo soy buen oyente —dije, tratando de sonar ligero.
Ella sonrió, pero su mirada era penetrante.
—No, es más que eso.
Es una calma que…
se contagia.
Me di cuenta de la inmensa implicación de lo que había hecho.
Mi poder ya no era solo para construir o percibir.
Podía influir.
Podía sanar, o al menos, armonizar.
Y esa habilidad traía consigo una nueva y aterradora responsabilidad.
¿Dónde estaba la línea entre ayudar y manipular?
¿Qué derecho tenía yo a influir en el estado interior de otra persona, incluso con las mejores intenciones?
El susurro de Gaia en mi interior pareció ofrecer una respuesta.
No se trataba de control.
Se trataba de simbiosis.
De ofrecer equilibrio y dejar que el otro sistema decidiera si entrar en resonancia o no.
Miré a Laura, que ahora hablaba con entusiasmo sobre un nuevo documental de astronomía, y sentí una conexión con ella más profunda que nunca.
Pero también una nueva distancia.
Mi secreto ya no era solo un universo en mi mente.
Era una influencia invisible que estaba empezando a tocar el mundo, y a las personas, que más me importaban.
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