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El Ascenso de la Horda - Capítulo 234

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234: Capítulo 234 234: Capítulo 234 El sol seguía en lo alto del cielo y los aldeanos trabajaban duro cuidando sus pequeños campos mientras cuatro soldados estaban sentados alrededor de una mesa, jugando a los dados.

Uno de ellos parecía rondar los cuarenta y cinco, otro estaba cerca de los treinta, y los otros dos apenas superaban los veinte años, o quizá ni siquiera los habían cumplido todavía.

—Parece que esta vez nos ha tocado un líder idiota en el trono.

Le declara la guerra a nuestros vecinos nada más ascender, y no solo a uno, sino a casi todos… —suspiró el hombre que rondaba los cuarenta y cinco, negando con la cabeza antes de volver a meterla en la cutre habitación adosada a las murallas del pueblo que les servía de cuartel.

—El Reino de Alberna, la Unión de Kellan, la Ciudad Libre de Lazica y la Federación de Duridarr… Ninguno de ellos es fácil de conquistar… Parece que este reino no tardará en perecer —continuó mientras se sentaba en su silla, agarraba la copa de vino peleón que habían conseguido y apuraba su contenido de un trago.

—Y no olvides que envió a los dos barones del sur al norte —añadió el que rondaba los treinta antes de lanzar los dados que tenía en la mano—.

¡Toma ya!

—exclamó con alegría mientras recogía las monedas de la mesa con una sonrisa de suficiencia, dejando a sus dos compañeros de juego enfurruñados, con la vista clavada en los tres dados que mostraban tres seises.

—Sí… Casi se me olvidaban esos dos… Bueno, al menos este lugar es lo bastante remoto como para que no se molestaran en pasar por aquí antes de ir más al norte; de lo contrario, a algunos nos podrían haber obligado a unirnos a ellos en cualquier tarea que les hubieran encomendado.

El anciano dejó la copa y se llevó la jarra de vino directamente a los labios para beberse un trago.

Le dio un ligero ataque de tos cuando el vino peleón le quemó la garganta, pero tenía una sonrisa de satisfacción en el rostro mientras se limpiaba los labios con el dorso de su mano derecha.

—En el Reino de Alberna se vive bien, bueno, al menos mejor que en este sitio, pero si tuviera la libertad y el dinero para elegir dónde vivir, sin duda elegiría la Ciudad Libre de Lazica.

Los caminos están todos pavimentados con piedra y las casas son edificios imponentes de dos o más pisos, y la suciedad y el polvo son casi inexistentes, no como aquí —empezó a rememorar el anciano.

—Ya está otra vez, hablando de tu pasado aventurero de cuando eras más joven, pero eso ya es irrelevante ahora que estás aquí con nosotros, atrapado en este pueblo remoto —comentó el que rondaba los treinta mientras ganaba la partida una vez más para consternación de sus dos compañeros de juego.

—Tsk… ¿No puedes dejar a este viejo en paz para que disfrute de su glorioso pasado?

—¡Joder!

¿Otra vez?

Más te vale no estar haciendo trampas, Nader —se quejó el más moreno de los dos que jugaban con Nader.

—¿Trampas?

¡No!

Esto es lo que se llama la habilidad de un experto, algo que vosotros dos aprenderéis dentro de… digamos que unos cuantos años —rio Nader entre dientes mientras recogía las monedas una vez más.

El pequeño pueblo era de lo más remoto que uno pueda imaginar, donde apenas vivían unas cien personas, y estos cuatro soldados no tenían que lidiar con nada serio.

Su trabajo consistía principalmente en resolver disputas entre los residentes del pueblo, detener a los borrachos que causaban problemas a los demás y proteger el pueblo de las criaturas salvajes del desierto que a veces se perdían y se topaban con el pueblo o con los pequeños campos de los aldeanos.

—¡Qué puta mala suerte!

Supongo que tendremos que ir a ayudar a los granjeros a recoger sus cosechas para ganar algunas monedas y poder comprarnos algo de vino —exclamó Medo, el más alto de los dos, mientras se levantaba de donde estaba sentado tras perder todas sus monedas apostando contra Nader, a lo que su compañero solo asintió en respuesta.

Los jóvenes refunfuñaron al salir de la habitación, y el dichoso Nader se sentó frente a Jahann, que estaba bebiéndose otro trago de vino.

—Sabes… Tarde o temprano, esos dos aprenderán tu truco y te aseguro que la cosa no acabará bien —trató de aconsejarle el anciano a su compañero para que lo dejara.

—Tsk… Aprendí el truco de ti y sufrí más que ellos a manos tuyas.

Solo les estoy enseñando la misma lección que tú me enseñaste a mí, viejo —replicó Nader con una sonrisa orgullosa.

—Como quieras —se encogió de hombros el anciano antes de volver a centrarse en el vino que tenía en las manos.

Nader se acercó a la ventana para echar un vistazo y abrió los ojos como platos ante lo que vio.

—Esto es malo… —murmuró por lo bajo mientras miraba la espesa nube de polvo que había en la distancia, pero pronto el sonido de los ronquidos a su espalda llamó su atención.

Se dio la vuelta y vio al anciano, con la cara sobre la mesa.

—¡Es terrible!

¡Despierta, viejo!

¡Despierta!

—gritó frenéticamente mientras agarraba los hombros de Jahann y lo zarandeaba.

—¿Qué?

—preguntó el anciano mientras abría los ojos con pereza.

—E… ene… enemigos —tartamudeó Nader, pero finalmente consiguió completar la palabra.

El anciano se precipitó hacia la ventana con dificultad, ya que sus pasos eran un poco inestables por estar somnoliento y achispado.

Se asomó por el alféizar para mirar los alrededores y, tras una larga mirada, su visión finalmente distinguió la nube de polvo y las criaturas que la causaban.

Sacudió la cabeza, se frotó los ojos y, cuando miró por segunda vez, la imagen no había cambiado: las criaturas seguían allí.

No eran solo uno o dos enemigos, sino cientos o quizá incluso miles.

A la cabeza de aquellas criaturas belicosas, alguien cabalgaba sobre una bestia enorme, sin duda menos peligrosa que su jinete.

A su lado iban sus congéneres, montados en sus corceles más comunes: grandes lobos, más letales que los lobos gigantes salvajes.

Y, rezagado a cierta distancia, les seguía un ruidoso grupo de trolls.

Los dos miraban estupefactos la escena que se desarrollaba ante sus propios ojos.

No había prácticamente nada que pudieran hacer contra tales enemigos, y menos aún con su número.

—Viejo, ¿qué hacemos?

¿Enviamos corredores para contactar con alguien?

—Nader dirigió su mirada hacia el soldado más experimentado.

—No seas ridículo… ¿cómo se supone que vamos a hacer eso?

—respondió Jahann con tono irritado.

El grupo de enemigos pasó rápidamente cerca de las murallas del pueblo y continuó hacia el sur.

El anciano agarró su lanza, que estaba apoyada en la pared, pero la devolvió a su sitio tras unos instantes.

—Para qué molestarse… No es como si pudiéramos hacer nada contra ellos —masculló, y luego se dirigió a su silla y se sentó.

—Esto es malo… muy malo.

Alsenna está al sur y, con el ejército en la frontera y el resto reunido en la capital, la guarnición de la ciudad no podrá hacer nada contra el grupo que acaba de pasar —dijo Nader con preocupación.

—Jahann… ¿qué hacemos?

—preguntó.

Nader rara vez llamaba al anciano por su nombre.

Su voz tenía un deje de miedo y preocupación.

—¿Que qué hacemos?

Te diré lo que vamos a hacer… —Jahann cogió otra jarra de vino, la alzó hacia Nader y se bebió un buen trago.

—Esto es lo que haremos… Beberemos hasta no poder más y luego nos iremos a dormir.

Para sobrevivir, no haremos nada excepto seguir con lo que hacemos normalmente, esperando no provocar a esos tipos y que nos masacren a todos aquí —continuó el anciano, con la voz llena de impotencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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