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El Ascenso de Xueyue - Capítulo 93

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93: Moretones 93: Moretones Li Xueyue llegó a casa a tiempo para darles las buenas noches al Duque y a la Duquesa antes de retirarse a su habitación.

Al instante le prepararon un baño caliente con aceite de ylang-ylang y un puñado de pétalos de jazmín que flotaban en el agua.

Mientras una sirvienta le lavaba el pelo, se puso a tocar los pétalos por aburrimiento y oyó una brusca inspiración.

—¡M-mi señora, su espalda!

—exclamó la sirvienta.

—¿Qué ha pasado?

—preguntó Li Xueyue, irguiéndose en la enorme bañera.

—Tiene unos ligeros moratones en la parte alta de la espalda.

Li Xueyue gimió para sus adentros.

Debía de habérselo causado el golpe contra el árbol de Wen Jinkai.

—Ignóralo.

—¿Le duele?

Podemos llamar a un médico de inmediato para que no le deje ningún daño permanente.

—No, está bien —dijo Li Xueyue secamente, dándose la vuelta para mirar con firmeza a la sirvienta—.

No le menciones ni una palabra de esto a nadie.

¿Ha quedado claro?

Al instante, la sirvienta asintió, pero estaba preocupada por su señora.

—¿N-ni siquiera al Maestro y a la Señora?

—Especialmente no al Duque y a la Duquesa —resopló Li Xueyue—, y tampoco a los gemelos.

¿Entendido?

Hubo un titubeo y un movimiento incómodo por su parte antes de que asintiera.

—S-sí, lo entiendo.

Li Xueyue asintió como respuesta y dejó que la sirvienta continuara lavándole el pelo.

Una vez que terminó, le secaron el pelo mojado a mano con toallas, pero seguía húmedo y apoyado sobre sus hombros para cuando despidió a la sirvienta.

Había sido un día agotador y estaba deseando que terminara.

Caminó hasta su gran tocador, sacó una pluma, un tintero y su libro a medio llenar, decidiendo que sería un buen momento para empezar a formular otro plan.

—Qué hacer… —canturreó para sí misma.

Por desgracia para ella, esa noche no tenía ninguna idea.

Sus dedos sujetaban con fuerza la pluma mojada en tinta, pero no se movía.

Tenía pequeños rastros de manchas de tinta en las yemas de los dedos por sujetar la pluma incorrectamente durante demasiado tiempo sin moverse.

Decidió ir a otro lugar para aclarar sus ideas.

Vestida con un camisón holgado y ligero, Li Xueyue se sentó en el pequeño sofá que había justo debajo de su gran ventana circular.

Apoyó la mejilla en el alféizar y contempló el cielo nocturno, infinito y hermoso, pero inalcanzable y desolado.

—La luna está preciosa esta noche —dijo para nadie en particular.

Se preguntó cuántas veces se había sentado junto a esa ventana y había mirado al vacío, reflexionando sobre sus próximos movimientos.

Hoy había humillado a la Familia Bai, pero no era suficiente para ella.

Quería más.

La codicia por la venganza la consumía y temía sucumbir a su propia perdición si llegaba a extremos para arruinarlos.

—¿Qué se debe hacer?

—se dijo Li Xueyue mientras sus dedos dibujaban en el alféizar.

No se dio cuenta de que estaba escribiendo hasta que las manchas de tinta bajo las yemas de sus dedos formaron un «Comandante» escrito al azar.

Se detuvo antes de que un nombre se formara por completo.

En el fondo, sabía qué nombre escribiría: el de aquel que le ofreció un sabio consejo.

Soltó un gritito cuando algo entró volando por la ventana, aterrorizándola.

El corazón se le aceleró al ver el objeto que cayó rodando al suelo.

Un guijarro.

¿Qué demonios?

Oyó una maldición y se asomó para mirar abajo.

Para su horror y sorpresa, era un hombre.

Al instante, se puso de pie, y los cojines que tenía al lado cayeron.

Li Xueyue se dio la vuelta y empezó a buscar a tientas cómo abrocharse el camisón antes de gritar para llamar a un guardia.

—¿Xueyue?

Sus dedos temblorosos se detuvieron al oír la voz familiar.

«Ah, sí, definitivamente voy a llamar a un guardia», pensó para sí misma, corriendo al otro lado de la habitación.

—No llames a un guardia —exigió Wen Jinkai.

Li Xueyue se giró bruscamente.

Para su puro espanto, él había escalado sin esfuerzo y con rapidez hasta alcanzar el alféizar de su ventana.

Allí estaba, colgado de su lugar favorito con una sonrisa incómoda.

—¿Puedo entrar?

—¿Tengo elección?

—gruñó Li Xueyue, rodeándose con los brazos y rezando para que el camisón no fuera demasiado fino.

No le gustaba la ropa de dormir gruesa; después de un rato resultaba demasiado sofocante.

—Bueno, podría caerme desde aquí y golpearme la cabeza.

—Preferiría que te cayeras, te golpearas la cabeza y se te abriera —bramó Li Xueyue, abrazándose a sí misma cuando en los ojos de él brilló una disculpa.

Esperaba que se enfadara por sus palabras, pero fue el menos ofendido.

—He venido a entregar un regalo.

—Alzó con facilidad la parte inferior de su cuerpo hasta quedar sentado en el alféizar de la ventana, con las piernas colgando cómodamente.

Tuvo cuidado de no ensuciar el asiento.

—No lo quiero.

No quiero nada de ti.

—Li Xueyue negó con la cabeza, señalando la ventana por la que había trepado con facilidad—.

Había guardias abajo, bordeando los muros.

¿Cómo los has pasado?

Wen Jinkai sonrió.

—¿Acaso es una pregunta?

—preguntó, arqueando una ceja perfecta—.

No soy un Comandante de pacotilla, Pequeña Cervatilla.

Wen Jinkai se metió la mano en el bolsillo y le mostró un tarro de porcelana blanca.

Era diminuto y tenía dibujos de acuarela azul.

—Acércate, Pequeña Cervatilla, no voy a hacerte daño.

—¿Qué es eso?

—Li Xueyue no se movió de su sitio.

Prefería esa distancia segura entre ellos.

Estaba cerca de la puerta y sería increíblemente fácil avisar a los guardias de fuera.

—Es una crema para las heridas.

—Así que eres consciente.

—¿De qué?

—De que me has herido —espetó Li Xueyue.

—No era mi intención.

—El rostro pétreo de Wen Jinkai se suavizó solo para ella.

Sus orgullosos hombros estaban ligeramente encorvados, casi de forma indefensa.

Sus ojos estaban llenos de remordimiento, a pesar de que acababa de dejar inconscientes a cinco guardias él solo.

—No volverá a pasar, lo prometo.

—Nunca vas a cumplir esa promesa.

—La voz de Li Xueyue era suave y tranquilizadora para el frenético corazón de él.

No podía descifrarla.

Estaba demasiado a la defensiva esa noche, con sus barreras más altas que nunca.

—Xueyue, lo haré…
—No, no lo harás.

—Su tono se volvió más duro—.

Tienes un temperamento horrible y te ciega ante la realidad.

—Lo controlaré.

Li Xueyue negó rápidamente con la cabeza, lo que hizo que él se preocupara por su cuello.

Podría haberse hecho un esguince cervical.

—No te creo —gruñó.

Él frunció el ceño.

—Te lo juro, no volveré a hacerte daño, Pequeña Cervatilla.

Por favor, solo quiero ayudar.

Li Xueyue deseó no haber experimentado el déjà vu que la golpeó como una ola violenta.

Zheng Leiyu le había dicho una vez lo mismo.

Le prometió que nunca le haría daño cuando le robó su primer beso.

Y ahora, mira lo que le había hecho.

El dolor de su traición había herido más allá de la superficie.

Dejó una cicatriz permanente en su corazón, recordándole que cuanto más rápido latiera por otro hombre, más rápido correría hacia las puertas de la muerte.

Años de frustración y dolor reprimidos por la traición comenzaron a aflorar.

Los recuerdos de su inocente juventud pasaron como un destello por su mente.

El primer beso en el jardín, su suave caricia en la cabeza, sus brazos que la aprisionaban; todo lo que le recordaba a él volvió a su mente antes de que pudiera detenerlo.

Volvió a negar con la cabeza.

—Fuera.

—Pequeña Cervatilla, por favor —suplicó Wen Jinkai mientras entraba en la habitación, esquivando por poco el asiento afelpado con sus zapatos.

Cuando su pie tocó el suelo, ella entró en pánico.

—Hablo en serio, Wen Jinkai.

—Xueyue…
—Desprecio verte.

Él se puso rígido.

Ella siempre lo sorprendía de maneras que lo volvían loco.

—¿Por qué?

—Odio verte, me trae de vuelta los sentimientos que tanto me esforcé por olvidar.

—Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera controlarlas.

Wen Jinkai se convenció a sí mismo de mantener la cabeza fría a pesar de la bofetada que supuso el hecho de que ella hubiera amado a otro hombre.

Que había tenido sentimientos por otro hombre antes que por él.

Era una razón tonta para sentirse frustrado.

El pasado, pasado estaba.

¿Qué joven doncella no se había enamorado nunca?

—Cruzas demasiados límites.

Para ti, «no» significa «sí» y nunca respetas mis deseos.

Nunca podré confiar en un hombre como tú.

—Li Xueyue omitió su peligrosa personalidad, demasiado bipolar para que ella pudiera definirla con precisión.

Wen Jinkai dejó el pequeño tarro en el alféizar.

—Déjame ayudarte, Pequeña Cervatilla.

—Su voz plácida era un hechizo tranquilizador que la invitaba a avanzar.

Sus ojos estaban llenos de comprensión y compasión.

—Te ayudaré a olvidar el dolor —dijo mientras extendía su mano hacia ella—.

Ven aquí.

Sin previo aviso, sintió que la golpeaba el rayo de una revelación.

Quizás estaba sobreanalizando la situación, pero de repente se dio cuenta de algo.

Él tenía la habilidad de hacer suyo todo.

Esta era su habitación, pero se comportaba como si ella fuera la invitada que se entrometía.

Se suponía que este era su territorio, pero él seguía dándole órdenes.

Cruzaba sus límites, no porque quisiera, sino porque podía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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