El arrepentimiento del Alfa, su Luna rechazada es la heredera oculta - Capítulo 33
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33: Capítulo 33 33: Capítulo 33 Punto de vista de Ceres
Un tenso silencio se instaló entre nosotros mientras empezaba a conducir.
Entonces Jason lo rompió, con voz baja pero cautivadora.
—Srta.
Hemsworth, no sé por qué, pero desde el momento en que la vi, sentí una conexión.
Quizás este pequeño accidente fue la forma que tuvo el destino de cruzar nuestros caminos.
¿Qué tal si me acompaña a cenar?
Arqueé una ceja ante su audacia, pero mantuve un tono ligero.
—Alfa Jason, somos socios.
Ayudarnos mutuamente es simplemente natural.
No hay necesidad de darle más vueltas.
—Lo rechacé con firmeza en un tono educado.
Jason se rio suavemente y su mirada se detuvo en mí un momento antes de volver a dirigirla a la carretera.
No insistió más y, sabiamente, dejó caer el tema.
Cuando llegamos al hospital, tomé la iniciativa para encontrar al médico, asegurándome de que Jason fuera acompañado a la sección VIP, donde había más tranquilidad.
Una vez que todo estuvo arreglado, salí de la habitación para llamar a Justin y ponerlo al día de la situación.
Justo cuando terminaba la llamada, el agudo taconeo de unos zapatos de tacón resonó por el pasillo.
Al girarme, me encontré cara a cara con Anita.
Su belleza era tan deslumbrante como siempre, pero sus ojos enrojecidos delataban que había llorado hacía poco.
Mientras me lanzaba una mirada fulminante, sus ojos enrojecidos rebosaban resentimiento; la intensidad de sus emociones irradiaba como una tormenta a punto de estallar.
Su voz temblaba de furia cuando se enfrentó a mí.
—¿Por qué estás aquí?
—espetó—.
Si no fuera porque incitaste a la manada en internet para que me atacara, mi hijo no habría enfermado.
¡Tú, Ceres, no eres más que una mujer despreciable!
Si algo le pasa a Lucky, Richard no dejará que te salgas con la tuya.
¡Devuélveme a mi hijo!
Sus emociones la desbordaron y se abalanzó hacia delante, agarrando mi chaqueta con manos temblorosas.
Su energía de loba surgió, intentando imponer su dominio, pero mi fría mirada no vaciló.
Gruñí y la empujé hacia atrás con un bufido seco, mi loba agitándose furiosa por el contacto.
—¡Aléjate de mí, Anita!
—le espeté con furia.
—¡El solo hecho de que me toques me da asco!
—gruñí.
Pero entonces, como si hubiera accionado un interruptor, Anita se arrodilló y sus sollozos llenaron el pasillo.
—Te lo ruego, Ceres —gimió—.
Por favor, perdóname.
¡Conéctate y arregla esto!
Están difundiendo mentiras, y todo es culpa mía.
Pero no metas a mi hijo en esto.
Por favor…
El repentino cambio en su comportamiento fue una señal inequívoca.
Mis agudos instintos captaron la actuación de inmediato.
Me di cuenta de que estaba actuando para alguien justo cuando el sonido de unos pasos resonó detrás de mí.
Giré ligeramente la cabeza y vi la expresión severa de Richard y la sorpresa desmesurada de Martins cuando entraron en escena.
Anita aprovechó el momento y se abalanzó de nuevo hacia mi ropa, con la intención de agarrarla en una muestra de sumisión.
Pero yo fui más rápida.
Me agaché y la agarré del pelo, con un agarre firme e implacable.
—Has elegido a la persona equivocada para tus jueguecitos —gruñí.
Con un tirón brutal, le eché la cabeza hacia atrás, haciendo que chillara de dolor.
El fuerte tirón casi le arranca el cuero cabelludo y el dolor convirtió sus quejidos en gritos de agonía.
Con los ojos llenos de miedo, levantó la vista y buscó de inmediato la ayuda de Richard.
Sin embargo, no la solté.
En lugar de eso, le estrellé la cabeza con fuerza contra la pared cercana.
Entonces resonó un golpe sordo, y la voz de Anita se cortó de inmediato, haciendo que todo su cuerpo temblara.
Todo el suplicio duró menos de tres segundos.
Finalmente la solté, me froté las manos y me sacudí la suciedad.
Mi mirada se volvió gélida mientras una fría sonrisa se dibujaba en mi rostro.
—¿Creías que te seguiría el juego con tu numerito, Anita?
—me burlé—.
Usa ese cerebro tuyo, si es que tienes uno.
Quizá te mantenga viva un poco más.
Anita gimoteó en el suelo, con aspecto sumiso mientras su cuerpo temblaba.
Dirigió sus ojos llorosos a Richard, con la voz quebrada.
—Yo solo…
solo quería que me perdonara —sollozó débilmente—.
Sé que me equivoqué…
Antes de que pudiera terminar, una risa burlona llegó de la habitación de al lado.
La puerta se abrió con un crujido y reveló a Jason, apoyado despreocupadamente en el marco.
Sus ojos verdes brillaban con diversión y su lobo irradiaba una dominación silenciosa.
—Vaya —dijo con voz arrastrada y un tono cargado de sarcasmo—, esto es más entretenido de lo que esperaba.
Parece que las cosas se están desmoronando de forma bastante espectacular.
Todas las miradas se clavaron en Jason.
Estaba allí, apoyado despreocupadamente en el marco de la puerta, con una sonrisa fría adornando su expresión.
En su mano sostenía un elegante teléfono, con la pantalla aún encendida, prueba de que había estado grabando durante un buen rato.
La reacción de Anita fue inmediata.
Su rostro perdió todo el color, como si la sangre de sus venas se hubiera congelado.
Se desplomó contra la pared, aferrándose a su ropa como a un salvavidas.
Sus ojos se movían descontroladamente entre Jason y Richard antes de que, de repente, soltara un suave gemido.
Entonces, como si su cuerpo ya no pudiera soportar el peso del momento, puso los ojos en blanco y cayó inconsciente.
La mirada de Richard se clavó en Jason, y su habitual compostura gélida vaciló por un instante.
Apretó la mandíbula mientras entrecerraba los ojos para mirarlo, con una expresión de sospecha grabada en el rostro.
—¿Alfa Jason?
—dijo, con un tono cortante, casi como si hubiera anticipado el encuentro.
Jason se enderezó, guardándose el teléfono en el bolsillo con despreocupada naturalidad.
Sus ojos verdes brillaron con diversión mientras respondía: —Alfa Richard, cuánto tiempo sin vernos.
Oh, espera…, nunca nos han presentado oficialmente, ¿verdad?
Sus palabras destilaban una burla calculada, pero su expresión se suavizó hasta volverse engañosamente amable.
A pesar de su parecido físico, las diferencias entre los dos eran inconfundibles.
La fría indiferencia de Richard emanaba un aura que mantenía a los demás a distancia.
En cambio, la presencia de Jason era más enigmática.
Exudaba un carisma que atraía a la gente, aun cuando insinuaba algo peligroso e indómito.
Sin perder tiempo, Jason acortó la distancia que nos separaba y me tendió su teléfono.
Su tono era educado, pero con un toque de picardía.
—He grabado todo el espectáculo.
Podría serte útil.
Parpadeé con ligera sorpresa, pero me recompuse rápidamente.
Ni siquiera miré a Jason mientras daba un paso mesurado hacia delante.
—No será necesario —respondí con frialdad—.
No necesito dar explicaciones a nadie.
Entonces giré sobre mis talones, con movimientos gráciles y pausados, y dejé atrás a los dos hombres sin una segunda mirada.
Jason me siguió, su zancada igualando la mía sin esfuerzo.
De repente, el brazo de Jason se deslizó sobre mis hombros, su agarre firme pero extrañamente reconfortante.
El inesperado contacto hizo que mi loba se agitara e instintivamente me tensé, mis músculos contrayéndose para apartarme.
Pero antes de que pudiera reaccionar, su voz profunda y aterciopelada rozó mi oído.
—¿No quieres encargarte de esa mujer?
—murmuró.
Mi aguda mirada se clavó en su rostro y entrecerré los ojos con recelo.
«¿Por qué parece que Jason sabe lo que está pasando?», me pregunté.
Jason sonrió con suficiencia y su mirada no reveló nada de sus pensamientos.
—Deja que te ayude —dijo con naturalidad.
Cuando salimos del hospital, me detuve en seco y me zafé de su brazo.
Jason retrocedió de inmediato, y su expresión recuperó su habitual compostura cortés.
Incliné la cabeza, y una sonrisa pícara se curvó en mis labios.
—Alfa Jason, parece que ha hecho los deberes antes de venir a este país, ¿no es así?
Tenía que ser así; de lo contrario, ¿cómo podría haber sacado el teléfono inmediatamente y grabado el video como prueba?
Jason sonrió.
Levantó una mano y se pasó los dedos perezosamente por la frente.
—Solo quería protegerte.
—No necesito tu protección —dije, mi voz tan fría como el viento que barría el aparcamiento—.
Sea cual sea tu juego, me encargaré yo misma.
—Me di la vuelta para irme, con pasos deliberados y sin prisa.
Jason me alcanzó y habló con suavidad, pero de forma profunda.
—Ese hijo de Anita no es de Richard.
Me detuve en seco y me giré, mirándolo conmocionada.
—¿Qué?
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