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El arrepentimiento del Alfa, suplicando por mi Luna convicta - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 POV de Natán
Antes de que pudiera responder, se oyó la voz aguda y despectiva de Sophia.

—Eres el chófer del Alfa Natán.

¿Ayudar a una barrendera?

Eso lo haría quedar en ridículo.

Solo esquívala.

—Señor —intentó de nuevo el chófer, con tono vacilante—.

Quizás podríamos esperar solo un momento.

Se apartará de la carretera en un minuto.

Hace un frío que pela…, está empapada.

Y lleva un bebé con ella.

Apreté con más fuerza la tableta.

Forcé mi respiración para que se calmara, tragándome el gruñido que amenazaba con surgir.

—En realidad, es culpa de la lluvia —dijo Sophia con un mohín, mirando por la ventana como si estuviera aburrida—.

Es ella la que elige barrer la calle justo después de un aguacero.

No es culpa nuestra, el destino simplemente no está de su lado.

Sophia se giró hacia mí, suavizando la voz.

—Alfa Natán, no es que no lo sienta por ella, pero…

—Basta —dije en voz baja—.

Solo es una barrendera.

Conduce.

La temperatura dentro del coche descendió.

Incluso mi lobo se quedó quieto, observando, esperando.

Sophia parpadeó y luego sonrió débilmente, como si se sintiera complacida.

—Sé que solo te preocupa llegar tarde a la reunión —murmuró, tocándome la mano.

Asentí, forzando una calma que no sentía.

—Exacto.

—Luego, dirigiéndome al chófer, mi tono se volvió gélido—.

¿Qué pasa?

¿No me has oído?

La nuez del chófer subió y bajó.

—Sí, señor.

Pisó el acelerador.

Los neumáticos salpicaron al pasar por los charcos, levantando un chorro de agua sucia y fría de la calle que la golpeó con toda su fuerza.

A través del cristal tintado, la vi estremecerse.

Su cuerpo se puso rígido y tembló mientras intentaba proteger el bulto que llevaba en el pecho.

La escoba se le resbaló de los dedos entumecidos y cayó con estrépito sobre el asfalto mojado.

Ni siquiera intentó recogerla.

El coche aceleró.

Bajé la vista hacia los documentos que tenía en la mano, reenfocando mi atención.

POV de Aria
—Lana, cariño, no llores —susurré, con la voz temblorosa, mientras veía el coche negro desaparecer por la calle.

Solté un suave suspiro de alivio, agradecida de que Natán no se hubiera dado cuenta de que era yo.

Había estado muy cerca.

Gracias a la Diosa que había convertido en un ritual tomar una dosis diaria de poción para enmascarar el olor.

Incluso en un país tan grande como este, nunca se sabe cuándo te vas a encontrar con una cara conocida.

El suave llanto de Lana llenó el aire mientras la acunaba.

—Shh…, tranquila —murmuré, intentando calmarla aún más.

Sus sollozos sacudían todo su pequeño cuerpo, sus puños presionaban débilmente contra mí.

Ese sonido me desgarraba por dentro.

A nuestro alrededor, los curiosos comenzaron a reunirse, con los teléfonos en alto como buitres rodeando a un ciervo moribundo.

—¡Mirad eso!

¡Acaban de empapar a la barrendera!

¡Qué risa!

—¡Estoy haciendo zoom para verlo más de cerca!

Instintivamente me tapé la cara, no quería que me grabaran.

Es cierto que ahora soy una sombra de lo que fui y que casi nadie me reconocería, pero aun así no quería arriesgarme.

Sus risas me pinchaban los oídos, agudas y crueles.

Mi loba se erizó bajo mi piel, pero los lloros de Lana me devolvieron a la realidad.

El verdadero golpe no fue su risa.

Fue el eco de los sollozos de mi bebé.

Me atravesó como garras que me abrieran el corazón.

Una lágrima se deslizó por mi cara y salpicó la manta de Lana.

La limpié deprisa, aterrorizada de que pudiera traspasar la tela y mojar su piel.

Tenía las manos mugrientas, y la suciedad dejó vetas oscuras en el tejido.

Mi corazón se retorció.

Ni siquiera podía abrazar a mi propia hija sin ensuciarla.

Su pequeña cara estaba roja de tanto llorar, y lo único que pude hacer fue abrazarla con más fuerza, susurrando disculpas entrecortadas en su pelo.

Mis rodillas cedieron y me hundí en el charco, mientras el agua helada se filtraba a través de mi ropa.

No me importó.

El recuerdo de hacía unos segundos inundó mi mente.

Natán y ella.

La mujer a la que había llamado hermana.

Sentados juntos en ese coche como si se pertenecieran.

Había amado al hombre equivocado, confiado en el lobo equivocado.

Y esto, esto era lo que el amor me había dejado.

Una escoba, un charco y la risa del mundo resonando en mis oídos.

Pero Lana…, mi dulce cachorrita.

Ella era inocente.

Se merecía algo mejor que el desastre en el que me había convertido.

La atraje hacia mí, abrazándola con fuerza contra mi pecho.

El pañuelo se me resbaló de la cabeza mientras la mecía, dejando mi rostro al descubierto.

Vi un destello de lástima en los ojos de los curiosos, los que ya no se reían.

Mis rasgos quizá una vez hicieron girar cabezas, pero la cicatriz que bajaba por mi mejilla izquierda contaba ahora otra historia.

Una de traición por parte de personas a las que una vez consideré mi familia.

Justo en ese momento, un hombre se me acercó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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