El Arquitecto del Vacío - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Bit 04 El trato con el Inspector Vane
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4: Bit 04: El trato con el Inspector Vane 4: Bit 04: El trato con el Inspector Vane El edificio de la Unidad de Delitos Cibernéticos no parecía un lugar donde se cazaran fantasmas.
Parecía una oficina de impuestos olvidada por el presupuesto.
La fachada gris tenía grietas verticales cerca de las ventanas.
En la entrada, un guardia con bigote revisaba credenciales con la lentitud de quien había decidido que ningún apuro humano justificaba mover más rápido la mano.
Dentro, el piso de baldosas reflejaba las luces fluorescentes en manchas pálidas.
Las paredes estaban cubiertas por afiches antiguos sobre prevención de fraudes, números de emergencia y una campaña gubernamental que advertía sobre los “peligros de internet” con el dibujo de un niño sonriendo frente a un monitor.
Kenji Sato se detuvo frente a ese afiche.
El niño de la imagen navegaba por una web limpia, colorida, casi infantil.
Kenji sintió ganas de reír.
Internet no era eso.
Internet era un cuarto sin ventanas lleno de desconocidos usando máscaras baratas y cuchillos invisibles.
Era un lugar donde un hombre podía destruir a otro sin tocarlo.
Donde una contraseña débil podía valer más que una pistola.
Donde una base de datos filtrada podía arruinar familias enteras mientras los responsables dormían tranquilos.
El afiche decía: “Proteja a sus hijos.
No hable con extraños en línea.” Kenji pensó: Demasiado tarde.
Los extraños ya están dentro de la casa.
—Sato.
La voz del inspector Vane llegó desde el final del pasillo.
Kenji giró apenas la cabeza.
Vane estaba de pie junto a una puerta de vidrio esmerilado, con su abrigo marrón de siempre, una carpeta bajo el brazo y expresión de haber discutido con tres personas antes del desayuno.
No era difícil imaginarlo.
Vane parecía nacido para pelear contra formularios, superiores incompetentes y criminales que no dejaban huellas donde él sabía buscarlas.
Kenji caminó hacia él.
—Inspector.
—Llegaste temprano.
—Usted dijo a las nueve.
—Son las ocho cincuenta.
—Entonces llegué a la hora que quería llegar.
Vane lo miró con esa mezcla de cansancio y molestia que Kenji ya le conocía.
—Algún día vas a responder algo sin intentar ganar una batalla.
—Cuando alguien diga algo que no parezca una invitación.
El inspector abrió la puerta.
—Entra.
La sala de reuniones era estrecha.
Tenía una mesa rectangular, cuatro sillas, una pizarra blanca con restos de tinta azul y un ventilador de techo que giraba con un ruido irregular, como si cada vuelta fuera una decisión difícil.
Sobre la mesa había tres carpetas, dos vasos de café y un computador portátil grueso, de esos que parecían diseñados para sobrevivir a una guerra pero no a una actualización de software.
Kenji dejó su mochila en una silla y se sentó sin esperar permiso.
Vane cerró la puerta.
—¿Dormiste?
—¿Eso es parte del interrogatorio?
—Es parte de saber si voy a hablar con una persona o con un cadáver funcional.
—Dormí lo suficiente.
—Eso significa no.
Kenji no respondió.
Vane se sentó frente a él, abrió una carpeta y sacó varias hojas impresas.
—Leí tu informe.
—Condolencias.
—No está mal.
—Eso, viniendo de usted, casi parece entusiasmo.
—No te acostumbres.
Kenji apoyó los codos en la mesa.
—¿Qué quiere?
Vane lo estudió durante unos segundos antes de contestar.
Kenji odiaba ese tipo de pausa.
No porque lo incomodara, sino porque era deliberada.
Vane sabía observar.
No con la precisión técnica de Kenji, sino con la paciencia de un hombre que había interrogado ladrones, asesinos, viudas falsas y testigos que juraban no recordar nada hasta que el silencio los hacía hablar.
—Quiero entender cómo encontraste a MarbleSaint tan rápido —dijo finalmente.
Kenji sostuvo su mirada.
—Ya lo expliqué en el informe.
—No.
Explicaste lo que querías que pudiera leer un fiscal.
—Entonces el informe cumple su función.
—No me tomes por idiota.
Kenji ladeó la cabeza.
—No lo hago.
—A veces parece que sí.
—Cuando lo haga, lo notará.
Vane dejó las hojas sobre la mesa.
—Sato.
El tono cambió.
Ya no era irritación.
Era advertencia.
Kenji se quedó quieto.
—Te voy a preguntar una vez —dijo Vane—.
¿Entraste en algún sistema sin autorización para obtener esto?
La sala pareció volverse más estrecha.
El ventilador continuó girando arriba, empujando aire tibio de un lado a otro.
Desde el pasillo llegaba el ruido distante de teléfonos, teclados y voces.
Alguien se rió en otra oficina.
Una impresora empezó a trabajar con quejidos mecánicos.
Kenji miró las hojas.
Luego a Vane.
—¿Quiere la respuesta útil o la respuesta legal?
Vane no parpadeó.
—Quiero la verdad.
Kenji casi sonrió.
La verdad.
Los hombres como Vane usaban esa palabra como si fuera una habitación iluminada.
Para Kenji, la verdad era más parecida a un archivo comprimido: dependía de quién lo abría, con qué herramienta y cuánta información estaba dispuesto a perder en el proceso.
—La verdad —dijo Kenji— es que MarbleSaint dejó suficientes errores como para que cualquiera competente lo encontrara.
—No pregunté eso.
—Es la respuesta que puede usar.
—No estoy en una sala de juicio.
—Pero algún día podría estarlo.
Vane se inclinó hacia adelante.
—No juegues conmigo.
Por primera vez en la mañana, Kenji bajó un poco la mirada.
No por sumisión.
Por cálculo.
Vane estaba molesto, sí.
Pero no solo molesto.
Preocupado.
Había leído el informe y había detectado algo imposible de justificar del todo.
No la evidencia en sí, sino la velocidad.
El ángulo.
La forma en que Kenji sabía dónde mirar antes de que la policía tuviera permiso para tocar la puerta.
El inspector no tenía pruebas contra él.
Pero tenía instinto.
Y Kenji respetaba el instinto más que la autoridad.
—No entré en ningún lugar que comprometa su caso —dijo Kenji.
Vane apretó la mandíbula.
—Esa frase está cuidadosamente construida.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo acepto igual.
Vane se levantó y caminó hasta la pizarra.
Tomó un marcador y escribió tres nombres: Hofmann MarbleSaint Viper_77 Luego dibujó líneas entre ellos.
—Daniel Hofmann aparece muerto después de ser chantajeado.
MarbleSaint está vinculado a chantajes anteriores.
Viper_77 aparece en foros donde se mueven accesos y datos.
Tú entregas un informe que conecta partes del flujo financiero con MarbleSaint, pero no me dices cómo llegaste a ciertas marcas temporales.
Kenji observó la pizarra.
—Porque todavía no quiere saberlo.
Vane se volvió.
—¿Perdón?
—Quiere resultados, inspector.
Pero quiere resultados limpios.
Eso es comprensible.
También es infantil.
El rostro de Vane se endureció.
—Cuidado.
—Usted me trajo porque sus técnicos no pueden seguirlos.
Porque sus procedimientos fueron diseñados para gente que rompe ventanas, no para gente que entra por actualizaciones mal configuradas.
Quiere que yo piense como ellos, pero actúe como usted.
Eso no funciona.
Vane apoyó ambas manos en el borde de la mesa.
—Lo que no funciona es creer que puedes saltarte la ley porque eres más listo que todos.
Kenji lo miró sin pestañear.
—No soy más listo que todos.
Vane abrió la boca, pero Kenji continuó: —Solo soy más rápido que las personas que usted tiene disponibles.
El insulto era frío.
Preciso.
Vane no explotó.
Eso, en cierto modo, lo hizo más peligroso.
—Voy a decirte algo —dijo el inspector—.
He conocido hombres brillantes.
Abogados, médicos, empresarios, criminales.
Todos tenían una frase para justificar el primer límite que cruzaron.
“Era necesario”.
“No había otra opción”.
“El sistema no funcionaba”.
“Solo esta vez”.
Después de eso, la segunda vez siempre fue más fácil.
Kenji desvió la mirada hacia la pizarra.
—¿Esta es la parte donde me da una lección paternal?
—No.
Es la parte donde intento evitar que acabes esposado o muerto.
—Qué considerado.
—Tu madre está enferma.
La temperatura de la conversación cambió de golpe.
Kenji volvió a mirarlo.
Lentamente.
—No use a mi madre.
—No la estoy usando.
—Sí.
Lo está haciendo.
—Estoy recordándote que estás bajo presión.
—No necesito que me lo recuerde.
—Sí necesitas —dijo Vane—.
Porque cuando alguien está desesperado, empieza a creerse autorizado.
Kenji se puso de pie.
La silla raspó el suelo.
—No vuelva a hablar de ella.
Vane no retrocedió.
—Entonces deja de actuar como si el mundo te debiera permiso para destruirte.
Durante unos segundos, ambos permanecieron de pie, separados por la mesa, por las carpetas, por la ley, por el dinero, por la enfermedad, por dos formas incompatibles de mirar la justicia.
Kenji sintió la rabia subir.
No era explosiva.
No era roja.
Era blanca, helada, ordenada.
Vane había tocado una zona que no le pertenecía.
Pero también había acertado.
Eso era lo imperdonable.
Kenji tomó su mochila.
—Busque otro consultor.
Caminó hacia la puerta.
Vane habló antes de que la abriera.
—No hay otro.
Kenji se detuvo.
La mano en el pomo.
Vane continuó, más bajo: —Y tú lo sabes.
Kenji no giró.
—Entonces aprenda a hablarme.
—Aprende tú a escuchar.
Silencio.
El ventilador volvió a crujir sobre ellos.
Vane respiró hondo.
—Necesito hacerte una propuesta.
Kenji siguió de espaldas.
—No trabajo gratis.
—Lo sé.
—Y no trabajo con gente que me amenaza.
—Entonces estamos iguales.
Kenji giró al fin.
Vane sacó otra carpeta de su maletín.
Esta no estaba encima de la mesa antes.
Tenía una etiqueta roja.
—Tenemos una operación en curso —dijo—.
No solo contra MarbleSaint.
Contra una red más grande.
Chantaje digital, robo de identidad, acceso a datos médicos, fraudes bancarios menores, extorsión.
Hasta ahora parecía una serie de casos aislados.
Tu informe sugiere que no lo son.
Kenji miró la carpeta.
No se acercó todavía.
—Continúe.
—Quiero contratarte formalmente como consultor externo de análisis técnico.
Más horas.
Pago prioritario.
Acceso controlado a evidencia digital.
Trabajarás conmigo directamente, no con los técnicos de planta.
Kenji arqueó apenas una ceja.
—¿Pago prioritario?
—Ya hablé con administración.
—Administración es un pantano.
—Lo sé.
Por eso grité.
Kenji casi sonrió.
Casi.
—¿Cuánto?
Vane deslizó una hoja sobre la mesa.
Kenji caminó de regreso y la tomó.
Leyó.
La cifra era mejor que antes.
Mucho mejor.
Suficiente para resolver parte del problema inmediato, no todo.
No el tratamiento completo.
No las dos semanas.
Pero sí medicamentos, arriendo, algo de aire.
Era una oferta razonable.
Y por eso mismo insuficiente.
—No alcanza —dijo Kenji.
Vane lo observó.
—Es lo máximo que puedo conseguir por contrato regular.
—Entonces consiga algo irregular.
—No.
—Entonces no alcanza.
—Sato— —No entiende, inspector.
Yo no necesito una mejora.
Necesito una solución.
—Esto es una solución legal.
Kenji dejó la hoja sobre la mesa.
—Legal no significa efectiva.
—Pero significa sostenible.
—Los muertos no necesitan sostenibilidad.
Vane cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, parecía más viejo.
—¿Cuánto necesitas?
Kenji no respondió.
No debía hacerlo.
Dar la cifra exacta era mostrar la herida.
Mostrar la herida era entregar un punto de presión.
Kenji no podía permitirse eso, ni siquiera con Vane.
Especialmente con Vane.
—Más —dijo.
—Eso no es un número.
—Es la única respuesta que le conviene oír.
Vane lo miró con atención.
—¿Ya hiciste algo?
Kenji sostuvo su mirada.
—Estoy aquí, ¿no?
—Eso no responde.
—Usted hace muchas preguntas que no le conviene poder contestar bajo juramento.
Vane golpeó la mesa con la palma abierta.
No fue un golpe fuerte.
Pero sí definitivo.
—Maldita sea, Kenji.
Esto no es un juego.
Kenji se quedó inmóvil.
El uso de su nombre volvió a irritarlo.
—Para usted no —dijo—.
Para ellos sí.
Y por eso ganan.
Porque entienden que las reglas no son una pared.
Son parte del tablero.
Vane caminó hacia la ventana.
Afuera, la ciudad se movía bajo un cielo gris.
Autos pequeños, buses, personas con paraguas aunque no lloviera todavía.
El inspector metió las manos en los bolsillos de su abrigo.
—Cuando tenía treinta años —dijo— perseguí a un secuestrador.
Un tipo inteligente.
No como tú, pero inteligente.
Cambiaba autos, usaba teléfonos públicos, sabía cuándo las cámaras no funcionaban.
Nos llevaba siempre un día de ventaja.
Kenji no dijo nada.
—Yo estaba seguro de que podía atraparlo si me salía un poco del procedimiento.
Solo un poco.
Interrogué sin registrar.
Presioné a un testigo.
Retuve información.
Conseguí una dirección.
Vane se quedó mirando por la ventana.
—Llegamos tarde igual.
El silencio se espesó.
—La niña estaba muerta —continuó—.
Y todo lo que hice mal permitió que su abogado tumbara media investigación.
El tipo no salió libre, pero casi.
Casi, por mi arrogancia.
Kenji escuchó sin expresión.
—¿Esa historia debería convencerme de ser más lento?
Vane giró.
—Debería convencerte de que tener razón no te salva de hacer daño.
Kenji bajó la vista a la carpeta roja.
—El daño ya existe.
—Y tú crees que puedes controlarlo.
—Puedo controlarlo mejor que ellos.
—Eso no es lo mismo.
Kenji se acercó a la pizarra.
Tomó el marcador y añadió otro círculo encima de los tres nombres.
No escribió nada dentro.
Vane frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—La capa superior.
—¿Quién?
—No lo sé todavía.
—¿Pero crees que existe?
Kenji miró el círculo vacío.
—Viper es ruido.
MarbleSaint es herramienta.
Hofmann fue víctima.
Los datos médicos son mercancía.
Alguien conecta todo eso.
—¿Cómo lo sabes?
Kenji pensó en EchoNull.
En los hashes.
En las rutas universitarias.
En los accesos al hospital.
—Porque hay demasiada eficiencia en lugares donde los actores visibles son demasiado estúpidos.
Vane se acercó a la pizarra.
—¿Puedes probarlo?
—No con sus estándares.
—Sato.
—Todavía no —corrigió Kenji.
Vane estudió el círculo vacío.
—Entonces el trato es este —dijo—.
Trabajas conmigo.
Directamente.
Todo lo que encuentres me lo traes.
No entras en sistemas sin autorización.
No contactas objetivos sin informarme.
No negocias con criminales.
No desapareces evidencia.
No haces justicia por tu cuenta.
Kenji lo miró.
—¿Algo más?
¿Quiere que camine sobre el agua mientras lleno formularios?
—Quiero que no arruines el caso.
—El caso está atrasado meses antes de que yo lo toque.
—Y aun así es el caso que tenemos.
Kenji dejó el marcador.
—Mi trato.
Vane cruzó los brazos.
—Te escucho.
—Trabajo con usted.
Le entrego resultados utilizables.
Usted mantiene a sus técnicos lejos de mi proceso salvo que yo los pida.
Me da acceso completo a evidencia digital relacionada.
No me obliga a explicar metodología en tiempo real si eso compromete velocidad.
Y mi pago sale esta semana.
—No puedo prometer eso último.
Kenji tomó su mochila.
—Entonces no hay trato.
—Puedo presionar.
—Presionar no paga tratamientos.
Vane lo miró fijamente.
—Eso es lo que es, ¿verdad?
Kenji no respondió.
—El tratamiento de tu madre.
—No es asunto suyo.
—Lo es si estás a punto de hacer una estupidez por desesperación.
—Ya le dije que la estupidez es un lujo.
—Y la soberbia es una deuda.
Kenji sintió un leve destello de respeto.
La frase era buena.
Vane continuó: —Puedo adelantar parte del pago como contrato de urgencia.
No todo.
Parte.
También puedo hablar con una fundación policial que cubre apoyo médico para colaboradores externos en casos especiales.
Kenji se quedó quieto.
Eso no lo esperaba.
—¿Por qué haría eso?
Vane lo miró con severidad.
—Porque necesito que trabajes limpio.
—No.
Esa es la razón práctica.
Pregunté por qué.
El inspector tardó en responder.
—Porque tu madre no tiene la culpa de que tú seas insoportable.
Kenji bajó la mirada.
Por un segundo, algo humano casi atravesó su rostro.
Casi.
—No quiero caridad —dijo.
—No es caridad.
Es una forma de mantenerte lejos del precipicio.
—Eso sigue siendo caridad con uniforme.
—Llámalo como quieras.
Kenji observó al inspector.
Ahí estaba el problema con los hombres como Vane.
Eran lentos.
Limitados.
Apegados a reglas arcaicas.
Pero no eran simples.
La integridad les daba una clase de fuerza difícil de manipular, porque no siempre respondían al interés propio.
Eso los hacía molestos.
Y, en ocasiones, útiles.
—Si acepta mi metodología parcial —dijo Kenji—, tendrá resultados.
—Define “parcial”.
—Le diré qué encontré, no siempre cómo lo encontré.
—No.
—Entonces estamos perdiendo tiempo.
—Necesito poder defender la evidencia.
—Y yo necesito poder encontrarla antes de que desaparezca.
Vane exhaló con fuerza.
—Haremos una división.
Todo lo que sea para inteligencia preliminar queda separado.
Nada entra como evidencia hasta que lo repliquemos por vías legales.
Tú nos das direcciones, hipótesis, patrones.
Nosotros construimos el caso formal.
Kenji lo consideró.
No era perfecto.
Pero era funcional.
Un canal oficial para justificar sus hallazgos.
Una manera de alimentar a Vane sin revelar todo.
Una máscara legal sobre operaciones que podrían venir de lugares menos limpios.
—Aceptable —dijo.
—No terminé.
Kenji suspiró.
—Por supuesto que no.
Vane señaló la pizarra.
—Si detecto que estás usando esta operación para beneficio propio, estás fuera.
Kenji lo miró.
—¿Beneficio propio?
Inspector, todos trabajan por beneficio propio.
Usted también.
—Yo trabajo para poner delincuentes tras las rejas.
—Eso lo hace dormir mejor.
Beneficio propio.
Vane lo señaló con el marcador.
—Este cinismo tuyo no es inteligencia.
Es defensa.
Kenji se quedó callado.
No porque no tuviera respuesta.
Sino porque la tenía demasiado rápido.
Y a veces una respuesta rápida revelaba más que el silencio.
Vane dejó el marcador sobre la mesa.
—Además, quiero conocerte mejor.
Kenji frunció el ceño.
—No.
—No era una cita.
—Sigue siendo no.
—Si vas a trabajar conmigo en una investigación sensible, necesito saber con quién estoy tratando.
—Con alguien que resuelve problemas.
—Con alguien que oculta demasiadas cosas.
—Eso también resuelve problemas.
Vane se sentó de nuevo.
—¿Por qué RomanHoliday?
La pregunta fue tan directa que Kenji no movió ni un músculo.
Pero por dentro, todo se detuvo.
No había forma de que Vane supiera.
No debía.
El inspector lo observaba con atención absoluta.
Kenji midió su respiración.
—¿Qué?
Vane abrió otra hoja y la deslizó hacia él.
Era una transcripción parcial de un canal IRC.
Vieja.
Incompleta.
Una captura obtenida en otro caso.
Entre varios alias, aparecía el nombre: RomanHoliday No asociado directamente a él.
No todavía.
Pero ahí estaba.
—Ese nombre apareció en un canal vinculado a Viper y MarbleSaint —dijo Vane—.
No sabemos quién es.
Algunos dicen que es nuevo.
Otros que es un viejo operador cambiando de piel.
Ayer, después de tu informe, ese alias empezó a generar ruido.
Kenji leyó la hoja sin mostrar emoción.
—¿Y?
—Quiero que lo encuentres.
El silencio fue perfecto.
Tan perfecto que Kenji casi admiró la ironía.
Vane quería contratar a RomanHoliday para cazar a RomanHoliday.
La red, pensó Kenji, tenía sentido del humor después de todo.
—¿Por qué ese alias?
—preguntó con voz neutra.
—Porque asustó a MarbleSaint.
—Eso parece útil.
—También peligroso.
Si es un criminal rival, puede contaminar todo.
Si es un informante, puede morir.
Si es policía, no es nuestro.
Si es un idiota con suerte, va a arruinar la investigación.
Kenji dejó la hoja sobre la mesa.
—¿Y si es simplemente mejor que ustedes?
Vane lo miró.
—Entonces quiero saber antes de que él lo sepa.
Kenji sintió una presión extraña detrás de los ojos.
No miedo.
Algo más parecido a placer contenido.
Vane estaba mirando una sombra proyectada por él mismo, sin reconocer al cuerpo que la producía.
Era absurdo.
Peligroso.
Delicioso.
—Puedo buscarlo —dijo Kenji.
—No.
Vas a buscarlo.
—Eso requerirá entrar en canales donde su gente no puede entrar.
—Por eso estás aquí.
—Y hablar con gente con la que usted no quiere que hable.
Vane se quedó callado.
Kenji inclinó un poco la cabeza.
—Ahí está el problema de sus reglas.
Quiere que encuentre un fantasma, pero no quiere que camine por cementerios.
Vane apretó los labios.
—Contacto controlado.
—No existe.
—Registrado.
—Eso los hará huir.
—Informado.
—Eso me hará lento.
—Entonces propón algo.
Kenji fingió pensar.
En realidad, ya lo tenía.
—Déme cobertura como observador en línea.
No como agente.
No como policía.
Un consultor infiltrado en entornos abiertos y semiabiertos.
Todo lo que pueda obtener sin comprometer acceso cerrado será reportado.
Si surge una oportunidad de contacto, yo decido si responde o no según riesgo.
Después informo.
Vane soltó una risa amarga.
—Quieres permiso para improvisar.
—Quiero permiso para no fracasar como ustedes.
—Te estás esforzando mucho por hacer que rechace esto.
—No.
Estoy filtrando su tolerancia.
Vane lo miró.
—¿Filtrando mi tolerancia?
—Sí.
Necesito saber si cuando las cosas se vuelvan ambiguas usted va a proteger la operación o su autoestima.
El inspector se levantó despacio.
—Escúchame bien.
Mi autoestima ha sobrevivido a cadáveres, políticos, abogados, periodistas y jefes imbéciles.
Puede sobrevivir a un niño brillante con complejo de dios.
La frase golpeó.
Kenji sonrió.
Pero sus ojos no.
—No soy un niño.
—Entonces deja de necesitar demostrarlo cada treinta segundos.
Ambos quedaron frente a frente otra vez.
Esta vez Kenji no respondió.
Porque Vane había ganado un punto.
Pequeño.
Irritante.
Real.
El teléfono de la sala sonó.
Vane lo ignoró.
Siguió sonando.
Al quinto timbre, abrió la puerta y gritó hacia el pasillo: —¡Si no es un cadáver o mi exesposa, que esperen!
El teléfono dejó de sonar.
Kenji lo miró.
—¿Su exesposa llama seguido?
—Solo cuando quiere recordarme que el divorcio fue una decisión inteligente.
—Para ella.
Vane lo miró de lado.
—Cuidado.
Casi hiciste un chiste humano.
Kenji no respondió, pero la tensión bajó apenas.
El inspector volvió a sentarse.
—Bien.
Haremos esto de forma limitada.
Tendrás acceso a copias de evidencia digital.
Trabajarás desde aquí o desde un equipo controlado cuando sea necesario.
—No.
—¿No?
—Mi entorno es mejor.
—Tu entorno es tu apartamento.
—Exacto.
—No puedo dejar que evidencia sensible salga de la unidad.
—Entonces déme datos sanitizados y hashes.
Yo correlaciono afuera, ustedes verifican adentro.
Vane lo estudió.
—Eso sí lo has pensado.
—Pensar antes ahorra reuniones.
—Y aun así aquí estamos.
—Porque usted necesitaba sentirse al mando.
Vane señaló la hoja de contrato.
—Firma.
Kenji tomó el papel.
Lo leyó completo.
No por formalidad.
Por instinto.
Cada cláusula.
Cada obligación.
Cada restricción.
Cada posibilidad de interpretación.
El lenguaje legal era como código escrito por personas que no sabían usar sangría, pero con suficiente paciencia podía entenderse.
—Falta algo —dijo.
Vane frunció el ceño.
—¿Qué?
—Pago parcial adelantado.
Por escrito.
—Eso va en anexo.
—Entonces falta el anexo.
Vane respiró hondo.
—Lo traerán.
—Espero.
—¿Siempre eres así?
—Cuando hay dinero, evidencia o mi madre involucrada, sí.
Vane no dijo nada durante un momento.
Luego tomó una hoja en blanco y empezó a escribir a mano.
Su letra era fuerte, inclinada, casi agresiva.
Firmó al final y empujó la hoja hacia Kenji.
—Compromiso de solicitud de adelanto prioritario.
No es garantía absoluta, pero me responsabiliza a mí de empujarlo hoy.
Kenji leyó.
No era perfecto.
Pero era una concesión real.
—Esto puede perjudicarlo —dijo.
—Sí.
—¿Por qué hacerlo?
Vane se reclinó en la silla.
—Porque, aunque me cueste admitirlo, eres nuestra mejor oportunidad.
Y porque si no te doy una vía legal para respirar, vas a buscar otra.
Kenji dobló la hoja con cuidado y la guardó en su mochila.
—Eso no es confianza.
—No.
Es prevención.
—Me parece más honesto.
—No te emociones.
Kenji tomó el bolígrafo y firmó el contrato.
Su firma era limpia, pequeña, controlada.
Vane observó el gesto.
—Bienvenido oficialmente a la investigación.
—No suene tan feliz.
—No lo estoy.
—Mejor.
Vane reunió las carpetas y abrió la roja.
Dentro había fotografías, diagramas, transcripciones y listas de alias.
Kenji notó varias conexiones incompletas.
Errores de interpretación.
Suposiciones humanas donde faltaba arquitectura.
La policía veía individuos.
Kenji veía sistemas.
Vane puso una fotografía sobre la mesa.
Daniel Hofmann.
Vivo.
Sonriendo junto a su esposa y su hija en lo que parecía una fiesta escolar.
La niña llevaba pintura en la cara.
Hofmann tenía una mano sobre su hombro y los ojos cansados de un hombre común que no sabía que su vida ya estaba archivada en servidores de criminales.
Luego Vane puso otra hoja.
Una impresión del correo de chantaje.
Después otra.
Una transferencia.
Luego otra.
Un alias.
—No quiero que olvides esto —dijo Vane.
Kenji miró la foto de la familia.
—No lo olvido.
—Sí, lo haces.
Kenji levantó la vista.
—Perdón.
—Tú ves patrones.
Nodos.
Errores.
Estructuras.
Eso te hace útil.
Pero también hace que puedas olvidar que al final de cada línea hay alguien respirando.
Kenji bajó la mirada de nuevo a la fotografía.
La hija de Hofmann sonreía con la boca manchada de pastel.
—Recordarlo no cambia la arquitectura —dijo.
—No.
Pero cambia lo que estás dispuesto a hacer con ella.
Kenji guardó silencio.
Vane tocó la foto con un dedo.
—Este hombre murió porque alguien entendió su miedo y lo usó como arma.
Si tú empiezas a hacer lo mismo, aunque sea contra gente culpable, no estás cazando monstruos.
Estás aprendiendo su idioma.
Kenji sintió un leve malestar.
No por culpa.
Por precisión.
—A veces hay que hablar el idioma del enemigo —dijo.
—Sí.
Pero no mudarse a vivir allí.
El inspector recogió la foto y la devolvió a la carpeta.
—Ahora trabaja.
Kenji se sentó frente al portátil.
La máquina tardó en encender.
El ventilador interno hizo un ruido grave.
En la pantalla apareció el logo del sistema, luego un escritorio austero con varias carpetas organizadas por fecha.
Vane se quedó de pie a su lado.
—¿Qué haces primero?
Kenji conectó un disquete limpio.
—Revisar lo que ustedes creen que saben.
—¿Y después?
—Lo que no saben que saben.
—¿Y RomanHoliday?
Kenji no miró al inspector.
—Los fantasmas no se encuentran persiguiéndolos.
—¿Entonces?
Kenji abrió una transcripción de IRC.
En la pantalla apareció su propio alias, rodeado de mensajes ajenos.
La luz del portátil le iluminó el rostro desde abajo, endureciendo su expresión.
—Se les construye una habitación donde quieran aparecer.
Vane observó la pantalla.
—Eso suena a trampa.
Kenji empezó a teclear.
—Lo es.
—¿Para él o para nosotros?
Kenji hizo una pausa mínima.
Demasiado mínima para que un hombre común la notara.
Vane la notó.
—Sato.
Kenji siguió escribiendo.
—Inspector.
—No me hagas arrepentirme.
Kenji miró la pantalla.
En el reflejo oscuro del borde del monitor, por un instante, vio dos rostros superpuestos: el suyo y el de RomanHoliday.
Uno respiraba en una oficina gubernamental.
El otro ya se movía por la red.
—Eso depende —dijo Kenji.
—¿De qué?
Los dedos de Kenji volvieron al teclado.
—De cuánto quiera ganar.
Vane no respondió.
En la sala, el ventilador siguió girando con su sonido enfermo.
Afuera, la unidad continuaba con su rutina gris de teléfonos, carpetas y café malo.
Nadie sabía que, en esa pequeña habitación, se acababa de firmar un acuerdo imposible entre la ley y algo que todavía fingía obedecerla.
El inspector Vane creía haber contratado a Kenji Sato para cazar a RomanHoliday.
Kenji sabía la verdad.
Había conseguido acceso oficial, cobertura moral y una ruta legal para moverse entre cadáveres digitales sin levantar demasiadas sospechas.
Por primera vez desde el diagnóstico de su madre, sintió que la presión no disminuía, sino que se transformaba.
Ya no era una mano cerrándole el cuello.
Era una palanca.
Y el mundo, al fin, empezaba a moverse.
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