El arrepentimiento del Alfa, suplicando por mi Luna convicta - Capítulo 135
- Inicio
- El arrepentimiento del Alfa, suplicando por mi Luna convicta
- Capítulo 135 - 135 Capítulo 135
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
135: Capítulo 135 135: Capítulo 135 POV de Aria
El tono de Rowland denotaba dolor, como si en realidad no me lo estuviera preguntando a mí, sino a la mujer que una vez conoció.
Lo miré de reojo.
—¿Por qué?
Mi voz sonó más ligera de lo que pretendía, casi burlona.
Me sorprendió la facilidad con la que toleraba que Rowland me llamara por mi nombre.
Cuando Richard lo hacía, se me erizaba hasta el último pelo de la nuca.
Pero con Rowland… me sentía extrañamente paciente, como si algo invisible me empujara constantemente hacia él.
Rowland no respondió de inmediato.
Las yemas de sus dedos rozaron la pared y luego se deslizaron hasta el marco del cuadro que teníamos delante.
—¿Qué te parecen?
—preguntó.
Acomodé a Lana en mis brazos y examiné las obras de arte.
Eran impresionantes.
Trazos suaves y delicados que formaban imágenes vívidas con una facilidad imposible… cada cuadro palpitaba con vida, emoción, alma.
El artista no solo era hábil… tenía un don, era extraordinario.
Pero lo que captó mi atención no fue la belleza, sino la firma en la esquina.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Anna?
—pregunté lentamente—.
¿Es el nombre de la artista?
Rowland enarcó las cejas.
No lo confirmó… pero tampoco lo negó.
Entonces dijo, con voz queda y cargada de significado:
—Vine aquí por ella.
No entendía a Rowland, pero al verlo allí de pie, tan concentrado, tan perdido en cualquier recuerdo que lo atormentara… no me atreví a interrumpirlo.
Mis labios se entreabrieron solos.
—Anna…
El nombre se me escapó como un suspiro, suave y extrañamente familiar.
Sentí como un tirón en el pecho, un susurro al borde de la memoria, justo fuera de mi alcance.
Pero por mucho que esforzaba la mente para alcanzarlo, esa familiaridad se disolvía como la niebla.
Rowland parpadeó rápidamente, como si despertara de un trance.
—Haré que Hunter te lleve a casa —dijo en voz baja.
Su expresión era sincera.
No había segundas intenciones, ni presión.
Solo una sugerencia honesta.
Mi mirada recorrió el largo pasillo a sus espaldas.
Las paredes de un blanco inmaculado se desvanecían en un rincón sombrío más adelante.
Algo en esa oscuridad hizo que mi loba levantara la cabeza, con el lomo erizado.
Una extraña pesadez envolvía la villa; era inquietante y, sin embargo…, me llamaba.
¿Qué es este lugar?
¿Por qué siento que me conoce?
Pero como Rowland insistió, no discutí.
Lana, por otro lado, no estaba contenta de que nos fuéramos tan pronto.
Se aferró a mi hombro.
Aun así, me subí al coche de Hunter, con la confusión arremolinándose en mi interior como una niebla ascendente.
Mientras nos alejábamos, miré hacia atrás una vez.
Rowland permanecía inmóvil frente a la villa, con una expresión indescifrable en la penumbra.
Su aura había cambiado.
Era fría, casi feral.
Mi loba se estremeció.
Dentro de la villa, me había estado observando todo el tiempo… estudiándome… como si esperara algo.
Para cuando Hunter nos dejó en la Villa Hemsworth, la cabeza me martilleaba con preguntas sin respuesta.
Pero nada de eso importaba en comparación con la acuciante realidad que tenía ante mí.
Este lugar… no era mío.
Ya no.
Antes de heredar la finca, había vivido como una loba callejera.
Ahora, por fin tenía un lugar donde Lana y yo podíamos respirar.
Y como estaba decidida a divorciarme de Natán, era más que inapropiado permanecer en su casa.
Dejé a Lana en la cama.
Se acurrucó de inmediato y se acomodó tranquilamente.
No perdí tiempo y empecé a hacer las maletas.
Mis manos se movían más rápido cuanto más pensaba en ello, sobre todo cuando me acordaba de Sandra.
Ha estado fuera todo este tiempo.
Hacía casi una semana que había vuelto… y no había aparecido ni una sola vez.
La verdad encajó con una dureza que casi dolía.
Natán la había echado hacía mucho tiempo, esa es la única razón por la que ahora trabaja en un centro comercial.
El recuerdo de mí suplicándole a Sandra que me ayudara tras mi salida de la cárcel me quemó el pecho.
Empaqué más rápido.
No cogí la ropa que Natán nos compró a Lana y a mí.
No cogí las joyas, ni los bolsos, ni nada de lo que nos dio.
Ni siquiera me molesté en mirar nada que me recordara a él.
Lo dejé todo.
Sosteniendo a Lana con un brazo y arrastrando la maleta con el otro, me dirigí directamente a la puerta.
—¡Luna Aria, espere!
—tartamudeó el guardia de seguridad, abriendo los ojos de par en par al ver la maleta—.
¿A-a dónde va?
¿Quiere que llame a un chófer?
Se interpuso en mi camino, presa del pánico.
—¿Por qué lleva equipaje?
Llamaré a una sirvienta para que la ayude—
Me detuve en seco.
La fría ira que emanaba de mi loba fue tan aguda que el guardia se quedó paralizado a medio paso.
Lo fulminé con la mirada, mi voz sonó grave.
—Apártese.
Tragó saliva, su nuez subía y bajaba, y el sudor le perlaba las sienes.
El guardia finalmente retrocedió y sacó su teléfono móvil.
Casi podía oírlo llamar a Natán una y otra vez, con ansiedad.
Pasé a su lado, saqué la maleta a rastras y me metí en el taxi que me estaba esperando.
El motor arrancó y pronto aceleró.
Por fin estaba alcanzando la libertad.
No miré atrás.
Apreté a Lana contra mí mientras la villa desaparecía a nuestras espaldas.
Esta vez, no me iba en silencio.
Me iba para siempre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com