El arquitecto de ecos. - Capítulo 20
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20: Capítulo 20: El Observador Observado 20: Capítulo 20: El Observador Observado El final del semestre llegó como una exhalación larga y contenida.
El campus se vació una vez más, pero esta vez, el silencio no era un adversario.
Era una sinfonía de paz.
Había alcanzado un estado de equilibrio que meses atrás habría creído imposible.
Mi vida en Bogotá había encontrado su órbita estable.
Mi amistad con Laura era una constante brillante y cálida, una relación de confianza mutua que ya no estaba empañada por mis secretos, sino simplemente definida por los límites que yo había aprendido a aceptar.
Incluso mi tregua con Esteban se había convertido en una interacción académica ocasional, desprovista de toda hostilidad.
Mis notas finales fueron, como era de esperar, perfectas, pero ya no me producían una oleada de orgullo, sino una tranquila satisfacción, la misma que sentía un artesano al ver una junta de madera bien hecha.
Era el resultado natural de mi simbiosis.
El coro de Gaia en mi interior era mi compañero constante, un canto polifónico de una biosfera en plena efervescencia.
El planeta Roca era mi obra maestra, un mundo vibrante que respiraba y evolucionaba bajo mi atenta mirada.
Las Sombras seguían acechando en las profundidades de sus selvas más oscuras, pero eran solo eso: sombras, una parte necesaria del contraste que daba belleza a la luz.
El jardín estaba en equilibrio.
Yo estaba en equilibrio.
Por primera vez desde mi renacimiento, sentía que había cumplido la promesa del Arquitecto.
Había cultivado, no forzado.
Había guiado, no dictado.
Esa noche, la última antes de que Laura y yo volviéramos a nuestros respectivos pueblos para las vacaciones, me permití un lujo que rara vez me concedía: la pura y simple contemplación.
No había problemas que resolver, ni crisis que manejar.
Solo quería observar mi creación, no como un dios o un guardián, sino como un naturalista ante un mundo nuevo y maravilloso.
Me sumergí, dejando atrás el sonido de la lluvia contra la ventana de mi cuarto.
Viajé a través de mi cosmos personal, mi conciencia deslizándose por los vacíos entre las galaxias hasta llegar al sistema de Lux.
Activé la burbuja de tiempo acelerado, no por impaciencia, sino como quien pasa las páginas de un libro para ver la historia desarrollarse.
Vi civilizaciones de árboles-hongo luminiscentes alzarse y caer en los valles.
Vi a los descendientes de mis herbívoros desarrollar complejos rituales de apareamiento.
Vi a las Sombras evolucionar, volviéndose más astutas, parte de una danza depredador-presa que mantenía fuerte al ecosistema.
Era hermoso.
Era perfecto.
Era un universo que funcionaba sin mí.
Mi rol ya no era intervenir, sino simplemente atestiguar, aprender de la infinita creatividad de la vida.
Estaba absorto, perdido en la belleza de un atardecer púrpura sobre un océano alienígena, cuando lo sentí.
Fue tan sutil que al principio mi mente no lo registró.
Fue una perturbación, pero no una que yo conociera.
No era la vibración de la gravedad, ni una fluctuación cuántica.
No era el coro de Gaia.
Fue un pulso.
Una onda de presión que rozó el borde exterior de mi universo.
Imagina estar en una habitación perfectamente insonorizada, en un silencio absoluto, y de repente sentir que el aire a tu lado se comprime, como si alguien hubiera entrado y salido de la habitación sin hacer un solo ruido.
Me quedé inmóvil, mi conciencia congelada.
Retiré mi atención de Roca y la expandí hasta los límites de mi creación.
El silencio volvió.
No había nada.
Debió ser una anomalía, un eco de mi propia percepción, pensé.
Pero entonces, volvió.
Esta vez fue más claro.
Más deliberado.
Era una firma de conciencia.
Enfocada.
Inquisitiva.
No era caótica como una fuerza natural.
Tenía intención.
Era una sonda, un sonar psíquico que barría el tejido de mi realidad, buscando algo.
Y me encontró.
Sentí el instante en que la sonda se fijó en la anomalía que era mi universo.
La sensación fue la de una luz cegadora enfocándose en el fondo de una cueva oscura.
Una mirada.
No una mirada de ojos, sino una mirada de pura intención que atravesó el vacío y se clavó en mi conciencia.
Era una mirada de sorpresa, de descubrimiento, y de un interés frío y analítico.
Duró solo un instante.
Un segundo en el tiempo del mundo real.
Y luego, tan rápido como llegó, desapareció.
El shock fue tan violento que me expulsó de mi propio universo.
Mi conciencia se estrelló de nuevo contra mi cuerpo con la fuerza de una colisión.
Jadeé, aspirando el aire húmedo de mi cuarto como si me estuviera ahogando.
El corazón me martilleaba en el pecho, y un sudor helado me recorría la espalda.
Mi conexión con el coro de Gaia se había cortado, reemplazada por un silencio ensordecedor y aterrador.
Me quedé sentado en la oscuridad de mi cuarto, temblando, tratando de comprender la magnitud de lo que acababa de suceder.
Toda mi lucha, todos mis desafíos, habían sido internos.
La expansión, mis emociones, las Sombras…
todo era parte de mí.
Había vivido con la creencia fundamental de que mi universo era un refugio, un santuario secreto del que solo yo tenía la llave.
Esa creencia acababa de ser aniquilada.
No estaba solo en el gran vacío.
Mi jardín secreto ya no era un secreto.
Alguien, o algo, con una tecnología o un poder mental que yo no podía comprender, estaba ahí fuera.
Y sabía de mi existencia.
El Arquitecto en mí no había fallado solo por crear un universo inestable.
Había fallado por hacerlo de forma ruidosa, atrayendo una atención no deseada.
Y yo, su eco, había repetido el error.
Mi pequeño acto de creación, mi faro de vida en la oscuridad, no era un monumento a la redención.
Era una baliza.
Y en el silencio infinito del cosmos, me di cuenta de una verdad terrible y fundamental: un jardín sin cercas, por muy hermoso que sea, es simplemente una invitación.
La amenaza ya no venía de dentro.
Estaba en camino.
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