El Ascenso de la Horda - Capítulo 70
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70: Capítulo 70 70: Capítulo 70 Después de cuatro días, lo que quedaba del Clan Warghen llegó finalmente con la fría brisa de la mañana.
Solo quedaban unos pocos, apenas trescientos en total, incluidas las orcas y los jóvenes que aún no tenían edad para participar en batallas.
Pero los acompañaba una manada muy grande de wargos, que superaba en más del doble su número.
Haguk se adelantó con suma seriedad en el rostro e hincó una rodilla en el suelo ante Xiao Chen.
—Mi jefe, le presento al Clan Warghen.
Nosotros y nuestros wargos juramos lealtad a usted y a su causa.
Xiao Chen asintió y le sonrió a Haguk.
Se le acercó y le pasó un brazo por los hombros al jefe del clan.
—Aquí, en mi tribu, todos somos iguales a menos que estemos en el campo de batalla.
Con el saludo normal es suficiente.
Somos una raza de guerreros, y los guerreros no se arrodillan por nada, salvo en ocasiones especiales.
Haguk miró a su nuevo caudillo y sonrió en señal de comprensión.
Observó lo que quedaba del Clan Warghen y alzó la cabeza al cielo con un fuerte aullido, y los miembros de su clan lo siguieron, al igual que los wargos.
La aldea se llenó de los aullidos del Clan Warghen y sus wargos.
Cuando los aullidos cesaron, el suelo empezó a temblar mientras una enorme polvareda se alzaba en el aire.
Todo se sacudía.
Haguk tenía una sonrisa de complicidad en el rostro, pues sabía quién estaba a punto de llegar.
Xiao Chen se subió a las murallas del norte y avistó la enorme manada de Rhakaddons en todo su esplendor, que corrían con todas sus fuerzas hacia las puertas.
—¡Abran las puertas por completo!
—gritó, ya que los enormes cuerpos de los Rhakaddons y su gran número de seguro no cabrían por las puertas a medio abrir.
Dug’mhar, fiel a su estilo, dio una voltereta hacia adelante tras tirar de las riendas de su corcel para detenerlo.
Las pezuñas de su Rhakaddon derraparon un par de metros antes de frenar en seco.
Con su habitual entrada dramática, Dug’mhar posó flexionando los músculos antes de hacer una reverencia a Xiao Chen.
—Nosotros, el Clan del Retumbo, estamos listos para retumbar por el jefe.
Xiao Chen se limitó a asentir en señal de reconocimiento y echó un vistazo a las enormes monturas del Clan del Retumbo.
Había más de tres mil orcos junto a los Rhakaddons, que sin duda serían una excelente adición para su ejército.
*****
Xiao Chen equipó a los jinetes de Rhakaddon con armaduras de cuero y las ballestas escopeta, y los puso a entrenar bajo el mando del siempre estricto Sakh’arran.
Primero se les entrenó para disparar parados y, luego, en movimiento sobre sus corceles.
El Clan Warghen no recibió ningún entrenamiento especial, a diferencia del Clan del Retumbo, pues su propósito era flanquear a los enemigos cuando la batalla ya estuviera en marcha y ambos ejércitos se hubieran enzarzado por completo en el combate.
Intentaron llevar armaduras pesadas de metal, pero esto dificultaba su maniobrabilidad y los ralentizaba, lo cual no se ajustaba a su estilo de combate.
Así que equiparon a los guerreros del Clan Warghen con el mismo tipo de armadura de cuero que el Clan del Retumbo.
Durante los últimos días, entrenaron al Clan del Retumbo y al Clan Warghen con ejercicios que, tal y como había solicitado Xiao Chen, hacían especial hincapié en la obediencia y la disciplina.
No necesitaba guerreros muy fuertes, sino obedientes y disciplinados.
¿De qué sirve tener un ejército abrumador si no obedece las órdenes que se le dan y actúa como le place?
El curso de una batalla es siempre cambiante, y los errores más pequeños pueden magnificarse y convertirse en otros mayores, lo que podría costarles la victoria.
*****
No todos los miembros del Clan del Retumbo tenían un Rhakaddon para cabalgar en la batalla, razón por la cual la mayoría fueron entrenados de la misma forma que el Primer Batallón de Yohan, donde serían equipados con armaduras de metal, un casco, un escudo grande, una espada de estocada y jabalinas.
Xiao Chen observaba los entrenamientos de los nuevos reclutas bajo la mirada escrutadora de Sakh’arran y de quien hacía las veces de su ayudante, Galum’nor.
—En más de un sentido, tu forma de entrenar a los guerreros difiere mucho de todo lo que he visto hasta ahora —comentó Adhalia mientras observaba cómo los orcos gruñían de fastidio y agotamiento, entrenando bajo el calor abrasador del sol.
—Sabes, eres un orco de lo más peculiar.
Posees conocimientos que tu raza no debería tener.
Has aplicado ideas extrañas que no se ven en ninguna otra parte —continuó, mientras señalaba la alta muralla de hormigón y las enormes armas que había sobre ella.
—¿Eso es un cumplido?
—preguntó Xiao Chen, mirándola de reojo, inseguro de cómo tomarse sus comentarios.
No estaba seguro de si Adhalia lo halagaba o lo insultaba, pero no le importaba.
Mientras los humanos no se metieran con él, él no se metería con ellos; pero si provocaban su ira, experimentarían su cólera y aprenderían que con su ejército no se juega.
—Es un cumplido, jefe.
Solo espero que no hayas olvidado el trato que tienes conmigo.
Arrasa con la Familia Real Ereiana y tendrás mi lealtad incondicional, pero, hasta entonces, no esperes mucho de mí.
Y sé que me estás vigilando por orden tuya —dijo, sonriendo mientras observaba a los orcos, que estaban empapados en sudor de pies a cabeza.
Xiao Chen se sorprendió de que Adhalia supiera que la estaban vigilando.
Parecía que había subestimado mucho sus capacidades.
—No te preocupes, mantendré la boca cerrada sobre todo lo que he visto aquí.
Lo juro por el nombre de Faerush y el linaje de mi familia.
Hasta entonces, mi jefe.
Adhalia se alejó lentamente mientras Xiao Chen la miraba de espaldas.
No estaba convencido por sus palabras, pero el creciente índice de confianza que mostraba el sistema lo persuadió en parte para mantenerla con vida, el cual se encontraba ahora por encima de los sesenta puntos.
Cuando Adhalia desapareció de la vista, una orca se arrodilló apresuradamente frente a Xiao Chen, con la cabeza pegada al suelo.
—He fracasado en la tarea que me ha encomendado, jefe.
Aceptaré el castigo por mi fracaso.
—Levántate, no es culpa tuya.
Ha sido mía por subestimarla.
Sigue vigilándola e infórmame si encuentras algo sospechoso —dijo Xiao Chen, despidiendo con un gesto de la mano a la orca a la que había encargado vigilar a Adhalia.
—Le agradezco su piedad y amabilidad, caudillo —dijo la orca, haciendo una reverencia antes de desaparecer para seguir a Adhalia y continuar vigilándola.
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