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El Arquitecto del Vacío - Capítulo 11

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Capítulo 11: Bit 11: La gratitud de una diosa de pasarela

Elena Vólkova aprendió a agradecer sin inclinar la cabeza.

La industria de la moda le había enseñado eso antes de enseñarle a caminar con tacones imposibles sobre pasarelas de mármol. Sonreír, sí. Decir gracias, siempre. Aceptar flores, contratos, cumplidos, aplausos, vestidos, joyas, invitaciones a cenas privadas con hombres que usaban relojes más caros que la casa donde ella había nacido.

Pero nunca inclinar la cabeza.

La gratitud era aceptable.

La sumisión, no.

A las 10:06 de la mañana, Elena estaba sentada en una suite del piso veintitrés del Hotel Aurelia, mirando la ciudad a través de un ventanal enorme. Abajo, los autos parecían insectos brillantes moviéndose sobre avenidas húmedas. La lluvia de la noche anterior había dejado una capa de gris sobre los edificios, como si todo estuviera cubierto por una película de polvo mojado.

La suite olía a café recién hecho, flores blancas y productos de limpieza demasiado caros. Sobre una mesa de vidrio descansaban tres teléfonos móviles, dos carpetas legales, un computador portátil abierto y varias revistas donde su rostro todavía sonreía como si nada hubiera ocurrido.

Esa era la parte que más le molestaba.

Su rostro en las revistas no sabía nada.

No sabía que alguien había entrado en su departamento.

No sabía que habían usado sus correos.

No sabía que una red criminal medía su miedo con la precisión de un sastre.

No sabía que la noche anterior ella había despertado tres veces convencida de que había alguien detrás del espejo del baño.

La Elena de las portadas seguía intacta.

La verdadera había empezado a vivir con las luces encendidas.

—No tienes que ir —dijo Clara Montiel desde el sofá.

La abogada llevaba una taza de té entre las manos y un traje azul oscuro impecable. Pero Elena notaba el cansancio bajo sus ojos. Clara también había dormido poco. Todos a su alrededor estaban durmiendo poco desde que su vida se convirtió en expediente.

—Sí tengo —respondió Elena.

—No. La fiscalía puede coordinar todo por nosotros.

—No voy por la fiscalía.

Clara cerró los ojos un segundo.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Elena se volvió hacia ella.

—¿Kenji?

Clara la miró con severidad.

—No me gusta cómo dices su nombre.

Elena sonrió apenas.

—¿Cómo lo digo?

—Como si fuera una herramienta afilada que estás pensando si tomar o no.

Elena bajó la vista hacia sus manos. Llevaba un anillo sencillo, de plata, que giraba lentamente alrededor de su dedo. Lo hacía cuando pensaba. También cuando tenía miedo. Kenji lo había notado en menos de cinco minutos. Eso la irritaba todavía.

—Él hizo más en dos días que todos mis equipos en tres meses.

—Él no lo hizo por ti.

Elena sostuvo el silencio.

Clara dejó la taza sobre la mesa.

—Elena.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Porque cuando alguien te saca del agua, es fácil olvidar que también puede estar midiéndote el peso.

Elena soltó una risa baja, sin alegría.

—Todos me miden, Clara.

—No como él.

—No. Él al menos no finge que no lo hace.

La abogada se levantó y caminó hacia la ventana.

—Eso no es virtud.

—No dije que lo fuera.

—Entonces, ¿qué es?

Elena miró la pantalla del portátil. El comunicado de la fiscalía seguía abierto. La narrativa pública había cambiado. No del todo, pero lo suficiente. Las marcas habían pausado sus amenazas. Los medios serios hablaban de extorsión. Algunos periodistas incluso la llamaban víctima sin poner comillas alrededor de la palabra.

Todo gracias a un plan diseñado por un joven de ojos vacíos que hablaba de ella como si fuera una red bajo ataque.

—Es eficacia —dijo Elena.

Clara se volvió lentamente.

—La eficacia no te abraza cuando todo termina.

Elena miró otra vez la ciudad.

—Los abrazos tampoco me devolvieron mi casa.

Clara no respondió.

En la mesa, uno de los teléfonos vibró.

Elena lo tomó.

Mensaje de Vane:

Puede venir a la unidad a las 11:30. Entrada lateral. Sin prensa. Sato estará presente solo si es necesario.

Elena leyó la última frase dos veces.

Solo si es necesario.

Casi pudo escuchar la voz del inspector detrás de esas palabras. Protector. Cansado. Desconfiado.

Elena escribió:

Entonces será necesario.

Envió.

Clara suspiró.

—Dios mío.

—Dios no está contestando mensajes, Clara.

—Tal vez porque tú estás escribiéndole al diablo equivocado.

Elena se puso los lentes de sol.

—Entonces recemos por que sea útil.

La Unidad de Delitos Cibernéticos parecía aún menos glamorosa bajo la luz del día.

Elena entró por la puerta lateral junto a Clara y dos agentes de civil. No había cámaras. No había alfombra roja. No había asistentes acomodándole el abrigo ni maquilladores corrigiendo brillos invisibles en su piel. Solo un pasillo gris, una máquina expendedora, un funcionario cargando cajas y el sonido lejano de una impresora peleando contra su destino.

Elena se quitó los lentes.

—Qué lugar tan triste —murmuró.

Clara respondió:

—Es una comisaría, no una gala.

—He estado en galas más violentas.

Un agente las condujo hasta una sala de espera. La habitación tenía sillas plásticas, una mesa baja con revistas viejas y una planta artificial inclinada hacia la pared como si también quisiera irse.

En una de las revistas, Elena apareció sonriendo desde una portada del año anterior.

El titular decía:

ELENA VÓLKOVA: LA MUJER QUE NADIE PUEDE ALCANZAR

Ella tomó la revista, la miró un segundo y luego la dejó boca abajo.

—Qué optimistas éramos todos —dijo.

La puerta se abrió.

Vane entró.

—Señorita Vólkova. Abogada Montiel.

—Inspector —dijo Clara.

Elena miró detrás de él.

Vane lo notó de inmediato.

—Sato está trabajando.

—Qué sorpresa.

—No está aquí para recibir visitas.

—No vine a visitarlo.

Vane cruzó los brazos.

—Entonces me alegra que podamos hablar del caso.

Elena sonrió con educación peligrosa.

—Claro.

Vane la observó un momento. Elena había conocido muchos hombres como él en apariencia: serios, rígidos, con una moral pesada sobre los hombros. Pero Vane era distinto. No la miraba como mujer hermosa, ni como celebridad, ni como problema mediático. La miraba como responsabilidad.

Eso debería haberla tranquilizado más.

Pero la responsabilidad era una habitación acolchada.

Kenji, en cambio, era una ventana rota.

Peligrosa, sí.

Pero por ahí entraba aire.

—Tenemos avances sobre Northstar —dijo Vane.

Clara se sentó de inmediato.

Elena permaneció de pie.

—¿Quién fue?

—Aún no tenemos nombre completo. Pero apareció un alias: Marlow. Probablemente consultor externo o intermediario técnico con acceso indirecto a sus cuentas.

—¿Trabajaba para Northstar?

—Quizás para alguien que trabajaba con ellos.

Elena soltó una risa amarga.

—Qué alivio. No me traicionó la casa. Solo alguien que entraba por la ventana de la casa.

Vane aceptó la frase en silencio.

—También hay algo más. El nombre Marlow apareció vinculado a Viper.

Elena frunció el ceño.

—¿Viper?

—Un operador de la red. Lo detuvimos ayer.

—¿Y eso es bueno?

Vane tardó medio segundo.

—Sí.

Elena inclinó la cabeza.

—Usted dice “sí” como si estuviera escondiendo un “pero”.

La puerta volvió a abrirse.

Kenji entró con una carpeta en la mano.

Elena lo vio antes de que él la mirara.

Llevaba la misma chaqueta negra de siempre, una camisa oscura y ojeras profundas. Parecía más delgado bajo la luz fluorescente. No cansado exactamente. Más bien consumido por un tipo de vigilia que no pertenecía al cuerpo sino a la mente.

Vane giró.

—No te llamé.

Kenji levantó la carpeta.

—Rojas pidió esto.

—Rojas no está aquí.

—Por eso lo traigo.

Vane cerró los ojos un instante.

—Qué milagro de coincidencias.

Kenji miró a Elena.

—Señorita Vólkova.

—Señor Sato.

Clara se tensó en la silla.

Vane lo notó.

—Déjala sobre la mesa y vuelve al análisis.

Kenji dejó la carpeta.

—Hay una actualización sobre Marlow.

Elena dio un paso hacia él.

—Dígala.

Vane habló antes:

—Sato.

Kenji abrió la carpeta igualmente.

—Marlow tuvo acceso a un servidor de Northstar usado para clientes de alto perfil. No solo usted. Hay otras víctimas potenciales. Pero en su caso, el ataque fue personalizado.

Elena lo miró fijamente.

—¿Personalizado cómo?

Kenji sacó una hoja.

—Las frases en sus correos no se repiten en otros casos. Las suyas tienen un patrón estético distinto. Belleza, espejos, diosas, puertas, deseo. Alguien dentro de la red creó una capa narrativa para usted.

Clara se puso de pie.

—¿Capa narrativa? Estamos hablando de acoso.

—Sí —dijo Kenji—. Y el acoso también tiene diseño.

Elena tomó la hoja.

Había varias frases impresas:

La belleza es una contraseña que todos creen tener derecho a probar.

Las diosas caen cuando descubren que también son puertas.

Los fantasmas también miran a las diosas.

Elena leyó en silencio.

Luego preguntó:

—¿Él escribió todo esto?

—No puedo confirmarlo todavía.

—Pero lo cree.

Kenji la miró.

—Creo que Círculo_7 escribió algunas. O aprobó el marco. O permitió que alguien cercano lo hiciera.

—Eso no responde.

—Responde hasta donde la evidencia permite.

Elena lo miró con una pequeña sonrisa.

—Qué cuidadoso se vuelve cuando el inspector está cerca.

Vane murmuró:

—Gracias por notar mi efecto civilizador.

Kenji no sonrió.

—La personalización implica que usted no es solo fuente de dinero. Es escenario.

Elena bajó lentamente la hoja.

—¿Escenario para quién?

—Para quien quiera hablarle a RomanHoliday usando su imagen.

Clara miró a Vane.

—Otra vez ese nombre.

Vane observaba a Kenji con una dureza silenciosa.

Elena también lo miró.

—Entonces yo tenía razón —dijo—. Me están usando para hablarle.

Kenji respondió:

—Sí.

La claridad de la palabra hizo que el cuarto pareciera más pequeño.

Elena dejó la hoja sobre la mesa.

—¿Y usted qué va a hacer?

Vane intervino:

—La unidad va a—

—Le pregunté a él.

Vane cerró la boca.

Kenji sostuvo la mirada de Elena.

Había algo distinto en ella hoy. No menos miedo. El miedo seguía allí, en la forma en que evitaba colocarse de espaldas a la puerta, en cómo sus dedos rozaban el anillo, en cómo sus ojos iban a los reflejos de las ventanas. Pero ahora el miedo estaba acompañado por otra cosa.

Gratitud.

No dulce.

No humilde.

No limpia.

Una gratitud oscura, hambrienta, peligrosa. La gratitud de alguien que ha visto a otros fracasar en protegerla y empieza a confundir eficacia con salvación.

Kenji la reconoció.

Y, peor aún, reconoció su utilidad.

—Voy a encontrar el canal que conecta a Marlow con Círculo_7 —dijo.

—¿Y después?

—Después encontraremos dónde se equivoca.

Elena se acercó un paso.

—¿Y si no se equivoca?

Kenji respondió sin dudar:

—Todos se equivocan cuando creen que entienden completamente a otra persona.

Vane lo miró.

La frase era extraña viniendo de él.

Elena pareció recibirla como algo casi íntimo.

—Gracias —dijo.

Kenji se quedó quieto.

La palabra no debería haber hecho nada.

Gracias.

La gente la decía todo el tiempo. Por sostener una puerta. Por pasar un papel. Por fingir amabilidad. Era una moneda social de bajo valor.

Pero Elena no la dijo como moneda.

La dijo como si le entregara algo.

No sumisión. No inocencia. No confianza completa.

Reconocimiento.

La gratitud de una mujer acostumbrada a recibir adoración, no ayuda.

Kenji no supo qué hacer con ella durante medio segundo.

Medio segundo era demasiado.

Vane lo notó.

Clara también.

—No lo hice por gratitud —dijo Kenji.

Elena sonrió apenas.

—Eso lo hace más fácil.

—¿Qué cosa?

—Agradecerle sin sentir que le debo ternura.

Clara susurró:

—Elena.

Ella levantó una mano.

—Estoy bien.

Kenji no estaba seguro de que eso fuera cierto.

Vane tomó la carpeta.

—Sato, necesito hablar contigo afuera.

—Estoy ocupado.

—Ahora.

Kenji sostuvo la mirada de Elena un segundo más y salió con Vane al pasillo.

La puerta se cerró.

Vane habló en voz baja, pero con filo.

—Te está mirando como si fueras una respuesta.

—No controlo cómo me mira.

—Pero sí sabes usarlo.

Kenji no respondió.

—Ese silencio me preocupa más que cualquier frase.

—Elena no es incompetente.

—No dije que lo fuera.

—Sabe que está siendo utilizada por Círculo_7. Sabe que nosotros también la usamos en cierto grado. Prefiere el uso declarado al uso disfrazado de protección.

Vane lo miró con disgusto.

—Eres increíble.

—Gracias.

—No era—

—Ya sé.

El inspector dio un paso más cerca.

—Escucha. La gratitud de una víctima puede parecer consentimiento, pero muchas veces es solo una forma de shock. Alguien la ayuda y ella se aferra a esa persona porque todo lo demás se cayó. Si tú tomas eso como permiso, la destruyes de otra forma.

Kenji miró hacia la sala.

A través del vidrio esmerilado, la silueta de Elena se movía como una sombra elegante.

—Usted cree que quiero dañarla.

—Creo que quieres ganar.

Kenji volvió a mirar al inspector.

—Eso no es lo mismo.

—Contigo puede volverse lo mismo.

La frase quedó entre ellos.

Kenji sintió irritación. Pero no toda dirigida a Vane. Parte de ella nacía de que el inspector había formulado una posibilidad real.

Elena era útil.

Elena era vulnerable.

Elena era visible.

Elena estaba agradecida.

Una combinación peligrosa.

No porque Kenji no pudiera controlarla.

Sino porque quizá podía hacerlo demasiado bien.

—No la tocaré —dijo.

Vane endureció el rostro.

—No estoy hablando solo de tocar.

Kenji entendió.

Eso también lo irritó.

—Tengo trabajo.

—Kenji.

El uso del nombre lo detuvo.

Vane habló más bajo:

—Tu madre está protegida. Echo está siendo rastreada por Círculo_7. Elena está en medio de un ataque público. Todas las personas alrededor de ti se están convirtiendo en puntos de presión.

Kenji no respondió.

—Eso no es coincidencia. Círculo_7 está construyendo una imagen de ti. Quiere ver qué pesa más.

—Lo sé.

—Entonces deja de ayudarlo.

Kenji miró al inspector.

—No puedo impedir que coloque piezas.

—Pero puedes impedirte jugar como él espera.

Kenji no contestó.

Porque esa era la pregunta real.

¿Estaba jugando contra Círculo_7?

¿O estaba aceptando el tablero que Círculo_7 le ofrecía porque era más interesante que el mundo normal?

Vane abrió la puerta.

—Vuelve. Pero mide cada palabra.

Kenji entró de nuevo.

Elena estaba sentada ahora. Clara revisaba documentos con rigidez. Rojas acababa de llegar y hablaba con un técnico en la puerta.

Kenji tomó la carpeta.

—Necesito los contratos cancelados o suspendidos después de la filtración.

Clara frunció el ceño.

—¿Por qué?

—El dinero se mueve con más honestidad que la opinión pública. Quiero saber quién se beneficia si su reputación cae.

Elena lo miró.

—¿Cree que esto puede venir de un rival?

—No directamente. Pero Círculo_7 puede vender daño. Si alguien pagó para acelerar su caída, los contratos mostrarán presión.

Clara se sentó lentamente.

—Hay tres campañas en riesgo. Una firma de perfumes, una casa de moda italiana y una marca de joyería.

—Nombres.

Clara dudó.

Elena respondió:

—Maison Duval, Orsini Atelier y Liora.

Kenji anotó.

—¿Quién gana si usted sale?

Elena soltó una risa seca.

—Medio mundo.

—No. Medio mundo desea. Pocos ganan.

Elena lo observó con atención.

—Mi reemplazo natural en Duval sería Camille Arden. En Orsini, tal vez Renata Vale. En Liora… no sé. Ellos me querían por exclusividad.

Clara añadió:

—También hay un conflicto con la agencia. Elena quería renegociar participación de imagen en mercados asiáticos. Eso molestó a varios ejecutivos.

Kenji escribió sin levantar la vista.

—¿Nombres?

Clara miró a Elena.

Elena asintió.

—Hugo Lemaire. Director regional. Y Markus Stein, mi antiguo representante.

Al oír ese nombre, Kenji levantó la mirada.

—Antiguo representante.

—Sí.

—¿Tuvo acceso a su departamento?

Elena se quedó callada un segundo.

Clara respondió:

—En el pasado, sí.

Kenji marcó el nombre con un círculo.

Vane observó desde un costado.

—¿Por qué no estaba más arriba en la lista?

Clara apretó los labios.

—Porque parecía demasiado obvio.

Kenji dijo:

—Lo obvio no deja de existir porque incomode.

Elena miró el nombre en la libreta.

—Markus no haría esto.

Nadie habló.

Ella se corrigió:

—Markus podría querer dinero. Podría vender historias. Podría manipular contratos. Pero entrar a mi departamento…

Kenji la interrumpió:

—No necesitaba entrar personalmente.

Elena bajó la mirada.

—Claro.

Su voz sonó más pequeña.

Kenji notó el cambio. Markus no era solo un representante. Había algo más: confianza antigua, traición posible, una capa emocional que ella había intentado archivar como asunto profesional.

—¿Relación personal? —preguntó.

Clara se tensó.

—Eso no—

—Sí —dijo Elena.

La abogada la miró.

—Elena.

—Está bien. Sí. Hubo una relación. Breve. Mala decisión.

Kenji anotó.

—¿Terminó cuándo?

—Hace nueve meses.

—¿En buenos términos?

Elena sonrió con amargura.

—¿Existe eso?

—A veces, según gente que no sabe terminar.

Ella casi rió.

Casi.

—No. No terminó bien.

—¿Amenazó?

—No directamente.

—Eso significa sí.

Elena sostuvo su mirada.

—Dijo que sin él yo iba a descubrir cuánto cuesta ser adorada por personas que no te conocen.

Kenji escribió la frase completa.

Vane se acercó.

—Eso suena relevante.

Clara suspiró.

—Sí.

Kenji preguntó:

—¿Markus tenía relación con Northstar?

Clara abrió una carpeta y empezó a revisar.

—Él recomendó a Northstar en el pasado para otro cliente.

La sala se quedó quieta.

Vane miró a Rojas.

—Quiero a Markus Stein localizado.

Rojas asintió y salió a hacer llamadas.

Elena seguía mirando la mesa.

—Fui idiota.

Kenji respondió:

—No. Fue humana.

Ella levantó la vista.

La palabra sonó extraña en su boca.

Humana.

Casi como si él la estuviera probando por primera vez.

—¿Eso es consuelo? —preguntó Elena.

—No. Clasificación.

—Qué pena. Por un segundo pareció amable.

—La amabilidad no encuentra culpables.

—Pero evita que las víctimas se sientan culpables por haber confiado.

Kenji no respondió.

Elena apoyó las manos sobre la mesa.

—Markus sabía cosas. Rutinas. Contraseñas viejas. Contactos. Personal de limpieza. Mis hoteles. Mis miedos. Sabía que reviso espejos desde niña.

Kenji levantó apenas la vista.

—¿Desde niña?

Elena dudó.

Clara le tocó el brazo.

—No tienes que—

—Mi madre decía que si una mujer era hermosa, debía aprender a verse antes de que otros la vieran. Crecí frente a espejos. Corrigiendo postura, cara, cintura, sonrisa, mirada. Markus lo sabía. Sabía que los espejos eran… importantes.

La fotografía del símbolo en el espejo adquirió otro peso.

Kenji sintió una pieza encajar.

No técnica.

Psicológica.

—Entonces el símbolo en el espejo no fue casual —dijo.

Elena cerró los ojos.

—No.

Vane habló con voz baja:

—Eso acerca a Markus.

—O a alguien que obtuvo información íntima de Markus —corrigió Kenji.

—Siempre corriges.

—Alguien tiene que hacerlo antes de que arrestemos al culpable equivocado.

Elena abrió los ojos.

—¿Usted cree que Markus vendió mi intimidad?

Kenji la miró.

—Creo que alguien la convirtió en arquitectura de ataque.

Elena respiró con dificultad.

Por primera vez, la gratitud se mezcló con algo más oscuro.

Rabia.

No la rabia pública, elegante, que podía decirse en entrevistas con voz firme. Una rabia privada. Sucia. Humillante. La rabia de saber que alguien tomó una herida antigua y la usó como contraseña.

—Quiero verlo —dijo.

Vane negó.

—No.

—Si lo encuentran, quiero verlo.

—No.

—Inspector—

—No. Si Markus Stein está vinculado, será interrogado bajo procedimiento. Usted no estará presente.

Elena apretó los dientes.

—Siempre procedimiento.

—Sí —dijo Vane—. Porque sin procedimiento, lo que queda es venganza.

Elena miró a Kenji.

—¿Y eso sería tan malo?

Vane respondió antes de él:

—Sí.

Pero Kenji no respondió.

Ese silencio fue suficiente para todos.

La reunión terminó con una lista de nombres, contratos, accesos y nuevas autorizaciones. Elena firmó dos documentos. Clara entregó copias cifradas de comunicaciones con Markus. Vane coordinó protección adicional. Rojas confirmó que Markus Stein había salido del país tres semanas antes, pero tenía regreso programado esa misma noche.

Cuando Elena se levantó para irse, Kenji seguía revisando una hoja.

Ella se acercó.

—Señor Sato.

Él levantó la mirada.

—Señorita Vólkova.

—Sé que no lo hizo por mí.

—Correcto.

—Sé que puede estar usándome.

—También correcto.

Clara, desde la puerta, cerró los ojos con desesperación.

Elena continuó:

—Pero ayer por primera vez en meses sentí que ellos reaccionaban a mí, no yo a ellos.

Kenji no dijo nada.

—Eso se parece mucho a respirar —dijo ella.

La frase quedó suspendida.

No era seducción. No exactamente. Era algo más peligroso: gratitud convertida en dependencia incipiente.

Kenji debería haberla cortado.

En cambio preguntó:

—¿Y qué hará con ese aire?

Elena se acercó un poco más.

—Aprender a no devolverlo.

Kenji sostuvo su mirada.

Había algo en ella que no estaba antes. No fortaleza pura. La fortaleza pura era una mentira de posters motivacionales. Era más bien una decisión venenosa. Una semilla de violencia psicológica nacida del miedo.

Círculo_7 había querido quebrarla.

Kenji acababa de ayudarla a endurecerse.

No sabía si eso era mejor.

Elena sacó algo de su bolso.

Una pequeña caja negra.

La puso sobre la mesa frente a él.

Vane, desde la puerta, se tensó.

—¿Qué es eso?

Elena respondió sin mirarlo:

—Gratitud.

Kenji no tocó la caja.

—No acepto regalos.

—No es un regalo personal.

—Todos los regalos son personales. Aunque finjan otra cosa.

Elena sonrió.

—Entonces considérelo una inversión.

Kenji la miró con más atención.

Abrió la caja.

Dentro había un reloj.

No ostentoso, pero claramente caro. Minimalista. Acero oscuro. Esfera negra. Elegante sin gritar. El tipo de objeto que comunicaba valor precisamente porque no necesitaba demostrarlo.

Vane habló:

—No puede aceptar eso.

Kenji cerró la caja.

—No iba a hacerlo.

Elena no pareció ofendida.

—Lo imaginé.

—Entonces, ¿por qué traerlo?

—Para saber si usted podía rechazar algo caro sin fingir humildad.

Kenji la observó.

Interesante.

—¿Y?

—Puede.

—¿Eso la tranquiliza?

—No. Me da más curiosidad.

Vane se acercó.

—Señorita Vólkova, no convierta esto en un juego.

Elena recogió la caja.

—Inspector, mi vida ya fue convertida en juego por personas peores. Al menos aquí puedo ver una parte del tablero.

Vane la miró con preocupación genuina.

—Esa sensación también puede ser trampa.

Elena se puso los lentes.

—Lo sé.

Miró a Kenji una última vez.

—Gracias, Kenji.

Esta vez usó su nombre.

No “señor Sato”.

Kenji no respondió de inmediato.

—No me agradezca todavía —dijo.

Elena sonrió apenas.

—No se preocupe. No soy tan generosa.

Y salió.

Cuando la puerta se cerró, Vane se volvió hacia Kenji.

—No.

Kenji tomó la carpeta de Markus.

—¿Va a decir “no” cada vez que ella respire cerca de mí?

—Si respira como lo hizo ahora, sí.

—Es una víctima, no una niña.

—Exacto. Y una víctima adulta puede cometer errores adultos con consecuencias adultas.

Kenji abrió la carpeta.

—Markus llega esta noche.

—No cambies de tema.

—Es literalmente el tema del caso.

Vane le quitó la carpeta de la mano.

Kenji lo miró.

El inspector sostuvo el expediente fuera de su alcance.

—Te estoy hablando en serio.

—Yo también.

—Ella te está agradeciendo porque le devolviste sensación de poder. Eso puede volverse adicción.

—No soy responsable de sus emociones.

—Sí eres responsable de lo que hagas con ellas.

Kenji permaneció callado.

Vane bajó la voz.

—Y no me digas que no lo viste. Lo viste antes que todos.

Kenji no contestó.

El inspector dejó la carpeta sobre la mesa.

—Markus llega a las 22:15. Lo interceptaremos en el aeropuerto con orden de retención para declarar. Tú no vas.

—Necesita análisis técnico de sus dispositivos.

—Morales irá.

—Morales es competente, pero lento.

Vane arqueó una ceja.

—¿Acabas de llamar competente a Morales?

—No haga de esto un momento emocional.

—Dios me libre.

Kenji tomó la carpeta.

—Necesito revisar los correos de Markus antes de que aterrice.

—Eso sí.

—Y los contactos con Northstar.

—También.

—Y cualquier conexión con Marlow.

—Eso ya está pedido.

Kenji asintió.

—Entonces deje de perder tiempo preocupándose por Elena.

Vane lo miró con dureza.

—Me preocupo por Elena porque tú no lo haces de la forma correcta.

Kenji no respondió.

La frase no lo hirió.

Lo irritó porque no tenía una respuesta limpia.

Pasó el resto de la tarde reconstruyendo el mapa de Markus Stein.

Antiguo representante de Elena.

Conexiones con agencias europeas.

Acceso histórico a calendarios, contratos, viajes y personal doméstico.

Recomendación previa de Northstar.

Conflicto económico con Elena.

Mensajes pasivo-agresivos después de la ruptura.

Deudas ocultas vinculadas a inversiones fallidas.

Un pago reciente desde una empresa pantalla relacionada con cuentas que Viper había mencionado.

A las 19:40, EchoNull apareció en un canal privado.

EchoNull:

encontré a Marlow.

Kenji cerró la carpeta de Markus.

RomanHoliday:

envía.

EchoNull:

no así. necesito contexto primero.

RomanHoliday:

no estás en posición de exigir.

EchoNull:

y tú no estás en posición de perderme.

Kenji se quedó quieto.

Elena no era la única que estaba cambiando.

Echo también.

RomanHoliday:

habla.

EchoNull:

Marlow no es una persona. es un alias compartido para soporte externo en varias empresas de reputación. pero alguien lo usó de forma consistente desde una red universitaria vieja.

Kenji recordó los primeros hashes que Echo había enviado.

Rutas universitarias.

Datos médicos.

RomanHoliday:

¿misma red que viste antes?

EchoNull:

sí. y hay algo más. Markus Stein aparece en correos filtrados de un foro privado. compró “limpieza reputacional inversa”.

Kenji frunció el ceño.

RomanHoliday:

define.

EchoNull:

destruir reputación de alguien para forzar renegociación de contratos. no siempre llega a extorsión directa. pero con Elena escalaron.

Kenji abrió una nueva nota.

RomanHoliday:

¿Markus contrató daño?

EchoNull:

parece que sí. pero no a C7 directamente. contrató a Marlow. Marlow vendió el acceso a la torre.

La torre.

RomanHoliday:

pruebas.

EchoNull:

fragmentos. suficientes para mapa, no para juez.

RomanHoliday:

sirven.

Echo tardó.

EchoNull:

¿cómo está tu madre?

Kenji no escribió.

La pregunta apareció en la pantalla como algo fuera de lugar. Un paquete de datos emocional en medio de una operación.

RomanHoliday:

segura.

EchoNull:

no pregunté si estaba protegida. pregunté cómo está.

Kenji cerró los ojos un momento.

Al abrirlos, escribió:

RomanHoliday:

viva.

Echo no respondió de inmediato.

Luego:

EchoNull:

a veces eres insoportable incluso cuando estás asustado.

Kenji apretó la mandíbula.

RomanHoliday:

envía los hashes.

Echo los envió.

Después escribió:

EchoNull:

Elena te está buscando.

Kenji sintió una pequeña tensión.

RomanHoliday:

¿qué sabes de Elena?

EchoNull:

lo suficiente para ver que C7 la está usando como espejo. cuidado con mirar demasiado.

RomanHoliday:

celos no son análisis.

El silencio que siguió fue largo.

Demasiado largo.

Kenji entendió que había cometido una elección deliberadamente cruel.

No accidental.

Deliberada.

Echo respondió:

EchoNull:

no. pero el análisis sin emociones tampoco existe. solo se esconde mejor.

Se desconectó.

Kenji se quedó mirando la pantalla.

Echo había sido útil.

Echo estaba volviéndose vulnerable.

Echo se estaba dando cuenta de ambas cosas.

Peligroso.

Abrió los hashes. Los comparó con archivos recuperados de Viper. Con registros de Northstar. Con comunicaciones de Markus.

La línea apareció a las 20:31.

Un pago de Markus Stein a una entidad intermedia.

La entidad vinculada a Marlow.

Marlow vinculado a credenciales de Northstar.

Credenciales usadas para preparar la filtración de Elena.

Filtración absorbida y amplificada por Círculo_7.

Markus no era Círculo_7.

Markus era la primera mano humana que había pagado por abrir la puerta.

Kenji fue a buscar a Vane.

El inspector estaba en su despacho, revisando la orden para el aeropuerto.

—Markus contrató daño reputacional —dijo Kenji sin saludar.

Vane levantó la vista.

—¿Prueba?

Kenji dejó las impresiones sobre el escritorio.

—Fragmentos de pago, alias Marlow, correspondencia con acceso a Northstar. No todo es admisible aún, pero basta para interrogar con dirección.

Vane revisó los papeles.

—¿De dónde salió esto?

Kenji no respondió.

Vane lo miró.

—Echo.

—Fuente técnica.

—Círculo_7 la está buscando.

—Lo sé.

—Y aun así la usas.

Kenji respondió con frialdad:

—Ella también me usa.

—Eso no lo hace seguro.

—Nada es seguro.

Vane se levantó.

—Vamos a informar a Rojas. Markus aterriza en menos de dos horas.

—Voy con ustedes.

—No.

Kenji abrió la boca.

Vane levantó una mano.

—No por castigo. Por estrategia.

Kenji se detuvo.

—Explique.

—Markus puede haber visto tu foto. Círculo_7 ya vinculó tu rostro con RomanHoliday. Si Markus te ve, puede reaccionar de forma que contamine la detención o confirme demasiado. Tú mirarás la transmisión desde aquí.

Kenji consideró la objeción.

Era razonable.

Otra vez.

—Bien —dijo.

Vane pareció sorprendido.

—¿Bien?

—Sí. No haga que me arrepienta de aceptar un argumento correcto.

Vane tomó su abrigo.

—Me emociona verte madurar tres segundos al día.

—No abuse.

A las 22:15, Markus Stein aterrizó.

La cámara del aeropuerto lo mostró antes que los agentes se acercaran. Hombre de cuarenta y tantos, alto, cabello rubio oscuro peinado hacia atrás, abrigo caro, bufanda gris, expresión de cansancio elegante. Caminaba como alguien acostumbrado a que otros le abrieran puertas.

Kenji observaba desde la sala de análisis junto a Morales y Rojas.

Vane apareció en la imagen con dos agentes.

Markus se detuvo.

No pareció sorprendido.

Eso fue lo primero que Kenji anotó.

No sorpresa.

Molestia.

Vane mostró credencial.

Markus sonrió.

La cámara no captaba audio, pero la sonrisa decía suficiente: abogado, estatus, contactos, no saben con quién hablan.

Kenji murmuró:

—Culpable de algo.

Morales, a su lado, preguntó:

—¿Por sonreír?

—Por elegir molestia antes que confusión.

Rojas tomó nota.

El traslado de Markus a la unidad fue rápido. Kenji no entró a la sala de interrogatorio. Vane cumplió su propia regla. Pero sí vio desde el vidrio.

Markus se sentó con calma. Pidió agua. Pidió llamar a su abogado. Preguntó si Elena estaba bien con una preocupación tan bien actuada que Kenji casi admiró la textura de la mentira.

Vane puso una fotografía del símbolo en el espejo sobre la mesa.

Markus la miró.

Por primera vez, su rostro cambió.

No mucho.

Pero suficiente.

—Qué horror —dijo.

Vane preguntó:

—¿Reconoce el lugar?

—Parece el departamento de Elena.

—¿Tuvo acceso?

—En el pasado.

—¿Cuándo fue la última vez?

Markus sonrió débilmente.

—Inspector, no llevo calendario de mis errores sentimentales.

Vane no sonrió.

—Debería empezar.

Markus suspiró.

—Elena está asustada. Lo entiendo. Pero si está insinuando que yo tuve algo que ver con esa barbaridad—

Vane puso otra hoja.

Pagos.

Markus dejó de hablar.

—¿Marlow le suena? —preguntó Vane.

Markus bebió agua.

Demasiado lento.

—No.

Kenji, detrás del vidrio, habló sin querer:

—Mentira.

Rojas lo miró.

—Lo sabemos.

Markus continuó negando durante cuarenta minutos.

Luego Vane hizo algo inteligente.

No lo acusó de trabajar con Círculo_7.

Le ofreció una salida menor.

—Usted no contrató una red criminal —dijo Vane—. Usted contrató presión reputacional. Algo que pensó que era sucio, pero controlable. Quería asustarla para renegociar. Para que volviera a necesitarlo. Después la cosa se salió de control.

Markus no respondió.

Pero sus ojos cambiaron.

Vane se inclinó.

—El problema, señor Stein, es que la red a la que alimentó no se detuvo en presión. Entró a su casa. Usó su intimidad. La conectó con extorsión, robo de datos y una investigación por muerte vinculada a otra víctima.

Markus tragó saliva.

—Yo no sabía.

Vane no se movió.

—Ahí está.

Markus cerró los ojos.

—Yo no sabía que harían eso.

Detrás del vidrio, Rojas exhaló.

Kenji no.

La confesión parcial no era final. Pero abría otra puerta.

—¿Quién es Marlow? —preguntó Vane.

Markus apoyó los codos sobre la mesa.

—No sé su nombre real. Era un contacto. Me lo recomendó alguien en Londres. Hacía… limpieza. Reposicionamiento. Campañas discretas.

—Ataques.

Markus no respondió.

—¿Cómo lo contactaba?

—Borradores. Cuentas compartidas. A veces IRC. A veces archivos en servidores temporales.

—¿Le dio acceso a Elena?

Markus se quedó en silencio.

Vane golpeó la mesa con una hoja.

—¿Le dio acceso?

Markus habló muy bajo:

—Le di cosas antiguas. Correos. Rutinas. Nombres. No claves actuales.

—¿El espejo?

Markus levantó la vista.

Ahí hubo algo parecido a culpa.

No suficiente.

Pero algo.

—Le conté que ella odiaba sentirse observada en espejos. Fue una conversación. No pensé—

Vane se levantó de golpe.

—No pensó.

Markus se encogió.

—Yo solo quería que volviera a la mesa.

—La puso en una mesa de disección.

Markus cerró la boca.

Kenji observaba sin pestañear.

Markus era patético.

No monstruoso en grande. Peor: débil, herido en el ego, acostumbrado a llamar estrategia a su resentimiento. Un hombre que no quería destruir a Elena por completo, solo recordarle que podía hacerlo.

Círculo_7 había tomado esa pequeñez y la había convertido en arquitectura.

Después del interrogatorio, Vane salió al pasillo.

Kenji lo esperaba.

—Marlow —dijo.

Vane asintió.

—Markus entregará canales a cambio de consideración. Rojas decidirá cuánto vale.

—No vale mucho.

—Vale lo que pueda llevarnos a Marlow.

Kenji miró hacia la sala donde Markus seguía sentado.

—Elena querrá saber.

—Le diremos lo necesario.

—Querrá verlo.

—No.

Kenji asintió.

Vane lo observó.

—¿Eso fue acuerdo?

—Sí.

—Estoy preocupado por cuánto estás cooperando hoy.

—No se acostumbre.

Vane se apoyó contra la pared.

—Markus le entregó una parte íntima de ella a un sistema criminal porque quería controlarla. No fue Círculo_7 quien creó esa grieta. Solo la amplió.

Kenji miró a través del vidrio.

—Las grietas existen antes del arquitecto.

—Sí.

—Entonces el arquitecto no es origen. Es revelador.

Vane lo miró con preocupación.

—No conviertas eso en admiración.

Kenji no respondió.

Esa noche, Elena volvió a la unidad.

Clara intentó impedirlo. Vane intentó retrasarlo. Rojas intentó preparar una explicación formal.

Nada funcionó.

Elena llegó a las 00:18, con el rostro pálido y el abrigo oscuro cerrado hasta el cuello.

—Fue Markus —dijo apenas vio a Vane.

El inspector no respondió de inmediato.

Eso bastó.

Elena cerró los ojos.

Durante un segundo, pareció más cansada que hermosa.

—Quiero oírlo de él.

—No —dijo Vane.

—Tengo derecho.

—Tiene derecho a saber. No a exponerse a un interrogatorio emocional con alguien que la dañó.

Elena abrió los ojos.

—No me proteja de mi propia vida.

Kenji estaba al fondo del pasillo.

Ella lo vio.

Caminó hacia él.

Vane dijo:

—Elena.

Ella no se detuvo.

Quedó frente a Kenji.

—Usted lo sabía.

—Lo confirmé hace unas horas.

—Pero lo sospechaba.

—Sí.

Ella asintió lentamente.

—¿Por qué no me lo dijo?

—Porque sospecha sin estructura es veneno.

—Y usted prefiere administrarlo en dosis correctas.

—Sí.

Elena soltó una risa rota.

No lloró.

Todavía no.

—Él sabía lo de los espejos.

Kenji no respondió.

—Se lo conté una noche, en París. Habíamos bebido. Yo estaba cansada. Le dije que de niña mi madre me corregía frente al espejo hasta que yo ya no sabía si estaba mirándome o vigilándome. Él me abrazó.

Su voz se quebró apenas.

—Y después vendió eso.

Kenji dijo:

—Sí.

La palabra fue cruel porque era exacta.

Elena lo miró con odio por un segundo.

No hacia él.

Hacia que él pudiera decirlo sin temblar.

—¿Cómo se sobrevive a eso? —preguntó.

Kenji sostuvo su mirada.

Pudo haber dicho muchas cosas.

Que con tiempo.

Que con apoyo.

Que con justicia.

Que no era su culpa.

Todas ciertas quizá.

Todas inútiles en su boca.

—No se sobrevive intacta —dijo.

Elena respiró hondo.

—Eso sí le creo.

Vane se acercó despacio, pero no interrumpió.

Elena bajó la voz.

—Gracias.

Kenji sintió otra vez el peso extraño de esa palabra.

—No me agradezca por darle malas noticias.

—No agradezco la noticia. Agradezco que no la envolviera en seda.

Clara apareció al final del pasillo, preocupada.

Elena no se movió.

—Todos creen que, porque soy bella, necesito que me hablen bonito para no romperme. Markus me hablaba bonito. Los periodistas escriben bonito cuando quieren vender mi ruina. Las marcas cancelan bonito. Los abogados amenazan bonito.

Miró a Kenji con ojos brillantes.

—Usted no habla bonito.

—No sé hacerlo.

—Me di cuenta.

—No era disculpa.

—También me di cuenta.

Por un momento, el pasillo gris, la luz fluorescente y el ruido lejano de teléfonos parecieron desaparecer entre ellos.

Kenji vio la gratitud cambiar de forma.

Ya no era solo agradecimiento.

Era fijación naciente.

No amor. No todavía.

Algo más torcido: la sensación de que alguien brutalmente honesto podía ser más seguro que todos los amables que habían mentido.

Eso era peligroso.

Y él lo sabía.

—Elena —dijo Vane, finalmente—. Debe descansar.

Ella no apartó los ojos de Kenji.

—¿Va a destruir a Marlow?

Kenji respondió antes de que Vane pudiera detenerlo:

—Voy a encontrarlo.

—No pregunté eso.

Kenji sostuvo el silencio.

Luego dijo:

—Primero se encuentra. Después se decide qué queda de él.

Vane cerró los ojos con cansancio furioso.

Pero Elena sonrió.

Una sonrisa mínima.

Agradecida.

Terrible.

—Eso quería oír.

Clara la tomó suavemente del brazo.

—Vamos.

Elena permitió que la guiara, pero antes de irse dejó algo en la mano de Kenji.

No era el reloj.

Era una tarjeta blanca con un número escrito.

—Mi línea privada —dijo.

Vane dio un paso.

—No.

Elena miró al inspector.

—Para información del caso.

—Toda comunicación pasa por canales oficiales.

Ella volvió a mirar a Kenji.

—Entonces rómpala.

Kenji miró la tarjeta.

Podía romperla en ese instante.

Habría sido lo correcto.

Lo limpio.

Lo que Vane quería.

Lo que Elena necesitaba quizá.

Pero la tarjeta era también acceso.

No solo a Elena.

A su mundo.

A sus contratos.

A sus miedos.

A su gratitud.

A la forma en que Círculo_7 quería usarla.

Kenji cerró los dedos alrededor del papel.

—La entregaré al expediente —dijo.

Elena sonrió como si supiera que eso no era exactamente una promesa.

—Buenas noches, Kenji.

Se fue.

Vane miró la mano cerrada de Kenji.

—Dámela.

Kenji abrió los dedos y entregó la tarjeta.

Vane la tomó.

—Bien.

Kenji sostuvo su mirada.

—¿Satisfecho?

—No. Pero menos alarmado.

—Qué progreso.

Vane guardó la tarjeta en una bolsa de evidencia.

—Escúchame. Lo que acaba de pasar ahí no fue gratitud sana.

—No existe gratitud sana en un caso como este.

—Sí existe. Pero esto no fue eso.

Kenji no respondió.

Vane habló más bajo:

—Ella está mirando tu oscuridad y llamándola honestidad porque viene de ser traicionada por gente luminosa.

Kenji quedó en silencio.

La frase era demasiado buena.

Demasiado molesta.

—¿Y qué sugiere? —preguntó.

—Que no la conviertas en devota.

Kenji casi rió.

—No soy un dios.

Vane lo miró con tristeza dura.

—No. Pero te atrae que alguien pueda confundirte con uno.

Kenji se quedó quieto.

Por primera vez en toda la noche, no encontró una respuesta inmediata.

A las 02:03, volvió a su apartamento vacío.

Vacío de Aiko.

Vacío de voces.

Vacío de olor a sopa y medicamentos.

La cama de su madre seguía ordenada. El vaso junto a la mesa de noche. El libro abierto. El pañuelo gris. Todo parecía esperando que ella regresara, como si los objetos no hubieran recibido la instrucción de tener miedo.

Kenji entró a su cuarto.

Encendió el computador.

El monitor iluminó las paredes.

Conectó el módem.

El sonido del dial-up llenó el apartamento.

Chirrido. Pulso. Ruido. Conexión.

Entró al IRC.

EchoNull no estaba.

Circle_7 sí.

El mensaje apareció sin saludo.

Circle_7:

La diosa agradece al cuchillo que corta su cadena.

Kenji miró la pantalla.

Escribió:

RomanHoliday:

El cuchillo no necesita gratitud.

La respuesta llegó rápido.

Circle_7:

Pero disfruta la mano que lo elige.

Kenji no respondió.

El cursor parpadeó.

Circle_7 continuó:

Circle_7:

Markus abrió la puerta por despecho. Marlow la sostuvo por dinero. Yo solo entré porque todos ustedes construyen templos alrededor de sus heridas.

Kenji apretó la mandíbula.

RomanHoliday:

Marlow.

Circle_7:

Pronto.

RomanHoliday:

¿Lo sacrificarás como a Viper?

Circle_7:

Viper quería ser serpiente. Era gusano.

Kenji sintió una calma fría.

RomanHoliday:

Y tú quieres ser arquitecto.

La respuesta tardó.

Circle_7:

Yo no quiero. Yo diseño.

Kenji escribió:

RomanHoliday:

Entonces diseñaste mal.

Circle_7:

¿Por Elena?

Kenji no respondió.

Circle_7:

Cuidado, fantasma. La gratitud es una contraseña más peligrosa que el miedo. El miedo abre puertas por presión. La gratitud las abre por voluntad.

Kenji miró la bolsa de evidencia mental donde ya no estaba la tarjeta de Elena.

Vane la tenía.

Bien.

Quizá.

Circle_7:

Ella te dará acceso que ni siquiera tendrás que pedir.

Kenji escribió:

RomanHoliday:

No necesito regalos.

Circle_7:

No. Necesitas devoción.

La frase apareció como un golpe bajo, exacto y repulsivo.

Kenji respondió:

RomanHoliday:

Proyectas.

Circle_7:

Observo.

El alias desapareció.

Kenji se quedó frente a la pantalla.

La habitación estaba silenciosa.

Demasiado silenciosa sin Aiko.

Abrió arquitectura.txt y añadió:

Markus Stein: origen humano de grieta Elena. Motivación: control, despecho, dinero secundario.

Marlow: alias compartido / soporte reputacional / conexión universitaria / canal hacia C7. Prioridad alta.

Elena: gratitud activa. Riesgo de dependencia. Potencial de acceso alto. Manejar con distancia.

Miró la última frase.

Manejar con distancia.

Distancia.

La palabra parecía simple.

Pero Elena ya había cruzado una frontera invisible. No hacia él, no exactamente. Hacia la versión de él que ella necesitaba que existiera: el hombre que no consuela, pero actúa; el que no promete seguridad, pero devuelve control; el que no pide permiso para mirar el miedo de frente.

Kenji podía usar eso.

Esa era la verdad.

Podía usarlo con una facilidad que lo incomodaba no por moral, sino porque Vane lo había visto antes que él decidiera qué hacer.

Abrió otra línea.

No aceptar gratitud como vínculo. Gratitud = vector.

Se detuvo.

Borró “vector”.

Escribió:

Gratitud = riesgo.

Guardó.

Por un momento, no hizo nada.

Luego abrió una carpeta con los archivos de Elena.

Su rostro apareció en una fotografía de campaña: mirada elevada, cuello largo, luz dorada, una mujer convertida en estatua viviente.

La diosa de pasarela.

Kenji cerró la imagen.

No por respeto.

Por disciplina.

En algún lugar, Elena probablemente seguía despierta.

En algún lugar, Echo buscaba a Marlow sin saber cuánto de sí misma estaba dejando en el camino.

En algún lugar seguro, Aiko dormía rodeada de protección que no debía parecer protección.

En algún lugar de la red, Círculo_7 sonreía ante una torre construida con heridas ajenas.

Kenji miró el cursor.

La cacería de Marlow empezaría al amanecer.

Pero esa noche comprendió algo que no le gustó:

El miedo podía forzar a alguien a obedecer.

La deuda podía forzar a alguien a pagar.

La vergüenza podía forzar a alguien a callar.

Pero la gratitud…

La gratitud hacía que las personas entregaran la llave creyendo que todavía era su decisión.

Y Elena Vólkova acababa de poner la primera en la mesa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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