El arrepentimiento del Alfa, su Luna rechazada es la heredera oculta - Capítulo 90
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90: Capítulo 90 90: Capítulo 90 Punto de vista de Ceres
Puede que haya liberado a Richard de su culpa, pero no de la mía.
Quizás estaba condenada a cargar con esta pena para siempre.
Richard podía restarle importancia como si fuera historia pasada, pero para mí, era una cicatriz que nunca sanaba.
Ese niño había sido mi ángel, mi luz en la oscuridad de mi turbulenta vida.
Y ahora, aunque Richard había saldado una parte de su deuda al salvarme la vida, no era suficiente para que volviéramos a estar juntos.
Eso nunca pasaría.
Estábamos en paz.
Nada más.
Después de que hablé, Richard se quedó paralizado.
Su rostro palideció.
La habitación del hospital estaba cargada de un silencio de esos que hacían que la bestia en mi interior ansiara liberarse.
Finalmente, Richard lo rompió.
—Así que esto es lo que has estado sintiendo —dijo, con un tono teñido de dolor.
Todavía lo despreciaba, aunque me hubiera salvado la vida.
La revelación me golpeó como una cuchilla con punta de plata: la pérdida de nuestro hijo era un abismo que ningún puente podía cruzar.
Me mantuve serena, con la mirada distante pero penetrante.
Había trazado una línea clara entre mi amor y mi resentimiento, negándome a que ninguno de los dos me consumiera por completo.
No tenía intención de empezar de nuevo.
El pasado no era algo que pudiera simplemente desechar.
Cuando me giré para mirar por la ventana, una solitaria lágrima resbaló por mi mejilla.
Antes de que pudiera secarla, el aroma de Richard me envolvió.
Su calor me rodeó mientras me atraía hacia un abrazo.
Apoyó suavemente la barbilla sobre mi cabeza.
Este había sido mi sueño una vez: sentir sus brazos a mi alrededor, su fuerza protegiéndome del mundo.
Pero esta vez, su abrazo era diferente.
No era el toque displicente del Alfa protegiendo a su pareja por deber.
Era real, puro y lleno de arrepentimiento.
Mi pecho se agitó mientras una ola de pena se abría paso a zarpazos a través de mí.
Sentía como si me estuvieran arrancando el corazón; el dolor era tan agudo que me robaba el aliento.
Luché por liberarme, pero el agarre de Richard era firme, su mano rodeándome.
Me secó las lágrimas con delicadeza y, con una voz profunda y ronca por la emoción, dijo: —Sé que te he fallado.
Sé que no puedo borrar el pasado, pero te esperaré.
Incluso si nunca me perdonas, estaré aquí.
Siempre.
Si necesitas algo, acude a mí…, no a él.
Me aparté un poco, mi corazón endureciéndose de nuevo mientras la ira cobraba vida.
Abrí la boca para hablar, pero el agudo timbre del teléfono de Richard llenó el aire, rompiendo el momento.
Él miró la pantalla y el nombre «Anita» se iluminó como una burla.
Mis emociones se estrellaron como olas en una tormenta.
Aproveché la distracción para zafarme de su agarre, entrecerrando los ojos con desdén.
—¿Cómo te atreves a estar aquí y hablar de esperarme cuando tu amada todavía reclama tu corazón?
—espeté.
Richard frunció el ceño bajo mi mirada penetrante.
Mis labios se torcieron en una sonrisa burlona.
—¿Sabes?
Esa actuación que acabas de montar casi me convence.
Quizá deberías llevársela a ella.
Proponle matrimonio a tu amada Anita.
Estoy segura de que se emocionaría hasta las lágrimas y diría que sí sin dudarlo.
«Después de estos tres años, ¿de verdad pensaba que unas cuantas palabras bonitas harían que volviera a dar vueltas por él?», reflexioné.
Ya no estaba cegada por el amor.
Consideraba degradante pelear por un hombre con otras mujeres.
Solo cuando dejé de amarlo pude enfrentar sus intentos de reconciliación con el corazón en calma.
Me miró con una expresión complicada, su voz profunda mientras decía: —Ella no es la mujer que amo.
Hablaba en serio sobre lo que dije antes.
Como para validar sus palabras, contestó la llamada de Anita justo delante de mí.
Antes de que Richard pudiera hablar, la voz melosa de Anita fluyó por el teléfono como néctar envenenado.
—Richard, ¿cuándo vienes a casa a cenar?
John echa de menos a su papá.
Cenemos en familia pronto.
Y recuerda, prometiste casarte conmigo delante de John —arrulló ella.
Mis labios se curvaron en una sonrisa despectiva.
Mi mirada penetrante se clavó en Richard, llena de una burla gélida.
El rostro de Richard se volvió ceniciento y su mandíbula se tensó.
Colgó el teléfono bruscamente, sus dedos curvándose como para mantener a su lobo bajo control.
—John es el hijo de Jackson —empezó Richard—.
De mi hermano mayor.
Tras el fallecimiento de Jackson, lo traje del extranjero.
Él no sabe la verdad, y yo solo fingía por su bien—
—Basta —lo corté en un tono bajo y peligroso—.
Richard, no necesitas explicarme nada.
Tus asuntos son tuyos, y no tengo ningún interés en ellos.
Pero no me insultes fingiendo que tus palabras tienen alguna profundidad.
Es patético.
Mi forma de hablar, tranquila y venenosa, dejó a Richard momentáneamente sin palabras.
Me erguí y me giré hacia la puerta.
—Quiero descansar ya —dije con frialdad, sin dedicarle otra mirada—.
Vete.
Él suspiró.
—Bien.
Descansa, Ceres —dijo en un tono apagado—.
Si pasa cualquier cosa…
llámame.
No pude reprimir una risa amarga mientras se alejaba.
¿Llamarlo?
Probablemente eso solo empeoraría las cosas.
Una vez que la puerta se cerró con un clic, exhalé lentamente, mi lobo agitándose con frustración.
Mi mirada se oscureció mientras cogía el teléfono y marcaba el número de mi amiga.
—Jasmine, soy yo —dije con firmeza.
La voz de Jasmine se animó de inmediato.
—¡Ceres!
¡Por fin has despertado!
Ya voy para allá.
No te muevas.
Jasmine irrumpió en la habitación del hospital minutos después, con una energía salvaje e indomable.
Después de que le expliqué todo lo que había pasado y quién era la culpable, soltó una maldición.
—No puedo creer que esa zorra usara mi nombre para tenderte una trampa.
¡Qué descaro!
Déjame—
—Está bien —la interrumpí con calma—.
Esta no es tu lucha.
Es la mía.
Jasmine dudó.
—¿Estás segura?
Podemos enviar a alguien más para que se encargue.
—No —dije, con un tono que prometía venganza—.
Es mi venganza.
Yo misma me encargaré.
¡Más le vale cuidarse las espaldas, porque voy a por ella!
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