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El arquitecto de ecos. - Capítulo 6

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  4. Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Ignición
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6: Capítulo 6: Ignición 6: Capítulo 6: Ignición A los quince años, descubrí que hay fuerzas en el universo más complejas y peligrosas que la gravedad o el electromagnetismo.

Descubrí las emociones adolescentes.

Mi vida había encontrado un equilibrio precario.

El club de ciencias se había convertido en mi refugio, un ecosistema donde mi naturaleza no era una anomalía.

Mis compañeros me veían como el “cerebrito”, el chico callado que podía explicar la relatividad restringida pero que se quedaba mudo si la conversación giraba hacia el último partido de la selección Colombia.

Era una identidad que aceptaba porque me permitía observar desde la periferia, protegiendo el secreto cósmico que bullía en mi interior.

Y entonces llegó Valentina.

No llegó como un cataclismo, sino como una variable inesperada en una ecuación que creía resuelta.

También estaba en el club de ciencias, pero no por las notas.

A ella la movía una curiosidad genuina, un hambre por entender el “porqué” de las cosas que yo reconocía como un eco del mío propio.

Tenía el pelo oscuro y ondulado, y unos ojos que parecían prestar atención de verdad, que no se desviaban cuando yo empezaba a hablar de la expansión de Hubble o la naturaleza de los cuásares.

Empezamos a estudiar juntos.

Nuestras sesiones en la biblioteca del pueblo se convirtieron en el punto álgido de mi semana.

Mientras afuera el mundo retumbaba con el ruido de las motos y el comercio, nosotros nos inclinábamos sobre libros de texto gastados, nuestras voces apenas un murmullo.

Pero las conversaciones a menudo se desviaban de las tareas.

—Pero, ¿cómo lo saben?

—me preguntó un día, frunciendo el ceño ante un diagrama del Big Bang—.

O sea, de verdad.

¿Cómo pueden estar seguros de algo que pasó hace miles de millones de años?

La miré.

La mayoría de la gente aceptaba los hechos.

Ella los cuestionaba.

—No están seguros —le respondí, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía ser honesto—.

Tienen un modelo.

Un modelo que funciona, que explica lo que vemos.

La luz de las galaxias lejanas, el eco de la primera luz…

Es como encontrar huellas en la arena.

No viste al que caminó, pero puedes deducir su tamaño, su peso, la dirección en la que iba.

Hablamos durante horas.

Le hablé de las estrellas como si fueran viejas amigas, de su  nacimiento en nubes de gas y de su muerte violenta, forjando los elementos que nos  componen.

Ella escuchaba, fascinada.

Y en su fascinación, yo me sentía… visible.

Visto de una manera que ni mi familia podía.

Esa nueva y cálida energía de conexión se filtró en mi universo interior.

La protoestrella que había estado gestando pacientemente en el corazón de mi nebulosa comenzó a cambiar.

Su núcleo se volvió más denso, su temperatura subió de forma constante.

Era como si la esperanza y la alegría de mi vida exterior fueran un combustible estable y de alta eficiencia, alimentando mi sol naciente.

Por primera vez, sentía una armonía entre mis dos mundos.

El pico de esa armonía llegó durante la feria del pueblo.

El aire olía a algodón de azúcar y a pólvora de los fuegos artificiales.

Las luces de neón de las atracciones mecánicas pintaban el cielo nocturno.

Valentina y yo nos habíamos escapado del ruido y estábamos sentados en una colina desde donde se veía todo el pueblo, un tapiz de luces parpadeantes.

—A veces pienso que somos como esas luces —dijo ella, abrazándose las rodillas—.

Pequeños puntos, y desde lejos, parecemos todos iguales.

Pero si te acercas, cada casa tiene una historia diferente.

—Y a veces —añadí, mi corazón martilleando contra mis costillas—, algunas luces brillan más que otras.

Nuestras manos se rozaron.

Luego, se entrelazaron.

Su piel era cálida.

Giró su rostro hacia mí, y a la luz de la luna y de la feria lejana, la besé.

Fue torpe, incierto y absolutamente perfecto.

Fue un momento de singularidad, donde el tiempo y el espacio parecieron detenerse.

Toda la energía del universo pareció concentrarse en ese único punto de contacto.

Esa noche, al sumergirme en mi universo, vi que mi protoestrella estaba al borde del abismo.

El núcleo brillaba con un calor blanco y furioso, la presión era inimaginable.

Estaba a punto de lograrlo.

Solo necesitaba un último empujón.

Y una semana después, recibí el empujón.

Pero no fue como yo esperaba.

La noticia llegó como un ladrón en la noche.

El padre de Valentina, un ingeniero agrónomo, había sido trasladado.

Un nuevo proyecto, una oportunidad irrenunciable.

Se mudaban.

A otra ciudad, a cientos de kilómetros de distancia.

En dos semanas.

El mundo se derrumbó.

La noticia me la dio ella misma después del colegio, sus ojos  enrojecidos, su voz rota.

No hubo drama, no hubo pelea.

Solo una tristeza aplastante, una sentencia inapelable dictada por el mundo de los adultos.

Era el fin.

La conexión que había comenzado a alimentar mi alma y mi cosmos iba a ser cortada.

Esa noche no pude entrar en mi universo.

Mi mente era un caos de negación, rabia y un dolor tan agudo que era físico.

Los días siguientes fueron una tortura.

Nos veíamos, pero era como mirar a un fantasma.

La alegría había sido reemplazada por la sombra de la partida.

La despedida fue una escena borrosa en la terminal de transportes del pueblo, un abrazo rápido y la promesa de llamarse que ambos sabíamos que el tiempo y la distancia harían imposible de cumplir.

Llegué a casa y me encerré en mi cuarto.

El chico callado.

El observador.

Pero dentro de mí no había silencio, sino un huracán.

La soledad, la injusticia, el primer y amargo sabor del desamor.

Era una tormenta de energía emocional cruda y violenta.

Me dejé caer en la cama y me refugié en mi cosmos, no por elección, sino por instinto de supervivencia.

Pero no encontré paz.

Llevé la tormenta conmigo.

Y la derramé, sin querer, sobre mi creación.

Toda esa angustia, esa furia adolescente, esa sensación de pérdida absoluta, se canalizó hacia el único punto focal de mi universo: el corazón de la protoestrella.

No fue un acto controlado.

Fue un vómito de energía psíquica.

Vi, como un espectador horrorizado de mi propio poder, cómo la temperatura del núcleo se disparaba.

Millón de grados.

Cinco millones.

Diez millones.

Se cruzó el umbral.

En un instante que fue a la vez infinitesimal y eterno, los protones en el núcleo de mi estrella vencieron su repulsión electromagnética.

La Fuerza Nuclear Fuerte los unió.

La fusión nuclear había comenzado.

¡IGNICIÓN!

Una ola de luz y energía pura explotó desde el núcleo, una onda de choque de fotones que barrió la oscuridad.

Mi primer sol se había encendido.

La luz, la primera luz verdadera de mi universo, comenzó su viaje hacia el exterior.

La retroalimentación fue cataclísmica.

Un relámpago blanco estalló detrás de mis ojos, borrando mi habitación, mi dolor, todo.

Un grito quedó atrapado en mi garganta.

Mi cabeza se partió por una migraña tan intensa que era una presencia física, un clavo al rojo vivo martillado en mi cráneo.

Caí de la cama al suelo, convulsionando.

A través del velo de dolor, me vi en el reflejo oscuro de la pantalla de mi viejo monitor de computador.

Mis ojos estaban brillando.

No era un reflejo.

Emitían una luz propia, un suave resplandor dorado, la luz de una estrella recién nacida.

El fenómeno duró apenas dos segundos, pero en mi percepción distorsionada, fue una eternidad.

Luego, la luz se apagó y la oscuridad me tragó.

Cuando desperté, horas después, el suelo estaba frío.

Mi cuerpo estaba débil y dolorido, como si hubiera tenido una fiebre altísima.

El dolor de cabeza se había reducido a un eco sordo.

Me arrastré de vuelta a la cama, mi mente vacía y extrañamente en calma.

Con temor, me sumergí de nuevo en mi universo.

Y allí estaba.

Brillando en la inmensidad del espacio que yo había creado, mi estrella.

Un sol.

Pequeño, feroz y estable.

Una baliza de luz amarilla que irradiaba calor y vida a la nebulosa circundante.

Era la cosa más hermosa que jamás había creado.

Y me había costado casi todo.

Comprendí la terrible verdad.

Mi poder no era un refugio.

No estaba aislado.

Estaba  intrínsecamente ligado a mi corazón.

Mis emociones no eran solo sentimientos; eran  combustible.

La alegría era una fuente de energía estable.

El dolor… el dolor era un acelerante de partículas, un catalizador volátil y tremendamente peligroso.

Había dado a luz a una estrella, pero también a una responsabilidad aterradora.

A partir de ahora, cada alegría, cada rabia y cada desamor no solo me afectarían a mí.

Amenazarían con desatar o destruir el cosmos que llevaba dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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