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El arrepentimiento del Alfa: Reclamando a su compañera rechazada - Capítulo 31

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31: CAPÍTULO 31 31: CAPÍTULO 31 POV de Mira
Sus uñas se clavaron en mi piel mientras se inclinaba, y su susurro rezumaba veneno.

—Sé que estás detrás de esto, bruja.

Me zafé la mano de un tirón, y sus uñas dejaron surcos rojos e irritados a su paso.

—Suéltame —siseé, retrocediendo antes de que pudiera aferrarse a mí de nuevo.

Los labios de Valerie se curvaron en una sonrisa de suficiencia, sus ojos oscuros se entrecerraron como los de un depredador que saborea la caza.

—¿Ayudaste a Thalia a escapar, verdad?

—No sé de qué hablas —mentí, apartándome antes de que pudiera leer la verdad en mis ojos.

Mi mirada recayó en el cuerpo inerte de Silas, y una nueva oleada de culpa me revolvió las entrañas.

Se acercó más, con la voz afilada como una cuchilla.

—Júralo.

Me armé de valor y le sostuve la mirada.

—He dicho que no lo sé, Valerie.

El silencio se alargó entre nosotras, denso y sofocante.

Su mirada se clavó en la mía, buscando fisuras, una vacilación…

cualquier cosa que confirmara sus sospechas.

Pero me mantuve firme, aunque el pulso me martilleaba en la garganta.

Finalmente, retrocedió, y su sonrisa se tornó letal.

—Esto no ha terminado.

Te lo prometo.

—Dicho esto, salió hecha una furia, y la lona de la tienda restalló a su espalda como un latigazo.

Esperé a que sus pasos se desvanecieran para soltar el aire con fuerza.

Me asomé para confirmar que no había peligro y volví a cerrar la tienda.

Me temblaban las manos cuando metí la mano en mi bolsa y saqué una única hoja de plata.

Brillaba débilmente en la penumbra, con una superficie que refulgía como si contuviera luz de luna.

Las leyendas afirmaban que podía guiar a las almas perdidas, si es que aún quedaba un atisbo de vida al que aferrarse.

Trituré la hoja en mi mortero, susurrando los antiguos cánticos.

El aroma a menta invernal y metal forjado llenó el aire, agudo y frío.

Entonces, con el corazón desbocado, me incliné sobre Silas y sostuve la esencia triturada bajo su nariz.

FLASHBACK
La noche que Thalia escapó, acababa de prenderle fuego a los documentos de linaje falsificados; eran pruebas que pensaba presentarle a Alaric antes de que mi conciencia pudiera más.

Una mano se cerró en torno a mi muñeca.

Me giré de golpe, con el pánico a flor de piel, y me encontré con Silas, que me miraba con expresión sombría.

—¿Q-qué haces aquí?

—susurré.

—No levantes la voz —murmuró, saliendo un momento para escrutar las sombras antes de volver—.

Sus siguientes palabras me helaron la sangre—.

Sé que ayudaste a Thalia a escapar.

—Estás borracho —tartamudeé, entreteniéndome en reorganizar mis hierbas—.

No sé de qué hablas.

—La vi.

Levanté la cabeza de golpe.

—¿Q-qué?

—Cerca de las puertas de la manada.

Estaba huyendo.

—¡Dioses!

—Lo agarré de la camisa—.

¿La atraparon?

¿Alguien más la vio?

—No.

Le mostré un camino más seguro.

Ya se ha ido.

Lo solté, inundada de alivio.

—Me has dado un susto de muerte.

Se rio entre dientes, pero la alegría no le llegó a los ojos.

—No me des las gracias todavía.

Alaric la perseguirá hasta encontrarla cuando se entere…

o a cualquiera que la haya ayudado.

—Por favor —rogué, con la voz quebrada—.

No se lo digas a nadie.

Sé que querías reclamar al niño, pero Thalia no se merece esto.

—Por eso estoy aquí —dijo, agarrándome por los hombros.

—Yo no…

—Mi voz flaqueó y las palabras se me atascaron en la garganta mientras la confusión se arremolinaba en mis pensamientos—.

No lo entiendo.

—Deberíamos irnos también.

Esta noche.

Si Alaric no encuentra testigos, la artimaña de Valerie se desmoronará.

Se me encogió el estómago.

—N-no puedo.

—¿Por qué no?

—Su agarre se hizo más fuerte—.

¡Todavía estamos a tiempo!

—Mis hijas —susurré—.

Valerie las amenazó.

Si huyo…

Silas maldijo, pasándose una mano por el pelo.

—¿Entonces qué?

¿Le seguimos el juego?

¿Dejamos que gane?

Tragué saliva.

—Ayudamos a Thalia.

Es todo lo que podemos hacer.

Se le demudó el rostro, y la esperanza en sus ojos se extinguió.

Había estado tan seguro, tan dispuesto a luchar.

Pero la realidad era una jaula, y ninguno de los dos tenía la llave.

Y justo entonces,
se me ocurrió una idea.

—Silas.

—¿Sí?

—Su voz sonaba derrotada.

—¿Y si te suicidaras?

Soltó una carcajada incrédula.

—Por favor, Mira.

No es momento para bromas.

Estamos en un grave dilema.

—Hablo en serio —insistí—.

¿Y si hacemos que parezca que te has quitado la vida?

Frunció el ceño.

—¿…Cómo?

Mis dedos recorrieron las estanterías polvorientas, apartando tarros de raíces secas y viales de tinturas turbias.

¿Dónde estaba?

—Belladona —musité, más para mí que para Silas—.

La flor de la solanácea.

—¿Y?

—Su voz estaba cargada de una cautelosa confusión.

—Imita la muerte: ralentiza el corazón, enfría la piel.

De forma temporal, por supuesto.

Se le entrecortó la respiración.

—¿Qué?

No levanté la vista, seguía buscando.

—Si Valerie cree que estás muerto, no podrá obligarte a reclamar al niño.

Y cuando por fin huyas…

nadie irá a por ti.

Un instante de silencio.

Y entonces…

—¿Y qué pasará contigo?

—preguntó él.

—No te preocupes por mí —dije, con voz baja pero firme—.

Sin nadie que reclame al niño, mi falsa confesión no significa nada.

—Eso es…

realmente brillante.

—Su voz se apagó—.

Pero no tenemos belladona.

Es imposible que encontremos nada antes del amanecer.

Mi mano se cerró en torno a un frasco de cristal fino, cuyo contenido brillaba con un tenue color ámbar a la luz de la lámpara.

Lo bajé con un suave tintineo.

—Por suerte —dije, girándome hacia él—, preparé belladona hace años.

Por…

otros motivos.

Nunca pensé que volvería a ser útil, pero aquí estamos.

Tragó saliva mientras observaba el líquido.

—¿Has hecho esto antes?

—Mmm…

algo así —me encogí de hombros.

—¿Tengo que bebérmelo todo?

—Solo un sorbo —dije mientras le extendía el frasco.

—¿Cuánto durará?

—Doce horas.

Quizás menos si te resistes al efecto.

—…

¿Es seguro?

Dudé.

—Lo bastante seguro.

Me arrebató el frasco antes de que pudiera suavizar la mentira.

—Bueno.

Brindo por no despertar en el más allá.

—Con una mueca, se lo bebió de un trago.

Luego, me lo devolvió.

—No hemos terminado.

Tu cuerpo no puede simplemente desplomarse, necesitamos una puesta en escena.

Un suicidio.

Una soga, una silla…

—Hay una cuerda en las habitaciones de las doncellas —dijo, parpadeando ya más despacio—.

Y tengo un taburete en mi alcoba.

—Bien.

También necesitaremos la ayuda de algunas doncellas para que sea más…

creíble.

—¿Y cómo hacemos eso?

—dijo, arrastrando ligeramente las palabras.

—Déjame eso a mí.

Nos escabullimos en la noche.

Los guardias nos dieron el alto en cuanto nos vieron.

Me aterré por un momento, pero Silas los despachó con un gesto.

—Solo un tónico para dormir —mintió con naturalidad.

Sus aposentos olían a cuero y tinta.

Le expliqué la situación a unas doncellas a las que les había hecho favores en el pasado, durante la guerra, y accedieron a ayudar.

Llegaron rápidamente, con los rostros pálidos pero decididos.

Prepararon la cuerda, el taburete, la escena, mientras Silas se hundía en la cama y su respiración se volvía superficial.

Una de ellas le colocó un sudario blanco por encima.

—Como escarcha sobre la piedra —susurró.

Retrocedí, con un nudo en la garganta.

—Ahora, a esperar.

Unas horas más tarde, Alaric lo descubrió.

DE VUELTA AL PRESENTE
Todo había salido a la perfección.

Bueno…

excepto lo de Thalia.

Todo el mundo había creído que Silas estaba muerto.

Ahora venía la parte peligrosa: traerlo de vuelta.

Presioné la hoja de plata triturada bajo la nariz de Silas, y su polvo luminiscente atrapó la tenue luz.

Nada.

—Respira —le urgí, conteniendo yo misma la respiración.

Quietud.

Un pavor helado me recorrió.

¿Había calculado mal?

¿Había sido el efecto de la belladona demasiado fuerte?

—Diosa de la Luna, por favor…

—Mi susurro se quebró mientras presionaba la hoja con más fuerza contra su piel, con los dedos temblorosos.

Y entonces…

Su respiración se entrecortó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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