El arquitecto de ecos. - Capítulo 18
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18: Capítulo 18: La Primera Sombra 18: Capítulo 18: La Primera Sombra La calma, como aprendí en la termodinámica y en la vida, es un estado de baja energía.
Y la vida, para prosperar, inevitablemente busca gradientes de energía más altos.
Mi periodo de serena simbiosis estaba destinado a ser interrumpido.
La perturbación no vino de una crisis existencial ni de una catástrofe cósmica, sino de la forma más mundana y corrosiva de conflicto: la envidia humana.
Su nombre era Esteban.
Era un estudiante de física de cuarto semestre, conocido en el departamento por dos cosas: su inteligencia innegable y su arrogancia insufrible.
Se movía por los pasillos con un aire de superioridad, tratando a los estudiantes de semestres inferiores con una condescendencia apenas disimulada.
Mis notas perfectas y la creciente leyenda urbana de mi habilidad para resolver problemas intratables no habían pasado desapercibidas para él.
Me veía no como un compañero, sino como un rival, una anomalía que desafiaba su lugar en la cima de la jerarquía académica.
El ataque fue público y deliberado.
Ocurrió en la cafetería de la facultad, en hora pico, un espacio ruidoso y abarrotado donde cada palabra rebotaba en las paredes de ladrillo.
Yo estaba en una mesa con Laura y otros dos compañeros, discutiendo un taller de electromagnetismo.
Esteban se acercó a nuestra mesa, con una sonrisa torcida que no llegaba a sus ojos.
—Vaya, vaya.
Si es el prodigio, Santiago —dijo, su voz lo suficientemente alta como para que las mesas cercanas se callaran—.
Dime, ¿cuál es tu secreto?
¿Algún tipo de ayuda divina?
Porque tus notas no son solo buenas, son imposibles.
Huelen a trampa.
El silencio se extendió como una mancha de aceite.
Sentí las miradas de todos clavadas en mí.
El aire se llenó de esa tensión eléctrica que precede a una confrontación.
Laura se puso rígida a mi lado, lista para saltar en mi defensa.
—No sé de qué hablas, Esteban —respondí, mi voz sorprendentemente calmada.
—Oh, creo que sí sabes —continuó él, inclinándose sobre la mesa, invadiendo mi espacio personal—.
La gente como tú, los que aparecen de la nada y lo saben todo, siempre tienen algo que ocultar.
O eres un genio de nivel Nobel, lo cual dudo, o eres un fraude.
Y voy aaveriguar cuál de las dos es.
No fue el contenido de sus palabras lo que me afectó.
Era la intención.
La malicia calculada, el deseo de humillarme y desacreditarme públicamente.
No sentí el pánico de antes, ni la frustración que sentí con el profesor Montero.
Sentí algo nuevo.
Una ira fría, precisa y afilada como un fragmento de obsidiana.
Fue una emoción focalizada, un pulso de energía negativa dirigido directamente a la persona que la había provocado.
Manteniendo el contacto visual, respondí con una frialdad que lo descolocó.
—Pierde tu tiempo como quieras.
Me levanté, cogí mis cosas y, con una simple mirada a Laura, le indiqué que nos fuéramos.
Dejamos a Esteban allí, en medio de un silencio incómodo, habiendo ganado el intercambio verbal pero sintiéndome profundamente contaminado.
Esa noche, el susurro de Gaia, mi coro de calma, estaba distorsionado.
Había una nota discordante, una frecuencia de estática que no había estado allí antes.
La ira que sentí, fría y contenida, no se había disipado.
La había reprimido, y al hacerlo, la había vertido directamente en mi universo.
Entré en la burbuja de tiempo acelerado, esperando que la visión de mi mundo floreciente me calmara.
Pero lo que vi me heló la sangre.
En el continente más grande de Roca, en una selva exuberante y llena de vida que había tardado eones en evolucionar, había una mancha.
Un área de un gris antinatural que se extendía como un cáncer.
En el centro de esta “zona muerta”, la vegetación estaba podrida y el suelo, ennegrecido.
Dirigí mi conciencia hacia allí y lo vi.
No era ninguna de las criaturas que habían evolucionado naturalmente en mi ecosistema.
Era algo nuevo.
Algo equivocado.
Se movía entre las sombras, una criatura depredadora de una eficiencia brutal.
Su cuerpo era una mezcla quitinosa y fluida, de un negro mate que absorbía la luz.
No cazaba solo por hambre.
Mataba por matar, dejando un rastro de destrucción, alterando el equilibrio del ecosistema a una velocidad alarmante.
No parecía seguir las reglas de la evolución que yo había observado.
Era adaptable, inteligente y parecía alimentarse no solo de la carne de sus presas, sino de la propia descomposición que generaba.
Lo observé, horrorizado, mientras emboscaba a una criatura herbívora.
El ataque fue silencioso, rápido y desprovisto de cualquier cosa que no fuera una letalidad absoluta.
Y entonces, lo comprendí.
Esta criatura…
era mía.
Era la manifestación física de la ira fría y focalizada que había sentido hacia Esteban.
No era una simple fluctuación.
Mi emoción no había causado una tormenta o un terremoto.
Había sido un acto de creación oscura.
Le había dado forma, propósito e inteligencia.
Era mi propia inseguridad convertida en depredador.
Mi propia arrogancia manifestada como una plaga.
La sombra de mi alma, ahora con garras y dientes, suelta en mi jardín.
Sentí una oleada de repulsión y miedo.
Mi primer instinto fue aniquilarla.
Borrarla de la existencia con un pulso de energía, como si aplastara un insecto.
Reuní mi poder, listo para purgar mi mundo de esta mancha.
Pero cuando estaba a punto de actuar, el coro de Gaia me detuvo.
El susurro de mi mundo no transmitía pánico, sino una extraña forma de aceptación.
La criatura sombría era ahora parte del sistema.
Era una variable, una nueva y terrible pieza del equilibrio.
Destruirla por la fuerza bruta sería como arrancarme una parte de mí mismo, dejando una herida aún más profunda en el tejido de mi universo.
Mi jardín ya no era un paraíso.
Tenía una enfermedad.
Una enfermedad que yo había creado.
Y mi ira, mi fría y controlada ira, la estaba alimentando.
La mancha gris en el paisaje de mi planeta era un espejo perfecto de la mancha oscura que el encuentro con Esteban había dejado en mi espíritu.
La simbiosis era completa.
Y ahora, me estaba mostrando su lado más terrible.
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