El arrepentimiento del Alfa, suplicando por mi Luna convicta - Capítulo 84
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84: Capítulo 84 84: Capítulo 84 POV de Aria
Regresé al hotel con los treinta mil dólares por fin en mi bolso.
El dinero pesaba, no por su peso físico, sino por lo que significaba para Lana y para mí.
Supervivencia.
Un poco más de respiro.
Quizá una noche menos de miedo.
Justo cuando llegaba a mi puerta, un cambio repentino en el aire hizo que se me erizaran todos los vellos de la nuca.
Mi loba se agitó, alerta.
Sentí como si alguien me estuviera observando.
Una sombra se movió.
Una figura, delgada, encapuchada y desconocida, permanecía a unos pasos de distancia.
Antes de que pudiera reaccionar, se abalanzó sobre mí y me deslizó algo en la mano.
Era un trozo de papel doblado…
tibio, como si lo hubieran apretado con fuerza hacía solo unos instantes.
Mis instintos rugieron.
¿Estaba en peligro?
¿Es una trampa?
Alcé la vista de golpe, lista para enseñar los colmillos si era necesario, pero…
Había desaparecido.
Se desvaneció en el pasillo como si la noche se lo hubiera tragado.
Desconcertada, me quedé mirando la nota en la palma de mi mano.
El pulso me martilleaba, mi loba se paseaba inquieta bajo mi piel.
Inhalé lentamente por la nariz, dejando que mis agudizados sentidos exploraran el entorno para ver si todavía había alguien al acecho.
No había ninguna amenaza inmediata.
Aun así, me temblaban los dedos mientras desdoblabla la nota.
Una sola mirada a las palabras y mis pupilas se contrajeron hasta volverse dos puntos.
Se me cortó la respiración.
No…
no, esto no podía ser real.
Tomé varias bocanadas de aire profundas, intentando acallar el pánico que me arañaba las costillas.
Mi loba gimió en mi pecho, sintiendo cómo la vieja herida se abría de nuevo.
Aferrando la nota con tanta fuerza que se arrugó, entré de un empujón en la habitación y cerré la puerta con llave detrás de mí.
El mensaje decía que el expediente que necesitaba estaría disponible mañana en el Hotel Grayson.
El expediente.
«¿A qué expediente se refieren?», me pregunté.
El corazón se me desbocó.
Ya no era abogada.
Me lo habían arrebatado cuando me quitaron la libertad.
Y el único expediente que todavía importaba, el único que me atormentaba día y noche, era el caso que había destruido mi vida hacía más de un año y que había causado mi encarcelamiento injusto.
¿Podría ser a eso a lo que se referían?
No creí ni por un segundo que mi encarcelamiento hubiera sido un accidente.
Apreté el papel con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
El mensajero que me entregó este papel era solo una herramienta.
Alguien más había orquestado esto.
Pero ¿quién?
¿Y por qué contactarme ahora?
Mis pensamientos se enredaron en una red de sospechas.
Mi loba gruñó suavemente en mi interior, protectora, desconfiada, instándome a proceder con cautela.
No sabía si esta persona quería ayudarme…
o terminar lo que empezó.
Pero una cosa estaba clarísima: no podía cargar con una condena inmerecida a mis espaldas para siempre.
No cuando cada instinto clamaba por justicia.
No cuando cada noche me despertaba temiendo que el mundo también me arrebatara a Lana.
Ya no era solo Aria, era la madre de Lana.
Y por ella, el mundo conocería mi verdad, aunque tuviera que abrirme paso a zarpazos a través de cada mentira para conseguirla.
POV de Natán
Han pasado dos días.
Llegué al hotel donde tendría lugar mi reunión con el Alfa Carson.
Estaba sentado en su silla de ruedas, incapaz de levantarse, pero inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Alfa Carson, sea breve.
Mi voz sonó fría y cortante.
No me molesté en tomar la mano que me extendió.
Los lobos como yo no ofrecen cortesía a todo el mundo.
La intención importaba.
Los instintos también, y los míos me decían que mantuviera la distancia.
Me recliné en mi asiento, relajado en apariencia, pero bajo esa fachada de calma, mi lobo merodeaba en silencio, observando y juzgando.
Vi un atisbo de vergüenza en los ojos de Carson, pero se la tragó.
Hombre listo.
Simplemente le hizo una seña a su secretario para que trajera los documentos.
La atmósfera pasó bruscamente de la calidez informal del salón a una estéril tensión de negocios.
Por el rabillo del ojo, me percaté de una figura familiar.
Era Peter Clinton, ya con los ojos vidriosos por el exceso de vino, que se enderezó de un salto como un cachorro al que pillan haciendo una travesura.
Peter se movió ligeramente, sus ojos se clavaron en mí y juraría que vi un fantasma de animosidad en su mirada.
Levantó su copa de nuevo, bebiendo más alcohol.
Qué estúpido por su parte.
Por lo que he oído, tiene un historial de alergia grave al alcohol.
Pero por cómo se veían las cosas ahora mismo, eso no le importaba.
Había enviado a Collins a entregarle un mensaje al hospital hace unos días, antes de que le dieran el alta.
He oído que no fue bien recibido.
Apreté la mandíbula inconscientemente, un gruñido grave creciendo en mi pecho.
Lo reprimí.
Peter devolvió la mirada a su bebida.
Estaba demasiado ocupado ahogándose a sí mismo trago a trago.
Lo vi llevarse otra copa a los labios, con la mano temblándole ligeramente.
Idiota.
Las botellas vacías abarrotaban la mesa.
Su cuello se enrojeció y luego las rojeces se hicieron más intensas.
Esto no era una borrachera normal.
Maldita sea.
A pesar de su estado físico, se bebió la siguiente copa de un solo trago, como si estuviera decidido a destruirse.
Mi lobo gruñó en mi interior, con el lomo erizado.
Si se mata por su consumo excesivo de alcohol, juro que lo arrastraré de vuelta solo para hacerle entrar en razón a golpes.
—
POV de Aria
Entré en el hotel al que se suponía que debía venir a por el expediente, con todos los sentidos en alerta máxima.
Tenía los músculos en tensión, el corazón martilleándome en el pecho.
Instintivamente, busqué con la mirada a cualquiera que no encajara.
Mis ojos captaron la primera figura de inmediato: un hombre en el centro de la sala.
Incluso reclinado, con una mano apoyada para sostenerse, irradiaba dominancia, poder y autoridad como un lobo marcando su territorio.
Me resultaba muy familiar.
Era Natán.
Se me revolvió el estómago.
¿Qué hacía él aquí?
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