El Ascenso de la Horda - Capítulo 327
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327: Capítulo 327 327: Capítulo 327 —Serían dos monedas, amable señor.
—Apis levantó dos dedos hacia el hombre encapuchado que estaba sentado a la barra y luego se puso a limpiar con un paño una de las pocas jarras que tenía bajo el mostrador, no porque le apeteciera o le importara mucho la suciedad acumulada, sino porque no tenía otra cosa que hacer en ese momento.
La Taberna de la Cuerda Sibilante no solía tener muchos clientes, pero con la inminente amenaza de guerra, toda clase de gente abarrotaba las tabernas.
Los hombres intentaban ahogar sus miedos en alcohol y buscar una liberación momentánea de las desdichas del mundo mientras se tambaleaban borrachos.
Durante más de cuatro años, Apis había atendido a muchos clientes y rara vez olvidaba el rostro de sus parroquianos, pero con los repentinos reclutamientos, tenía más clientes frecuentando su local.
No es que quisiera quejarse, ya que más clientes significaba más dinero para él, pero las constantes peleas se estaban volviendo algo tan habitual que tenía que reemplazar a menudo sus taburetes y mesas, pues en cada trifulca, solo unos pocos quedaban intactos.
Apis no le quitaba el ojo de encima al recién llegado, ya que vestía una capa y permanecía en el rincón más oscuro, lejos de las antorchas.
No le importaba quién era aquella persona ni por qué estaba allí, pero si era un fugitivo perseguido por algún pez gordo, pondrían su local patas arriba si daban con él.
—¡Suelta eso!
—le gritó Apis a un cliente borracho que intentaba salir de la taberna con una de sus sillas, dando traspiés y farfullando algo acerca de que era la dama más hermosa que jamás había conocido.
—¿No ves que estoy hablando con esta bella dama… hip…?
—replicó el borracho.
Acto seguido, se puso a acariciar uno de los brazos de la silla y continuó su camino hacia la salida.
Las risas retumbaron en la taberna mientras los hombres disfrutaban de la escena.
—¡Vaya!
Allá va una de mis sillas nuevas… —Apis se llevó una mano a la cara, impotente, pues no podía dejar la barra desatendida al ser el único que trabajaba en su propio establecimiento.
Nunca se había molestado en contratar a nadie que le ayudara porque no quería que otros husmearan por su local; prefería estar solo y, a diferencia de la mayoría, lo disfrutaba.
Su local no parecía una taberna en condiciones, a diferencia de otros, porque nunca se molestaba en colocar las mesas y los taburetes de una forma concreta, ya que sus clientes siempre acababan por reorganizarlos a su antojo.
—¿Eres nuevo por aquí?
—intentó entablar conversación con la figura que se ocultaba en un rincón de la barra.
El hombre encapuchado no respondió y siguió con la vista clavada en su jarra de cerveza.
—Poco hablador, ¿eh…?
—Apis negó con la cabeza e ignoró a la silenciosa figura, aunque sin quitarle el ojo de encima por si acaso.
Unos instantes después, la figura encapuchada se levantó y abandonó la taberna sin mediar palabra.
Apis observó cómo se alejaba la misteriosa figura y luego se dirigió al rincón donde había dejado la jarra.
La tomó y la acercó para limpiarla, pero notó que la jarra en su mano parecía extraña… seguía pesada.
Desvió la mirada hacia ella y vio que todavía estaba llena casi hasta el borde… La figura encapuchada no la había tocado.
—Qué tipo más extraño… —masculló, y estuvo a punto de tirar el contenido de la jarra, pues no estaba seguro de si la cerveza que contenía aún se podía beber.
De nada le serviría morir envenenado por tacaño.
*****
Tras despachar a sus últimos clientes, Apis empezó a echar el cerrojo a la puerta de su local.
Ya era de madrugada, apenas unas horas antes de que la luz del alba ahuyentara la oscuridad.
—Veo que sigues trabajando solo… —dijo una voz repentina que alarmó a Apis, quien se dio la vuelta mientras su mano palpaba la empuñadura de la daga que llevaba en la cintura.
—¿Quién anda ahí?
—Su voz tenía un deje de pánico mientras se esforzaba por localizar el origen de la voz.
Las pocas antorchas no le ayudaron mucho en su búsqueda, pues había muchos rincones oscuros en su local a los que nunca llegaba la luz, ni siquiera de día.
Una risita ahogada crispó aún más los nervios de Apis, que se esforzaba por encontrar a la persona que estaba jugando con él.
Un súbito destello en la oscuridad lo obligó a retroceder, apoyándose en la puerta que acababa de cerrar instantes antes.
Una daga negra se clavó en el viejo suelo de madera con un golpe sordo, a solo unos pasos de Apis.
—Las sombras necesitan un lugar donde reunirse y prefiero el sitio de siempre… Ve a prepararlo para esta noche —dijo la voz en la oscuridad.
Sus palabras confundieron a Apis al principio, pero entonces vio la empuñadura de la daga que tenía delante y por fin se dio cuenta de quién estaba jugando con él.
—Lo prepararé para esta noche.
—Asintió, recogió la daga y la arrojó hacia donde creía que se encontraba su dueño.
No se oyó el sonido que esperaba; la daga que acababa de lanzar se clavó en el oscuro rincón de la barra donde antes había estado el hombre encapuchado.
Negando con la cabeza, decepcionado, Apis fue a recuperar la daga, pero ya no estaba allí.
Solo quedaba la muesca que había dejado en la madera.
Esa era la razón principal por la que Apis no quería contratar a nadie para que lo ayudara en su local: tenía asuntos que debían mantenerse ocultos para los demás.
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