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El Arrepentimiento del Alfa: La 7.ª Vez fue para Siempre - Capítulo 74

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74: Capítulo 74 – Creo que sé a cuál Zane estamos buscando 74: Capítulo 74 – Creo que sé a cuál Zane estamos buscando —Sera, gracias a Dios que estás aquí.

Necesito preguntarte algo, y necesito que me respondas con sinceridad.

¿Puedes hacer una cirugía?

La voz de León denotaba urgencia desde el instante en que ella entró de lleno en el pasillo, y su forma de plantarse frente a ella, con los hombros contraídos y la mirada inquieta, dejaba claro que no era una pregunta casual hecha por simple curiosidad.

Ya había comprobado sus credenciales el primer día, había revisado minuciosamente su documentación mientras tramitaba su alta como médica suplente y, aunque en su expediente figuraba que tenía experiencia quirúrgica, no se adjuntaba ningún historial hospitalario detallado que lo confirmara.

Ese detalle le había rondado la cabeza desde entonces, pero ahora era más importante que nunca.

Serafina se quedó paralizada una fracción de segundo.

Sí, había operado antes, pero nunca a humanos.

En la manada, las cosas eran distintas.

Sus lobos aceleraban la curación, potenciaban la recuperación y estabilizaban el cuerpo de un modo que la medicina humana jamás podría replicar.

Los procedimientos que en un hospital humano requerirían largas horas de sutura y monitorización cuidadosas eran casi rutinarios en su hogar, porque el lobo interior se hacía cargo de la mitad del esfuerzo.

El cuerpo respondía de forma distinta, al igual que los riesgos se calculaban de otra manera.

Los humanos no tenían lobos, ni una recuperación sobrenatural que amortiguara sus errores; dependían por completo de la ciencia, la precisión y la sincronización.

Cuando rellenó los formularios aquí, declaró, sinceramente, que realizaba cirugías.

Se había dicho a sí misma que, con el tiempo, salvaría la distancia entre la medicina licántropa y la humana, que llegaría un día en que se desenvolvería con seguridad en ambos mundos y sin dudar.

Solo que no esperaba que ese momento llegara tan pronto.

—Sí, pero… —empezó, con la necesidad de explicarse, de aclarar el contexto, pero León no le dio pie a terminar.

—Le he dicho a Ruth que cubra tus rondas mientras me ayudas —dijo él a toda prisa, cogiéndola ya del brazo y guiándola por el pasillo con paso decidido—.

Dos de mis ayudantes han tenido emergencias y acaba de llegar otro caso de otro hospital.

Es complicado.

No puedo estar en dos quirófanos a la vez, y el tiempo corre en nuestra contra.

Caminaban a paso ligero, con el eco de sus zapatos rebotando en los suelos encerados y, mientras él hablaba, ella por fin pudo ver la tensión grabada en sus facciones.

Había estado lidiando con demasiadas cosas a la vez, lo que reflejaba el propio horario caótico que ella había tenido últimamente y, extrañamente, se sintió agradecida de que, a pesar de todo, León se hubiera mantenido profesional, incluso jovial, sin cruzar nunca los límites, sin hacerla sentir incómoda en un lugar donde ya cargaba con tanto peso.

—No estoy preparada para operar —consiguió decir, forzando las palabras justo cuando llegaban a las puertas del quirófano.

León se detuvo en seco y se volvió hacia ella.

—¿Qué?

Antes de que pudiera explicarse, su mirada lo sobrepasó.

Dentro, los ayudantes de cirugía aguardaban preparados, alzando los ojos hacia ella con expectación.

Sobre la mesa de operaciones yacía un cuerpo menudo que parecía demasiado frágil para la cruda luz de los focos del quirófano.

Un niño, de no más de diez años.

Tenía la piel pálida, casi traslúcida bajo el resplandor de la luz, y su respiración era superficial e irregular.

Los monitores emitían pitidos con una alarmante falta de constancia; cada sonido errático le oprimía algo en lo más hondo del pecho.

La compasión la golpeó con fuerza.

La voz de León rasgó el aire estéril, nítida y urgente.

—Apendicitis perforada.

El apéndice se le reventó hace horas.

Tiene septicemia y una hemorragia interna.

Si no lo operamos ya, no pasará de esta noche.

El otro caso es una cardiopatía congénita.

Tengo que entrar a operar en esa de inmediato, pero no puedo dejar este caso desatendido.

Si estás segura de que puedes encargarte de esto, tengo que irme ya.

Los ayudantes la miraron, a la espera.

Serafina tragó saliva; de repente, tenía la garganta seca.

Había llegado el momento.

Sin lobos, sin una red de seguridad sobrenatural y sin los sanadores de la manada cerca.

Solo ella.

—Prepárenlo para una laparotomía —se oyó decir, sorprendida de lo firme que sonaba su voz a pesar de la tormenta que se desataba en su interior.

Las luces del quirófano resplandecían sobre su cabeza mientras León le dedicaba un breve asentimiento lleno de gratitud y desaparecía tras desearle suerte.

Se acercó al lavabo quirúrgico, y los movimientos rituales la ayudaron a centrarse mientras se lavaba a conciencia.

Por un instante, le temblaron las manos bajo el chorro de agua, pero la memoria muscular de años de entrenamiento se impuso y estabilizó sus movimientos.

Cuando hizo la incisión, se concentró por completo en la anatomía que tenía delante, apartando cada duda que arañaba su mente.

La sangre brotó de inmediato, oscura y apremiante, y la máquina de succión zumbó al despejarle el campo de visión.

El penetrante olor a cauterización llenó la sala cuando selló un vaso, y una fina voluta de humo se enroscó bajo los focos.

Localizó rápidamente el apéndice reventado, su tejido inflamado era un sombrío recordatorio de lo cerca que el niño había estado de la muerte.

La infección ya había comenzado a extenderse por su abdomen como un veneno silencioso.

Sus pensamientos se movían al ritmo de sus manos.

Pinzar, irrigar, extirpar.

Cada acción requería precisión, cada segundo contaba.

Irrigó la cavidad abdominal a conciencia, asegurándose de no dejar ningún rastro de infección, con movimientos cuidadosos pero eficientes.

Suturó vasos, controló la hemorragia y cerró capa tras capa con una concentración absoluta, su respiración acompasada con el pitido constante del monitor a su lado.

Poco a poco, los sonidos caóticos se suavizaron.

Las constantes vitales del niño se estabilizaron y su respiración se regularizó.

Los números volvieron a subir a rangos seguros mientras Serafina daba el último punto y se echaba hacia atrás, con el pecho subiendo y bajando con más fuerza ahora que el peligro inmediato había pasado.

—Está estable —susurró, casi para sí misma.

Los ayudantes intercambiaron miradas de alivio; la tensión en la sala por fin se disipaba.

Al salir del quirófano y quitarse los guantes, el agotamiento la golpeó de lleno y casi choca con León en el pasillo.

—¿Cómo ha ido?

—preguntó él deprisa—.

Acabo de terminar con mi caso y he venido a ver qué tal estabas.

Ella se apartó para que él pudiera echar un vistazo a los monitores a través de la pequeña ventanilla de observación.

Estudió las lecturas estables y sus hombros se relajaron visiblemente.

—Lo has salvado, Sera —dijo en voz baja, con un asombro evidente en el tono.

Solo entonces comenzaron a temblarle las manos, ahora que la presión había desaparecido y la adrenalina se desvanecía de su sistema.

Por primera vez, había salvado con éxito la distancia entre la medicina de los lobos y la humana.

Había realizado una cirugía en un humano, confiando únicamente en la habilidad, la ciencia y el instinto, y lo había conseguido.

Había cruzado esa línea invisible.

Lo que aún no sabía era que esa única operación crearía una onda expansiva que aumentaría la demanda de sus servicios en el campo de la medicina de formas que no había previsto.

Cuando por fin salió del hospital y el aire fresco de la noche le acarició la piel acalorada, vio a Corvine esperando cerca de la entrada, con una expresión de tensa preocupación.

—¿Qué ha pasado?

—preguntó él de inmediato, acercándose a ella—.

Llegas dos horas tarde.

Abrió la boca para explicarse, todavía eufórica por la supervivencia y el éxito, pero él la interrumpió antes de que pudiera articular palabra.

—Creo que ya sé a qué Zane estamos buscando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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