Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El arquitecto de ecos. - Capítulo 8

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El arquitecto de ecos.
  4. Capítulo 8 - 8 Capítulo 8 La Constante Cosmológica
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

8: Capítulo 8: La Constante Cosmológica 8: Capítulo 8: La Constante Cosmológica El último año de bachillerato pasó como un cometa, un borrón brillante de exámenes finales, despedidas agridulces y la creciente presión del futuro.

Mi mente, fortalecida por años de alquimia estelar, me permitió navegar las pruebas académicas con una facilidad casi insultante.

El ICFES, el examen de estado que aterrorizaba a mis compañeros, fue para mí como leer un cuento infantil.

Las preguntas de física, química y matemáticas se resolvían solas en mi cabeza, revelando sus respuestas con una lógica cristalina.

El resultado fue una beca completa para estudiar Física en la Universidad Nacional en Bogotá.

Era el escape perfecto, el siguiente paso lógico en mi andamio de vida.

Mis padres estaban exultantes de orgullo; mis abuelos, una mezcla de alegría y tristeza por la partida del nieto.

Yo sentía una emoción fría y controlada.

Bogotá era un campo de pruebas, un laboratorio a mayor escala.

Fue durante las últimas semanas en el pueblo, en la quietud de mi cuarto de siempre, que hice el descubrimiento más alarmante de mi vida.

Mi universo había madurado.

Ya no era una sola estrella en una nube de gas.

Siguiendo las leyes que yo mismo había puesto en marcha, la materia se había agrupado.

Guiada por los invisibles filamentos de materia oscura, mi nebulosa original se había fragmentado, dando a luz a un pequeño cúmulo de galaxias.

Eran primitivas, irregulares, pero eran galaxias al fin y al cabo, cada una con miles de millones de mis soles, ardiendo y forjando elementos en sus corazones.

Era un espectáculo de una belleza que me dejaba sin aliento.

Pero algo andaba mal.

Con mi percepción agudizada, realicé mediciones a gran escala.

Y los datos eran inequívocos.

Mis galaxias se estaban alejando unas de otras.

Y lo que era peor: su velocidad de recesión estaba aumentando.

La expansión de mi universo se estaba acelerando.

Al principio, no lo entendí.

Yo no estaba haciendo nada.

Mis emociones estaban en calma, mi cultivo era estable.

Esto no era obra mía.

Era una propiedad fundamental del tejido de mi espacio-tiempo, una fuerza repulsiva inherente a la nada.

Una constante cosmológica.

Mi propia versión de la Energía Oscura.

El horror de la situación me invadió lentamente.

Yo era un dios que había perdido el control de la ley más fundamental de su creación.

Toda mi obra, mis estrellas, mis galaxias, estaban condenadas a separarse, a alejarse unas de otras hasta que la luz de una no pudiera alcanzar a la otra, dejando un universo frío, oscuro y solitario.

La amenaza no era una explosión, sino un desgarro lento e inexorable.

Un “Big Rip” en miniatura.

Mi nuevo desafío ya no era crear, sino preservar.

No era añadir materia, sino de alguna  manera, contrarrestar la expansión de la nada.

Llegué a Bogotá con esta carga cósmica sobre mis hombros.

La ciudad era una agresión sensorial, un monstruo de hormigón, ruido y ocho millones de historias chocando entre sí.

Hacía que mi pueblo pareciera un remanso de silencio.

El aire frío de la sabana, el cielo gris plomizo, el tráfico interminable…

todo contribuía a una sensación de alienación.

El campus de la universidad era un universo en sí mismo.

Edificios de ladrillo rojo, vastas zonas verdes y un flujo constante de estudiantes que se movían con un propósito que yo aún no sentía.

Mi beca incluía un cupo en las residencias estudiantiles, un bloque de apartamentos brutalistas donde me asignaron un cuarto diminuto que olía a humedad y a la soledad de sus ocupantes anteriores.

Por primera vez en mucho tiempo, me sentí como aquel recién nacido: abrumado, pequeño y sin control.

La acelerada expansión de mi universo interior era un espejo perfecto de mi situación: había sido arrancado de mi galaxia natal (mi pueblo) y lanzado a un supercúmulo desconocido (Bogotá), y la distancia entre mi pasado y mi presente crecía a cada segundo.

Las clases comenzaron.

El nivel era un salto cuántico respecto al colegio.

Mis profesores eran físicos de verdad, hombres y mujeres con doctorados de universidades extranjeras que hablaban de la mecánica cuántica y la relatividad general no como capítulos de un libro, sino como el lenguaje con el que describían su realidad.

Y fue aquí donde mi poder, mi fuerza mental, se convirtió en mi ancla.

Mientras mis  compañeros de primer semestre luchaban con el cálculo y el álgebra lineal, yo veía la belleza inherente en las matemáticas.

Podía visualizar los tensores de la relatividad curvando el espacio, sentía las funciones de onda de la cuántica colapsando en la observación.

Pero mi poder ya no era solo para resolver problemas en un papel.

Comencé a aplicarlo, casi inconscientemente, al mundo que me rodeaba.

Me sentaba en la cafetería y, en lugar de sentirme abrumado por el ruido, mi mente lo descomponía.

Filtraba las conversaciones, las clasificaba por tono, por intención.

Identificaba los patrones.

Veía las complejas redes sociales del campus: los grupos, los líderes, los solitarios.

Veía las tensiones, los centros de gravedad social.

Era como observar la interacción de galaxias, solo que con más cafeína y ansiedad.

Sin embargo, seguía siendo un observador.

Un dios escondido, lidiando con el inminente desgarro de su propia creación, mientras intentaba averiguar cómo pedir un almuerzo en el comedor sin parecer un completo extraño.

El punto de inflexión llegó una tarde lluviosa de octubre.

Estaba en la biblioteca, una estructura imponente y silenciosa, supuestamente estudiando la electrodinámica de Jackson, pero en realidad, estaba luchando contra mi universo.

Intentaba crear anclas de gravedad, concentrar materia oscura en ciertos puntos para frenar la expansión, pero era como tratar de detener un tsunami con un muro de arena.

Cada intento fallido me dejaba mentalmente exhausto y con un zumbido en los oídos.

—¿Te encuentras bien?

Levanté la vista.

Una chica estaba de pie junto a mi mesa.

Era alta, con el pelo corto y rebelde, y unos ojos inteligentes que me miraban con genuina preocupación.

Llevaba una camiseta de una banda de rock que no reconocí.

—Sí, solo… un dolor de cabeza —mentí.

—Es este libro —dijo ella, señalando el texto de Jackson con una sonrisa cómplice—.

Es  conocido por causar migrañas existenciales.

Soy Laura, por cierto.

—Santiago.

—Lo sé.

Eres el genio de primer semestre.

El que nunca toma apuntes y aun así destroza los parciales.

La gente habla.

Sentí una punzada de pánico.

La visibilidad era un riesgo.

—No soy un genio —respondí, mi voz más baja de lo que pretendía.

—Claro que no —dijo ella, y su sonrisa se ensanchó—.

Eres un bicho raro.

Igual que yo.

Por eso nos sentamos solos en la biblioteca un viernes por la tarde.

¿Quieres tomarte un tinto?

Mi cerebro necesita un descanso antes de volver a intentar entender los momentos dipolares.

Dudé.

Mi instinto era decir que no, retirarme a la seguridad de mi cuarto y luchar con mi cosmos moribundo.

Pero la conversación con mi abuelo resonó en mi mente.

No se olvide de que hay un mundo aquí arriba.

Y el recuerdo de Valentina, de la conexión perdida, me susurró que el aislamiento era un veneno.

—Claro —dije, sorprendiéndome a mí mismo—.

Un tinto suena bien.

Mientras caminábamos bajo la llovizna hacia el pequeño café al otro lado de la calle, una parte de mí se dio cuenta de que esta simple decisión era un acto de desafío.

Un desafío contra el aislamiento que me imponía mi poder.

Un desafío contra la fuerza repulsiva que amenazaba con desgarrar mis dos universos.

Por primera vez, no estaba solo tratando de frenar la expansión.

Estaba empezando a construir algo para llenarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo