El Arrepentimiento del Alfa: La 7.ª Vez fue para Siempre - Capítulo 9
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9: Capítulo 9 – Deberías estar agradecido 9: Capítulo 9 – Deberías estar agradecido Edward había sentido la tormenta desde el momento en que llegó Ravyn, de esas que se forman en silencio tras mandíbulas apretadas y ojos ardientes.
No había logrado informar a sus padres a tiempo, y ahora las consecuencias retumbaban por la casa con una fuerza brutal.
La puerta principal cedió ante la furia de Ravyn, abriéndose de golpe hacia adentro con un violento estruendo que resonó por los pasillos, tan fuerte como para sacar del sueño más profundo a cualquiera.
Las paredes temblaron.
En algún lugar de la casa, un reloj traqueteó contra la pared.
Corvine se levantó de la cama de un salto, y sus instintos, perfeccionados por años de vigilancia, se activaron en cuanto sus pies tocaron el suelo.
El corazón se le aceleró mientras corría por el pasillo, preparándose ya para enfrentarse a un ladrón o a un intruso lo bastante necio como para poner a prueba las defensas del hogar de un Alfa.
Lo que no esperaba era a Ravyn.
El Alfa estaba de pie en el vestíbulo como una tempestad viviente, con los hombros cuadrados y los ojos encendidos con una ira incontenible que parecía distorsionar el aire a su alrededor.
Su sola presencia oprimía el espacio, cargada con la autoridad de un Alfa.
Corvine se quedó helado durante medio latido.
Luego, a pesar de todo, hizo una profunda reverencia, respetuosamente, ofreciendo el último ápice de lealtad que aún le quedaba.
El puñetazo llegó sin previo aviso.
El dolor estalló en la mandíbula de Corvine y lo hizo estrellarse contra el suelo; el impacto le robó el aliento.
El sabor a sangre le llenó la boca antes de que pudiera si quiera procesar lo que había ocurrido.
—¿Dónde está ella?
—rugió Ravyn con una voz cruda y violenta que reverberó por toda la casa.
Los dedos de Corvine se clavaron en el suelo mientras luchaba contra el impulso de contraatacar.
Podía pelear, y quería hacerlo, pero esa era la casa de los padres de Ravyn y, además, Ravyn estaba saturado del poder de un Alfa.
Una pelea sería inútil y destructiva.
Aun así, dejar a Serafina desprotegida no era una opción.
—Alfa Ravyn —dijo Corvine, forzando la firmeza en su voz mientras se levantaba lentamente—, no sé de qué está hablando.
Ravyn no perdió ni un segundo más con él.
Sabía que Serafina siempre había tenido una habitación en aquella casa.
Lo había permitido en el pasado, cuando existía una frágil forma de amistad entre ellos, pero ya no; no después de lo que ella había hecho.
Sus zancadas eran largas y furiosas mientras subía las escaleras de dos en dos.
Llegó a la puerta de Serafina y giró el picaporte, pero estaba cerrada con llave.
Apretó la mandíbula.
—Serafina —ladró con una voz que hizo temblar el pasillo—, si no abres esta puerta a la de tres, la derribaré.
El pulso de Corvine se disparó y se movió por instinto, acercándose más, aunque sabía la verdad.
Jamás podría vencer a Ravyn.
Solo otro Alfa podría hacerle frente.
Antes de que Ravyn pudiera empezar a contar, la puerta se abrió con un chirrido.
Serafina apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Ravyn la agarrara del brazo y la arrastrara hacia el pasillo.
Sus pies tropezaron en el suelo mientras la confusión nublaba su expresión, con el sueño aún aferrado a ella como una niebla.
Corvine reaccionó de inmediato, pasando velozmente a su lado y aporreando la puerta del dormitorio principal.
—¿Cómo te atreves a venir a casa de mis padres después de hacerle daño a Daisy?
—siseó Ravyn, apretando con más fuerza la muñeca de Serafina.
Ella parpadeó, aturdida, intentando dar sentido al caos que irrumpía en su consciencia.
Había abierto la puerta por instinto al oír la voz, con la mente todavía medio perdida en el sueño.
—¿Ravyn?
—murmuró con voz ronca—.
¿Qué haces aquí?
Fue entonces cuando Ravyn perdió el control por completo.
Mientras Daisy se debatía entre la vida y la muerte, Serafina había estado allí, a salvo, calentita, durmiendo en casa de sus padres.
La injusticia de la situación lo consumió por dentro.
—Daisy necesita sangre —espetó, con la voz afilada por la urgencia y la furia—.
Y tú eres la única compatible.
Vienes conmigo.
—La atrajo hacia él de un tirón, pero esta vez Serafina estaba completamente despierta.
Se zafó la mano con un tirón, con los ojos encendidos mientras retrocedía.
—Debes de estar loco si crees que me importa si os morís tú o ella.
Levantó la mano para darle una buena bofetada, pero el golpe nunca llegó a su destino.
La mano de Ravyn fue detenida en el aire, su brazo sujeto por otro agarre, no tan fuerte, no tan dominante, pero implacable.
—No en mi guardia —dijo Humphrey con calma, aunque su voz ocultaba una dureza de hierro—.
¿Cómo te atreves a entrar en mi casa y a levantarle la mano a mi hija?
Ravyn se giró, atónito.
—¿Tu hija?
Papá, no es tu hija.
Esta mujer es despreciable.
La rabia de sus ojos se suavizó brevemente al mirar a su padre.
—Apuñaló a Daisy.
Daisy se está desangrando.
Necesita una transfusión y Serafina es la única compatible.
Humphrey soltó lentamente la muñeca de Ravyn, y su expresión se endureció hasta volverse fría y terminante.
—Si Serafina apuñaló a Daisy, entonces Daisy se lo merecía.
Y en cuanto a su sangre, tendrás que pasar por encima de mí.
Las palabras golpearon a Ravyn con más fuerza que cualquier puñetazo.
—¿Te pones de su parte en contra de mí, tu hijo?
—exigió Ravyn, con un tono afilado por la incredulidad.
Sus padres adoraban a Serafina, pero nunca pensó que en un momento tan crítico como este, la elegirían a ella antes que a él.
Quería decir más, pero la urgencia del motivo de su visita eclipsó el dolor de ver que Serafina había ocupado su lugar en el corazón de sus padres.
—La condición de Daisy es crítica, y Serafina es la culpable.
—¿Y eso qué?
—replicó Humphrey—.
Es una Luna, tiene derechos.
No la obligarás a hacer nada que ella no consienta.
El pecho de Ravyn subía y bajaba con agitación mientras la verdad se abría paso en su mente.
Serafina le había ganado la partida, se había refugiado en el único lugar que él no podía dominar.
Inhaló bruscamente, recalibrando su estrategia.
—Bien —dijo con voz tensa—.
No la obligaré.
Pero sigue siendo la Luna de la Manada Centenaria.
Si tiene derecho a disciplinar a los miembros de la manada, ¿no tiene también la responsabilidad de velar por su bienestar?
El silencio que siguió fue denso, cargado de tensión.
Tenía su parte de razón, pero Serafina se rio.
Fue una risa suave, fría y despiadada.
—Si apuñalé a Daisy, se lo ganó —dijo con voz neutra—.
Y en cuanto a mi sangre, preferiría verterla por el desagüe antes que dársela a ella.
—No había ni rastro de culpa en su voz.
Ravyn exhaló lentamente, y algo oscuro brilló en sus ojos.
—¿Lo veis?
—dijo con amargura—.
Esta es la mujer que, según vosotros, era la mejor.
Lo que él no sabía era que sus padres ya lo sabían todo.
—Deberías dar gracias de que no te haya matado —dijo Humphrey en voz baja—, después de que mataste a su hijo.
Ravyn se tensó.
Su expresión vaciló.
—¿Vosotros… sabéis sobre eso?
—¿De verdad pensabas —continuó Humphrey, con la voz cargada de condena—, que después de sacrificar al hijo de ella por el de Daisy, iba a salvarla?
Deberías considerarte afortunado de que no le haya puesto un dedo encima a Bryan.
Esta mujer crio al hijo de otra como si fuera propio, solo para descubrir que tú asesinaste al suyo.
Hizo una pausa, con la mirada penetrante.
—Ravyn, no tienes redención.
—Algo parpadeó en la mirada de Ravyn.
Por una fracción de segundo, casi pareció remordimiento.
Pero luego se endureció.
—No —espetó con frialdad—.
Eso es lo que se merece por meterse a la fuerza en mi vida.
—Ella nunca se metió a la fuerza en… —empezó Humphrey, pero fue interrumpido suavemente por Serafina.
—Está bien, Papá —dijo ella con calma, sintiendo por fin el peso del agotamiento—.
Ya te has encargado tú.
Vuelvo a dormir, estoy realmente cansada.
Se dio la vuelta como si Ravyn ya no existiera.
Los puños de Ravyn se cerraron con fuerza, y sus nudillos se pusieron blancos cuando su autocontrol se hizo añicos.
—¡Serafina!
—gritó, y la desesperación se abrió paso a través de la furia—.
¿Qué quieres a cambio de salvar a Daisy?
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