El arquitecto de ecos. - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 El Sifón de la Tormenta
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25: Capítulo 25: El Sifón de la Tormenta 25: Capítulo 25: El Sifón de la Tormenta La Biblioteca del Arquitecto no me había dejado solo conocimiento; me había dejado una sentencia.
Necesitaba energía, y mi cuerpo, mi frágil biología humana, era una batería lamentablemente inadecuada para la guerra que se avecinaba.
La idea de extraer energía del mundo real, que al principio había sido un pensamiento monstruoso, se convirtió en mi única y obsesiva esperanza.
Dejé de ser un estudiante.
Me convertí en un cazador.
Pero mi presa no era un animal, sino un fenómeno meteorológico.
Pasaba mis días no estudiando física, sino meteorología.
Rastreaba frentes fríos, monitoreaba la humedad relativa y seguía los informes satelitales con la intensidad de un general planeando una ofensiva.
Necesitaba las condiciones perfectas: una tormenta eléctrica masiva, de las que nacen en la sabana y se estrellan contra los cerros orientales de Bogotá, cargada de gigavatios de poder puro y caótico.
La espera duró casi dos semanas.
Dos semanas de una tensión que me carcomía por dentro, de noches en vela escuchando el silencio de mi universo amortiguado.
Y entonces, una tarde de jueves, la encontré.
El cielo se oscureció, adquiriendo ese color panza de burro que presagiaba el diluvio.
La presión atmosférica cayó en picado, y yo lo sentí en mis huesos, una crispación eléctrica en el aire.
Mientras la gente corría a refugiarse de las primeras gotas de lluvia, yo me encerré en mi cuarto.
Corrí la cortina, no para ver, sino para que no me vieran.
La habitación quedó en penumbra, iluminada solo por los lejanos y silenciosos relámpagos que comenzaban a desgarrar las nubes.
Este no era un acto de creación.
Era un acto de robo.
Y requería un tipo diferente de preparación.
Me senté en el suelo y entré en un estado de concentración absoluta, pero esta vez no busqué la calma.
Busqué la fortaleza.
Me visualicé no como un jardinero, sino como un pararrayos humano, un conducto.
Sabía que el más mínimo error, la más mínima pérdida de control, y la energía que intentaba canalizar me freiría desde adentro, dejando solo una mancha de carbón en el suelo de las residencias.
La tormenta estalló.
La lluvia golpeaba mi ventana como metralla.
El primer trueno rugió, un sonido tan profundo que hizo vibrar el edificio, y sentí la onda de choque en mi pecho.
Era el momento.
Cerré los ojos y proyecté mi conciencia fuera de mi cuerpo, fuera del edificio, hacia el corazón rugiente de la tormenta.
No fue un viaje sereno como los que hacía en mi universo.
Fue una ascensión violenta a través de un caos de viento y agua.
Y entonces la toqué.
Toqué la tormenta.
La sensación fue abrumadora, un torrente de energía cruda y salvaje que amenazó con desintegrar mi conciencia.
No era la energía limpia y ordenada de una estrella; era la furia de la naturaleza, un caos de cargas positivas y negativas buscando el equilibrio a través de la violencia.
Sentí el potencial eléctrico de toda la nube, miles de millones de voltios esperando ser liberados.
Con un esfuerzo de voluntad que me hizo gemir en el mundo real, extendí un filamento de mi intención, un tentáculo psíquico, no hacia un rayo específico, sino hacia el sistema en su conjunto.
No iba a intentar atrapar un relámpago; iba a sangrar la nube.
Hice la conexión.
El torrente de energía que fluyó hacia mí fue un grito blanco.
El rugido del trueno no estaba en mis oídos, estaba dentro de mi cabeza.
La luz del relámpago la vi sin necesidad de ojos.
Mi cuerpo en el suelo de mi cuarto se arqueó, mis músculos tensándose en un espasmo.
Un regusto metálico a ozono inundó mi boca, y el vello de mis brazos se erizó.
Por un instante aterrador, sentí que perdía el control, que la energía iba a desbordarse y consumirme.
Pero me aferré a mi propósito.
No era para mí.
Era para el escudo.
Con un segundo acto de voluntad, abrí un canal desde mi conciencia hacia mi universo interior.
La energía robada, salvaje y caótica, no tocó mi cuerpo.
Fluyó a través de mí, usándome como un conducto, y se vertió directamente en la Cáscara de Frecuencias Aleatorias.
Dentro de mi universo, vi cómo el escudo, antes un murmullo de ruido cuántico, rugía y cobraba vida.
Se engrosó, se intensificó, las fluctuaciones aleatorias se volvieron más violentas, más impenetrables.
La energía de la tormenta estaba alimentando la fortaleza.
Mantuve el sifón abierto durante lo que parecieron diez segundos eternos.
Diez segundos en los que fui el corazón de dos universos a la vez.
Luego, con mi cuerpo al borde del colapso, corté la conexión.
Mi conciencia se estrelló de vuelta en mi cuerpo con la violencia de una caída libre.
Me quedé en el suelo, jadeando, temblando, mi corazón martilleando un ritmo irregular y doloroso.
La habitación olía a ozono, un olor a limpio y a quemado que parecía emanar de mi propia piel.
Lentamente, me puse de pie.
Mis piernas se sentían débiles, desvencijadas.
Cada nervio de mi cuerpo se sentía como si hubiera sido raspado con papel de lija.
El agotamiento era profundo, un vacío que dolía.
Pero había funcionado.
Miré por la ventana.
La tormenta seguía ahí fuera, pero parecía…
disminuida.
Menos furiosa.
Quizás era mi imaginación.
O quizás no.
Había cruzado la línea.
Ya no era un observador pasivo del mundo real.
Era un actor, una fuerza que podía influir en él, tomar de él.
Había robado el fuego de los dioses, no para dárselo a la humanidad, sino para proteger mi propio secreto.
La sensación de poder era embriagadora.
Y la sensación de transgresión era absoluta.
Me había convertido en un parásito, alimentando mi mundo a costa de otro.
Y mientras escuchaba la lluvia amainar, una nueva y terrible pregunta surgió en mi mente: ¿cuántas más veces tendría que hacerlo?
¿Y qué pasaría con el mundo real si alguna vez me equivocaba?
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