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El arquitecto de ecos. - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capítulo 24 La Biblioteca del Arquitecto
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24: Capítulo 24: La Biblioteca del Arquitecto 24: Capítulo 24: La Biblioteca del Arquitecto El rechazo del mundo académico y el silencio amortiguado de mi propio universo me dejaron en un estado de exilio absoluto.

Era un náufrago, a la deriva en un océano entre dos continentes a los que ya no podía llamar hogar.

Mi cuarto en las residencias estudiantiles se convirtió en mi celda monástica, mi cápsula de supervivencia.

Dejé de ir a clase.

Las llamadas de mi madre iban directamente al buzón de voz.

Incluso a Laura, la única persona que había logrado traspasar mis defensas, le respondía con monosílabos a través de mensajes de texto, asegurándole que solo necesitaba tiempo para concentrarme en un proyecto.

Era una mentira, por supuesto.

Mi proyecto ya no era académico.

Era existencial.

Con el escudo de ruido cuántico activado, mi universo se sentía distante, como un recuerdo borroso.

El coro de Gaia era un eco casi imperceptible, y con su silencio, se había ido mi brújula intuitiva.

Estaba solo con mis propios pensamientos, y eran una compañía insuficiente para la tarea que tenía por delante.

Si no podía encontrar respuestas en el mundo exterior ni en mi creación, solo quedaba un lugar al que ir.

Una noche, con el sonido de la lluvia de Bogotá golpeando mi ventana como un tambor lejano, tomé la decisión.

No iba a rozar la superficie de los recuerdos del Arquitecto.

No iba a esperar a que los ecos me llegaran en momentos de crisis.

Iba a sumergirme.

Iba a forzar la entrada a la biblioteca de mi alma.

Me senté en el suelo frío, cerré los ojos y dirigí mi conciencia hacia adentro, más allá del escudo, más allá del cosmos que había creado, hacia el núcleo de mi ser, hacia el fantasma del Arquitecto.

No busqué imágenes ni emociones.

Busqué la estructura.

La arquitectura de la memoria.

Y la encontré.

No era una biblioteca de libros y estanterías.

Era una estructura de información pura, una catedral de luz y geometría.

Los recuerdos no estaban almacenados como escenas, sino como nexos en una red infinita de eventos, conceptos y consecuencias.

Cada punto de luz era un descubrimiento, cada línea que los conectaba, una ley de la física, cada sombra, una catástrofe.

Al principio, era un caos abrumador.

Un río de datos que amenazaba con ahogarme.

Pero mi mente, forjada en la creación de estrellas, encontró el patrón.

Aprendí a navegar.

Aprendí a hacer preguntas.

Mi primera pregunta fue: ¿Qué es mi enemigo?

La biblioteca respondió.

La red se reconfiguró, mostrándome un tapiz de historia cósmica que me dejó sin aliento.

Vi la existencia de innumerables universos, burbujas de realidad flotando en la espuma del multiverso.

Y vi que había entidades que se movían entre ellos.

No tenían un nombre único.

Las memorias del Arquitecto los llamaban de muchas formas, pero el concepto más recurrente era escalofriante en su simplicidad: los Consumidores.

No eran malvados en el sentido humano.

No sentían odio ni codicia.

Eran una fuerza de la naturaleza, una consecuencia inevitable de la termodinámica a una escala multiversal.

Eran universos más antiguos, moribundos, cuya propia entropía había llegado a un punto crítico.

Para sobrevivir, para posponer su propia muerte térmica, habían aprendido a hacer algo impensable: asimilar universos más jóvenes.

Buscaban creaciones como la mía —de baja entropía, llenas de energía potencial, ruidosas y vibrantes— no para destruirlas, sino para absorberlas, para alimentarse de su orden y así restablecer el suyo por un tiempo.

Eran los depredadores del ecosistema cósmico.

Mi sangre se heló al comprenderlo.

No era una guerra lo que venía.

Era una cosecha.

Mi segunda pregunta fue: ¿Cómo nos defendimos?

La biblioteca me mostró una nueva sección de la red, una más oscura, marcada por la luz violenta de explosiones estelares y el negro absoluto de armas que desgarraban el  espacio-tiempo.

Vi una guerra olvidada, una época en la que la civilización de los Arquitectos, grandes creadores, se vieron obligados a convertirse en soldados.

Vi las defensas que habían diseñado.

No eran simples escudos.

Eran conceptos de una complejidad divina.

“Escudos de Fase” que desplazaban un universo a una vibración  dimensional diferente, haciéndolo invisible.

“Laberintos de Causalidad” que atrapaban a los intrusos en bucles temporales infinitos.

“Fortalezas de Realidad” que alteraban las constantes físicas locales para volver un universo tóxico e “indigestible”.

Una oleada de esperanza me recorrió.

Había un camino.

Había defensas.

Y entonces hice la pregunta final y más importante: ¿Cuál es el coste?

La respuesta de la biblioteca fue la más brutal de todas.

La catedral de luz me mostró flujos de energía, diagramas de una escala que mi mente humana apenas podía procesar.

Cada una de esas defensas requería una cantidad de energía inimaginable.

La creación de un sol era un juego de niños en comparación.

La energía para mantener un Escudo de Fase durante un solo ciclo requeriría la producción total de miles de estrellas de tipo solar durante toda su vida.

Era una cantidad de energía que mi cuerpo, mi frágil biología, jamás podría proporcionar.

Mi cultivo personal, mi concentración, apenas bastaban para crear un planeta.

Intentar alimentar una de estas defensas me consumiría, me desintegraría en una fracción de segundo.

Salí de la biblioteca de golpe, mi conciencia estrellándose de nuevo en mi cuarto oscuro y frío.

Estaba jadeando, mi cuerpo empapado en un sudor que no era por el esfuerzo, sino por el terror absoluto de la comprensión.

Ahora tenía todas las piezas.

Tenía un enemigo definido.

Tenía un manual de defensa.

Y tenía la certeza de un fracaso inevitable.

Era como si un hombre prehistórico hubiera encontrado los planos de un reactor de fusión nuclear, pero solo tuviera palos y piedras para construirlo.

Me levanté y me asomé a la ventana.

La tormenta había amainado, pero el cielo seguía  encapotado.

Miré la ciudad de Bogotá, la red de luces de las calles, el parpadeo de los  edificios, el movimiento de los coches.

Por primera vez, no vi un hogar.

No vi una red de personas.

Vi una batería.

Vi una vasta reserva de energía desorganizada y desaprovechada.

La energía cinética de un millón de vehículos en un atasco.

La energía térmica residual de una ciudad entera.

La colosal energía potencial eléctrica contenida en las nubes de tormenta que se cernían sobre los cerros orientales.

El pensamiento era monstruoso.

Una herejía.

Para defender mi universo secreto, tendría que aprender a robar energía del único otro universo que conocía.

El mundo real.

La línea entre Guardián y parásito se había vuelto peligrosamente delgada.

Y sabía, con una certeza que me helaba los huesos, que estaba a punto de cruzarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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