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| El Asesino del Silencio | Frank Gibson | - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo X Una chica ingrata
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11: Capítulo X: Una chica ingrata.

11: Capítulo X: Una chica ingrata.

<< Yo… ¿Dónde estoy?

>> Un pasillo gigante estaba justo de frente a mí… << ¿Qué… es este lugar?

>> Confuso, empecé a observar los alrededores.

Yacían cuadros antiguos que hacían miles de referencias a la religión colgando en las paredes, paredes que tenían un fuerte hedor a madera podrida… madera infectada por una plaga.

Ese lugar, se me parecía conocido en algún recuerdo… de mi oscuro pasado quiero creer.

Una voz infantil chocó contra mí por detrás.

–– ¿052?

¿Volviste?

Sentí como mis venas y nervios se helaron, ––<< esa voz… esa pregunta… no… no quiero… >>––.

No tuvieron que pasar minutos, ni horas y mucho menos días para que pudiese descubrir la misteriosa identidad de la portadora de tan… nostálgica voz… Choque mis dedos torpemente con mi pierna, no quería voltear… por nada del mundo debía de voltear… –– ¿Por qué no me ves?

¿Por qué 052 ya no me ve?…

Aquella voz se había traslado hasta detrás de mí oído, aferrando unas filosas garras alrededor de mi cuello.

Esta presencia maldita… volvió después de tanto ha acosarme por mis decisiones añejas.

Pero… ¿por qué ahora?

No lo sé, y no debo de socorrer ante mis penas otra vez… –– ¿Qué tanto piensas… 052?

¿Acaso no hablaras sobre los crímenes del periódico hoy?

Su voz, ahora era filosa como una espada medieval… estaba logrando romper todas mis barreras mentales, las barreras que sostenían mi ser, las barreras que me mantenían día tras días, las barreras que mantenían al único Frank Gibson.

Sin titubear un solo segundo, di un paso hacia el frente con intenciones de viajar por el espacio.

Pero, un fuerte dolor me detuvo, justo en mi pierna derecha sentí un gran ardor al empezar a caminar, un ardor que me hizo tropezar y caer contra el suelo con mi gran peso.

Una nube de polvo se desveló ante mis ojos… Lo que hace instantes eran paredes viejas cubiertas por cuadros colocados sin ningún tipo de sentido de la moda.

Ahora, eran paredes que demostraban un caos y sufrimiento siendo consumidas por un intenso fuego.

Extrañamente, no sentía el calor de ese fuego… solo sentía un fuerte ardor en mi pierna, sentía como si algún objeto puntiagudo estaba intentando romper mi fémur aplicando demasiada fuerza en él.

Las lágrimas las aguantaba con toda la fuerza de voluntad que me quedaba en aquel momento.

Entre las cenizas que caían desde techo, pude ver una extraña luz amarilla, sentía que me estaba llamando, que me atraía de la misma manera que una hermosa morena en un bar céntrico de la ciudad de París… –– (Señor… el efecto ya está pasando) Escuche aquella voz murmurante muy lejana de mí.

Aquel lugar en donde me encontraba empezaba a desvanecerse con las cenizas que caían suavemente ante mi torso.

Ahora, se mostraba unos trajes enormes de tonos amarillentos que mi memoria intentaba reconocer en alguna mancha blanca flotante en ella.

–– (Inyéctale lo que queda… sino perderá la…) Los susurros se escuchaban cada vez más lejanos de mí, había una sensación placentera que me hacía dar vueltas dentro de aquella luz amarilla.

<< Qué lugar tan… placentero es este… aquel ardor desapareció de golpe… ¿Estaré volando?

>> De la luz amarilla, empezaron a aparecer cientos de panales de abejas.

Las más grandes me hacían de soportes para volar entre los orificios gigantes llenos de miel.

Las más pequeñas, me masajeaban la pierna adolorida y me susurraban cosas al oído ––<< si esto es un sueño… que no me despierte jamás >>––, pensé mientras sostenía en mis manos un gran puñado de abejas bailarinas, estaban interpretando una versión algo torpe del Lago de los Cisnes… Una belleza que sedujo mi mirada ante las caderas aurinegras de los pequeños insectos.

Me pasearon con mucha cautela entre mares y cataratas de miel, hasta que llegamos a mi destino.

Un imponente altar que sostenía con sus cimientos un gigantesco trono en donde se sentaba la gran abeja reina haciendo relucir su dorada corona.

Quede encantando al estar en frente de tan hermosa presencia, era algo… increíble hasta para un hombre de mi estatus.

En sus ojos negros podía ver mi reflejo, podía admirar mi perfecta sonrisa dibujada de manera exacta en mi rostro.

La gran abeja reina, hizo resonar las paredes de su palacio con su intimidante zumbido.

Las abejas inferiores parecieron no entender lo mismo que yo había entendido ante aquel llamado, hicieron revolotear sus alas alejándose de nosotros rápidamente.

La preciosa reina, se bajó de su trono dejando de lado su corona.

Y de nuevo, soltó un fuerte zumbido.

Dos abejas corpulentas, parecidas a guardas de seguridad de cualquier club nocturno, se acercaron y me tomaron sin ningún tipo de cuidado.

Mi cuerpo cayó en seco contra la camilla metálica… había sido expulsado del palacio.

Ambas abejas habían desaparecido, la única que se mantenía conmigo era la reina, que estaba algo furiosa, o al menos, eso era lo que podía notar…  Volando sobre mí, con un aura que desprendía odio puro.

Me mostró su gigante aguijón que hacía envidiar su gran filo.

Con movimientos rápido que casi no lograba percibir con mi visón, se posó exactamente encima de mi pierna, y sin darme un mínimo respiro; lo clavó sin remordimiento alguno.

Aquello, me hizo salir de mi extraño trance, devolviéndome con un gran grito de dolor a la realidad en la que me encontraba… Aquellas personas que estaban tratándome, habían desaparecido junto a sus trajes malgastados… El dolor no lo podía soportar por nada.

Sentía como si mi pierna estuviese separada en dos… ––…

<< Maldita sea… si ahora acabo de gritar… ¿cómo mierda no puedo hablar?

>> Con los ojos llorosos, logré ver un poco la situación de mi pierna, notando como estaba totalmente abierta con el hueso al aíre libre.

Lo tenía parcialmente fracturado y la carne cortada ya estaba presentando una connotación morada.

Un fuerte crujido hizo que me alarmará, este provino detrás de mí… parecía ser de una puerta algo oxidada, algo había entrado en la habitación ya que lograba sentir las leves vibraciones que llegaban hasta la camilla.

Estaba a pocos segundos de entrar en un estado de shock por el intenso dolor.

Hasta que escuche una suave voz caer en mi oído… –– (Capaz… debas de descansar un poco, extranjero…) ––murmuró la voz.

Acto seguido, logré ver como una mano cubierta de un guante negro se deslizaba por mi cuerpo hasta llegar a mi pierna… lo que sucedió después, no se guardó en mi memoria.

Después de… ¿unas horas?

Desperté del sueño en el que había sido inducido, sentía… una vibración nerviosa por todo mi cuerpo, una especie de piquiña me dominaba.

Al abrir los ojos, noté como había sido movido a otra habitación, esta era mucha más pulcra y limpia que la anterior.

Tenía paredes bien pintadas y una decoración muy parecida a la de un hospital.

A mi lado, había un extraño cuadro de un jardín de flores negras y debajo de él; un pequeño florero con una amapola en él.

Al intentar levantarme, note como mi vestimenta había sido cambiada a una de paciente.

La camilla en la que reposaba era totalmente blanca y profesional… contrastaba con la anterior totalmente.

Al retirar la sábana blanca que me arropaba, quede asombrado… tenía un yeso gigante que me cubría hasta la rodilla de la pierna derecha.

El ambiente era frio y solitario… pero sabía que solo, no estaba.

El recuerdo de aquellas voces murmurando a mi oído, me daba a entender que si había más presencia humana en esta ciudad.

Pero… ¿dónde están?

Al bajar de la camilla, vi como unas muletas sobresalían de la parte baja de la misma.

Las tomé para tener un apoyo al caminar, y empecé a inspeccionar la habitación con la esperanza de encontrar algún objeto extraño típico de Heisenbourg.

Revise por cada mueble del lugar, encontrando únicamente batas y algunos artilugios básicos para todo hospital.

<< ¿Cómo es posible que exista algo así en esta ciudad?

>> Pensé, mientras seguía rebuscando en demás gavetas… solo para encontrar algunas agujas, pastillas y… ¿tazas?

Por alguna extraña razón que desconozco, en este… ¿hospital?

Es obligatorio tener tazas guardadas en los muebles de cada habitación.

Después de un rato, ya no había más que investigar, cada esquina había sido pasada por revisión ante mi privilegiada visión.

Inquieto por no tener ningún indicio de nada, me quedé observando la curiosa pintura que estaba delante de mí en esos momentos.

De pronto, la puerta de madera se abrió dejando entrar una presencia que sin mirarla, entendía bien su razón por la cual venía.

No despegué mí mirada de aquel cuadro, mis experiencias en este tipo de situaciones me decía que: debo de mantener la calma e ignorar las molestias que se me acercarán, y eso fue lo que hice.

Aunque debo de admitir que la curiosidad me venció por un momento, haciendo que viera por el rabillo del ojo a esa persona.

Era una mujer, de estatura mediana (baja comparada con la mía), vestida de manera casual… algo que no cuadraba mucho con la situación en la que nos encontrábamos.

Aun así, solo entró, cerrando la puerta poco después mientras que su cabello negro brillaba ante los paneles luminosos de la habitación.

Yo, mantenía mi peso apoyado en las muletas mientras intentaba encontrar la intención del autor ante tal obra.

El silencio complementaba de buena manera la atmosfera fría, aquella mujer se recostó en la pared, entrecruzando sus brazos y clavándome su intensa mirada de tonalidad café.

Pasaron los segundos, hasta que me aburrí que nadie dijera nada, haciendo la acción de voltearme pero, quedándome a mitad de camino, al notar que los latidos de mi corazón no estaban retumbando por mi cuerpo.

–– ¿Qué te preocupa tanto… extranjero?

<< Esta mujer… ¿Acaba de hablar?

¿Qué carajos?

>> –– ¿Estas asustado por tu pierna?

No te preocupes, en unas horas estarás como nuevo ––agregó.

Mi mente, colapsó por un momento.

¿Qué diablos acaba de suceder?

No encuentro ningún sentido, que esta mujer pueda hablar, sin que el ruido haya atacado el lugar de inmediato es totalmente absurdo ante la ley absurda de esta ciudad.

Ese suceso, me dejó totalmente desconcertado, ya no tenía la seguridad de terminar de voltear para quedar frente a frente.

––<< Acaso… ¿también es una criatura?

>>––, pensaba mientras mantenía una intensa guardia sobre la rosa.

La mujer, dio un pequeño suspiro antes de despegarse de la pared y empezar a caminar hacía mi con paso lento.

Mientras lo hacía, de su saco de gamuza, sacó un pequeño… espera, ¡ese es mi cuaderno!

–– Por esa expresión, puedo imaginar que no te habías percatado de su ausencia.

¿O me equivoco?

<< Esta mujer… >> Su voz, era totalmente altanera ante mi persona, buscaba hacerme inferior mediante las palabras y… demostrando que tenía mis pertenencias.

–– … Lo siguiente que resonó entre las paredes, fue la risa descontrolada de la mujer al ver como lo único que hice fue mover la boca en un intento de hablar.

–– Ay… ¿no puedes hablar?

¡Ja, ja, ja!

¡No me digas eso!

<< Esta maldita… >> Ya de entrada, tenía muy en claro que esta mujer no iba ser una aliada y mucho menos una amiga en algún futuro.

Solo sería una peste tenerla cerca en esta investigación.

–– Bueno, bueno… quita esa cara de amargo y toma esto –entregándome mi libreta con todo lo que tenía dentro.

Sus palabras, eran tomadas como ofensas por mí.

––<< ¿Cara amarga?

¿Acaso no ha visto la suya?

>>––, pensaba mientras tomaba el cuaderno.

Al hacerlo, el recuerdo de la experiencia con esa extraña niña araña me vino a la mente, al igual que las realidad alternas que se me eran mostradas por el espejo.

Sin pensármelo dos veces, me apunté con el mismo, teniendo como reflejo…: ––<< ¿yo?

>>––.

Sorprendido, apunte hacia la mujer, notando que ella también se veía en el cristal.

Ella, al ver mi actitud extrañamente justificable si pudiese hablar, dio unos pasos hacia atrás con una expresión que mostraba repudio hacía mí.

Tomé el bolígrafo del cuaderno y me dispuse a escribir algo para empezar la comunicación.

–– “¿Qué eres?” fue lo que escribí.

Ambos entrelazamos miradas por unos instantes, solo que con expresiones diferentes.

La mía, era de duda y desconcierto ante lo que estaba viendo.

En cambio, la de ella, era de arrogancia y asco.

–– ¿Eres estúpido?

––Preguntó con una mirada arrogante––.

¡Es obvio que soy humana!

La pregunta aquí es: ¿Qué carajo eres tú?

<< ¿Qué que soy?

Al parecer la estúpida aquí es otra… >> Baje mi mirada hacia el cuadernillo, disponiéndome a escribir.

Pero, esta desgraciada no me lo permitió.

Jaló con mucha fuerza de mi brazo izquierdo, lo miró con extrañeza y después me susurró al oído: –– (Así que… si es verdad que eres extranjero) Pensativo por su extraña conducta, la empuje hacía atrás intentando recuperar la distancia que ella había violado al acercarse.

Escribiendo rápidamente en el cuaderno mi pensamiento ante su estúpido pensar.

–– “¿Acaso no es obvio?

Soy alguien normal, mucho más normal que tú.

Te lo aseguro.

Al leerlo, se dibujó una pícara sonrisa en sus labios, su mirada había pasado de ser una de asco, a una seductora… ––<< ¿Esta tipa qué?

>>––, pensé; intentando mantener la cordura ante su conducta extraña.

Sin duda alguna, ella no estaba muy bien de la cabeza.

Lo único interesante que tenía era su belleza física.

Pero, por dentro, veía que no era más que una loca.

Nuevamente, hubo ruido sordo en la habitación.

Ella camino nuevamente hacía la pared que había abandonado minutos atrás y de sus bolsillos sacó las dos cosas que más anhelaba en ese momento: una cajetilla de cigarros y un encendedor… Mis ojos, se pusieron como monedas de oro.

Brillaban al ver lo que tanto me había hecho falta.

Esa mujer, pareció ver las ansías que escondía de calmar todo el estrés con unas caladas.

Colocando un rostro burlón y empezando a fumar al frente de mí.

<< No sé qué tan profesional es esto… pero maldita sea, este olor… >> Mi olfato, había sido bendecido por el fuerte olor del cigarro que fumaban al frente de mí.

Mi mente se calmó por unos instantes, haciendo recordar el tiempo que había pasado antes de haber sido secuestrado en esta maldita metrópolis.

La mujer, al retirar el cigarro entre sus rojos labios, se dirigió hacia mí con un tono coqueto que me tomó desprevenido:  –– Soy Aldeheid Mendelsshon.

En cambio tú, eres solo extranjero… ¿Nos entendemos?

<< ¿Cómo que sí nos entendemos?

¡¿Qué se cree esta mujer?!

¿Un capo de la mafia o un dictador?

>> Sin duda, esta tipa esta demente.

Vive un mundo de fantasías oscuras en su retorcido cerebro.

Pero, por ahora es la única persona que al menos es similar a mí de manera física.

Sin muchas opciones, decidí seguirle el juego y adoptar el papel de un simple extranjero… ––<< Lo que me hace hacer esta ciudad… >>––.

Pensé, mientras escribía en el cuaderno que estaba totalmente de acuerdo lo que decía.

Después de darle tres caladas al cigarro, terminó por botarlo en el florero que contenía la rosa.

Se paró de frente al cuadro.

Sin decir ni una sola palabra, se recogió su manga del brazo izquierdo dejándome a la vista un curioso número tatuado en su antebrazo.

<< 270449… ¿tan mal gusto tiene esta tipa para tatuarse eso?

>> Curioso por ese tatuaje, que parecía ser hecho de muy mala gana, me dirigí hacía el cuaderno nuevamente para escribir.

–– “¿Qué es esto?” Ella, se volteó a leer mi pregunta.

Nuevamente, silencio.

Ella paseo por la habitación, parecía estar buscando alguna manera de explicar la razón de tal tatuaje.

Mientras eso ocurría, yo solo podía pensar en lo distorsionada que era esta situación… Un hombre con una pierna enyesada y una mujer que caminaba dentro de un hospital fumando a placer… Ni en mis fantasías más voladas podría haber imaginado esto.

Después de haberle dado unas cuantas vueltas a la habitación y a sus pensamientos (me imaginó yo), se dignó a volver abrir su grosera boca.

Y con un tono serio, mostrando nuevamente el número dijo: –– Esto es lo que identifica a las personas nacidas en Heisenbourg… ¿Acaso no es obvio?

<< ¿De obviedades quiere hablar?

¿Y más en esta retorcida ciudad?

Debo de estar drogado… esto no puede ser real… >> Apoyándome nuevamente en las muletas, me levanté y me dirigí hacia ella.

Haciéndole señas que quería algo para fumar, ella parecía no entenderlo.

––<< ¿Acaso está jugando conmigo?

>>––.

Pensé, mientras hacía aún más obvio el gesto de fumar un cigarrillo invisible.

Ella, no parecía tener intenciones de colaborarme con mi petición.

Dándome la espalda y abriendo la puerta.

Al llegar a ella, se detuvo un segundo y sin verme a la cara me pidió que la siguiera.

Internamente pensé si seguir esa petición tan arrogante de una persona que me había rechazado compartir un simple cigarro.

Pero, prefería caminar antes de seguir más tiempo en la pequeña pieza.

Así que, guardando mis aposentos en uno de los bolsillos de la bata.

La seguí por el hospital.

El sitio, estaba desolado, no había doctores, no había pacientes, no había personal.

Solo estaba mi maravillosa presencia y la de la mujer ingrata.

A pesar de la falta de personas, todo permanecía limpio, ni un gramo de polvo se había pegado en las plantas de mis pies.

Marchábamos con el silencio y las vibraciones del suelo.

Para ese momento, nos encontrábamos pasando un pasillo lleno de puertas, algo que asemejé a la aérea de cuidados intensivos de los hospitales de mi realidad.

Llegamos a ese lugar, después de pasar por dos recepciones vacías, llenas de sillas metálicas que con tan solo verlas, se podía sentir el frío que contenían.

Cada puerta, tenía una pequeña ventana en donde se podía el interior de las mismas.

De reojo las iba viendo, notando que no eran tan distintas comparada en la que había aparecido.

Después de unos metros de caminata, la señorita… Alde… ––<< ¿cómo era su nombre?

>>––.

Se detuvo en frente de una puerta distinta a las demás.

Esta estaba decoradas de unas extrañas pegatinas de una extraña simbología y algunas palabras en alemán pintadas de blanco.

Ella, resopló antes de abrir y con su mano me dio la orden de entrar con ella.

Al estar de frente a la habitación, me di cuenta de algo que estaba dejando pasar por alto: las puertas no tenían identificación.

Manteniendo el porte serio ante el descubrimiento, me adentré junto a la mujer.

Notando que también estaba vacía de paciente.

Siendo una copia casi exacta de la mía.

Lo que cambiaba en esta, era la ausencia de una flor y el cuadro que colgaba encima del florero.

Este era distinto al del campo de flores que ya había visto, era una versión alterna del cuadro “El Grito” de Edvard Munch, solo que en el lugar en donde debería estar la persona, ahora se encontraba una curiosa mancha negra.

–– ¿Qué te trajo a esta ciudad?

––Preguntó mientras abría unas gavetas de un largo mueble de madera.

La pregunta, preferí ignorarla y observar aquel cuadro.

No miento cuando digo que de verdad me había cautivado demasiado… este interés probablemente nació por los sucesos que ya había vivido hasta ese momento.

La mujer, estaba hablando cosas que prefería ignorar, era más importante encontrarle un significado a este obra alterna que tenía de frente.

––<< Mancha negra… ¿será la sombra?

Además… hay algunas cosas de esto que no se me hacen tan parecidas a la pintura real… >>–– pensaba mientras señalabas las olas que se encontraban en la posición contraría de la que deberían.

Estaba totalmente absortó en ello, hasta que sentí un gentil tacto llegando a mi espalda.

–– (Es malo ignorarme… ¿lo sabías?) ––susurrándome al oído y haciéndome llevar un buen susto de gratis.

Alde… La mujer ingrata, se puso a mi costado, acompañándome en la apreciación del cuadro.

–– Esta pintura… no recuerdo como se llama, pero su autor se apellida Swason ––agregó.

<< Espera, ¿Swason?

Ese apellido… >> Rápidamente, saque el cuaderno y lo abrí en la primera hoja de manera exacta.

Confirmando mí sospecha…

El nombre “William Swason” estaba escrito perfectamente entre las líneas del cuaderno con tinta negra.

Se lo mostré a la mujer con apuro.

Ella lo vio y cambio su expresión al leer el nombre.

–– No estoy muy segura… pero creo que si es él.

<< Así que… Si eres alguien real, maldito… >> La mujer, quedo extrañada ante mi cara de victoria.

Es obvio que alguien inferior que yo no podría comprender el descubrimiento magnifico que había conseguido.

Me apresuré a escribir en el cuaderno.

Le pregunté qué tanto sabía de él a la ingrata, haciendo que ella se viera aún más confusa por mí conducta acelerada.

–– Yo… bueno, él era un gran pintor que nació en esta ciudad.

Pero hace unos meses desapareció después de cruzar las montañas… << ¿Despareció?

¿Montañas?

Un momento… ¿dijo meses?…

>> En ese momento, un recuerdo borroso me golpeo de manera invisible.

Una voz vieja, casi rota hablándome de esta ciudad hace años… un número telefónico de código totalmente distinto al de Alemania… En cámara rápida, pasaron por mis ojos cientos de imágenes de mis antiguos clientes, de sus cuerpos y sus extrañas muertes… El recuerdo de la señora Madeline, pero… ––<< ¿Ella tenía esos números en su antebrazo?…

>>–– –– Oye, ¿aun tienes efecto de la anestesia?

La ingrata, que ahora se estaba comportando de manera amable.

Me sacó del trance en el que me encontraba dándome un pequeño golpe en mi brazo.

–– … Nuevamente, se me había olvidado no podía usar mi voz para comunicarme con ella.

Y eso me costó demasiado caro para mi orgullo… –– ¡Ja, ja, ja!

Estalló en carcajadas al ver mi torpe intento, haciéndome olvidar la imagen de ella que estaba empezando a cambiar.

––<< Sin duda… es una maldita >>––.

Pensaba, mientras que intentaba soportar las ganas de bajarle los humos a esta tipa.

Ella siguió riéndose mientras intentaba recuperar aíre sosteniéndose de mi hombro.

Yo, solo quite su mano de mi ser y me senté en la camilla para escribir un poco.

–– “A todo esto, ¿cómo es que puedes hablar?” Ella, ignoro la pregunta y siguió riendo chocándose de pared en pared.

Su cara que antes era blanca, ahora estaba totalmente enrojecida en sus mejillas.

Se tapaba la boca con una mano intentando tapar una sonrisa radiante.

Molesto por ser ignorado, la volví a apuntar con el espejo.

Quería volver a confirmar si no estaba lidiando con una maldita criatura que me haría correr peligro… Este acto, llamó la atención de la mujer ingrata.

Haciendo que detuviese su molesta risa y volviera progresivamente a su expresión seria.

–– ¿Por qué me vuelves a apuntar con esa cosa?

––Pregunto, con un hipo que la entrecortaba causado por la risa.

–– “Eso no es de tu incumbencia.

Responde mi pregunta” –– Pues, eso tampoco te importa, extranjero.

De hecho, hay algo que no me has respondido aún.

<< Esta mujer… ¡¿Por qué debe existir alguien tan molesto?!

>> –– “¿Qué cosa?” –– ¿Cómo fue que llegaste a esta ciudad?

<< Bueno… ¿Cómo se lo explicaría?

Es prácticamente imposible hacerlo con palabras, ¿Qué le tengo que decir?

Que llegué después de haberme enfrentado a un cuervo gigante que hablaba y ser transportado por una especie de caja negra que tenía pedazos de los cuerpos de mis clientes… ¿no sería demasiado irreal?

>> La verdad, se me hacía totalmente imposible explicarle como había llegado a este lugar.

O al menos hacerlo con palabras y que sea de una manera creíble.

Ella, pareció molestarse al no tener una respuesta inmediata y al notar mi inquietud.

–– Extranjero, que complicado que eres.

¿No es más sencillo decirme que no es mi problema?

No me gusta que me hagan esperar ––exclamó con una mirada maliciosa.

Ella se quedó en silencio al igual que yo, ambos nos quedamos en silencio.

En silencio total.

Solo nos veíamos, ahora ella con una mirada desafiante, como si estuviese obligándome a empezar a hablar de mis más profundos pecados, y yo con una mirada reservada en posición defensiva.

Después de unos segundos, ella se me acercó sacando dos cigarrillos y el encendedor.

Al estar de frente, me entregó uno llevándolo directamente hacía mis labios y encendiéndolo sin que yo se lo pida.

–– Te pregunto, extranjero… ––haciendo un lado a las muletas y acercándose a mi oído––.

(¿Qué es lo que te trae a Heisenbourg?) Una vez se apartó, di una pequeña calada al cigarro como si fuese un niño comiendo un dulce.

Ella se quedó a un costado mientras que yo escribía en el cuaderno.

–– “Vengo por casos de asesinatos.” Al leerlo, cerró los ojos de tal manera, que se parecía a cuando una persona cierra una sospecha silenciosa.

Se llevó la mano a la barbilla de manera dubitativa.

Y después tomo mis muletas para ponerlas sobre la camilla y sentarse a mi lado.

Su trato, dependía demasiado de lo que decía… ––<< ¿Será una narcisista?

>>–– era lo que pensaba, mientras que veía como se arreglaba su largo cabello sedoso con una liga de color negro.

En todo este plazo, fue incapaz de pronunciar una única palabra mientras arreglaba su imagen.

A todo esto, al fin me di un pequeño tiempo para apreciar un poco de su belleza.

Dándome cuenta que efectivamente, esta mujer con un gran desorden mental era al menos atractiva.

Llevándose sus manos a los bolsillos de sus pantalones de vestir, dijo: –– Así que… estas consiente de lo extraño de este lugar, ¿o me equivoco?

–– “Si, he visto demasiadas cosas…” Antes de que terminara de describir.

Ella llevo su mano delgada a la mía, obligándome a detenerme.

Y con un tono tímido, casi susurrado, preguntó: –– ¿Cómo que… has visto?

Su pregunta, me dejo con una pequeña duda: ––<< ¿Por qué se sorprende con que haya escrito esto?

>>––.

Le di unas cuantas caladas al cigarrillo que ya llevaba hasta la mitad antes de responder.

–– “Pues, a la sombra, una bola de fuego… he visto demasiadas cosas.

¿Por qué te sorprendes?” Ella se levantó, sosteniendo el cigarro apagado entre sus dedos.

Podía apreciar como de su cuello se escurría sudor.

Algo extraño, ya que el hospital entero era frío, incluso con esta bata estaba a nada de congelarme.

La mujer, camino de un extremo a otro antes de volver a verme a la cara.

Con una cara llena de terror me preguntó: –– ¿Cómo conoces el nombre de Swason?” Curioso por ese repentino cambio de actitud, empecé a escribir un breve resumen de lo que había vivido antes de llegar hasta esta situación.

Las llamadas, los euros que aparecían cada mes en mi cuenta, los antiguos habitantes que había encontrado a lo largo de todo el mundo que después morían de maneras ineditas.

Lo único que no escribí y preferí saltarme, fue mi extraña llegada, la anciana del motel y sus supuestos nietos.

El pajarraco tan maldito como su voz, y demás cosas que no valían la pena mencionar.

Al terminar, de su cara solo podía entender dos cosas: no podía digerir todo lo que le estaba contando o, no entendía absolutamente nada de lo que escribí.

Su mirada estaba en un limbo de la perdición y la ignorancia total, Sus labios se secaron y dejo caer el cigarro al suelo.

Acto que maldije internamente… Después de recobrar su cordura, me quitó el cuaderno y el bolígrafo, empezando a escribir.

Yo, la veía incrédulo.

¿Cómo se atreve a quitarme lo mío de manera tan atrevida?

Se salva que estoy en muletas en estos momentos.

Empezó a mover la mano de manera rápida, no me podía imaginar ni siquiera lo que está loca sería capaz de escribir en mi cuaderno… Después de una hora, me devolvió el cuaderno cerrado con el bolígrafo que servía de marca páginas y me montó una intensa mirada de guardia.

El humor en el lugar había cambiado al igual que su expresión.

Sin otra opción, abrí el cuaderno y empecé a leer lo que había escrito.

De alguna manera, lo había escrito perfectamente en mi idioma y no en alemán.

“Esta ciudad, fue creada por un gobierno hace muchos años, iba ser la ciudad de la raza pura… de la raza perfecta.

Fueron muchos años que tardaron en construirla, de hecho, cuando la inauguraron aún no estaba construida en su totalidad.

En sus primeros años, era todo calma, una ciudad religiosa, una ciudad sin crimen, una ciudad sin tristeza.

Todos tenían trabajos, todos tenían casas, nadie se quedaba por fuera.

Fue cuando aparecieron esas nubes negras, yo en ese momento aún era pequeña.

Mi madre había ido a una presentación de artes de un artista de apellido Swason.

Traía obras innovadoras, todas propias.

Según salía en los periódicos, era uno de los primeros habitantes de la ciudad, pero se tuvo que ir por órdenes del gobierno…” Lo que leía, me estaba pareciendo ser una especie de historia barata, de esas que se suelen leer en historietas de mala calidad.

Seguía moviendo mis ojos de tal manera que pareciese que estaba leyendo con suma atención.

La mujer ingrata de nombre complicado, me estaba viendo atenta de que no se me pasará algún detalle de su escrito.

Por un momento, tuve que detener la actuación y sumergirme nuevamente en la lectura, había llegado… capaz a lo que más me importaría a mí… “… mi madre ese día no apareció… al igual que muchas personas mayores de la ciudad.

El sol ya no se veía desde la ventana.

Todo estaba cubierto de negro.

De pronto, unas bocinas empezaron a llenar a la ciudad de un mensaje.

No recuerdo exactamente lo que decían, solo nos pedían que nos quedáramos en casa, cerráramos todo acceso y lo más importante…: No hagamos ruido.

Pasaron unas horas de eso, el mensaje cesó.

Yo tomé eso como un cese a esa extraña norma.

Por primera vez en mis entonces quince años, había escuchado bocinas en la ciudad.

Me asomé por la ventana de mi casa, y note la calle muy solitaria, pero también la note muy roja.

Recuerdo que salí al balcón, y fue la primera vez que lo vi… Un enorme reloj blanco, que funcionaba perfectamente.

Recuerdo que me asuste, no era posible que un reloj tan grande apareciese en el centro del parque más importante de Heisenbourg.

Después de eso, tomé el teléfono fijo de mi casa y llame al número de la exposición de arte.

La llamada fue aceptada.

Intenté hablar, y ni yo misma me escuché.

El ruido había desaparecido de la ciudad totalmente…” Antes que continuara la lectura, ella me arrebató otra vez el cuaderno, y escribió aún más rápido que la vez anterior.

En pocos instantes tenía el cuaderno nuevamente en mis manos, con el texto gigante tallado con varias líneas y una nueva frase que decía: “Sígueme, él está aquí.” Me tomó fuerte de la mano, haciendo que me levantara de la camilla y me tuviera que apoyar de un solo pie.

Podía sentir su palma totalmente sudada al igual que su pulso acelerado.

Aplique un poco de mi peso, haciendo que ella no pudiese avanzar y le indique con mi índice que me faltaban las muletas.

Ella con el ceño fruncido, las tomó y rápidamente me las dio tomándome esta vez de la bata.

Ambos salimos de la habitación, el pasillo que antes estaba bien iluminado, ahora estaba inducido en la penumbra.

Todo me tenía confundido, lo que leí, lo que escuché y ahora lo que veo.

Me hacía pensar.

<< ¿Por qué no habla?

¡No, no!

¡¿Por qué puede hablar?!

¡Ella escribió que desde ese día desapareció el ruido totalmente de la ciudad!

Además… ¿Cuándo ella tenía quince años?

Viéndola… parece de unos veinte… >> Recorrimos todo ese pasillo, llegando a una zona de escaleras de emergencia, ella las empezó a bajar con rapidez.

Yo para no quedarme atrás, empecé a deslizarme por las barandillas… Algo que al principio no me funciono bien, en los primeros intentos, terminé por golpearme contra las paredes.

Después del tercer intento, ya le había agarrado la caída a eso.

Bajé y bajé las escaleras sin tener visión de aquella muchacha.

Hasta que llegué al final de estas, la encontré de frente a una gran puerta de metal; estaba esperándome en ese lugar.

Al notar mi presencia, empezó a mover el timón gigante con mucha agilidad.

Al tiempo de que una brisa helada que ya era conocida, impactó directamente contra mí nuca.

De allí, lo escuche: Tucum… tucum… tucum… Efectivamente, el reloj se había accionado nuevamente y mi corazón volvía latir con gran vigor.

Un fuerte estruendo se empezó a escuchar desde lo alto de la escalera.

Pequeños escombros empezaron a caer contra el piso.

Sabía que lo que se venía iba ser algo grande.

Devolví mi mirada a la joven y note que ya había logrado abrir… Aun así, en ella una expresión de miedo y duda la estaba deteniendo de continuar, intentaba decirme algo pero solo movía sus labios de manera desordenada.

Solté una de mis muletas, y con la mano libre que tenía la tomé de su muñeca y con mi cuerpo me abalance hacia la puerta.

Abriéndola y dejando a la vista un enorme túnel tallado en una densa roca rojiza.

Con el impulso, caí junto a ella en el mismo.

Yo permanecí unos segundos en el piso, la mujer se levantó rápidamente, cerrando la puerta con mucho esfuerzo.

Ella se me acercó, con una apariencia asustada y entre sus labios pude leer lo que me estaba intentando decir: –– (Nos tenemos que ir) Yo, me preparé para levantarme nuevamente.

Pero ella me detuvo, me hizo mantenerme un momento en el piso.

Buscó con apuro entre su saco, sacando un gran cuchillo con su filo en forma de cierra.

En ese momento, me lamenté haberme olvidado que estaba conviviendo con una zafada y que además… ahora la había salvado.

Cerré los ojos, lamentándome de lo estúpido que fui al actuar por impulso; acepte mi destino mientras veía como empezaban a aparecer abolladuras en la gigantesca puerta… –– … –– ¿Qué pasa?

––pregunté.

Sentí como un peso fue quitado de mi pierna.

Ella me toco el hombro intentando llamar mi atención, haciéndome notar que me había quitado el yeso… Vi mi pierna, anonado.

No tenía ni una sola cicatriz a pesar de que antes la tenía abierta de par en par.

Me levanté, asombrado.

Ignorando el miedo que tenía la mujer y los golpes que estaba resistiendo la puerta.

Al estar totalmente erguido, noté que estaba totalmente renovado, como si no me hubiese ocurrido absolutamente nada.

Una sonrisa llena de alegría se mostró en mi rostro, algo que a ella no le gustó para nada… ¡Plam!

–– ¡¿Por qué me golpeas?!

–– … Había recibido una fuerte cachetada, por estar despreocupado en una situación que podría decir que era de vida y muerte.

Sin mediar más palabras y aguantándome la rabia que me había hecho hervir la sangre, empezamos a avanzar por el largo túnel.

La puerta no duro mucho tiempo, saliendo disparada hacia nuestra dirección y pasando por el medio de los dos.

Aquella criatura había logrado sobrepasar esa barrera y ahora… habíamos quedado a nuestra pura voluntad y resistencia física para sobrevivir.

Todo temblaba por nuestras galopadas y por el avance desenfrenado de la criatura.

Sentía como la brisa que provocaba estaba incrementándose a la vez que aumentábamos nuestra velocidad.

La chica empezó a quedarse atrás, se notaba en su respiración que estaba a nada de llegar a su límite.

La tomé de la mano con fuerza, y casi arrastrándola continúe con la carrera.

A unos cincuenta metros, nos esperaba una curva muy cerrada.

Tenía que rebajar la velocidad si no quería que la mujer se escapara de mi mano al momento de tomarla.

Pero si lo hacía, lo más seguro es que aquella criatura nos alcanzaría a ambos… La decisión debía de tomarla en segundos, ya que con la velocidad que llevaba, en menos de diez segundos ya estaría chocándome de cara contra la pared si no me decidía.

A todo esto, no me había animado de tan siquiera voltear a mirar, sabía que si lo hacía, podría perder el ritmo que llevaba.

<< Maldita sea… ya no queda nada… debo… >> En un simple abrir y cerrar de ojos, ya estaba casi de frente en la curva.

Solo podía hacer una única cosa con la velocidad que tenía.

Poniendo firme un pie de apoyo, giré todo mi torso mientras soportaba con un solo brazo el peso de la chica.

Ella pareció entender lo que quería hacer y también aplicó esfuerzo para lograr dar la curva… ¡PUM!

–– … –– … El silencio, volvió a dominar mi cuerpo…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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