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El Ascenso de Xueyue - Capítulo 223

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223: Haré lo que sea 223: Haré lo que sea Advertencia: La siguiente escena contiene gore.

– – – – –
Li Xueyue no quería descubrir la verdad.

Sería una carga demasiado pesada de sobrellevar.

Sin embargo, la curiosidad pudo más que ella y se abrió paso entre los soldados.

Estaban nerviosos.

¿Debían agarrarla y sacarla a la fuerza?

Pero era evidente que había venido con el Comandante la última vez…

Además, estos soldados sabían lo que le había pasado al Teniente.

Al decidir que era mejor dejarla deambular, los soldados enderezaron la espalda y se quedaron fuera.

Li Xueyue estaba agradecida por la mañana.

La luz del sol se había colado a través de la tienda, facilitando mucho la visión.

Ahora que tenía una mejor vista del lugar, estaba realmente asombrada por su tamaño.

Lo único que la inquietaba era la mesa.

Estaba llena de armas y todo tipo de herramientas.

¿Eran para…

torturar a la gente?

—¡N-n-no s-sé d-de q-qué me h-hablas!

—se lamentó a lo lejos una voz destrozada y llena de pánico.

El corazón de Li Xueyue se aceleró.

La aterrorizaba esa voz inhumana, como la de un animal.

¿Eran los humanos capaces de algo así?

Estaba asustada.

Incapaz de avanzar, se quedó junto a la mesa.

La verdad iba a herirla.

Iba a ser inevitable.

Li Xueyue casi cayó de rodillas cuando Pequeño Naranja le dio un empujoncito a su cuerpo rígido.

—No —susurró—.

N-no quiero ver…

—No terminó la frase, pues Pequeño Naranja la empujó de nuevo.

A regañadientes, Li Xueyue dio unos cuantos pasos más hacia adelante.

—¡POR FAVOR!

—chilló la misma voz.

Casi se desplomó de miedo.

La sangre había desaparecido de su rostro y no podía dejar de temblar.

Pequeño Naranja percibió su angustia.

Pero también olió la sangre.

Era demasiado difícil de ignorar.

Por el bien de ella, continuó empujándola hacia adelante.

Li Xueyue quería llorar por dentro.

«¡Yu Zhen, ¿por qué tu tigre es tan molesto?!».

Mordiéndose el labio inferior, se obligó a seguir avanzando hasta que los vio.

Li Xueyue se quedó petrificada.

Era como si hubieran brotado raíces del suelo para sujetarla en su sitio.

Su mundo entero daba vueltas.

Aunque sus rostros estuvieran desfigurados, manchados de sangre seca, y sus cabellos fueran un desastre enmarañado, ella los reconocería a kilómetros de distancia.

¿Cómo podría no hacerlo?

Eran las personas que la habían criado, pero también maltratado, durante los últimos dieciséis años de su vida.

Eran las personas que le inculcaron lo insignificante que era.

Eran la causa de sus pesadillas, la razón por la que no podía dormir por las noches.

Solo que ahora, a ellos los atormentaba otra cosa.

Yu Zhen estaba sentado allí, de espaldas a ella.

No era consciente de que alguien se acercaba, pues estaba demasiado absorto observando la escena.

Con un vaso de Bai-Jiu [1] servido a su lado y las piernas cruzadas, interpretaba muy bien el papel de un diablo siniestro.

Solo que no era un papel, y esa era su verdadera forma.

Los soldados a cargo de la tortura no tuvieron piedad.

Ni siquiera habían usado la mitad de las técnicas que empleaban con los soldados enemigos.

Esa gente era muy dramática.

Pero, claro, cuando uno crecía en una vida de lujos, cualquier tipo de dolor e incomodidad dolía diez veces más.

—¡¿De qué la acusaste?!

—exigió un soldado, sosteniendo un cubo de agua hirviendo.

Aquello insensibilizaría todos los cortes y la sangre de la peor manera posible.

El rostro desfigurado del aristócrata apenas se distinguía.

La sangre goteaba de su frente, y sus dientes castañeteaban para soportar el dolor.

El más mínimo movimiento era suficiente para que estallaran fuegos artificiales de agonía.

No podía ver por un ojo, y el otro lo tenía borroso.

—Yo…

no…

—
Respuesta equivocada.

El soldado arrojó una taza de agua hirviendo sobre las facciones del hombre.

Este soltó un grito lastimero que fue realmente inolvidable.

Pero para los hombres de guerra, era música para sus oídos.

—Continúen —dijo Yu Zhen para sus adentros.

Tomó un sorbo del licor, sin inmutarse en absoluto por lo que presenciaba.

—¡¿De qué la acusaste?!

—exigió el soldado, esta vez cogiendo un cuchillo.

Ahora que la piel estaba limpia, ¿no sería mejor empezar a desollarlo vivo?

Agua hirviendo y carne viva.

Era el mejor de los castigos, pero no el peor, para un hombre como él.

—P-por favor…

Y-yo l-les d-di lo que querían…

mis huellas…

y sangre.

¡Todo e-está a-ahí!

A los soldados no les gustó esa respuesta.

Asintieron el uno al otro.

Era hora de desollar a este hombre, empezando por sus piernas rotas.

El hombre ya no podía correr.

Ni siquiera caminar.

Le habían machacado las rótulas repetidamente, una y otra vez, con cada crujido nauseabundo más fuerte que el anterior.

Eso era porque ayer había sido muy irritante.

—Procedan.

Uno de los soldados avanzó y, lentamente, deslizó el cuchillo por los muslos descubiertos del hombre.

Otro chillido porcino rasgó el aire, un sonido de lo más placentero para los oídos de Yu Zhen.

Este dolor no era nada comparado con el que sintió su mujer.

Por cada minuto que ella sufrió, la gente de aquí sufriría una hora.

Él se aseguraría de ello.

—¡A-ayúdame!

¡Ayúdame, por favor!

—chilló el hombre cuando vio una sombra borrosa en la distancia.

Era diminuta y no se parecía al físico normal de un soldado.

Su hija no podía mirar.

Era un mar de lágrimas, gimiendo y balbuceando.

La saliva le salía a borbotones de la boca mientras una mezcla de mocos y sangre le caía por la nariz.

No se parecía en nada a la famosa belleza que solía ser.

Especialmente porque fue la primera en ensuciarse encima, con un hedor penetrante y asqueroso.

—La hija es molesta —comentó Yu Zhen.

Los soldados entendieron su mensaje al instante.

La hija no necesitaba los labios para hablar.

De eso se encargaba la lengua.

Se acercaron a ella, con los cuchillos listos para rebanarle sus bonitos labios.

—¡N-no, por favor!

—suplicó—.

¡M-me q-quedaré c-callada!

¡D-descárguenlo c-con mi padre!

¡Soy inocente!

Yu Zhen ladeó la cabeza, fingiendo pensar en ello.

Cuando vio que el hombre todavía tenía la decencia de parecer desconsolado por la traición de su propia hija, otra idea perversa acudió a la mente de Yu Zhen.

Por supuesto, ¿cómo podría olvidarlo?

La tortura psicológica dolía mucho más.

Soltó una risa carente de humor.

—Hay más de una forma de hacerle daño a una mujer.

Los soldados no necesitaron que se lo dijeran dos veces.

El hombre jadeaba, boqueando en busca de aire, rezando, esperando que eso se llevara el dolor.

No fue así.

Tenía un corte semirrectangular en el muslo.

La piel se agitaba con el viento y tirar de ella lo destrozaría sin duda.

Li Xueyue observó con horror cómo desataban a la mujer.

La mujer cayó de rodillas, incapaz de ponerse en pie, pues todos los huesos de sus piernas estaban destrozados.

Se oyó el sonido de ropa rasgándose.

Li Xueyue no podía apartar la mirada, aunque lo deseara desesperadamente.

—¡P-por favor, n-no!

—suplicó la mujer.

Se arrastró por el suelo, sin importarle que sus manos estuvieran manchadas con sus propios desechos.

—¡C-cualquier cosa m-menos e-esto!

¡H-haré lo que quieran!

—chilló, sabiendo lo que estaba a punto de ocurrirle.

—¿Cualquier cosa?

—Yu Zhen reveló una sonrisa perversa.

Su esperanza se disparó.

—¡C-cualquier cosa!

—Espléndido —Yu Zhen soltó otra carcajada.

Inclinó la cabeza y señaló con un gesto el trozo de piel que colgaba de la pierna del hombre.

—Arráncalo.

Hazlo lento y sin pausa, igual que cómo estos hombres te tomarían antes de dejarte para los caballos.

Y así sin más, su esperanza fue pisoteada.

La dejaron elegir.

¿Se sacrificaría a sí misma o a su padre?

¿Dejaría que el hombre que la crio con su sangre, sudor y lágrimas sufriera de esa manera?

Nadie la amaba más que su padre.

Nadie la trataba tan bien ni se preocupaba tanto por ella como él.

Todos los preciosos recuerdos que había pasado con él se estaban convirtiendo ahora en una mera ilusión.

Su padre, siempre tan amoroso, no era más que una herramienta para su supervivencia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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