El Ascenso del Dragón Blanco - Capítulo 373
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Capítulo 373: Capítulo 373
Desde luego, no se consideraba más desafortunado que Raquel, ni quería comparar su tristeza al descubrir que le estaban siendo infiel con la historia de abusos de ella por parte de su padrastro. Simplemente, se puso a pensar en ella y, por alguna razón que él mismo desconocía, pensó en lo que le había ocurrido cuando era joven.
Se levantó segundos después y fue a la cocina.
Cogió una cerveza de la nevera, volvió al sofá del salón y la dejó sobre la mesa.
Con la cerveza en la mano, la abrió y le dio un trago.
Las penas no se borraban simplemente con alcohol, pero ayudaba.
De repente, el móvil empezó a sonar. Renato miró y vio que era alguien con el identificador de llamada: [Mi Amor].
Dejó que sonara hasta que se cortó la llamada, cogió el teléfono y cambió el nombre a Bia. Pensó en poner algo ofensivo, pero luego lo descartó. Al recibir otra llamada y algunos mensajes por WhatsApp, puso el móvil en modo silencio y siguió bebiéndose las cervezas que quedaban.
Todavía tenía que llevarle sus cosas a casa de Raquel.
Al levantarse del sofá, estaba completamente sobrio, incluso después de beberse todas las cervezas. Quizá esa era una de las mayores desventajas de ser un cultivador: era difícil emborracharse.
Cerró la puerta tras de sí con la bolsa de viaje en la mano izquierda, un par de alas metálicas se extendieron a su espalda y Renato echó a volar.
Por suerte, la lluvia había cesado y no necesitaba usar el coche.
Si hubiera ido en coche, habría tardado una hora en llegar a casa de Raquel, pero volando solo tardó diez minutos.
Cuando llegó frente a la casa de Raquel, oyó la voz de Bia desde el interior.
Parecía estar maldiciéndolo por no contestar sus llamadas y no responder a sus mensajes.
Tras quedarse quieto unos segundos, finalmente llamó al timbre.
—¡Ya voy!
Le llegó la voz desde dentro de la casa.
Quien abrió la puerta fue Bia. Llevaba ropa informal, un poco demasiado reveladora, pero al fin y al cabo, estaba en casa; no tenía nada de malo vestir así. Bueno, tampoco era algo que debiera importarle ahora.
—¡Renato! Maldita sea, he estado intentando llamarte, cariño, y te he enviado varios mensajes, pero tú…
Antes de que pudiera empezar a hablar sin parar, la interrumpió y dijo con la mayor indiferencia y frialdad posible: —Rompemos.
—¿Romper? ¿Romper el qué? —gritó Bia. Entonces, se fijó a través de los barrotes de la verja en la gran bolsa que él sostenía en la mano—. ¿¡Vas a romper conmigo!?
Parecía no poder creerlo. Tenía la incredulidad pintada en la cara.
Pronto llegó también su madre por los gritos de Bia. Era una versión mayor y más atractiva de Bia. Aunque sus ojos eran azul claro y tenía el pelo rubio claro, a diferencia del rubio ceniza de Bia.
—¿Qué está pasando? ¿Renato? —Estaba algo sorprendida de verlo allí.
Sabía que su hija había estado intentando hablar con él hasta hacía un momento, pero no lo había conseguido. Incluso le había dicho a su hija que podría estar dentro de la torre, y por eso no podía responder.
—Hola, Raquel. —Su voz sonó un poco más amable al hablar con ella.
—Hola, pasa, no te quedes fuera. —A pesar de encontrar extraño que la llamara por su nombre en lugar de «suegra», como siempre hacía, lo invitó a entrar, indicándoselo con la cabeza.
—Creo que no es necesario, ya me voy —se negó Renato, sacudiendo la cabeza.
—¡¿Por qué, Renato, por qué?! —empezó a llorar Bia. Se acercó a la verja, la abrió y le agarró la camisa con ambas manos mientras le exigía una respuesta.
Raquel estaba aún más confundida. Solo había oído una parte de lo que decían; no había captado la parte en la que él decía que quería terminar la relación con Bia.
—Supongo que tu amigo del que decías que era gay no es tan gay después de todo —dijo Renato con voz fría, tratando de controlarse—. ¿Te divertiste mucho hoy con él en el motel?
Bia se quedó atónita al ser descubierta, retrocedió unos pasos y su expresión no tenía precio.
—¿Qué? —Raquel dio un paso al frente—. ¿De quién hablas, Renato?
—Hoy estaba en una misión. —Hizo aparecer de nuevo el par de alas y mintió—: Mientras volaba… vi a tu hija saliendo del motel, abrazando y besando a Gabriel.
—¡Oh, Dios mío! —Raquel miró a su hija y vio cómo estaba; supo que era verdad y se quedó en shock.
Recuperando la compostura, Bia intentó argumentar: —Renato, mi amor, puedo explicarlo…
—No me llames así. Perdiste ese derecho cuando me engañaste —dijo Renato con frialdad.
—¡Tienes que escucharme! —gritó mientras las lágrimas le corrían por la cara—. Lo sé, me equivoqué, no pensaba hacerte daño, no pensaba engañarte, solo, solo, estaba asustada e insegura… Vi cómo tenías cada vez más éxito en la vida, me sentí inferior, fue entonces cuando…
—¡Ja, ja, ja! Sí, una razón genial. ¿En lugar de hablar conmigo o con alguien de confianza, te sentiste inferior por tu cuenta y me engañaste? —rio Renato con desdén.
Raquel agarró a Bia por los hombros y la obligó a mirarla a los ojos, preguntando: —Bia, ¿por qué no hablaste conmigo? ¡¿Por qué diablos hiciste algo así?!
—Mamá, te respeto, pero ¿de verdad lo entenderías? Que yo sepa, nunca has salido con nadie en tu vida —respondió ella—. ¿Cómo diablos podrías ayudarme? ¿Qué culpa tengo yo de no querer hablar contigo cuando tu experiencia en relaciones es menor que la mía?
—Bia, tú… —Raquel estaba atónita al oír esas palabras salir de la boca de su hija.
Al darse cuenta de su error, Bia se disculpó rápidamente con tono de remordimiento: —Mamá, lo siento, no quería decir eso…
—Parece que últimamente has estado haciendo muchas cosas que no querías hacer, ¿eh? —Renato no sabía si reír de rabia o gritarle, pero al final, se limitó a llevar la bolsa hasta la puerta principal. Se detuvo en la verja y dijo—: Se acabó. No tengo nada que decirte, voy a seguir con mi vida y espero que tú hagas lo mismo con la tuya.
Antes de irse, se giró y miró a Raquel, que ahora también lloraba: —Raquel, siempre me has caído bien como amiga, y quizá eso es lo que más echaré de menos.
—Renato, ha cometido un error, pero ¿no hay alguna forma…?
Renato la interrumpió: —No, no aceptaría estar con alguien que no me respeta como hombre. No me importa que la infidelidad sea común hoy en día y que muchos acaben perdonando. La mujer que elija para que esté a mi lado será alguien que quiera que sea mi esposa y la madre de mis hijos…
Renato se rio de sí mismo mientras añadía, mirando en dirección a Bia: —Lo curioso es que pensaba pedirte matrimonio en el viaje que íbamos a hacer… Bueno, de todos modos ya no importa. ¡Adiós!
Dicho esto, no esperó respuesta de ellas. Con las alas extendidas, se elevó hacia el cielo.
Bia cayó de rodillas al suelo mientras veía cómo Renato se hacía cada vez más pequeño al volar hacia el cielo.
Nunca había sentido tanto arrepentimiento en su vida. Y, para colmo, sintió que se le partía el corazón al oír que él pensaba pedirle matrimonio en el viaje de su segundo aniversario que estaban planeando…
—¡¿Pero qué demonios he hecho?! —Se sintió como una basura. Sabía que, si él se enteraba, lo perdería. Sin embargo, cuando se aventuró en la relación prohibida y probó el sabor de la traición, se sintió tan traviesa y viva que permitió que sucediera…
Sin embargo, nada podía compararse con el dolor que sentía al perder al amor de su vida. Era tan desdichada que lloró sin parar, hasta el punto de gritar.
Raquel, que al principio estaba un poco enfadada con su hija, se sintió triste por ella. Sabía lo mucho que su hija quería a Renato, por lo que fue un gran shock para ella descubrir que le había engañado con ese chico afeminado.
Suspirando, se acercó a Bia: —Entremos, todo el mundo está mirando.
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