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El Ascenso de la Horda - Capítulo 269

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269: Capítulo 269 269: Capítulo 269 Entre los bosques, al oeste del territorio del Barón Masud, Khao’khen y sus guerreros se preparaban para salir de la zona boscosa y comenzar su ataque cuando oyeron vítores y gritos de batalla que venían del pueblo.

Khao’khen estaba confuso, pues aún no habían comenzado su asalto ni habían revelado su presencia a sus enemigos.

Reflexionó un momento sobre las distintas posibilidades y, cuando los Cazadores de Trolls acudieron a su mente, no pudo evitar rezar a los dioses, si es que de verdad existían en este mundo.

—¡Por favor!

Que no sean ellos…

—masculló sin parar.

Adhalia llegó justo a tiempo para oír el masculleo del caudillo.

—¿Que no sea quién, jefe?

—inquirió, mientras indicaba con la cabeza a los Drakhars que se adelantaran.

—Nada…

—fue la rápida respuesta de Khao’khen antes de dirigirse hacia los ogros para darles unas cuantas instrucciones.

El caudillo dejó atrás a Adhalia, que se quedó perpleja.

«Qué raro…».

Pero le restó importancia a lo ocurrido y apuró el paso para alcanzar a los Drakhars.

Mientras Khao’khen y su grupo salían de entre los árboles, los sabuesos frente a las murallas se quedaron confusos al oír los vítores y gritos de batalla de sus enemigos, que en ese momento deberían estar desesperados, puesto que acababan de reventarles su maldita puerta.

—Deben de haber perdido la cabeza por el miedo…

—se rio entre dientes un sabueso de la vanguardia, a pocos pasos de su comandante, y los que oyeron sus palabras se le unieron, pero las risas duraron poco, pues se percataron de la expresión sombría del rostro de su comandante.

Lishtal negó con la cabeza.

—¿Que se han vuelto todos locos?

Eso es demasiado descabellado…

Me inclino más a creer que algo o alguien les ha subido la moral…

—refutó.

—Con la moral alta o no…

no cambia nada.

Prepara la primera oleada y aplástalos para que sepan que no pueden cambiar el desenlace de esta lucha —ordenó el Comandante Lastam con voz irritada.

Lishtal empezó a organizar la primera oleada de inmediato tras la orden de su comandante.

—¡Han oído al comandante!

¡Aplástenlos sin contemplaciones!

¡Sin piedad!

—les gritó.

Las risas ahogadas que recibió como respuesta no le preocuparon, pues sabía que los de la primera oleada planeaban hacer lo que acababa de decirles incluso sin que se lo recordaran.

Un grupo de doscientos jinetes se separó del ejército principal de los sabuesos y avanzó al trote lento en una formación compacta.

Los jinetes lucían sonrisas de confianza en sus rostros mientras se dirigían hacia sus enemigos; algunos incluso jugueteaban con sus armas, mientras que otros bostezaban, dando a entender que la confrontación que se avecinaba les parecía aburrida.

Los lanceros con sus escudos, situados justo frente a la puerta destruida, se apiñaron para asegurarse de que su formación fuera lo más compacta posible, y los hombres con espada y escudo de los flancos hicieron lo mismo.

Un sólido bloque de infantería bloqueaba la entrada al pueblo, transmitiendo la sensación de que su formación era inamovible.

Sobre las murallas, el Barón Masud alzó los brazos y tensó la cuerda de su arco, con una flecha ya encajada.

Los demás arqueros hicieron lo mismo, esperando a que sus enemigos se pusieran a tiro.

—¡Aguanten!

¡Un poco más!

¡¡¡Esperen a que se acerquen!!!

—resonó la voz ronca del barón, y los arqueros obedecieron sus palabras.

El guardia que estaba junto al barón también observaba a sus enemigos, que avanzaban lentamente hacia sus camaradas encargados de contenerlos.

En cuanto sus adversarios empezaron a esprintar, el guardia le susurró: —Da la orden de disparar.

—El barón asintió, pues sabía que el guardia que lo protegía entendía de batallas más que él.

—¡¡¡Fuego!!!

—gritó con todas sus fuerzas, al tiempo que soltaba los dedos que tensaban la cuerda de su arco.

Una tormenta de flechas surcó el aire, y los jinetes enemigos, que acababan de lanzarse a la carga, no tuvieron más remedio que hacer frente a la lluvia de flechas.

Los que iban a la vanguardia de la caballería enemiga lograron superar el alcance efectivo de la andanada que se acababa de soltar, pero los que iban detrás no tuvieron tanta suerte y fueron recibidos por el aguacero de flechas.

Algunos jinetes cayeron cuando las flechas que los alcanzaban se colaban por los huecos de sus armaduras y el dolor repentino les hacía perder el equilibrio, pero los más experimentados se limitaron a gruñir de dolor y continuaron con la carga.

La segunda andanada llegó más rápido que la primera y redujo las filas enemigas, aunque solo fuera un poco, pues acertar a un blanco en movimiento con arco y flecha es más difícil de lo que parece.

Los arqueros deben predecir la zona en la que se encontrarán sus objetivos y disparar hacia allí; tienen que disparar por delante de la trayectoria que siguen sus enemigos, o de lo contrario, es seguro que fallarán.

Disparar en línea recta es más fácil que en parábola, porque requiere tener en cuenta menos factores, y a veces los arqueros simplemente disparan sus flechas al aire a ciegas, con la esperanza de que alcancen algo al caer.

La caballería enemiga soportó la tormenta de flechas y ya estaba a solo unos pasos del objetivo más cercano sobre el que podían desahogar su furia.

Los soldados en la primera línea de la compacta formación de infantería podían ver con claridad la expresión demencial de los jinetes que se dirigían hacia ellos blandiendo sus armas.

El Barón Masud y los arqueros siguieron acribillando a sus enemigos con flechas mientras su infantería aliada los contenía, manteniéndolos en el sitio.

La formación de la infantería que bloqueaba el paso seguía intacta; a pesar de que se habían abierto algunos huecos, lograron cubrirlos a tiempo antes de que sus enemigos pudieran aprovecharlos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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