El arrepentimiento del Alfa, suplicando por mi Luna convicta - Capítulo 92
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92: Capítulo 92 92: Capítulo 92 POV de Aria
—Alfa Natán —informó Collins—, hemos conseguido las grabaciones del Hotel Cumbrepaz.
Está demasiado oscuro para ver algo.
Todo el personal de recepción eran temporales que cubrían a los trabajadores habituales.
No hay nada más.
Sus palabras se me clavaron en el pecho como garras.
Demasiado oscuro, ninguna pista, nadie a quien interrogar.
Se me cortó la respiración y un dolor agudo y punzante estalló en mi pecho.
Mi loba gimió impotente en mi interior.
Lana… mi cachorra… y si…
No.
No quería pensar en ello.
No podía.
Miré al frente, con la vista nublada.
—Sigan investigando —dijo Natán, con voz grave y teñida de una orden de alfa—.
Revisen cada cámara cercana.
Quiero que peinen toda la zona.
Tienen que encontrarla.
Hubo un instante de silencio.
—Sí, Alfa Natán —respondió Collins con firmeza antes de que la línea se cortara.
Mis pestañas temblaron.
¿Por qué… por qué estaba haciendo esto?
¿Por qué le importaba tanto?
Le había dicho que Lana no era suya.
Y aun así…
Me mordí el labio sin darme cuenta y el sabor metálico de la sangre me devolvió a la realidad mientras mi loba se agitaba con ansiedad.
La voz de Natán atravesó la neblina como si sintiera mis pensamientos.
—Si quieres pagármelo, vuelve a la Villa Hemsworth cuando encontremos a Lana.
Su mirada se posó en mí, pesada y expectante.
Mi pulso se entrecortaba con cada segundo que pasaba.
Me giré hacia la ventana, en silencio.
No podía responder.
Ni ahora, ni quizá nunca.
La mandíbula de Natán se tensó, pero no insistió.
El espacio entre nosotros se volvió más denso, cargado de todo lo que no decíamos.
El trayecto hasta el Hotel Cumbrepaz fue una maraña de luces parpadeantes, corazones acelerados y la loba que se paseaba inquieta dentro de mi pecho.
Cuando llegamos, Collins y varios investigadores ya habían acordonado la recepción.
El aire vibraba de tensión y miedo.
Inhalé profundamente, dejando que mi loba analizara los rastros.
Collins se apresuró hacia nosotros, haciendo una reverencia.
—¡Alfa Natán, Luna Aria!
Natán le restó importancia con un gesto.
—¿Alguna pista nueva?
La forma en que se tensó la expresión de Collins hizo que se me encogiera el estómago.
Negó con la cabeza.
Mis rodillas flaquearon y sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Lana… ¿dónde estás?
—Déjame ver —dijo Natán, con la voz más cortante mientras daba un paso al frente.
Los investigadores se apartaron instintivamente, como lobos menores cediendo el paso a un alfa.
El corazón me martilleaba en las costillas mientras lo seguía, con mi loba paseándose inquieta justo bajo mi piel, gruñendo por cada segundo perdido.
La grabación se reprodujo exactamente como Collins la había descrito.
Era oscura, granulada y casi inútil.
Cuando el video terminó, el silencio cayó sobre nosotros como una losa de hielo.
Se me encogió el corazón.
No… no, esto no podía ser todo.
Me incliné más, negándome a aceptar la derrota.
Mi mirada se fijó en una forma tenue en la esquina de la pantalla, y algo dentro de mí despertó de golpe.
—¡Esperen!
—solté, la palabra se me escapó como un aullido.
Todos los ojos se giraron hacia mí.
Incluso Natán se detuvo, observando cómo me inclinaba sobre el escritorio, con la sangre martilleando en mis oídos.
—Aclaren la imagen —dije rápidamente—.
Y retrocedan un poco.
Los investigadores intercambiaron miradas, pero Collins asintió.
Obedecieron.
A medida que la imagen se aclaraba, un tenue resplandor surgió de la oscuridad.
Contuve el aliento, con la esperanza parpadeando como una chispa.
—Hagan zoom —insistí, con la voz temblorosa.
Uno de los investigadores amplió la imagen hasta que los píxeles se distorsionaron.
Natán se inclinó a mi lado.
Su energía rozó la mía, inestable y tensa.
—La matrícula —murmuró.
—¡La matrícula!
—grité, con el dedo temblando mientras señalaba la pantalla—.
¡Rastreen esa matrícula!
Mi voz se quebró en la última palabra, y mi loba arañó mis costillas con frenética desesperación.
Natán hizo un gesto brusco y el equipo se puso en marcha.
Mientras trabajaban, mi respiración se volvió entrecortada; cada inhalación era una batalla.
Mi pecho subía y bajaba con agitación, y mi visión vacilaba.
—Alfa Natán… es una matrícula temporal —dijo finalmente un investigador.
El mundo se tambaleó.
Me fallaron las rodillas.
Antes de que cayera al suelo, unas manos fuertes me sujetaron.
Eran las de Natán.
Su calor envolvió mis hombros, firme e inquebrantable.
Y en el momento en que sentí esa fuerza… la lucha, el control, la fachada, lo perdí todo.
Un sollozo ahogado se desgarró en mi garganta y me derrumbé por completo sobre él.
Mi loba aulló de dolor, un sonido que retumbó hueco en mi cabeza, suplicando, lamentándose y rabiando.
—Aria… —murmuró, apretando su agarre, con una voz tan suave que dolía.
Apreté los dientes para detener los sollozos, pero se derramaron de todos modos, sacudiéndome, rasgando el silencio de la habitación.
Cada uno parecía arrancar pedazos de mi alma.
—Las matrículas temporales también se pueden rastrear —dijo Natán bruscamente, como si quisiera obligarme a resistir—.
Averigüen quién la registró —ordenó.
Mi temblor se calmó un poco, pero solo porque tenía las manos aferradas a su camisa, agarrándome no por confianza, sino por furia.
¿Quién se había llevado a mi cachorra?
¿Quién se había atrevido a tocar a Lana?
Podía sentir a mi loba emergiendo, ardiente y salvaje, con las venas latiendo bajo mi piel mientras entrecerraba los ojos.
—Deja que ellos se encarguen —dijo Natán, ahora más suave—.
Te llevaré de vuelta a la Villa Hemsworth para que descanses.
Negué con la cabeza violentamente.
—No.
Necesito encontrar a Lana.
—La investigación llevará tiempo —replicó él, con voz firme pero baja—.
Y te drogaron hace poco, necesitas descansar.
No te derrumbes antes de que tengamos respuestas.
Me quedé helada.
La droga…
Había ignorado la fatiga, el mareo.
Pero ahora, con el cuerpo temblando, era imposible fingir.
Si me derrumbaba antes de que encontraran a Lana…
Mi agarre en su camisa se aflojó hasta soltarse.
Natán lo sintió, el momento en que la comprensión me golpeó.
—Te informaré en cuanto descubramos algo —dijo, firme y seguro—.
Enviaré a alguien para que te lleve de vuelta.
Tu habitación en la Villa Hemsworth está lista.
La han limpiado a diario.
Se me hizo un nudo en la garganta.
No me dejaba margen para discutir.
Me mordí el labio con fuerza y bajé la cabeza.
Mi loba gruñó de frustración, pero mi cuerpo estaba demasiado débil para seguir luchando.
—Llévenla de vuelta —ordenó Natán.
Un investigador se acercó a mí y me guio para que me alejara, con un gesto suave pero firme.
Esta vez no me resistí.
Mis piernas se movieron, pero mi mente se quedó atrás, atrapada en un único y agonizante pensamiento:
«Lana… espérame…»
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