El arquitecto de ecos. - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 La Sopa de Quarks y Leptones
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3: Capítulo 3: La Sopa de Quarks y Leptones 3: Capítulo 3: La Sopa de Quarks y Leptones La entrada a la escuela fue como ser expulsado de un sistema solar familiar para orbitar una estrella nueva y caótica.
El mundo se expandió drásticamente, pasando del refugio de mi hogar a un universo bullicioso de patios de recreo, uniformes idénticos y el eco constante de una campana que dictaba nuestras vidas.
Yo tenía cinco años, y por primera vez, estaba verdaderamente solo en una multitud.
Mi universo interior, en ese punto, era una vasta extensión de oscuridad, salpicada por el brillo de los protones y neutrones que había forjado en mi infancia.
Era un lienzo en blanco, una promesa de potencial.
Pero mi poder seguía siendo instintivo, una contraparte de mi desarrollo físico.
No tenía control, solo una conciencia pasiva.
Todo eso cambió en el salón de la señorita Elvira, bajo la luz amarillenta de un bombillo que colgaba del techo.
La clase era de Ciencias Naturales.
La “seño Elvira”, una mujer de paciencia infinita y un amor genuino por los misterios del mundo, dibujó en el tablero un círculo grande con un lápiz de tiza.
Dentro, dibujó círculos más pequeños, algunos con un “+” y otros con un “0”.
Alrededor del gran círculo, dibujó pequeños puntos con un “-“.
—Esto, niños, es un átomo —dijo, su voz llenando el silencio del aula—.
Es la casita más pequeña de todo lo que podemos tocar.
El sol, la tierra, nosotros… todo está hecho de estas cositas.
Mientras mis compañeros se removían en sus sillas, aburridos, para mí fue una epifanía.
Un rayo de luz en la oscuridad de mi ignorancia.
Las palabras que usó —protón, neutrón, electrón— resonaron en mi interior, no como conceptos nuevos, sino como nombres para viejos amigos.
Los ecos de mi vida pasada se agitaron.
El dibujo tosco en el tablero era una versión simplificada de los modelos que flotaban en mi memoria.
Por primera vez, tenía un lenguaje, un manual de instrucciones para mi propia realidad.
Esa noche, acostado en mi cama, me negué a dormir.
El mundo exterior se silenció, dejando solo el canto de los grillos y el lejano ladrido de un perro.
Cerré los ojos y me sumergí en mi universo.
La vasta oscuridad ya no era intimidante, sino un laboratorio esperando a su científico.
Recordé el dibujo: un núcleo y electrones.
Yo tenía núcleos (protones y neutrones), pero ¿dónde estaban los electrones?
Mi universo estaba incompleto.
La materia era eléctricamente neutra; necesitaba el equilibrio.
Me concentré en el vacío, en la nada aparente entre las partículas.
Los recuerdos fragmentados me decían que el vacío no estaba vacío.
Era un hervidero de potencial, una espuma cuántica donde pares de partículas y antipartículas nacían de la nada para aniquilarse casi al instante.
Partículas virtuales.
Las había sentido toda mi vida como un zumbido de fondo, una estática cósmica.
Ahora, iba a intervenir.
Este fue mi primer acto de “cultivo” consciente.
No fue físico, no fue espiritual.
Fue un acto de pura voluntad.
Enfoqué toda mi atención en un único punto del espacio-tiempo de mi universo y vertí mi energía en él.
No era una energía mística, sino la energía de mi propia conciencia, mi concentración, el poder computacional de mi cerebro renacido.
Lo sentí como si estuviera tratando de resolver una ecuación increíblemente compleja en mi cabeza.
Excitar el vacío.
Al principio, no pasó nada.
El zumbido continuó sin cambios.
La frustración creció, un sentimiento muy humano que no tenía cabida en las leyes de la física.
Lo intenté de nuevo, empujando con más fuerza, visualizando la energía fluyendo desde mi mente hacia ese punto oscuro.
Entonces, lo vi.
Un destello.
Un par de partículas —un electrón y su antipartícula, un positrón— aparecieron, se separaron una distancia infinitesimal y luego chocaron, desapareciendo en un pulso de energía gamma.
Había funcionado.
Una oleada de euforia me recorrió, pero fue fugaz.
Crear partículas virtuales era inútil; necesitaba materia real.
Necesitaba separarlas antes de que pudieran aniquilarse.
Necesitaba superar el horizonte de eventos de su propia existencia efímera.
El resto de la noche se convirtió en una batalla agotadora.
Creaba pares de partículas, una y otra vez, tratando de separarlos.
Era como intentar atrapar humo con las manos.
Cada intento fallido era un drenaje.
Sentía un calor creciente en mi frente, un dolor de cabeza que comenzaba como un murmullo y se convertía en un martilleo.
Finalmente, después de lo que parecieron eones, lo logré.
Concentrando cada gramo de mi voluntad en el momento de su creación, “tiré” del electrón con una hebra de fuerza electromagnética imaginada, mientras “empujaba” al positrón.
Por un instante que se sintió eterno, se separaron.
El positrón se alejó y se desvaneció, pero el electrón… el electrón permaneció.
Una única y solitaria partícula de materia real, creada de la nada.
Mi primer electrón.
El triunfo fue tan abrumador que me arrancó de mi concentración.
Abrí los ojos de golpe.
La habitación daba vueltas.
El dolor de cabeza era una migraña cegadora.
Tenía la frente empapada en un sudor frío y mi cuerpo temblaba bajo las sábanas.
Mi pijama estaba pegajosa y sentía un calor terrible, como si tuviera fiebre.
Mi madre entró en la habitación, atraída por algún instinto maternal o quizás por el sonido de mi respiración agitada.
—¿Santiago?
¿Estás bien, mi amor?
—su voz era una caricia de preocupación.
Puso su mano en mi frente y la retiró al instante.
—¡Estás ardiendo!
¡Carlos, ven rápido, el niño tiene fiebre!
El mundo exterior se hizo cargo.
Luces encendidas, voces ansiosas, el sabor amargo del acetaminofén y paños fríos en mi frente.
Mis padres estaban aterrorizados.
Yo, en mi delirio febril, solo podía pensar en una cosa: mi pequeño y solitario electrón, zumbando en la vasta oscuridad de mi universo, esperando a sus hermanos.
Había aprendido la lección más importante de todas.
La creación tenía un precio.
E=mc².
La energía se convierte en masa.
Y esa energía, por ahora, tenía que salir de alguna parte.
Salía de mí.
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