El arquitecto de ecos. - Capítulo 26
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26: Capítulo 26: El Segundo Eco 26: Capítulo 26: El Segundo Eco El poder es un veneno que sabe a victoria.
En los días que siguieron al sifón de la tormenta, una parte de mí se sentía como un dios.
Había tocado el caos del mundo real y lo había doblegado a mi voluntad.
El escudo de mi universo era más fuerte, y por primera vez desde la detección, sentí una chispa de esperanza, una sensación de que tal vez, solo tal vez, podría tener una oportunidad de luchar.
Pero la victoria tuvo un precio que no anticipé.
La conexión con la energía de la tormenta me había dejado permanentemente alterado.
Mi aislamiento dejó de ser una simple consecuencia de mi concentración; se convirtió en una necesidad estratégica.
Cada interacción humana, cada conversación trivial, se sentía como una distracción, una fuga de la energía mental que necesitaba para mantenerme alerta, para cazar la próxima tormenta, para planificar la siguiente capa del escudo.
Me convertí en un fantasma en mi propia vida.
Dejé de ir a la cafetería.
Respondía a los correos de los profesores con frases cortas y eficientes.
Mi cuarto ya no era un santuario; era un búnker, un centro de mando en una guerra de un solo soldado.
Y Laura…
Laura fue la que más sufrió por mi transformación.
Al principio, intentó romper mis muros con su persistencia habitual.
Me dejaba notas en la puerta.
Me enviaba mensajes con enlaces a artículos de física que sabía que me interesarían.
Me esperaba a la salida de las pocas clases a las que asistía, su rostro una mezcla de esperanza y creciente frustración.
Yo la esquivaba.
Le respondía con evasivas.
Cada una de sus amables ofensivas era un recordatorio de la vida que estaba sacrificando, y el dolor de ese recordatorio era una distracción que no podía permitirme.
Así que la aparté, construyendo un muro de silencio y excusas entre nosotros, ladrillo a ladrillo.
La ruptura llegó un miércoles por la tarde.
Yo no había salido de mi cuarto en dos días, subsistiendo a base de agua y la extraña energía residual que aún zumbaba en mi sistema.
Ella no tocó la puerta.
La abrió.
Entró y cerró detrás de sí, su cuerpo bloqueando la única salida.
Su rostro ya no mostraba preocupación.
Mostraba una ira herida.
—Se acabó, Santiago —dijo, su voz baja y temblorosa, pero firme como el acero—.
Se acabó el juego del fantasma.
Mírate.
Estás pálido, pareces un esqueleto.
No estás comiendo, no estás durmiendo.
¿Qué demonios te pasa?
—Estoy bien, Lau.
Solo estoy trabajando en algo…
—empecé, la mentira sonando débil incluso para mí.
—¡No me digas que estás bien!
—exclamó, su voz subiendo de volumen—.
¡No me mientas más!
¿Crees que soy estúpida?
Primero fue el “milagro” de la biblioteca.
Luego tu cambio radical, tu obsesión.
Y ahora esto.
Te estás matando, y ni siquiera tienes la decencia de decirme por qué.
Se acercó, sus ojos buscando los míos, suplicando.
—Somos amigos, Santi.
O al menos, creía que lo éramos.
Los amigos se ayudan.
Se cuentan las cosas.
Sea lo que sea —la presión de los exámenes, problemas en casa, lo que sea—, podemos enfrentarlo juntos.
Pero tienes que dejarme entrar.
Cada una de sus palabras era una daga.
El coro de Gaia, lejano y amortiguado, pareció gemir en simpatía.
Una parte de mí, el Santiago que aún recordaba lo que era ser humano, quería derrumbarse, contarle todo, compartir la carga imposible que llevaba.
Pero la otra parte, el Guardián, el Arquitecto, sabía que era imposible.
Contarle la verdad no la ayudaría; la destruiría.
La arrastraría a mi guerra, la convertiría en un objetivo.
El secreto la protegía.
Mi aislamiento era su escudo.
Tomé una decisión.
La decisión más dolorosa de mi vida.
Para protegerla, tenía que romperla.
Tenía que cortar la última ancla que me unía a la humanidad.
La miré, y vacié mi rostro de toda emoción.
Me convertí en una superficie de hielo.
—No hay nada que entender, Laura —dije, mi voz fría y distante—.
Agradezco tu preocupación, pero no la necesito.
Tengo mis proyectos, mis prioridades.
Y ahora mismo, francamente, me estás interrumpiendo.
El golpe fue tan efectivo como si le hubiera abofeteado.
Vi el dolor florecer en su rostro, seguido de una incredulidad que rápidamente se convirtió en una furia gélida.
Dio un paso atrás, como si mi frialdad la hubiera quemado físicamente.
—Ya veo —susurró, su voz ahora desprovista de toda calidez—.
El “prodigio” no tiene tiempo para la gente normal.
Eres igual que Esteban, ¿sabes?
Solo que con mejores notas.
Se giró y caminó hacia la puerta.
Cada paso que daba era un martillazo en mi alma.
—Espero que tu “proyecto” valga la pena —dijo, sin volverse, su mano en el pomo de la puerta—.
Porque te va a costar todo lo demás.
Y se fue.
El clic de la puerta al cerrarse fue el sonido más definitivo que jamás había escuchado.
El silencio que dejó atrás era absoluto, un vacío que ni siquiera el ruido de la ciudad podía llenar.
Me quedé de pie en medio de la habitación durante un largo rato.
No sentí tristeza.
No sentí alivio.
Solo un vacío inmenso.
Había completado mi transformación.
Me había convertido en una fortaleza.
Y las fortalezas, por su propia naturaleza, están vacías y solas.
Con una determinación que nacía de la desesperación, volví a mi trabajo.
Si había sacrificado mi única amistad, mi única conexión real, tenía que hacer que valiera la pena.
Tenía que volverme más fuerte.
Me senté en el suelo, listo para intentar otro sifón, esta vez no de una tormenta, sino de la energía ambiental más sutil de la ciudad.
Era más arriesgado, requería más concentración.
Cerré los ojos y extendí mi conciencia.
Y fue entonces, en ese momento de total y absoluto aislamiento, que la Presencia regresó.
No fue una sonda.
No fue una mirada.
Fue una comunicación.
Un pulso de información pura, fría y matemática que inundó mi mente.
No eran palabras, sino conceptos, transmitidos con la eficiencia de un láser de precisión.
[DETECCIÓN DE FUGA EN ESCUDO DE OCULTACIÓN.
ANOMALÍA DE BAJA ENTROPÍA CONFIRMADA.
TRAYECTORIA CALCULADA.
APROXIMACIÓN INICIADA.] Era un acuse de recibo.
Mi sifón de energía, el acto que creí que me daría una ventaja, había provocado un “parpadeo” en mi escudo.
Un microsegundo de exposición.
Y había sido suficiente.
Me habían localizado.
Y estaban en camino.
El pánico que sentí fue tan puro, tan primordial, que eclipsó todo lo demás.
El dolor por Laura, el peso de mi soledad, todo se desvaneció ante la inminente y fría certeza de la aniquilación.
La carrera ya no era una abstracción.
Ahora tenía un reloj.
Y el tiempo se estaba acabando.
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