Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

El Ascenso de los Erenford - Capítulo 87

  1. Inicio
  2. El Ascenso de los Erenford
  3. Capítulo 87 - Capítulo 87: LXXXVII
Anterior
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 87: LXXXVII

El frío viento de las montañas de Karador rebotaba contra su cabello plateado como un millar de dagas invisibles, cortando el aire con un silbido agudo que parecía susurrar antiguas maldiciones. Iván se encontraba en lo alto de un promontorio rocoso, envuelto en su capa negra ribeteada de oro y carmesí, contemplando el paisaje que se extendía ante él como un tapiz tejido por dioses olvidados. Las vastas e inestimables cumbres nevadas se erguían como titanes dormidos, una cadena interminable de picos dentados y blancos que perforaban las nubes bajas de los primero dias de invierno. Montañas y cordilleras que se perdían en el horizonte, donde miles de columnas de humo negro y gris se elevaban desde las fortalezas de montaña de Zusian y Thaekar, entremezcladas con las interminables ciudades mineras y pueblos que salpicaban las laderas como heridas abiertas en la piel de la tierra. Esas estructuras, eran bastiones que habían resistido siglos de asedios y batallas en esas montañas malditas.

Esas montañas estaban costadas con un verdadero baño de sangre, pero si era sincero y pragmático consigo mismo, valía la pena cada gota derramada. Se decía que que no se había extraído ni un uno por ciento de todas las riquezas de Karador. Y eso que se llevaba minando esas cadenas montañosas desde antes de que los clanes pasaran a ser reinos independientes, y los reinos a vasallos leales de la Casa Zirak.

Según las viejas leyengas olvidado de Aurolia, Karador no siempre había sido un paraíso mineral: en los tiempos primordiales, cuando los dioses aún caminaban entre los mortales, el titán Karadorn el Forjador había sido encadenado por los antiguos elfos de las estrellas a estas mismas cumbres. Su sangre divina, al filtrarse en la roca, había impregnado la tierra con vetas de oro puro, platino reluciente y gemas que brillaban con luz propia. Pero esa bendición vino con una maldición: cada onza extraída exigía un sacrificio. Las tribus originarias, los primeros en cavar las profundidades, contaban leyendas de mineros que enloquecían al tocar el mineral maldito, de cavernas que se derrumbaban no por debilidad estructural, sino por el peso de las almas atrapadas en la piedra.

Con el paso de los siglos, cuando los clanes se unificaron bajo los primeros reyes y estos juraron vasallaje a el conquistador en el Pacto de las Siete Lunas, las minas se convirtieron en el corazón económico del este del continente. Oro para coronas, plata para armaduras, lapislázuli para los retratos reales, sal gema para preservar ejércitos enteros en campañas interminables, potasa para fertilizar las tierras donde la batalla arrasaba, hierro y cobre para forjar millones de armas, zinc, plomo y estaño para aleaciones simples, piedras preciosas para las joyas reales, y platino suficiente para sobornar a los dioses. Además de las canteras infinitas, cuyos bloques de mármol, piedra negra y granito reforzado podrían pavimentar todo el ducado de Zusian y aún sobrarían para erigir millones de castillos inexpugnables, fortalezas que desafiarían incluso a las montañas.

Sí, lo valía. Valía los mares de sangre que se estaban derramando por conquistar esas malditas montañas. Iván apretó los puños enguantados, sintiendo el frío morder su piel a través del cuero. Esas cumbres no eran solo un botín económico; eran el eje estratégico de todo el Este de Aurolia entera. Quien controlara Karador controlaría el flujo de recursos que alimentaban las guerras del este y parte del centro del continente: sin el hierro de sus minas, las armaduras de los ejércitos se oxidarían; sin el oro, los soldados desertarían. Pero el precio… el precio era un infierno. Iván lo sabía mejor que nadie. En sus dieciséis años —casi diecisiete—, había visto suficientes cadáveres para llenar tres de esas cordilleras. Y aun así, no podía ignorar su valor.

—Carajo —murmuró para sí mismo, una sonrisa lobuna curvando sus labios pálidos—. Estas malditas montañas son un infierno, pero un infierno que pagaría con creces.

Iván suspiró profundamente, el vapor de su aliento disipándose en el viento gélido, y dirigió su mirada hacia abajo donde se extendía su ejercito, un campamento que se extendía como un mar oscuro y palpitante a sus pies. Un océano de enormes tiendas de campaña negras y carmesí, con destellos intermitentes de los ribetes dorados que brillaban como estrellas caídas bajo la luz de las antorchas y los fuegos de campamento. Allí acampaban las cien Legiones del Duque, su ejército personal de élite: tropas veteranas, curtidas en cientos de campañas sangrientas, entrenadas hasta el límite humano y más allá. Cuarenta y cuatro millones de legionarios, una cifra que haría palidecer a cualquier territorio del continente. No eran simples soldados: eran máquinas de guerra vivientes, forjadas en las forjas de Zusian, equipados con las mejores armaduras y armas que podían forjar. Habían sido dejados en espera durante semanas, conteniendo su sed de sangre que solo crecía con cada día de inactividad. Iván podía sentir su impaciencia desde allí arriba: el rumor sordo de conversaciones en voz baja, el clangor ocasional de las armas afilándose, el olor a sudor, cuero y metal caliente que ascendía mezclado con el humo de las hogueras donde se asaban carnes de res y cerdo.

Y junto a ellos, imponentes en su propia sección del campamento que estaba rodeando su propia tienda de campaña, se encontraba su guardia personal: cuatrocientos mil Legionarios de las Sombras. Estos no eran meros élites; eran leyendas vivas, las mejores tropas del este de Aurolia. Entrenados para ser la elite en todo sentido, maestros en todas las armas, en la equitación, en la estrategia y mas importante, sumamente leales a los Erenford. Su sed de sangre era incluso mayor que la de los legionarios regulares; se decía que bebían el terror de sus enemigos como si fuera vino añejo, simples leyendas para asustar pero que subía la moral. Iván tenía confianza absoluta en sus hombres y en los comandantes a su mando, pero no tenía un contrincante fácil.

Frente a él, al otro lado del paso, acampaba el ejército enemigo. Ilarius Ronkler, conocido en todo Aurolia como “El Demonio Azul”, primer general del Marquesado de Thaekar. Aunque joven —veinticuatro años recién cumplidos—, era un hombre de talento militar natural, un prodigio que a corta edad había ascendido a primer general de su territorio. Capaz de leer el terreno como un libro abierto, con una mente estratégica que rivalizaba con los grandes estrategas del continente y incluso de otros continentes y razas, desde los legendarios generales elfos de Aeltharion Vael hasta los tácticos enanos de Sylvarath En’Quor. Iván lo observaba, el hombre cada atardecer miraba su lado como él lo estaba haciendo, allí estaba Ilarius, montado sobre su yegua blanca, su armadura reluciendo de plata y zafiro, el cabello negro azabache ondeando al viento.

“El Demonio Azul” era un prodigio de un linaje militar milenario, descendiente directo de generales que habían forjado reinos en campañas legendarias. Sus tácticas se transmitían como reliquias sagradas en pergaminos sellados con sangre, heredadas de ancestros que habían derrotado a ejércitos comandados por grandes generales.

Bueno, Iván también lo era: un prodigio de un linaje incluso más antiguo, cuyas raíces se hundían en las crónicas de Aurolia, en la sangre de los reyes del Este y de la misma de los fundadores del primer y único imperio que unifico a toda Aurolia. Pero el problema era la experiencia. Iván apenas tenía dieciséis años y solo una guerra a su nombre, una que había ganado en circunstancias extraordinarias. Ilarius, en cambio, había empezado su carrera militar a los catorce, liderando escaramuzas en fronteras hostiles donde cada error costaba vidas enteras de aldeanos y soldados. Había acumulado victorias cada vez más grandes, ganando más de cincuenta guerras y doscientas batallas. Su reputación lo hacía parecer como si llevara medio siglo de guerras sobre los hombros, con una presencia que era suficiente para que veteranos endurecidos se inclinaran ante él en silencio reverencial. Iván lo sabía: este no sería un enfrentamiento fácil. Sería una danza de titanes, donde un solo error podría costar millones de vidas.

Ilarius tenía veinte millones doscientos ochenta mil soldados de los Batallones de Plata intactos, un ejército compuesto por más de la mitad de las tropas de élite de los demás Batallones de Plata que estaban combatiendo en los otros cuatro frentes en la batalla por Karador. Esas tropas eran veteranas y muy duras, forjadas en batallas sanguinarias y mas importante, con sed de sangre zusiana desde la Guerra de Coalición y la gran masacre por parte de Thornflic como venganza, un mar de hombre con armaduras que brillaban como un mar de estrellas bajo la luna creciente. Además de contar con las compañías mercenarias de Los Cien Juramentados: cien de los duelistas más fuertes del continente, cada uno con más de cien victorias no de duelos comunes, sino de guerras enteras. Hombres —y algunas mujeres— que habían decidido batallas completas con sus hojas, derribando a grandes generales en combates singulares o liderando cargas imposibles que penetraban ejércitos de millones como un cuchillo en mantequilla. Su valor radicaba en la calidad, no en la cantidad; se les contrataba para duelos decisivos, asesinatos selectivos de comandantes, protección de élite, operando en el corazón de la refriega con una destreza que inspiraba temor y lealtad a partes iguales. Comandados por Ser Aldher Kael, “el Último que Juró”, un hombre mitad elfo mitad humano que se decía, a pesar de su aparente apariencia joven —piel pálida como la nieve y ojos azul zafiro eternos—, había guerreado desde la época de Arkhos “El Unificado”.

También contaban con Los Carniceros de Arkar, mercenarios demi-humanos brutales y suicidas: hombres oso y lobo extremadamente agresivos y violentos, utilizados como unidades de ruptura en el frente, cargando con una furia que destrozaban formaciones como si fueran pergamino viejo. Un millón cuatrocientos noventa mil demi-humanos que vivían por y para la guerra, sus campamentos llenos de rugidos guturales, peleas rituales que afinaban sus instintos asesinos y el olor a sangre fresca de presas cazadas en las montañas. Comandados por Grondhaal “Sangre Lenta”, un hombre oso de figura imponente, con pelaje negro salpicado de cicatrices blancas que brillaban como rayos bajo la luz de las hogueras, ojos amarillos que escudriñaban debilidades en un instante, colmillos amarillentos que goteaban saliva al olfatear el miedo, y una voz grave que retumbaba como un trueno lejano al dar órdenes. Se decía que era tan cruel que causaba que hasta el más osado se paralizara ante él; habia escuchado que en una batalla pasada, había devorado el corazón de un general enemigo frente a sus tropas para quebrar su moral.

El campo de batalla donde se daría su batalla se extendía ante él como una herida abierta en el paisaje: el paso de Varakor, un vasto terreno abierto enclavado entre las montañas imponentes, donde el suelo era una mezcla de hierba dura y rocas dispersas, salpicado de cráteres antiguos de guerras pasadas. Lo suficientemente amplio para permitir formaciones tradicionales de infantería en bloques compactos y cargas de caballería masivas, con espacio para maniobras de flanqueo y contraataques. No era un valle angosto que favoreciera emboscadas ni una cima elevada que diera ventaja a los tiradores; en cambio, ofrecía un equilibrio precario, un espacio donde la superioridad numérica y la disciplina podrían inclinar la balanza, pero donde un error en el despliegue dejaría expuestas las flanqueadas a contraataques veloces y letales. Iván frunció el ceño mientras el frío viento invernal dispersaba sus cabellos platinados, llevándose consigo el eco de un aullido lejano de los lobos de Arkar.

Esa campaña estaba siendo más difícil de lo esperado. Ambos bandos habían tenido prácticamente la misma estrategia relacionada al movimiento de tropas: básicamente crear cinco frentes de batalla, dos por cada flanco y uno central. Las alas, obviamente, tenían que avanzar para hacer el rodeo del centro y poder acabar con el ejército principal, el cual era el del medio. Pero las batallas de ese mes entero habían sido poco más que baños de sangre indiscriminados, encarnizadas masacres que teñían la nieve de rojo carmesí y llenaban el aire de gritos que resonaban durante días.

A su flanco norte, Roderic estaba destrozando a los generales thaekianos Friedrich von Schwarzeck y Wilhelm von Thornhart. Por ese lado no se preocupaba: Roderic no por nada era el primer general de Zusian. Además, Garrick había demostrado ser digno del rango de general, haciendo retroceder a los generales Erich Nachtwehr e Ilsa von Vehlendorf y coordinándose en el avance en el flanco norte, dándole la ventaja a Zusian. Pero su flanco sur, el cual además era el más peligroso gracias a la presencia de los condados de Hallbrück y Dornath, quienes habían estado reforzando sus fronteras en sus territorios en Karador. Según se informaba Hallbrück había reunido casi toda su fuerza militar, setecientas Legiones Reales del condado de Hallbrück, un total de once millones novecientos mil tropas. De parte de Dornath habían reunido a quinientas Compañías de la Serpiente de Acero, también casi la totalidad de sus fuerzas militares, unos once millones de tropas profesionales.

Aunque no estaban aliados en ningún sentido formal —antiguas rencillas de sangre entre sus casas los mantenían divididos—, sería peligroso tener a tantas tropas en un flanco que estaba perdiendo. Ya que a pesar de tener a dos de sus generales más ofensivos en su flanco sur, los hermanos Drakov, el general thaekiano Gustav Halberdthal “El Martillo Silente” había demostrado ser un general más peligroso de lo previsto. Gustav había superado a los hermanos Drakov en una emboscada magistral, usando a la propia Karador como su campo de caza para dividir sus fuerzas y hacer que Quentin, quien estaba teniendo un buen avance contra Albrecht von Drakenwald y Konrad Eisenfaust, ahora se encontraba aislado.

Gustav había podido cortar el flanco sur: básicamente, mientras antes los Drakov y Quentin podían apoyarse de cierta manera mutua, ahora estaban aislados y Quentin estaba separado de los demas ejércitos, rodeado por los Batallones de Plata de Albrecht von Drakenwald y Konrad Eisenfaust y de los mercenarios de Los Hijos del Alarido. Dejando que ambos ejércitos de Thaekar avanzaran y hicieran que sus dos generales entraran en modo defensa. Así que básicamente ambos estaban en igualdad de condiciones, haciendo que tanto él, Iván, como Ilarius tuvieran que entrar en combate para desigualar el campo de batalla.

Pero Iván no era un simple general; era el heredero de los Erenford, y no un futuro duque sino el futuro príncipe de Zusian, un título que con él renacería de las cenizas de un linaje que había sido casi extinguido, forjando desde los restos de la antigua gloria un nuevo orden que doblegaría a todo el este de Aurolia bajo su voluntad. Esta vez el era un depredador, no una presa. Tiró con fuerza las riendas de Eclipse y se retiro. Los Legionarios de las Sombras que formaban su guardia personal inmediata lo siguieron de cerca, sus pesadas armaduras de placas negras resonando con un clangor metálico suave contra el suelo rocoso, un sonido que advertía de su presencia letal sin necesidad de palabras.

Monto a través del campamento, y el peso de la densidad humana se hizo casi asfixiante. Era un mar interminable de hombres, decenas de miles visibles solo en aquel sector inmediato, todos ellos soldados curtidos por años de campañas, rostros marcados por cicatrices profundas que cruzaban mejillas, frentes y cuellos como mapas de victorias y derrotas. Ojos fieros, endurecidos por el hambre, el frío y la muerte constante, brillaban bajo la luz anaranjada de miles de hogueras que crepitaban en la noche invernal. Algunos reían con carcajadas roncas mientras pasaban odres de vino o tarros de cerveza de mano en mano, bebiendo con la avidez de quien sabe que mañana podría no haber un nuevo amanecer; otros masticaban trozos de carne asada —venado de montaña, cerdo salvaje, incluso raciones de cerdo salado de los barriles— con la determinación sombría de quien devora lo que podría ser su última comida. El aire estaba cargado de olores intensos: sudor rancio mezclado con cuero engrasado, humo de leña húmeda, metal caliente de las forjas portátiles donde se afilaban las armas, y el hedor distante de los latrines cavados a toda prisa. Los caballos de guerra, bestias colosales de pelaje oscuro y músculos tensos, eran preparados con meticulosidad: mozos de cuadra cepillaban sus flancos, ajustaban bardas y reparaban los imperfectos, revisaban herraduras y cargaban alforjas con raciones extra. Nadie había dado la orden explícita, pero en el ambiente flotaba esa certeza eléctrica, esa tensión palpable que precede a la carnicería: mañana sería el día. El día en que, por fin desde el comienzo de la campaña en Karador, las legiones entrarían en combate pleno, y el paso de Varakor se teñiría de rojo.

Más adelante, Iván se detuvo un instante para observar cómo movilizaban sus nuevas creaciones. Eran cañones de proporciones colosales, fabricados con bronce bruñido que reflejaba las llamas como espejos de guerra, reforzados con bandas de hierro templado que los hacían resistir la presión brutal de la pólvora. Cada uno medía casi cuatro metros de largo, con una boca amplia y tallada con maestría artesanal como si fuera la mandíbula abierta de un lobo enfurecido, colmillos afilados incluidos en el diseño. A lo largo del cañón se extendían relieves intrincados de lobos corriendo a toda velocidad, aullando a la luna, devorando presas indefensas; un desfile salvaje de poder que parecía cobrar vida con el parpadeo de las hogueras, como si los animales de bronce fueran a saltar del metal en cualquier momento. Runas antiguas decoraban la culata, y el escudo familiar de los Erenford estaba fundido en alto relieve sobre el lateral. El afuste era una estructura pesada de madera de ébano negro, reforzada con placas metálicas remachadas a mano, montada sobre anchas ruedas de madera maciza recubiertas de hierro con grabados ornamentales de cadenas y calaveras. Las abrazaderas, tornillos y pernos eran una mezcla precisa de bronce y acero, todo calibrado al milímetro por las manos expertas de Vaelith. Parecían dragones de guerra dormidos, esperando solo la orden para despertar y escupir muerte a distancias que ningún arco ni catapulta había alcanzado jamás. Equipos de artilleros sudorosos los arrastraban con cuerdas y poleas, alineándolos en baterías de diez, revisando cada detalle con la devoción de quien sabe que esas bestias de metal cambiarían el rostro de la guerra para siempre.

A poca distancia, Vaelith, el genio responsable de aquellas maravillas, caminaba de un lado a otro con evidente excitación. El hombre había estado ansioso por ver sus creaciones en acción desde el primer día de la campaña. Había ofrecido escoltas personales para que lo llevaran a observar los otros frentes de batalla, pero se había negado rotundamente; Vaelith quería dirigir personalmente cada disparo, y ningún general en su sano juicio permitiría que un erudito de taller comandara en el campo de batalla.

Como fuera, Iván no quería aguantarlo esa noche. El inventor se había pasado las últimas horas quejándose en voz alta por la falta de acción, paseando entre sus asistentes y las unidades de artillería como un padre preocupado por sus hijos. Mejor dejar que sus ayudantes y los artilleros lo soportaran; Iván tenía cosas más urgentes en la cabeza.

Se acomodó el cabello plateado con un gesto rápido de la mano enguantada y saludó con cortesía a algunos legionarios que repartían hidromiel de uno de los miles de barriles apilados en los suministros. Los hombres, sorprendidos por la cercanía, inclinaron la cabeza con respeto genuino, y uno le ofreció un cuerno lleno. Iván lo aceptó, bebió un sorbo largo y devolvió el cuerno con una sonrisa lobuna.

—Por la sangre que mañana derramaremos —murmuró, y los soldados respondieron con un rugido bajo y unánime. Pero la verdad era que no solo estaba preocupado por la situación en Karador. Le habían estado llegando reportes constantes desde el ducado de Stirba, ese territorio que se desmoronaba sin una cabeza visible que lo uniera. Lucian y Damien, los hermanos que se disputaban el trono moribundo, libraban batallas cada vez más encarnizadas y extremadamente sangrientas en los campos arrasados del centro: asedios que duraban semanas enteras, donde las murallas se derrumbaban bajo el peso de los arietes y las catapultas, choques campales en los que los cadáveres pavimentaban los campos como una alfombra macabra de cuerpos hinchados y putrefactos.

Millones de refugiados —campesinos con las manos encallecidas, artesanos cargando herramientas envueltas en trapos, familias enteras arrastrando carretas con sus últimas pertenencias, incluso soldados que desertaban y milicias que preferían abandonar sus hogares para proteger a su gente— huían hacia las fronteras de las tierras que Iván había conquistado el año anterior, cuando Stirba y Zanzíbar se habían aliado para intentar someter a Zusian.

Por una parte, eso resultaba conveniente: la población nativa los estaba viendo cada vez más como salvadores que como conquistadores u ocupantes. El horror encarnizado y violento que contaban los refugiados avivaban aun mas las atrocidades de la guerra civil —violaciones en masa, aldeas incendiadas, niños empalados como advertencia—, y eso ayudaba a consolidar la lealtad en las provincias recién anexionadas. Los campesinos besaban el suelo por donde pasaban sus legiones, y los artesanos ofrecían sus habilidades gratis a cambio de protección. Pero Iván nunca había imaginado que serían tantos. La administración que había dejado se había convertido en un dolor de cabeza colosal: ciudades, pueblos y campamentos provisionales estaban abarrotados de refugiados que requerían vigilancia constante para evitar brotes de enfermedad o revueltas. La distribución de cientos de millones de raciones estiraba las reservas hasta el límite absoluto, obligando a mandar suministros desde Zusian en trenes interminables de carretas que cruzaban puertos y caminos embarrados, un esfuerzo logístico que, aunque posible, era un suplicio constante y vulnerable a emboscadas. Además, tenía la necesidad imperiosa de integrar a millares de hombres aptos para el trabajo: enviarlos a las minas de Karador para extraer el hierro y el oro que alimentarían su guerra, a las fortificaciones para levantar murallas más altas, y quizá empezar a crear algunos ejércitos o milicias locales leales, plantando al mismo tiempo el terreno fértil cuando por fin conquistara Stirba y la anexara por completo a las tierras de Zusian. Campos que ahora yacían yermos podrían volver a dar trigo y cebada para alimentar a millones.

Pero también había rumores más inquietantes, susurrados por los exploradores que regresaban con mapas manchados de sangre seca y ojos hundidos por el agotamiento. Stirba no solo se desangraba internamente; fuerzas externas comenzaban a moverse con intenciones poco claras. El condado de Kheoven, donde residía Adrian Marsdale, el tercer hijo del difunto duque Maximiliano, junto a su esposa —la heredera legítima de esas tierras fértiles y costeras—, se había movilizado de forma abierta hacía casi tres meses. El segundo general de Stirba, Darian Khoras, el hombre que según todos los informes apoyaba a Adrian como el próximo duque legítimo de Stirba, había estado conquistando las baronías y condados costeros del Golfo de Rhenvar con una velocidad y eficacia que parecía irreal. Sus tropas, una mezcla letal de las Huestes Juradas de Sangre Stirbanas —fanáticos que luchaban con el fervor de quien ha jurado morir por la causa— y las veteranas Compañías de la Corona de Espinas del condado de Kheoven, habían tomado las rutas comerciales del Mar del Norte en cuestión de semanas: puertos clave caían uno tras otro, astilleros enteros eran capturados intactos, y flotas mercantes completas ahora navegaban bajo el mando de Kheoven, cargadas de suministros y soldados.

Darian no solo estaba anexando las tierras y a sus poblaciones; estaba anexando las fuerzas de los ejércitos vencidos por donde pasaba. Los integraba con promesas de paga regular, botín generoso y tierras para sus familias, incrementando su poder militar a un ritmo que hacía palidecer a cualquier observador neutral. Era de esperar de alguien como él: uno de los militares más peligrosos del este de Aurolia, un hombre que pudo haber ganado la guerra que tuvieron si él hubiera estado al mando desde el principio.

Pero al parecer ni Adrian ni Darian estaban satisfechos con el control del golfo y de sus tierras circundantes. Los ejércitos comandados por Darian habían comenzado a avanzar tierra adentro, atacando baronías y condados sureños con ataques rápidos que evitaban batallas prolongadas, preservando sus fuerzas para golpes más decisivos. Al principio, Iván había considerado que aquellas conquistas eran un movimiento lógico para preparar una invasión directa de Stirba y participar en la guerra civil.

Dejar que Damien y Lucian se desgastaran mutuamente en escaramuzas interminables, agotando sus recursos en asedios que duraban meses y batallas campales que dejaban campos enteros cubiertos de cadáveres putrefactos, y esperar a que sus rivales se debilitaran hasta el punto de la extenuación y luego intervenir como árbitro armado, dictando términos desde una posición de fuerza absoluta. Pero según los informes más recientes, Darian, había llamado a las Huestes de Sangre Jurada del sur —veteranos endurecidos por décadas de servicio que peleaban únicamente por recompensas en oro y tierras— y a los renegados de los Montes Grises en el oeste de Stirba, bandas de exsoldados desterrados o dados de baja que vivían del saqueo y juraban lealtad temporal a cambio de licor y monedas de oro, haciendo que esas tropas dejaran Stirba y se unieran a él en Kheoven.

Ya que su curso de sus conquistas pintaba un panorama mucho más peligroso. Sus ejércitos se dirigían, de forma demasiado evidente y deliberada, hacia la periferia de las tierras ocupadas por Zusian en los antiguos territorios de Stirba y hacia las fronteras del marquesado de Thaekar. Esas fronteras, aunque bien guarnecidas por guarniciones leales y patrullas constantes, se encontraban casualmente en la entrada norte de las montañas de Karador, el mismo flanco que Thornflic había usado para atacar Stirba. Si Darian conquistaba los territorios circundantes y decidía cruzar hacia Karador, forzaría una división inmediata de fuerzas en el flanco norte, diluyendo la potencia ofensiva que Roderic y Garrick desplegaban con tanta eficacia.

Aunque, si prefería atacar directamente a Thaekar, les estaría ayudando indirectamente y podrían conquistar Karador de manera mucho más rápida. Y si prefería pasar por los territorios de Stirba que estaban ocupados por Zusian, sería mucho mejor aún, ya que dejaría que Thornflic y Varyn pudieran reunir a las Legiones de Hierro que estaban de guarnición y enfrentar a Darian en campo abierto, donde su superioridad numérica y disciplina aplastarían a el gran ejercito improvisado del general stirbano.

Como fuese, prefería enfocarse en la batalla de mañana. Cuando estaba entrando al anillo defensivo formado por las tiendas negras de los Legionarios de las Sombras alrededor de su tienda de campaña personal, un jinete se acercó al galope, se acerco visiblemente alarmado.

—¡Su gracia! ¡Un mensajero thaekiano solicita verlo! —informó el jinete con una torpe reverencia, casi cayendo del caballo por la prisa.

Iván se limitó a asentir con la cabeza y espoleó a Eclipse al frente. Iría a ver al mensajero; lo hacía para no dejar que un soldado enemigo viera el interior del campamento y llevara detalles valiosos de vuelta.

Al llegar se encontró con el muro hecho por carromatos que funcionaban como muralla improvisada y torres de madera elevadas. Era una defensa formidable: dos líneas paralelas de carros pesados, cargados de sacos de grava y lastrados con piedras, unidos por cadenas gruesas y coronados con estacas afiladas que brillaban amenazantes. Entre ellas se alzaban torres de madera improvisadas de diez metros de altura, reforzadas con vigas cruzadas y plataformas donde arqueros y ballesteros se mantenían en guardia, arcos tensados y saetas listas. Abajo, la infantería pesada estaba formada en bloques perfectos para cualquier eventualidad: filas y filas de hombres con alabardas de hoja ancha y escudos oblongos reluciendo con un brillo mortífero bajo el parpadeo de las antorchas, el metal pulido reflejando llamas y rostros endurecidos. Cada soldado respiraba con disciplina absoluta, el aliento formando nubes blancas en el frío, listos para cerrar filas y convertir el paso en un matadero en cuestión de segundos. Cuando movieron los carromatos de las dos líneas que funcionaban como puertas, con un crujido de madera y el tintineo de cadenas, sus Legionarios de las Sombras cabalgaron primero, rodeando al mensajero en un círculo perfecto e impenetrable.

El mensajero era un hombre montado, solo vestido con un gambesón plateado sencillo y un palo con una bandera blanca que ondeaba débilmente al viento gélido. Los legionarios apuntaron sus alabardas directamente hacia él, las puntas a escasos centímetros de su pecho. El comandante de los cinco mil legionarios de las sombras que lo acompañaban ese día, el Comandante Nikolai Razvanov, habló por él con voz grave y cortante:

—¿Qué asunto tiene Thaekar con su gracia Iván?

Mientras Iván observaba en silencio, resguardado por su guardia personal.

—Vengo en nombre del primer general de Thaekar y general de este gran ejército, Ilarius Ronkler —dijo el hombre con rostro serio, aunque su voz traicionaba un leve temblor—. Para darle un mensaje al heredero del ducado de Zusian y de la casa Erenford, Iván Erenford.

—¿Y el mensaje sería? —dijo Iván acercándose lentamente a caballo. Lo miró directamente a los ojos, y al instante el mensajero palideció visiblemente, como si aquellos ojos zafiro lo hubieran atravesado hasta el alma, despojándolo de cualquier máscara de valentía y dejando al descubierto el miedo puro que todo hombre siente ante un depredador nato.

—S-sí, yo-yo… —el hombre carraspeó con fuerza, tragando saliva para recomponerse y hablar con mayor claridad—. El general Ilarius solicita a primera hora de la mañana un parlamento. Pide que sea en medio del paso de Varakor. Usted puede dar los términos de la seguridad durante el parlamento y otros términos.

Iván se quedó mirándolo fijamente hasta que el hombre bajó la mirada, incapaz de sostener aquellos ojos que parecían leer cada intención oculta. Al mismo tiempo, pensó en silencio: ¿por qué querría Ilarius hablar con él? ¿Un truco? ¿Una oferta de rendición? ¿O simplemente curiosidad entre dos depredadores que se olfateaban a distancia? Como fuese, tal vez solo fuera interés mutuo. Él también quería ver cara a cara al hombre con quien se enfrentaría al amanecer.

—Acepto el parlamento —respondió Iván con voz calmada pero autoritaria—. En cuanto a los términos de protección, ambos solo tendremos una guardia de doscientos hombres, y será en diferentes carpas. Cada uno llevará la propia. Ninguno tendrá armadura más allá de una cota de malla. También ambos iremos desarmados. Son mis condiciones.

El mensajero asintió con rapidez, visiblemente aliviado de que la audiencia terminara sin derramamiento de sangre inmediato.

Iván lo observó mientras el hombre se retiraba bajo escolta estricta de los Legionarios de las Sombras, la bandera blanca desapareciendo en la oscuridad del paso como un fantasma que se disuelve en la noche. El mensajero cabalgaba encorvado, flanqueado por dos sombras silenciosas que lo escoltaban con la precisión letal de quienes habían practicado aquella rutina mil veces: una mano en la empuñadura de su alabarda, la otra lista en las riendas de sus caballos. Iván permaneció inmóvil sobre Eclipse durante unos segundos más, dejando que el viento helado de Karador le azotara el rostro, como si quisiera grabar en su memoria cada detalle de aquella retirada. El Demonio Azul había extendido la mano primero; ahora él decidiría cómo cerrarla.

De regreso hacia el corazón del campamento, Iván se volvió hacia Nikolai, quien aguardaba a dos pasos de distancia, erguido como una estatua de hierro forjado en las fraguas de las montañas. El comandante, con su rostro marcado por una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda desde la ceja hasta la mandíbula, mantenía la mirada fija en su señor, esperando.

—Prepara todo para el amanecer —ordenó Iván con voz baja pero firme, cada palabra cortante como el filo de una espada recién afilada—. Llama a la mitad de los comandantes de las sombras: que ellos y cinco de sus mejores hombres me acompañen. Infórmale también a Ulfric; él será parte de mi guardia personal. Quiero a los más letales y feroces. Dobla la guardia esta noche en todo el perímetro: que no pase ni un ratón sin ser visto. Y haz que las legiones formen en ofensiva para mañana. Quiero a los Legionarios de las Sombras y a los jinetes pesados de élite formando la vanguardia. Que los cañones queden en la segunda línea, listos para abrir fuego en cuanto el parlamento termine. No daremos cuartel si Ilarius decide traicionar su propia bandera blanca.

Nikolai asintió con un gesto seco, sin una sola pregunta. Sus ojos, fríos como el acero, reflejaron un brillo de anticipación.

—Se hará como ordena, su gracia. Los comandantes estarán listos antes del primer rayo de sol. Ulfric ya ha sido avisado; lo vi afilando su hacha hace una hora. Las legiones se desplegarán al alba como ordene.

Iván no añadió más palabras. Espoleó a Eclipse y volvió al anillo defensivo, esa fortaleza viva formada por las tiendas de los Legionarios de las Sombras. Dispuestas en círculos concéntricos alrededor de su tienda personal, las tiendas negras se fundían con la noche gracias a un tejido especial teñido con tintes de raíces de montaña que absorbían la luz en lugar de reflejarla. Cada una medía lo suficiente para albergar a diez hombres, bajas y anchas, con techos inclinados que desviaban el viento y la nieve. Las paredes exteriores estaban reforzadas con placas de cuero endurecido y varillas de hierro discretas, capaces de detener una flecha perdida o el impacto de una lanza. En las entradas, guardias inmóviles como estatuas sostenían alabardas negras, sus rostros ocultos bajo sus yelmos que solo dejaban ver ojos entrenados para detectar el peligro a cien pasos. Pequeños braseros de carbón ardían en el interior, visibles solo como un tenue resplandor rojo a través de rendijas controladas, y el suelo alrededor de cada tienda estaba sembrado de trampas sutiles: cuerdas tensas y estacas ocultas que harían tropezar a cualquier intruso. El anillo entero olía a cuero engrasado, metal frío y el leve aroma de aceite para armas.

Iván desmontó con un movimiento fluido, sintiendo cómo la fatiga del día se acumulaba en sus músculos jóvenes pero ya endurecidos. Al instante, varios sirvientes surgieron de las sombras del anillo, silenciosos y eficientes como siempre. Uno de ellos, un muchacho de apenas dieciséis años con las manos encallecidas por años de servicio, tomó las riendas de Eclipse y se lo llevó con reverencia, murmurando palabras calmantes al animal mientras lo guiaba hacia los corrales cercanos. Otro sirviente, un hombre mayor de barba entrecana llamado Tomas, se acercó portando una bandeja cubierta con un paño limpio. Sobre ella, un jarro de agua fresca y cristalina, extraída de los manantiales puros de las cumbres cercanas y mantenida en cubas de madera de cedro para conservar su pureza helada, junto con una selección de platos que llenaban el aire con aromas irresistibles.

Entró en su tienda personal, una estructura vasta de lona negra y carmesí con ribetes dorados que ondeaban al viento como estandartes de victoria futura. Era un pabellón de mando digno del futuro príncipe de Zusian. El interior se extendía en un espacio amplio, dividido en secciones por cortinas gruesas de terciopelo carmesí bordadas con el lobo de los Erenford. El suelo estaba cubierto por una mullida alfombra de lana, tan suave que los pies se hundían ligeramente, amortiguando cada paso y proporcionando un calor reconfortante contra el frío que se colaba por las rendijas. En el centro, un brasero de bronce macizo ardía con carbón selecto, proyectando un calor uniforme que alejaba el invierno y llenaba el aire con un leve aroma a resina. A un lado, una gran mesa de campaña sostenía mapas detallados del paso de Varakor, marcados con tinta roja para las posiciones enemigas y negra para las propias; junto a ellos, pergaminos enrollados con reportes de su campo de batalla, sellos de cera intactos y un tintero de plata. En otra sección, un armero sostenía su armadura de reserva, pulida hasta brillar, y un baúl abierto revelaba capas de repuesto y botas de cuero reforzado. La cama, al fondo, era un lecho elevado sobre un armazón de madera de ébano, cubierto con pieles de lobo y mantas de lana fina teñidas de negro, con cojines rellenos de plumas de ganso que prometían un descanso breve pero profundo. Dos lámparas de aceite colgaban del techo, su luz dorada danzando sobre las paredes de lona y creando sombras que parecían guardianes silenciosos.

Se quitó la capa con un movimiento cansado y luego las botas, sintiendo bajo sus pies descalzos la mullida alfombra que tapizaba su tienda, un lujo que contrastaba con la dureza del campo de batalla. Se dirigió a la cama y se acostó, apoyando la espalda contra los cojines mientras esperaba su comida. La verdad era que podría estar pensando en mil y una cosas que le quitarían el sueño: el flanco sur cortado por Gustav, los informes inquietantes sobre Darian avanzando hacia sus fronteras y dividieran sus fuerzas en Karador. Podría preocuparse por los millones de refugiados que inundaban sus tierras recién conquistadas, por los trenes de suministros que cruzaban caminos embarrados bajo amenaza constante, por el peso de su futuro título como príncipe, sobre su madre. Pero estaba cansado de esos pensamientos. Demasiadas noches los había dejado devorarlo. Esta vez se recostó simplemente, cerró los ojos un instante y se mentalizó para la batalla de mañana: visualizaría cada movimiento, cada carga y cada contraataque.

Los sirvientes entraron poco después, portando la bandeja con reverencia. Tomas la colocó sobre una mesa baja junto a la cama, retirando el paño con cuidado revelando trozos jugosos de venado asado lentamente durante horas sobre brasas de roble, glaseado con una salsa espesa de hierbas silvestres y vino tinto reducido que impregnaba cada fibra de carne con un sabor profundo y complejo; panes recién horneados, crujientes por fuera y suaves por dentro, untados con mantequilla derretida que se deslizaba como seda; quesos curados de cabra de las montañas, firmes y con un regusto picante que equilibraba la riqueza de la carne; y un vino oscuro, añejado en barricas de roble del ducado, que al primer sorbo llenaba la boca con notas de frutas maduras, especias y un calor que se extendía por el pecho como un abrazo reconfortante.

Iván se incorporó ligeramente, el aroma de la carne asada y el vino llenando la tienda como un bálsamo. Tomó primero el jarro de vino y bebió con lentitud, dejando que el líquido recorriera la garganta, despertando sus sentidos. Luego atacó la carne: cortó un trozo grueso con el cuchillo de plata que le ofrecieron y lo llevó a la boca. El venado se deshizo en jugos ricos y sabrosos, el glaseado de hierbas y vino dejando un regusto profundo que combinaba lo salvaje de la montaña con la sofisticación de los cocineros de Zusian. Cada bocado era una explosión controlada de sabor: la textura tierna de la carne contrastando con el crujiente de la corteza dorada, el toque sutil de sal gema realzaba todo sin dominar. Siguió con el pan, rompiéndolo con las manos y untándolo con mantequilla que se derretía al contacto, y luego un pedazo de queso que mordió con placer, su sabor picante equilibrando la riqueza anterior. El vino, servido en una copa de plata grabada con lobos, bajó suave y potente, calentando su pecho y aclarando su mente sin nublarla. Comió en silencio al principio, saboreando cada detalle, permitiendo que la comida restaurara su cuerpo joven y exigido por la guerra. Tomas permaneció a un lado, discreto, rellenando la copa cuando era necesario.

—Su gracia —murmuró el sirviente al fin, con voz baja y respetuosa, inclinando la cabeza de modo que la luz del brasero apenas rozara su rostro arrugado por años de leal servicio—, Ulfric ya está aquí. Espera fuera con los comandantes de las sombras. Dice que desea tomar un trago con usted antes de la batalla.

Iván asintió sin dejar de comer, cortando otro trozo grueso de venado con el cuchillo de plata. El jugo de la carne se deslizó por el filo y cayó sobre el plato de peltre con un sonido suave, casi hipnótico.

—Que entre en un momento —respondió con la boca medio llena, saboreando aún el regusto especiado del glaseado. Terminó el último bocado con deliberada lentitud, masticando hasta que cada fibra de carne se deshizo en su lengua, dejando un calor reconfortante que se extendía por su pecho. Limpió el plato con un pedazo de pan crujiente, absorbiendo hasta la última gota de salsa, y solo entonces hizo un gesto discreto con la mano.

Tomas salió de inmediato y regresó minutos después acompañado por dos muchachos que cargaban una bandeja pesada. Sobre ella descansaban dos tarros enormes de hidromiel fresca, recién sacada de los barriles más selectos del campamento: un brebaje dorado y espeso, fermentado con miel silvestre de las colmenas de las montañas bajas de Zusian, infusionado con canela, clavo y un toque de jengibre que le daba un ardor sutil en la garganta. El líquido brillaba bajo la luz de las lámparas de aceite como oro líquido, con una espuma cremosa que se adhería a los bordes de los tarros de madera tallada con el lobo de los Erenford. Los sirvientes los colocaron sobre la mesa baja junto a la cama con reverencia, junto a un plato adicional de nueces tostadas, tiras de carne seca salada y un pequeño cuenco de queso azul curado que desprendía un aroma terroso y penetrante, perfecto para acompañar el dulzor de la hidromiel. Iván tomó uno de los tarros, sintiendo el peso reconfortante en su mano, y dio un sorbo largo, dejando que el sabor dulce y picante le inundara la boca, calentándole las venas y disipando los últimos rastros de cansancio del día.

Ulfric entró poco después, agachando su enorme cabeza para no golpear el dintel de la entrada de la tienda. El gigante pelirrojo, se había dejado crecer mas la barba en esos días, una barba mas espesa y flameante que le caía hasta el pecho, trenzada con anillos de oro con incrustaciones rubis, se los había mandado a hacer en una de las fraguas de Karador. Su rostro, marcado por cicatrices que cruzaban la frente y una nariz rota en más de una ocasión, se iluminó con una sonrisa lobuna al ver a Iván. Vestía solo una túnica de lana gruesa y pantalones de cuero. Se dejó caer pesadamente en el taburete reforzado frente a la cama, que crujió bajo su peso, y tomó uno de los tarros de hidromiel con una mano que parecía capaz de aplastar cráneos. Bebió de una sentada todo el contenido, el líquido bajando por su garganta con un gluglú audible, y soltó un eructo satisfecho que resonó en la tienda como un trueno lejano. Luego se sirvió otra ronda, derramando un poco sobre su barba, y tomó un sorbo más medido antes de hablar.

—Por fin vamos a la guerra, carajo —gruñó con una risa estruendosa que hizo vibrar las cortinas de terciopelo carmesí—. Ya me había aburrido, te juro creo que olvide como luchar. Casi treinta días sin hacer nada más que dormir, comer, cagar. Ni una puta decente, ni siquiera una chica linda en alguno de estos puebluchos de estos condenados montañeses.

Iván solo bufó, tomando un trago largo de su propio tarro, saboreando cómo la hidromiel le quemaba suavemente la lengua y le subía un calor agradable por el cuello. La bebida era fuerte, pero no tanto como para nublar su mente.

—Me alegra que seas tan impaciente como un toro en celo, como siempre —dijo con una leve risa que le arrugó las comisuras de los ojos, una risa genuina y relajada que solo permitía en presencia de aquel hombre. Con Ulfric, su mentor y casi un padre, podía ser solo Iván. No el heredero, no el futuro príncipe. Solo un joven de dieciséis años compartiendo un trago con el hombre que lo había visto crecer.

Ulfric rio de nuevo, una carcajada profunda y ronca que llenó la tienda. Dio otro sorbo generoso, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Y dime —continuó Ulfric, bajando la voz a un tono más confidencial pero aún ronco por el alcohol—, ¿por qué aceptaste hablar con ese tal Ilarius? ¿Curiosidad de cachorro o ya estás planeando cortarle la cabeza en medio del parlamento?

—Curiosidad —respondió Iván con simplicidad, aunque no era mentira, pero tampoco toda la verdad. Dio un sorbo más lento, dejando que el hidromiel le calentara el pecho mientras pensaba en las palabras exactas—. Quiero ver qué clase de hombre es el que ha hecho retroceder a medio continente con solo veinticuatro años. Quiero medir si su reputación es de carne y hueso o solo humo. Además… saber como se ve la cara del hombre que llaman Demonio Azul. Ver a el hijo del hombre que creo la estrategia para matar a mi padre

Cuando dijo eso ultimo, los ojos de Iván se volvieron opacos por un segurno, Ulfric ignoró ese cambio y en cambio rio un poco.

—A veces me das miedo, Iván —dijo con voz grave, casi un gruñido bajo que vibraba en el pecho como el rugido de un oso despertando de su letargo. Sirviéndose un tercer tarro, extendió la jarra hacia su compañero con un gesto amplio y generoso, invitándolo sin palabras a rellenar el suyo. Sus ojos, profundos y observadores, reflejaban el fuego cercano con un brillo calculador.

Iván soltó una risa baja, genuina, que brotó de su garganta como el eco de una tormenta lejana. Era una risa que no llegaba del todo a sus ojos, pero que aliviaba por un instante la tensión acumulada en sus hombros. Dejó que Ulfric rellenara su tarro, sintiendo el peso cálido del metal en sus manos callosas, y el líquido espeso que se arremolinaba como sangre fresca.

—¿Gracias? —respondió con una sonrisa confundida, ladeando ligeramente la cabeza mientras tomaba un sorbo largo y deliberado. El hidromiel quemó su garganta con un fuego dulce y traicionero, extendiéndose por sus venas como un veneno familiar—. ¿A qué te refieres con que doy miedo?

Dijo mirándolo directamente a los ojos de Ulfric. La mirada de este se volvió más intensa, penetrante, como si estuviera diseccionando no solo al joven que tenía enfrente, sino al abismo que se había abierto en su alma desde hacía meses. El silencio entre ellos se estiró como la cuerda de un arco tensado al límite.

—Desde hace tiempo tus ojos se han vuelto más filosos, por así llamarlo —continuó Ulfric, bajando la voz hasta convertirla en un susurro confidencial que solo ellos dos podían oír por encima del bullicio exterior—. Tienes una mirada que incluso helaría a un depredador, más cuando te pones serio y hablas con tanta seriedad. Podría comparar tu mirada con la de dos trozos de hermosos pero fríos zafiros: perfectos en su brillo, irresistibles en su profundidad, y sin embargo capaces de congelar la sangre de cualquiera que se atreva a sostenerla demasiado tiempo. No es solo el color, muchacho. Es lo que hay detrás. Como si algo antiguo y hambriento se hubiera despertado en ti y ahora observara el mundo a través de tus pupilas.

Iván se quedó pensando un poco, los dedos tamborileando distraídamente sobre el borde del tarro mientras miraba las llamas de las lamparas de aceite que iluminaban la tienda. Se encogió de hombros con indiferencia.

—Si te soy sincero, incluso yo siento lo mismo —admitió finalmente, su voz adquiriendo un matiz más oscuro, casi ronco—. Siento que estoy cambiando a algo más oscuro y… ¿cómo explico lo que quiero decir para una mente tan pequeña como la tuya? —terminó Iván con una sonrisa lobuna, mostrando apenas los dientes en un gesto que mezclaba burla y desafío genuino. La expresión transformó su rostro por un instante: los labios se curvaron con ferocidad contenida, y por un segundo pareció no un joven señor, sino una bestia acechando en las sombras de un bosque ancestral.

Ulfric se irritó al instante, un destello de furia cruzando su rostro curtido. Sin previo aviso, le dio un golpe seco en la cabeza con la palma abierta, no lo suficientemente fuerte para herir, pero sí para recordar jerarquías.

—Mocoso —gruñó, aunque en su tono se filtraba un afecto rudo, casi tierno—, recuerda que soy quien te enseñó casi todo lo que sabes. Más respeto para tu galante y astuto maestro. Sin mí, no serias lo bueno que eres ahora—. Dijo con aires de grandesa.

Iván solo rio un poco más, esta vez con sinceridad, mientras se sobaba la cabeza con exagerada dramatismo. Cuando sintió que todo volvía a calmarse, respiró hondo, un suspiro largo que pareció liberar parte de la tensión acumulada en sus pulmones, y se recostó más sobre los cojines de plumas. Estos cedieron bajo su peso con un suave crujido, envolviéndolo en comodidad.

—No sé si recuerdas hace casi un año cuando regresamos de Stirba —continuó Iván, su voz bajando hasta convertirse en un murmullo introspectivo que parecía dirigirse tanto a Ulfric como a las sombras de la tienda—. Bueno, desde el fin de esa campaña, lo que te expliqué en ese momento… siento que cada día se intensifica dentro de mí. Ese vacío y esa plenitud que sentí, siento que solo se ha hecho más grande. Aun siento que lucho contra mí mismo, pero no sé qué parte es la que soy yo. No sé si es la voz que me dice que destroce a todos en esta campaña y me preocupe por todo lo demás cuando todo acabe, o la que me hace dudar por todo: la que siente miedo en no ver a su madre, en cometer un error que cueste todo lo que he logrado o lo que mi madre ha consolidado con tanto esfuerzo. Siento que mañana veré qué tipo de persona seré, o tal vez solo se duplicará esta duda… y me devorará desde dentro como un parásito.

Ulfric lo miró mientras tomaba otro trago lento y deliberado, dejando que el hidromiel le quemara la lengua antes de tragarlo. El fuego reflejo los anillos en su barba, dándole un aspecto casi mítico.

—Te repetiré lo que te dije esa vez —respondió Ulfric con una solemnidad que rara vez mostraba, inclinándose ligeramente hacia adelante para que sus palabras calaran más profundo—. Somos animales solo un poco mas inteligentes, pero esa inteligencia nos ha echo como somos, la guerra. La batalla. La sensación de superioridad. Esa es la naturaleza de quienes han probado lo que es la guerra, no importa cuánto trates de resistirte, ni cuánto te cuestiones. La guerra, una vez que la pruebas, es una bestia que se arrastra bajo la piel y se aferra a tu alma. No solo peleamos por la gloria de mañana ni por motivos banales. Peleamos porque la lucha nos da algo que nada más nos da. Un propósito. Siéntete con duda, duda del vacío, siéntete vivo, porque la guerra es el lugar donde más vivo estarás nunca, no importa qué sea. Así que te doy un consejo: déjate llevar, deja que tus dos voces se callen y hagas lo que sientas mejor para ti. Deja de sentir esas dudas y enfócate en la batalla y motívate pensando en por qué necesitas seguir vivo.

El silencio que siguió fue pesado, cargado de significado. Iván no respondió de inmediato. En cambio, su mirada se perdió en las lamparas de aceite, donde las llamas bailaban lentamente, Ulfric cambio de tema, haciendo la charla mas amena, recordando cosas de sus primeros años, siguieron hablando así durante horas. La charla fluía natural, sin prisa, como un río que se ensancha con cada trago. Ulfric contó anécdotas de sus primeras campañas en el continente, cuando era un mercenario que vendía su hacha al mejor postor y acababa borracho en tabernas con prostitutas que le robaban las botas. Iván se rio hasta que le dolió el estómago, le gustaba sentir este tipo de cercania.

La conversación derivó a tonterías: chistes bastante estúpidos, apuestas absurdas, recuerdos de entrenamientos donde Ulfric lo había hecho correr con armadura completa por las colinas hasta vomitar. Hablaban casi como padre e hijo, como mentor y aprendiz. Iván, por primera vez en semanas, se sentía simplemente joven. El peso del ducado, del título futuro, de los millones de almas bajo su mando, se disolvía en el fondo dorado de cada tarro.

Al final, cuando las lámparas de aceite empezaban a titilar y el brasero se reducía a brasas rojas, ambos cayeron borrachos. Ulfric se derrumbó hacia atrás en el taburete, que crujió peligrosamente, y comenzó a roncar como un trueno lejano, la barba subiendo y bajando con cada respiración. Iván, con una última risa suave, se dejó caer sobre las pieles de lobo de su cama, el tarro vacío rodando por la alfombra mullida. El mundo giraba agradablemente, el frío de Karador olvidado, la batalla del amanecer convertida en un rumor distante.

Fuera, el campamento seguía latiendo. Mañana vendría la sangre. Pero esa noche, en esa tienda habían compartido algo más valioso que cualquier estrategia: la simple, cruda, humana necesidad de hablar y reír antes de matar. Y cuando el primer rayo de sol tiñera el paso de Varakor, Iván se levantaría tambaleante, pero con el corazón más ligero y aun mas decidido que nunca.

Iván se vistió con lentitud, comenzó por la túnica interior de lino negro, suave pero resistente, bordada en los puños y el cuello con hilos de oro que formaban siluetas estilizadas de lobos corriendo. Sobre ella deslizó el gambesón acolchado, también negro, reforzado con capas de cuero endurecido y algodón prensado que amortiguaban cualquier impacto sin restar movilidad. Los detalles dorados y carmesíes recorrían las costuras como venas de fuego: runas ancestrales entrelazadas con cabezas de lobo rugientes, cada una rematada en rojo sangre. El escudo de los Erenford estaba bordado en relieve sobre el pecho, tan detallado que parecía a punto de saltar del tejido. Ajustó las correas con precisión militar, sintiendo cómo el gambeson se ceñía a su torso joven pero musculoso, encima colocó la cota de malla de doble anillo, miles de anillos de acero templado entrelazados en dos capas superpuestas, ligeros para su tamaño pero capaces de detener una lanza o una flecha perdida. Cada anillo llevaba un leve grabado de un lobo dorado; el peso era reconfortante, como una segunda piel fría que le recordaba su deber. La malla caía hasta las rodillas, con faldones articulados que permitían montar sin restricción, y las mangas terminaban en guanteletes reforzados con placas discretas en los nudillos. Sobre todo ello, se colocó la capa pesada de terciopelo negro ribeteada en oro y carmesí, forrada con piel de lobo para proteger del frío de Karador. La prenda ondeaba como un estandarte vivo, el lobo dorado del escudo familiar bordado en la espalda en tamaño monumental, con ojos de rubíes diminutos que brillaban incluso en la penumbra.

Salió de su tienda y el viento frío de la madrugada lo golpeó como una bofetada despiadada, cortante y cargado de escarcha. El sol aún no había asomado por encima de los picos dentados; solo existía esa luz intermedia, un gris perlado que teñía el mundo de sombras alargadas y prometía un amanecer sangriento. Se tapó mejor con la capa, sintiendo cómo el forro de piel le rozaba el cuello y le devolvía algo de calor. Esperó en silencio mientras los mozos de cuadra ensillaban a Eclipse y le colocaban su barda completa. La armadura del semental, era la misma de hace unos años, placas de acero bañada en un esmalte negro mate que absorbía la luz como una extensión del propio Eclipse. Las decoraciones de oro seguían patrones intrincados, formando relieves de bestias mitológicas y runas antiguas grabadas a mano. Desde el cuello hasta las ancas, la armadura envolvía al caballo como una segunda piel, reforzada por una cota de escamas bajo las placas y un gambesón grueso que amortiguaba los golpes. El chanfrón que cubría la cabeza del animal, estaba adornada con una cresta estilizada y cuernos curvados, haciéndolo parecer una criatura salida de una pesadilla.

Montó con suavidad, sintiendo cómo Eclipse respondía al instante con un resoplido de anticipación, los músculos del gran corcel tensos bajo la barda. Dirigió al animal hacia adelante mientras el campamento cobraba vida a su alrededor como un gigante que despierta de un sueño inquieto. Era un mar infinito de hombres, decenas de miles visibles en cada dirección, que se movían con la precisión entrenada de quien ha repetido aquellos movimientos miles de veces. Escuchó el relincho nervioso de los caballos de guerra, el tintineo metálico de armaduras ajustadas, las órdenes murmuradas en voz baja y, aquí y allá, los pequeños sacrificios de sangre hacia Kradum: legionarios arrodillados ante altares portátiles de piedra negra, cortándose la palma con dagas rituales y dejando caer gotas rojas sobre estatuillas del dios mientras susurraban plegarias por victoria y por una muerte digna. El aire olía a rocío helado, a cuero engrasado, a metal frío y a humo de las últimas hogueras que se apagaban.

Miró cómo se formaban las tropas con una disciplina que habría hecho palidecer a cualquier general del continente. La caballería pesada de élite comenzó a formar la vanguardia: desplegada en 640 bloques perfectos de mil jinetes cada uno. Cada bloque se formaba en rectángulos compactos de 50 filas por 20 columnas: los colosales corceles empezaban a formarse hombro con hombro. Los jinetes, con armaduras completas de acero bruñido y detalles carmesí rodeaban elcon el emblema del lobo dorado grabado en su pecho, sostenían lanzas de 5 metros con banderines ondeando al viento. El aliento de los animales formaba nubes blancas en el aire frío. Parecían una pared viviente de metal y músculo capaz de derribar murallas enteras. Detrás de ellos se posicionaba la caballería pesada regular en perfecta alineación, se colocaba la caballería pesada regular: un millón doscientos mil jinetes divididos en bloques idénticos pero ligeramente más espaciados de 40 filas por 25 columnas. Juntos, los dos cuerpos de caballería pesada creaban una línea frontal de casi dos kilómetros de ancho y treinta filas de profundidad: una avalancha de acero que parecía capaz de aplastar montañas. Entre los bloques de caballería y justo detrás de la primera línea, se posicionaban las baterías de cañones y ribaudequines. Cada batería constaba de 20 cañones y 30 ribaudequines dispuestos en tres líneas escalonadas: la primera fila a 100 metros de la vanguardia, la segunda a 150 y la tercera a 200. Los cañones eran arrastrados por equipos de 12 caballos de carga cada uno y 20 artilleros sudorosos. Sus bocas apuntaban ligeramente hacia arriba, listas para barrer el campo a 800 metros. El bronce brillaba con destellos rojizos bajo la luz gris; las pilas de balas de hierro y pólvora negra formaban pirámides perfectas al lado de cada pieza. El olor a aceite y metal caliente ya impregnaba el aire.

Inmediatamente detrás de la artillería se extendía la inmensa línea de tiradores tanto regulares como de élite: nueve millones seiscientos mil arqueros y seis millones de ballesteros. Estaban formaban una franja que alcanzaría los casi 4 kilómetros de ancho y 40 filas de profundidad. Las primeras 10 filas estaban formadas por los arqueros de élite. Los ballesteros, tanto élite como regulares, llevaban ballestas de acero con estriberas y estaban empezando a clvar sus pavises en el terreno seco. Cada fila alternaba arqueros y ballesteros para crear fuego cruzado continuo. Desde lejos parecía un bosque de puntas de flecha y acero reluciente, listo para oscurecer el cielo.

En ambos flancos, extendiéndose por las alas, se desplegaba la caballería media, élite y regular: n millón seiscientos ochenta mil por cada flanco. Cada ala formaba una cuña escalonada de 20 bloques de ochenta y cuatro mil jinetes: 30 filas por 28 columnas. Su disposición permitía girar rápidamente para envolver al enemigo: la élite en la punta de la cuña, la regular cubriendo los costados. Parecían dos enormes tenazas negras y carmesí listas para cerrarse. Detrás de todo, en reserva, se posicionaba la caballería ligera, regular y élite: cinco millones trescientos sesenta mil jinetes divididos en bloques más sueltos de 50 filas por 30 columnas. Formaban una nube oscura y móvil, capaz de perseguir, flanquear o cubrir retiradas.

En el centro, ocupando casi 5 kilómetros de frente y 80 filas de profundidad, se empezaba a alzar el inmenso bloque de infantería: un mar negro y carmesí que se perdía en el horizonte.

La infantería media de élite ocupó la vanguardia seis millones de infantes medios, élite primero, regular detrás. Formaban una pared impenetrable de 40 filas, un mar de hachas de peto. Hombro con hombro, creaban una muralla humana de acero y determinación. Al centro ocho millones cuarenta mil infantes ligeros, regular primero, élite detrás, su formación era ligeramente más abierta, con 30 filas, permitiendo maniobras rápidas: podían abrirse como cortinas o cerrarse en segundos. La retaguardia estaba formada por tres millones seiscientos mil infantes pesados, regular delante, élite cerrando.. Formaban bloques cuadrados de 50 filas por 40 columnas: una fortaleza humana inamovible, capaz de resistir cualquier carga.

Vista desde lo alto del promontorio, la disposición era abrumadora: un mar de armaduras negras con detalles carmesíes que brillaban tenuemente bajo la luz del alba, filas perfectas que se perdían en el horizonte como un bosque de acero viviente. Sobre ellos ondeaban millones de estandartes enormes y pesados, negros con detalles carmesíes y el lobo dorado de los Erenford bordado en el centro, cada bandera tan grande que requería cuatro hombres para sostenerla y ondear al viento como un desafío vivo.

En vanguardia de todos, destacaban los cuatrocientos mil Legionarios de las Sombras, montados en sus enormes corceles con bardas negras y doradas. Sus pesadas armaduras negras con detalles en oro los hacían parecer sombras vivientes: figuras imponentes, silenciosas, con yelmos cerrados que solo dejaban ver ojos fríos y calculadores. Eran bastantes intimidantes, una fuerza que parecía capaz de atravesar ejércitos enteros sin emitir un solo sonido innecesario.

Del otro lado del paso de Varakor, el ejército enemigo se estaba formando con una precisión casi idéntica, como si Ilarius Ronkler hubiera copiado deliberadamente su composición para igualar el terreno. Millones de banderas plateadas con el dragón negro de Thaekar ondeaban al viento, creando un contraste cegador contra el negro y carmesí de Zusian. Las formaciones enemigas se alineaban con disciplina impecable: bloques plateados de infantería, caballería reluciente y mercenarios que brillaba como un espejo bajo la misma luz gris del amanecer.

En medio del campo de batalla, donde el suelo aún conservaba la escarcha de la noche, Iván vio cómo los sirvientes de ambos bandos empezaban a montar las carpas para el parlamento. Sus hombres colocaban la suya con eficiencia marcial: una estructura negra con ribetes rojos y dorados, alta y espaciosa, con el lobo dorado bordado en cada panel. La de Thaekar era plateada con ribetes negros azabache, elegante y fría, coronada por el dragón rampante. Los sirvientes trabajaban en silencio, clavando estacas, tensando cuerdas, colocando mesas y sillas idénticas en cada lado para mantener la simetría.

Iván suspiró profundamente, el aliento formando una nube blanca en el aire gélido. Su guardia personal se formó lentamente a sus espaldas: Ulfric al frente con su hacha colgada, los comandantes de las sombras y los doscientos hombres elegidos, todos montados y listos. Solo tenía que avanzar. Miró del otro lado y vio que Ilarius hacía exactamente lo mismo: el Demonio Azul, montado en una yegua blanca, rodeado de su propia escolta, dirigiendo su mirada directamente hacia él a través de la distancia.

Así que casi al mismo tiempo, ambos espolearon sus monturas y cabalgaron hacia adelante, el sonido de los cascos retumbando como truenos lejanos en el paso silencioso. El viento aullaba entre ellos, llevando el olor a metal, sudor y anticipación. Mientras avanzaban, el mar de hombres a ambos lados permanecía inmóvil, conteniendo el aliento. Millones de ojos seguían a sus líderes. El futuro príncipe de Zusian y el Demonio Azul se encontrarían en el centro exacto del paso de Varakor, bajo dos carpas opuestas, y lo que allí se dijera decidiría si el amanecer traería palabras… o sangre. Iván apretó las riendas, el lobo dorado de su pecho brillando con los primeros rayos del sol que por fin asomaba. Karador observaba. Aurolia observaba. Y él, Iván Erenford, no pensaba fallar.

Ambos líderes entraron en las carpas para el parlamento con la misma deliberada lentitud de dos depredadores que se aproximan a un claro en el bosque, conscientes de que cada paso podía ser el último. Las guardias de ambos bandos permanecieron cerca y montadas, formando un anillo tenso y silencioso a veinte pasos de distancia: doscientos hombres por lado, inmóviles sobre sus corceles, con las manos apoyadas en las empuñaduras de las armas y las miradas fijas como flechas listas para volar. Solo dos hombres desmontaron de cada escolta. Del lado de Iván fueron Azrathor y Balthak, dos de los comandantes más brutales y con mayor fuerza bruta de todo el cuerpo de Legionarios de las Sombras. Ambos superaban los dos metros de altura, con hombros anchos como puertas de fortaleza y brazos que parecían tallados en roble endurecido por años de matanzas. Azrathor, de barba negra entrecana y una cicatriz que le cruzaba la cara desde la sien hasta la barbilla, sostenía su alabarda con una mano como si fuera un simple bastón; Balthak, calvo y con ojos de un gris tormentoso, llevaba la suya con la punta ligeramente inclinada, listo para atravesar carne y hueso en un parpadeo. Se posicionaron justo detrás de Iván, sus armaduras negras con detalles dorados brillando tenuemente bajo la luz que se filtraba por las paredes de lona, sus respiraciones controladas pero cargadas de una violencia contenida que hacía crujir el aire a su alrededor.

Y por fin miró al general enemigo, al comandante general del ejercito de Thaekar. Ilarius Ronkler era un hombre joven, con su cabello oscuro, ondulado y de longitud media, caía suavemente sobre su frente y orejas, dándole un aire rebelde y elegante al mismo tiempo, como si acabara de salir de una batalla y no le importara el desorden. Mechones rebeldes se pegaban a su piel pálida, casi etérea, que contrastaba brutalmente con el frío del paso de Varakor. Sus facciones eran afiladas y aristocráticas: pómulos marcados que parecían esculpidos por un cincel divino, mandíbula definida y fuerte, y una mirada penetrante y fría que evaluaba el mundo como si ya supiera cómo terminaría cada historia. Sus ojos eran de un azul con una intensidad casi sobrenatural, un azul profundo como dos lagos helados, capaces de congelar el alma de quien los sostuviera demasiado tiempo. Su expresión era serena pero peligrosa, con un leve toque de melancolía en las comisuras de los labios, como si cargara el peso de un linaje que había forjado reinos y los había visto caer. Vestía solo su reluciente cota de malla plateada, pulida a la perfección hasta parecer un espejo que reflejaba la luz gris del amanecer. La malla caía con elegancia sobre una túnica interior de seda negra bordada con dragones sutiles en hilo plateado. Un cinturón ancho de cuero negro con hebilla de plata, y sobre los hombros una capa corta de lana plateada ribeteada en negro azabache, sujeta con un broche en forma de dragón rampante. Todo en él exudaba precisión militar y herencia noble, pero sin ostentación excesiva: era un guerrero, no un rey de pacotilla.

Las miradas de ambos chocaron como dos espadas que se encuentran en el aire, un impacto invisible pero tan real que el tiempo pareció detenerse dentro de la carpa. Los intensos y penetrantes ojos azules de Ilarius se clavaron en los hermosos ojos zafiro de Iván, y en ese instante el aire entre ellos se cargó de una electricidad palpable, un torbellino de emociones contenidas: respeto forzado, rivalidad pura, curiosidad afilada como una navaja y un odio ancestral que brotaba de linajes que habían chocado durante generaciones. Los ojos de Iván brillaban con una intensidad inquietante, un zafiro helado que parecía capaz de congelar incluso al más veterano de los hombres, mientras los de Ilarius ardían con un fuego azul profundo, evaluando, midiendo, prometiendo muerte. Ninguno parpadeó. El corazón de Iván latió con fuerza contra su cota de malla, un pulso que resonaba en sus oídos como tambores de guerra; sintió el peso de su propio linaje, el futuro de Zusian, los millones de vidas que dependían de aquel momento. Ilarius, por su parte, entrecerró ligeramente los ojos, y por un segundo fugaz su melancolía pareció resquebrajarse, dejando ver un destello de genuina admiración por el joven lobo que tenía enfrente. Era como si dos depredadores se reconocieran por primera vez: uno plateado y calculador, el otro negro y salvaje. El silencio se estiró, denso, opresivo, roto solo por el lejano relincho de un caballo y el susurro del viento contra la lona. Ninguno habló por varios segundos, solo se miraron, hasta que la voz de uno se escuchó.

—Es bueno conocer en persona a la sensación de estos días en todo el este del continente —dijo Ilarius con una falsa y cortés sonrisa que no llegaba a sus ojos, extendiéndole la mano a Iván con la palma abierta en un gesto que parecía tanto invitación como desafío—. Iván Erenford, el nuevo “Lobo de Zusian”. Es un placer.

Iván ladeó ligeramente la cabeza, dejando que una sonrisa pequeña y peligrosa curvara sus labios. No era una sonrisa amable; era la de un depredador que evalúa si la presa vale la pena. Tomó la mano de Ilarius con firmeza, sintiendo la fuerza contenida en aquellos dedos, y respondió con voz calmada pero cargada de acero:

—El gusto es mío, conocer a un militar de su nombre y posición, Ilarius Ronkler, el “Demonio Azul”, heredero de la casa Ronkler y prodigio de toda una nación. Es un gusto conocer al hijo de Federik Ronkler y nieto de Graham Ronkler.

La mirada de ambos parecía incluso más intimidante ahora. Los ojos de Ilarius parecían fuego azul, vivo y devorador, mientras los de Iván eran un bloque de hielo puro, cortante e implacable. Sus manos permanecieron unidas un segundo más de lo necesario, como si midieran la voluntad del otro a través del contacto. Luego se soltaron y ambos se sentaron en las sillas idénticas dispuestas en el centro de las carpas abiertas —un arreglo neutral que permitía a las guardias vigilar sin interferir—. Azrathor y Balthak permanecieron de pie detrás de Iván como estatuas de muerte, sus alabardas apoyadas en el suelo pero listas para volar. Del otro lado, los dos guardias de Ilarius —hombres de armadura plateada y expresiones pétreas— hicieron lo mismo.

—Ahora que dejamos las presentaciones —continuó Iván, inclinándose ligeramente hacia adelante con los codos sobre la mesa—, podrías decirme la razón de este parlamento. No creo que quieras rendir tus estandartes y retirarte con el rabo entre las piernas.

Ilarius se inclinó en su asiento, cruzando las manos sobre la mesa con una elegancia casi aristocrática, aunque sus ojos seguían ardiendo con aquella intensidad azul. Una risa baja, casi melancólica, escapó de sus labios.

—La misma razón que la tuya, Iván. Quería conocerte antes de que mueras a mis manos. —Las palabras cayeron como un hacha, directas y sin adornos.

Los dos comandantes de las sombras apretaron los mangos de sus alabardas hasta que los nudillos se pusieron blancos, y por un instante parecieron a punto de saltar contra Ilarius. Del otro lado, los guardias de Thaekar se tensaron visiblemente, sus manos acercándose a las empuñaduras, listos para defender a su general o para lanzarse contra Iván en un abrir y cerrar de ojos. El aire dentro de la carpa se volvió aún más denso, cargado de la promesa de violencia.

Iván no se inmutó. Sus ojos se volvieron insoportablemente afilados, dos dagas de zafiro que parecían capaces de atravesar el cráneo del Demonio Azul.

—Suenas muy presumido, ¿no? ¿Qué te hace pensar que tan siquiera tienes una oportunidad contra mí? —preguntó con voz baja, casi un susurro, pero cargada de un desprecio helado—. Tengo cuarenta y cuatro millones de los mejores soldados del continente, listos para devorarte. Tú tienes un ejército plateado que ya está sangrando en cuatro frentes. Y aun así… aquí estás, sonriendo como si ya hubieras ganado.

Ilarius no apartó la mirada. Su sonrisa se ensanchó ligeramente, pero seguía siendo fría, calculadora.

—No presumo de nada, Lobo. Solo estoy dando un hecho. No tienes oportunidad contra mí. Tus números son impresionantes, sí. Tus “cañones” son… ingeniosos, pero la guerra no se gana solo con números ni con juguetes de metal. Se gana con experiencia. Y yo llevo diez años liderando ejércitos mientras tú aún eras un niño jugando con espadas de madera en tu castillito en Zusian.

Iván soltó una risa corta, seca, peligrosa. Se recostó en la silla, cruzando una pierna con fingida relajación, aunque cada músculo de su cuerpo estaba tenso como una cuerda de arco.

—Qué sorpresa. Pensé que serías más serio, pero pareces ser un bromista de taberna. ¿Experiencia? Tú tienes diez años de escaramuzas contra hombres que apenas y se les puede llamar soldados y yo tengo el peso de un reino que renacerá sobre mis huesos. Dime, Ilarius, ¿realmente crees que tu linaje o tu experiencia te salvará cuando mis Legionarios de las Sombras te corten la garganta en este momento? ¿O solo estás aquí porque tu orgullo no te deja rendirte antes de que te arranque esa melancolía de los ojos?

Ilarius inclinó la cabeza, y por primera vez su expresión se volvió genuinamente curiosa, casi respetuosa.

—Tal vez ambos seamos orgullosos. Tal vez ambos sepamos que mañana uno de los dos yacerá frío en este paso. Pero dime una cosa, Lobo… ¿qué harás con los demás generales de Thaekar cuando yo esté muerto? ¿O crees que te dejare actuar mientras viva? Porque si crees que puedes luchar en todos frentes al mismo tiempo, entonces sí que eres un niño.

Iván sintió un pulso de rabia fría recorrerle la columna, pero lo contuvo. Sonrió de nuevo, esta vez con dientes.

—Thaekar va a caer. Y tú… tú solo eres el primer obstáculo. —Se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en un gruñido—. Así que dime, Demonio Azul. ¿Quieres seguir hablando… o prefieres que terminemos esto aquí y ahora, sin carpas ni banderas blancas?

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier roca. Fuera, los hombres de ambos ejércitos contenían el aliento, millones de pechos inmóviles bajo el cielo gris de Karador, como si el propio mundo hubiera decidido contener la respiración antes de desatar el infierno. Dentro de la carpa, dos hombres que podrían cambiar el curso de millones se miraban como si el destino de Aurolia entera dependiera de quién parpadeara primero. La carpa parecía más pequeña, las paredes de lona negra y plateada se cerraban como una garganta que se estrecha, el viento aullaba contra ellas con más fuerza, y el peso de Karador recaía sobre los hombros de aquellos dos jóvenes que habían decidido, sin palabras, que solo uno saldría vivo de aquel amanecer.

Azrathor y Balthak seguían inmóviles detrás de Iván, pero sus alabardas temblaban ligeramente por la tensión contenida, las puntas vibrando como si pudieran oler la carne cercana. Los guardias de Ilarius respiraban con dificultad, sus petos plateados subiendo y bajando en jadeos cortos y controlados. El Lobo y el Demonio seguían mirándose, sabiendo que las palabras habían terminado su utilidad… y que la verdadera conversación comenzaría cuando el acero hablara.

Como si fuera coreografiado por algún dios cruel y burlón, ambos se levantaron al mismo tiempo, las sillas arañando el suelo de tierra helada con un chirrido que rompió la quietud como un hueso al quebrarse.

—Sabes, eres demasiado arrogante para tu reputación sobrevalorada —dijo Ilarius, su voz baja y afilada como el filo de una espada recién forjada, los ojos azules ardiendo con esa una sed de sangre que parecía prometer no solo muerte, sino sufrimiento prolongado.

—Lo mismo digo —respondió Iván mientras se acomodaba la capa con un gesto casual, casi desdeñoso, aunque sus dedos se cerraron con fuerza sobre el terciopelo negro.

Y como si aquella frase fuera la chispa que prendía la mecha de un barril de pólvora, ambos guardias que protegían a sus respectivos generales atacaron al unísono. Azrathor y Balthak se lanzaron hacia adelante con un rugido gutural que pareció salir de las profundidades de la tierra misma, sus cuerpos colosales moviéndose con una velocidad brutal que contradecía su tamaño. Las alabardas silbaron en el aire, hojas anchas y curvas cortando el espacio con un zumbido mortal. Uno de los guardias de Ilarius levantó su alabarda para bloquear, pero Azrathor fue más rápido: la punta de su alabarda atravesó el pecho, perforando carne y costillas con un sonido húmedo y carnoso, como un melón al reventarse. La sangre brotó en un chorro caliente y rojo oscuro que salpicó la cara de Azrathor, quien gruñó de placer salvaje y retorció el arma, desgarrando pulmones y corazón en un solo movimiento brutal. El guardia thaekiano gorgoteó, con los ojos desorbitados, vómito de sangre burbujeando entre sus labios antes de caer de rodillas, las tripas asomando por el agujero abierto como serpientes rosadas y brillantes.

Balthak, por su parte, embistió contra el segundo guardia con el hombro por delante, un choque de placas que resonó como un trueno cercano. El thaekiano intentó un tajo descendente, pero Balthak lo esquivó con una agilidad feroz y clavó su alabarda en el muslo del enemigo, cortando músculo, arteria y hueso en un tajo profundo que le amputó la pierna de un solo golpe. La sangre salió a presión, pintando el suelo de la carpa en arcos rojos y calientes. El guardia gritó, un alarido crudo y animal, y trató de apuñalar a Balthak en la garganta, pero el comandante zusiano lo agarró por el yelmo, lo levantó del suelo como si no pesara nada y le estrelló la cabeza contra la mesa central. El cráneo se abrió con un crujido repugnante, sesos grises y sangre espesa salpicando las mesas, trozos de hueso clavándose en la madera como astillas macabras. El cuerpo aún se convulsionaba cuando Balthak lo soltó, pisoteando el cuello con la bota hasta que el cuello cedió con un chasquido húmedo y definitivo.

Al mismo tiempo, fuera de la carpa, las guardias chocaron con una brutalidad que hizo temblar la tierra. Los doscientos zusianos y los doscientos thaekianos se encontraron en un remolino de acero y carne. Alabardas chocando contra alabardas con estruendos metálicos ensordecedores, caballos relinchando y encabritándose mientras sus jinetes se lanzaban a la lucha. Los legionarios de las sombras parecían un torbellino negro y rojo, miembros y cabezas volando en un espectáculo grotesco. Algunos thaekianos, más fieros contratacaron con rabia, pero en general estaba siendo una masacre unilateral. Cuerpos caían unos sobre otros, pisoteados por los caballos que relinchaban en pánico, cráneos aplastados bajo cascos que convertían cabezas en pulpa roja y blanca. La nieve se tiñó de carmesí en segundos, el olor metálico de la sangre mezclándose con el hedor de intestinos abiertos y vejigas reventadas.

Mientras los choques sucedían a su alrededor, ambos líderes solo se miraron. Iván y Ilarius permanecieron de pie en el centro de la carpa, rodeados por el caos de sus guardias que intentaban abrirse paso para matar al líder enemigo. Los ojos zafiro de Iván ardían con un hielo asesino; los azules de Ilarius con un fuego calculador. Ninguno tomo alguna arma. Ninguno se movió. Solo observaban, midiendo al otro mientras la muerte danzaba a su alrededor en un ballet sangriento.

En ese momento, los cuernos de guerra de Zusian resonaron con fuerza y rabia, un coro gutural de cuernos que imitaban el rugido de bestias ancestrales, un sonido que helaba la sangre y prometía un baño de sangre. La vanguardia zusiana empezó a cargar. Mientras las trompetas thaekianas cantaban en respuesta, agudas y metálicas, ordenando la contra-carga. Millones de pezuñas empezaron a rasgar la tierra, levantando terrones de barro y nieve sucia mientras los caballos ganaban velocidad en una avalancha imparable. Los legionarios de las sombras y los jinetes pesados de élite zusianos bajaron las lanzas al unísono, un bosque de acero negro y carmesí que apuntaba directamente al corazón plateado del enemigo. Los corceles galopaban con furia primitiva, narices dilatadas, ojos inyectados en sangre, espuma blanca volando de sus bocas. El suelo temblaba como si Karador misma despertara, el trueno de los cascos ahogando incluso los gritos de el enfrentamiento entre guardias que aún luchaban alrededor de las carpas.

La carga fue un muro de muerte viviente que se abalanzó sobre el paso de Varakor como una avalancha negra y carmesí surgida del mismísimo infierno. Los zusianos no cargaban como hombres; cargaban como demonios poseídos por una rabia ancestral que les brotaba de las entrañas, con los ojos inyectados en sangre y los dientes apretados hasta hacer crujir las mandíbulas. El suelo tembló bajo el peso de los jinetes de élite y los Legionarios de las Sombras que los acompañaban en vanguardia, un trueno continuo que hizo vibrar las piedras sueltas del paso y levantó una nube de polvo y escarcha que ocultó el sol naciente durante largos segundos. Los thaekianos, alineados en bloques plateados perfectos, cargaron con la disciplina férrea de veteranos que habían visto morir a miles y aún así cerraban filas sin un solo temblor en la voz de sus oficiales.

El impacto fue catastrófico, como si el tiempo mismo se hubiera ralentizado para que cada detalle de la carnicería quedara grabado en la memoria de los que sobrevivieran. Las lanzas de carga zusianas chocaron primero contra la primera línea theakina con un estruendo ensordecedor de metal contra metal y carne reventada. Cientos de miles de lanzas se clavaron al mismo tiempo, penetrando gambesones, cotas de malla y placas con crujidos grotescos y húmedos, atravesando pechos, vientres y cuellos en una sola oleada. Los jinetes zusianos empalon de a tres thaekianos de un golpe, las lanzas rompiéndose con un chasquido seco dentro del torso del tercero mientras los dos primeros se convulsionaban, escupiendo sangre negra por las viseras y orina caliente por las piernas. Otras cuñas de caballería pesada abrió un pasillo de diez metros de ancho, dejando tras de sí un rastro de cuerpos destrozados: torsos partidos por la mitad, intestinos derramados como cuerdas grasientas sobre la hierba dura, cabezas rodando bajo los cascos de los caballos que seguían avanzando sin piedad. La sangre brotaba a chorros rítmicos, salpicando las bardas negras y tiñendo el suelo de un rojo viscoso que hacía resbalar a los siguientes jinetes. Gritos ahogados, gorgoteos de gargantas perforadas y el relincho enloquecido de caballos heridos llenaban el aire mientras las primeras líneas thaekianas simplemente desaparecían, convertida en una alfombra de carne picada y armaduras aplastadas.

Pero los zusianos no se detuvieron. Apenas las lanzas se rompieron o se clavaron demasiado profundo, los jinetes soltaron las astas inútiles y empuñaron sus enormes martillos de guerra de dos manos, armas monstruosas con cabezas de acero tachonadas y filos laterales afilados como hachas. Los barridos fueron avalanchas de acero negro y rabia primal. Un solo golpe de martillo arrancaba cabezas junto con medio hombro, enviando surtidores de sangre que bañó a compañeros cercanos. Otros martillos descendían en arcos amplio y aplastaban varios yelmos de un golpe, convirtiendo cráneos en pulpa roja que salpicó hacia arriba como lluvia caliente, mezclándose con fragmentos de hueso y sesos que volaron por el aire en arcos lentos y repugnantes. En todas partes, miles de miembros volaban: brazos cercenados girando en el vacío con dedos aún crispados alrededor de riendas, piernas amputadas por encima de la rodilla que caían con un golpe húmedo sobre la tierra embarrada de sangre. Los caballos zusianos, protegidos por sus bardas, pisoteaban sin misericordia los cuerpos caídos, rompiendo costillas y aplastando pelvis con crujidos secos que se oían incluso por encima del fragor general. El olor era nauseabundo: hierro caliente de la sangre, mierda y orina de los moribundos, sudor rancio y el hedor dulce de la carne abierta.

En el centro de la vanguardia, donde los Legionarios de las Sombras cargaban como una cuña negra imparable, la masacre era aún más absoluta. Sus alabardas creaban torbellinos de miembros y sangre volando por doquier, cada giro de hoja segando cabezas, abriendo vientres y arrancando extremidades con precisión quirúrgica y salvaje al mismo tiempo. Un legionario de las sombras clavó su alabarda en el pecho de un jinete thaekiano, levantó al hombre entero del caballo como si fuera un muñeco y lo lanzó contra sus compañeros, donde el impacto derribó a cinco más en una maraña de miembros rotos y armaduras abolladas. Otro sombra giró su arma en un arco amplio que decapitó a tres enemigos de un solo movimiento; las cabezas saltaron con chorros de sangre que describieron arcos perfectos antes de caer sobre los cascos de los caballos. Donde los sombras pasaban, las líneas enemigas se convertían en baños de sangre: charcos profundos donde los pies se hundían hasta el tobillo, vísceras pisoteadas que reventaban bajo las botas, cuerpos apilados en montones de tres y cuatro capas mientras los zusianos seguían avanzando, pisando sobre sus propios muertos sin una sola vacilación. Peleaban hasta el final: incluso cuando una alabarda thaekiana se hundía en el costado de un legionario, el herido giraba y clavaba su propia arma en la garganta del atacante, arrastrándolo consigo al suelo en un abrazo mortal de sangre y acero, mordiendo y desgarrando con los dientes si era necesario.

Los jinetes pesados thaekianos empezaron a responder con una disciplina férrea y una resiliencia brutal que compensaba las perdidas iniciales. Sus bloques dejaron de romperse tan fácilmente; se empezaron a adaptar, cerrando filas en el mismo instante en que los primeros zusianos los embestían, colocandose hombro con hombro mientras los heridos eran pisoteados por sus propios compañeros para mantener la línea intacta. Sus lanzas no lograron atravesar a muchos zusianas, pero en el cuerpo a cuerpo inmediato sus alabardas se volvieron mas resilentes.

Varios bloques thaekianos empezaron a girar y envolver algunas de las cuñas zusianas, atacando a los caballos y rematando rápidamente a los que quedaban atrapados. La sangre zusiana también comenzando a correr: un jinete de élite tuvo la cara rebanada hasta el hueso por una alabarda thaekiana, el ojo colgando de un hilo mientras seguía luchando, rugiendo y aplastando cráneos con su martillo hasta que finalmente cayó. En casi toda la línea, la caballería zusiana y los Legionarios de las Sombras penetraron hasta la tercera o quinta fila enemiga, dejando tras de sí un corredor de muerte de cincuenta metros de ancho lleno de cadáveres mutilados, pero la caballería pesada thaekiana logró frenarlos después, creando grandes medialunas y atacando desde los flancos con cargas coordinadas que golpeaban las cuñas zusianas por los costados. Los martillos zusianos seguían cayendo, rompiendo placas plateadas y haciendo estallar costillas que perforaban pulmones desde dentro, pero los thaekianos resistían, cerrando las brechas con veteranos que pisaban sobre sus propios muertos sin pestañear, adaptándose a cada embestida con una voluntad de hierro que hacía que cada metro ganado por los zusianos costara ríos de sangre.

Sin embargo, los Legionarios de las Sombras eran imparables. Avanzaban con una ferocidad inhumana, sin importar las bajas, abriéndose paso a través de las líneas plateadas como cuchillos calientes en mantequilla. Donde sus alabardas chocaban contra los de los thaekianos, el sonido era un clangor metálico ensordecedor acompañado de chispas y salpicaduras de sangre; un sombra perdió la mano izquierda pero siguió luchando con la derecha, clavando su arma en el pecho de de quien le arrebato la mano y siguió la carga sin importarle nada. La violencia en el centro, donde ambos comandantes estaban, era tan absoluta que las guardias personales reaccionaron al instante. Iván y Ilarius montaron de nuevo mientras eran rodeados por sus élites. Iván quedó protegido por un muro viviente de Legionarios de las Sombras que parecían ir con todo desde el primer avance, avanzando con una sed de sangre que rayaba en lo inhumano, sus armaduras negras ya completamente rojas y goteantes de sangre. Ilarius fue rodeado por su guardia personal,los Demonios Azules: diez mil hombres elegidos entre los veteranos más despiadados y brillantes, entrenados hasta la extenuación. No eran simplemente soldados; eran ejecutores, árbitros del poder del primer general. Donde ellos pasaban, el orden se imponía y la muerte era certera. Demostraron ser dignas tropas de élite no solo aguantando las embestidas de la caballería pesada zusiana —una de las más poderosas del continente— sino enfrentando directamente a los Legionarios de las Sombras, frenando su avance con muchas dificultades pero dando un enfrentamiento digno: sus largas alabardas cortaban a varios jinetes de elite con precisión quirúrgica mientras sus escudos detenían golpes que habrían partido a cualquier otro hombre por la mitad.

Iván formó su cuartel general improvisado a pocos metros de donde había estado la carpa del parlamento, un rectángulo perfecto de cien mil Legionarios de las Sombras que crearon un bastión impenetrable alrededor de él. Básicamente la mayoría de las unidades de comunicación se congregaron allí: las unidades de tambores y cuernos, banderas de señales y mensajeros veloces que corrían entre el fragor trayendo reportes constantes. Iván recibía cada mensaje con rostro impasible mientras el caos rugía a su alrededor.

Los reportes llegaban en oleadas rápidas, traídos por mensajeros sudorosos que corrían entre el caos con los ojos desorbitados y las manos temblando por la adrenalina.

—Su Gracia, en la vanguardia central hemos penetrado hasta la cuarta línea. La caballería pesada ha abierto brecha de doscientos metros, pero la caballería thaekiana flanquea por izquierda.

—Señor, en el flanco derecho los Legionarios de las Sombras han destrozado tres bloques completos. Pero los thaekianos cerraron filas y contraatacaron; la caballería pesada regular ha intentado penetrar pero los enemigos han formado una defensa muy densa. Los sombras siguen avanzando pero necesitaran refuerzos si es que su esfuerzo nos beneficie.

—General, la guardia personal del general enemigo ha frenado a nuestra caballería pesada que fue como refuerzo para expandir las líneas.

—Su gracia, los mercenarios demi-humanos han frenado el ala izquierda y están empezando a penetrar profundamente sobre la caballería pesada. Los hombres-oso y lobo estan avanzado a una velocidad abrumadora.

Iván escuchaba cada palabra con los ojos brillando con cálculo frío, sentado sobre Eclipse en el centro del rectángulo de sombras que formaban un bastión impenetrable alrededor de él. Cien mil Legionarios de las Sombras creaban un muro vivo de acero negro y oro, repelía cualquier intento thaekiano de acercarse. A lo lejos, Ilarius había retrocedido hasta su propia vanguardia, montado en su yegua blanca como la nieve y comandando con voz clara y cortante, reorganizando los bloques de sus caballerías.

“Ese bastardo es bastante bueno”, pensó Iván con una amarga sonrisa que no llegaba a sus ojos. “Está tratando de interceptar todas las ofensivas y cerrando las brechas a una velocidad inhumana”. Necesitaba ser más flexible y empezar a usar todo su potencial de ataque. Además, por lo que veía, estaba enfocando su ofensiva en su izquierda. Gruñó por lo bajo, necesitaba frenar esa ofensiva también; no quería refuerzos sorpresivos que pudieran cambiar el rumbo del día.

—Que los comandantes de legión empiecen a mandar en sectores importantes y de bajo riesgo —ordenó Iván con seriedad—. A ellos se les tiene que reportar. Solo denme las noticias de alta importancia. Que los comandantes de unidad también actúen desde la vanguardia. Que los arqueros y ballesteros empiecen a llover muerte; no quiero ver el cielo, solo las flechas y saetas. También ordenen a los artilleros que pongan los cañones a disparar desde arriba, y que traigan los ribaudequines y que se usen en los sectores más urgentes. Y traigan mi armadura y mi alabarda.

Las banderas y los tambores transmitieron sus órdenes al instante: las enormes telas negras con el lobo dorado ondearon en patrones codificados que recorrieron kilómetros de formación, mientras los tambores retumbaron con ritmos precisos que cambiaban las líneas, cerraban huecos y lanzaban oleadas frescas de caballería pesada hacia adelante. El cielo se oscureció de repente cuando sus arqueros y ballesteros soltaron su primera andanada completa: una nube densa de flechas y saetas que cayó como un diluvio mortal, clavándose en los huecos de los yelmos, hombros y muslos con sonidos húmedos y secos, haciendo que miles de thaekianos cayeran de sus monturas escupiendo sangre. Los cañones rugieron desde las alturas, escupiendo bolas de hierro que impactaban en bloques enteros, abriendo cráteres de carne y acero donde los cuerpos volaban desmembrados: torsos sin piernas girando en el aire, cabezas separadas del cuello que rodaban como pelotas sangrientas entre las patas de los caballos.

Mientras se ponía la armadura completa —las placas negras con detalles carmesíes y oro que se ajustaban sobre la cota de malla con un clangor metálico reconfortante—, Iván sintió lo que llevaba rato intuyendo en el fondo de las tripas: era obvio que Ilarius planeaba acabar con todo hoy. Y eso fue claro cuando los mensajeros y su propia guardia empezaron a pedirle que se alejara, gritando alarmados mientras señalaban hacia el frente. Porque como una flecha blanquesina y letal, cien jinetes rompieron la oleada de caballería pesada de élite que luchaba justo enfrente de donde estaba Iván y su cuartel general. Eran Los Cien Juramentados: cien de los duelistas más fuertes del continente, quienes estaban penetrando su centro como si nada, sus hojas mandando a volar a miles de sus hombres como si nada.

Esos cien jinetes cargaban para nada más que cortarle la cabeza. Iván bajó su visera con un golpe seco mientras volvía a montar sobre Eclipse, tomó con fuerza su alabarda y esperó, el corazón latiéndole con una mezcla de furia y excitación fría. Miró cómo esos cien jinetes penetraban con una velocidad y fuerza sobrehumana a los Legionarios de las Sombras. Por primera vez en su vida, Iván vio cómo su guardia personal era despedazada. Los Juramentados giraban sus alabardas, martillos de guerra, partesanas, bisarmas y mas armas, en arcos imposibles: un solo barrido de Ser Aldher Kael cortó a tres sombras por la mitad a la altura de la cintura, enviando la parte superior de los torsos volando con los brazos aún crispados alrededor de sus alabardas, mientras las piernas seguían montadas unos segundos más antes de caer. La sangre brotaba en fuentes que pintaban el aire de rojo brillante; intestinos se derramaban como serpientes calientes sobre la tierra, y los gritos de los moribundos se mezclaban con el sonido húmedo de carne rasgada y huesos partidos. Los caballos de los mercenarios pisoteaban los cuerpos caídos, rompiendo cráneos bajo los cascos con crujidos nauseabundos que dejaban sesos esparcidos como gachas grises sobre la escarcha.

Alrededor de Iván se reunieron algunos comandantes de las sombras, los que no habían sido despachados aún: veinte en total, con las armaduras ya salpicadas de rojo y los ojos ardiendo de rabia contenida. Cuando en segundos, penetraron el bloque de su guardia personal y llegaron a él, Iván solo miró el filo de la alabarda enemiga que se acercaba como un relámpago plateado y, con toda su fuerza, contesto con su propia alabarda.

El choque fue un estallido de acero y furia. La hoja de Iván se encontró con la de Ser Aldher Kael en un impacto que envió chispas volando y vibró en sus brazos hasta los hombros. El elfo-humano sonrió con una calma ancestral, giró su arma en un arco bajo que buscaba las piernas de Eclipse, pero Iván levantó al semental en un medio corvete y contraatacó con un golpe descendente que casi parte el yelmo del mercenario por la mitad. A su alrededor, los veinte comandantes y otros legionarios de las sombras se lanzaron contra los demás Juramentados en un torbellino de violencia: alabardas zusianas contra las armas largas mercenarias, cada choque acompañado de salpicaduras de sangre y gritos ahogados.

La batalla alrededor del cuartel general se volvió un baño de sangre. Los cañones seguían rugiendo en la distancia, abriendo cráteres de muerte donde los thaekianos caían en pedazos; los arqueros mantenían el cielo negro de flechas; los ribaudequines escupían ráfagas de perdigones que convertían caras en pulpa roja y brazos en muñones destrozados. Iván luchaba como un lobo, atacando con todas sus fuerzas, pero Aldher respondía con una elegancia letal, presionándolo con demasiada facilidad.

El sol ya estaba alto sobre Karador, tiñendo el paso de Varakor de un rojo infernal. Millones de hombres seguían matándose metro a metro, y el futuro príncipe de Zusian, luchando con todas sus fuerzas, supo que aquel día no terminaría hasta que uno de los dos —el Lobo o el Demonio— yaciera frío entre los cadáveres.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo