| El Asesino del Silencio | Frank Gibson | - Capítulo 18
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Capítulo 18: Capítulo XVI: Aldeheid.
Habré dormido unas horas… unas largas horas, sin duda. El cielo de concreto dominaba toda mi visión. Alguna que otra lámpara aparecía cada tanto cuando, pero por lo general, todo lo que alcanzaba a ver era un gris tenue.
Mi cuerpo se sentía extraño. Desde que llegué a esta metrópolis no recuerdo haberme sentido tan liviano como ahora… ni siquiera en aquellas caídas extremas a la que había sido obligado a sufrir. Mis manos se sentían… pegajosas, movía mis dedos hacía la palma y sentía como se pegaban con ella. Incluso, solían arder un poco al momento de separarlos.
Intenté levantar la parte alta de mi torso. Pero, sufrí un grave mareo tan solo despegar mi cabeza unos escasos centímetros del suelo. Me tumbé nuevamente en él, haciendo levantar una gran nube de polvo. Me lleve una mano al pecho, y confirme que mi corazón aún no estaba latiendo. Intenté separar la palma de las telas de mi ropa, pero sentí como estas se adhirieron fuertemente. Un ardor fuerte hizo que tuviera que apretar mi respiración por unos instantes.
No sabía que había ocurrido para que llegara a esta situación, ni siquiera sabía si me encontraba solo o no. No podía más que ver el cielo sucio que tenía encima. Parecía ser cercano, pero a la vez tan lejano. No tenía sentido alguno de la profundidad. No entendía que le pasaba a mí cuerpo, ¿por qué no puedo separar mi mano de mi ropa? Me preguntaba, ansioso de no poder conseguir una respuesta.
Intentar levantar mi otra mano del suelo fue imposible, no tenía la suficiente fuerza como para poder llevarla hasta mi cara.
El ardor, ya no solo dolía, sino que quemaba también. Me encontraba completamente inmóvil. Mis caderas y piernas no respondían a las órdenes de mi cerebro. Nada de mi cuerpo respondía a lo que yo quería. Sentía como mi carne se empezaba a funcionar con la suciedad del ambiente.
—¡…!
Intenté gritar, pero no funcionó. Como todo en esta ciudad, que no funciona para absolutamente nada. Ya resignado, solo me quedo volver entrar en calma y pensar en soluciones. No dejarme llevar por el dolor era lo primordial, necesitaba mantener la mente totalmente separada de lo que sucedía de mi cuerpo. Debía de hacer… algo que me explicaron hace mucho tiempo, una cosa llamada: “meditar”. Nunca la había tenido que usar, porque siempre he pensado que es una pérdida de tiempo creada para los seres inferiores a mí. Pero, creo que me tendré que rebajar hasta ellos por esta vez.
Cerré mis ojos, intentando recordar la voz que me lo explicó hace años atrás…
<< De verdad… ¿qué tan poco interesante tuvo que haber sido para que no lo pueda recordar? >>
Pensé, aclarando mi mente y “ascendiendo” mi alma a un plano “superior”. La voz era distante. Podía escuchar cómo me llamaba—: extranjero, extranjero—, desde la lejanía. Era como si esa voz interna que había mantenido oculta, estuviese comunicándose con mi grandeza por primera vez.
Abrí mis ojos, con las esperanzas de ver a esa figura que me traería la solución a este pequeño problema. Pero, lo que encontré fue únicamente la figura de la estúpida ingrata al frente de mí. Ella me veía como un bicho extraño, como si fuese alguna anomalía de la naturaleza que está naciendo sobre un suelo lleno de mugre.
—¡…!
—…
—¿…?
<< ¿Por qué carajo no habla ahora? ¡¿No fue ella la que me llamaba?! >>
Movía mis labios, diciéndole en un perfecto inglés que necesitaba ayuda. Ella solo respondía moviendo sus labios de la misma manera. No comprendía para nada porque justo ahora no me hablaba, si hace unos pocos segundos la había escuchado llamándome. ¿¡Qué carajo le sucede a esta mujer?!
Ella, miró mi cuerpo de arriba abajo. Después, buscó dentro de su chaqueta de gamuza polvorienta algún objeto. Estuvo como unos cinco minutos buscando. Cinco minutos en donde mi dolor lo único que hacía era incrementar de gran manera. Mis ojos comenzaron a aguarse por ello, sentía como los nervios de mi cuerpo respondían de manera punzante ante cada pequeño ardor producido de la tela en mi mano.
Después de los minutos, la ingrata encontró lo que tanto estaba buscando, que era: un pequeño espejo de mano. En ese momento, todo el sufrimiento interno que tenía pareció evolucionar en cascadas de insultos hacía ella.
<< ¡¿Qué mierda buscas hacer con un espejo ahora?! ¡¿Eres más estúpida de lo que pensé?! ¡Maldita ingrata! ¡Maldita, maldita, maldita, maldita! ¡Juro que yo seré que ponga fin a tu maldita vida! ¡Desgraciada de mierda! >>
Ella mantuvo su atención en el espejo, sin siquiera mirarme en un instante. Hasta que después de tocarse el rostro un par de veces. Movió su espejo y lo apunto hacia mí…
<< ¿P-por qué mi mano… está así? >>
Podía ver el rojo vivo de mi carne mezclado con un poco de sangre seca. Tenía la mano totalmente quemada hasta las uñas. En algunas secciones podía ver un poco del hueso que debería estar cubierto. La ingrata, con ojos atemorizados, movió el espejo hacia mi otra mano. Mostrándome que estaba completamente igual. Ambas se encontraban adheridas a las superficies en donde reposaban. En ese momento, me hice consciente de lo que estaba viviendo, y mi cuerpo respondió ante eso. Volviendo a darme un dolor insoportable que hizo que mi razón empezara a nublarse poco a poco.
La ingrata, a pesar del miedo y nerviosismo que mostraba con su mirada. Intentó ayudarme de desesperadamente, tomándome ambas muñecas, intentando separar mis manos de las telas.
—¡…!
Sentí como pequeños trozos de carne se separaban de mi mano una vez la ingrata nos separó. Aquel grito fue retenido por la ciudad, lo sabía muy bien.
Una vez en libertad de aquella cadena carnosa. La ingrata Alde, me ayudó a estabilizar un poco mi cuerpo, subiendo con su brazo mi espalda en una posición en donde pudiera estar sentado y, con el otro, sosteniendo mis antebrazos para evitar accidentes.
Aunque intentara, no podía conseguir transferir fuerza a lo largo de mis brazos, estaban completamente inservibles. Podía ver como las venas que siempre solían marcarse en mi antebrazo, desaparecían de manera tímida a la vista. Sentía miedo… sentía desesperación, y la ingrata lo notó. Chocó su dedo dos veces en mi cabeza, buscando atención que logró conseguir.
Su mirada parecía decirme:
—Extranjero, confía en mí, yo te ayudaré…
O al menos, algo así era lo que me gritaban esos ojos lagrimosos.
Después de varios intentos, logramos hacer que mis piernas se mantuvieran erguidas sin ni siquiera temblar. Salimos de la recepción que estaba parcialmente destruida y llegamos a una calle pobremente iluminada. No recordaba cómo había llegado a este lugar. Pero, por la mirada de la ingrata, sabía que no era momento de preocuparme por ello.
Nos desplazamos por las anchas avenidas abandonadas, o bueno, ella se desplazaba y yo torpemente la seguía intentando igualar su paso. Esta vez, no era estresante o frustrante estar a su lado. Se veía… mucho más servicial y funcional que antes. Se veía más agradable, a pesar de tener su aparecía vuelta un asco. Esta vez, se veía… cómo una sonrisa que no veía desde hace muchos años…
Después de cruzar un sin números de edificios con graves daños. Llegamos a lo que parecía ser una especie de clínica improvisada con carpas. Sin pensárselo mucho. La ingrata me llevó hasta dentro de una. Encontrándonos con una camilla que se sostenía sobre el cemento, un mueble con todo lo necesario para dar primeros auxilios y, una lámpara pequeña de madera que colgaba desde lo alto.
Ella, me empujó hacía la camilla y con señas me dijo que me mantuviese quieto, sin mover ni un solo músculo. Comenzó a hurgar en el pequeño mueble, sacando de allí un pequeño frasco que me pareció ser de agua oxigenada o alcohol y varios pares de gazas y vendas.
<< Ehm… ¿no planea usar esos líquidos en mis manos, verdad? Nunca me interesó la medicina… pero… no creo que– >>
Antes de tan siquiera poder formular mi voz internar por completo. Esa maldita vació un frasco entero en mi mano.
En el instante, sentí como mi alma abandonó huyendo mi cuerpo. Pude volar hasta encima de las nubes negras y ver nuevamente a mi vieja amiga: Luna. Ella estaba brillando de manera celosa, reclamándome de todo el tiempo que la he hecho esperar. Yo no pude responderle nada, simplemente flotar al frente de ella con mi estado de plasma. Aun así, ella se veía que no necesitaba una respuesta de mi parte. Ya que su luz azul, cambiaba de intensidad en varias ocasiones; formulando insultos y reclamos que no estaba de ánimos de responder. Después de unos segundos, ella pareció calmarse, volviendo a su luz tenue natural. Sentía que me decía:
—Gibson, mi querido amigo. No es justo que te reclame por todo, ¿verdad? Una mente tan brillante como la tuya, no es merecedora de un trato tan frívolo como el mío. Un alma libre y fuerte como tú, no tiene que ser tratada de esta manera…
Sí, lo sé. La luna no diría nada de eso… me alabaría mil veces más. Pero, supongo que es justo no tirarme tantas flores después de abandonarla por tanto tiempo…
<< ¿Eh? ¿Por qué estoy empezando a caer? >>
Sin tener oportunidad a despedirme, volví a atravesar las nubes negras. En menos de lo que tarda en cambiar el segundo. Fui devuelto a mi cuerpo físico de manera brutal. Sentía como mi cabeza había quedado en mis pies, mi entrepierna en mis hombros, mis manos en mis orejas. Había quedado con los sentidos completamente alterados.
Abrí los ojos, sintiendo un enorme cosquilleo en ambas manos. Encontré instantáneamente la cara de la ingrata. Al parecer, ya había limpiado todas aquellas lágrimas que estaba aguantando. Ella me miró detenidamente durante unos instantes, para después; mover sus labios sin producir ni un solo sonido.
No logré comprender nada de lo que quiso decirme, sus labios se movían de tal manera en que parecía no decir absolutamente nada. No parecía alemán, no parecía inglés, no parecía ni siquiera italiano. Ella hablaba en un idioma que desconocía al parecer…
Logré tomar un control total después de un tiempo de analizar todo. Nada se había movido del lugar en donde lo había visto por última vez. Exceptuando los frascos regados por el suelo y las vendas que ahora se encontraban en mí brazo. Me levanté de la camilla, sintiendo el piso áspero y frio bajo mis pies. La ingrata estaba sentada en una pequeña silla a la entrada de la carpa. Al ver que había logrado ponerme de pie, ella me imitó, y dio unos dos pasos hacia adelante para estar al frente de mí. Me miraba confundida.
<< ¿Y qué le pasa ahora? ¿Cambió a otra de sus personalidades? >>
Me pregunté, sin dejar que notara la duda en mi rostro. Pero, ella se mantenía allí, viéndome con miedo, con desesperanza…
>>——¿Serás siempre mi amigo, 052?
<< ¿P-por qué mierda… su expresión me recuerda a la de ella? >>
Intente evadir esos recuerdos sueltos, y continué observando por la habitación. Notando dos ausencias importantes que había dejado pasar por alto todo este tiempo…
Con señas, le pregunté si sabía el destino de nuestros dos compañeros: el simio y Jakob. Ella al principio no me entendió, solo dio un paso para atrás confundida, y dobló un poco su cuello para verme de la misma manera que un perro que no puede entender a su dueño. Continué haciendo mímicas, sobre en referencia al maldito simio rubio. Pero, ella nada de nada, no lograba captar nada de lo que le decía.
Cansado, baje mi mirada. No podía creer lo tan estúpida que podía volverse esta mujer en cuestión de segundos. De verdad, que no lo podía. Levanté nuevamente mi cara, tomando el aíre que pasaba por mis labios. Y de repente… la vi.
Aquella llama naranja, estaba justo afuera de la tienda. Podía ver como a pesar de la opacidad de la tela, su luz lograba ser vista.
<< Un momento… yo… ¡La baba negra! >>
—¡…!
Di un salto y sacudí mis manos. La ingrata, afortunadamente se llevó un golpe (no intencional) de mi parte. Comencé apuntar con mi mano hacia afuera de la carpa. Pero, ya aquella pequeña llama se había ido.
Salí apresurado, haciendo a un lado a la ingrata. Solo para encontrar que, de verdad, había desaparecido.
El viento se estaba sintiendo mucho más pesado de lo que recordaba que era. La ingrata salió de la carpa poco después, para darme un golpe en la nuca y comenzar a… ¿insultarme?, en silencio. Yo, no me quedé callado ante eso, y comencé también con mi ráfaga de insultos. Ambos nos mantuvimos en esa disputa de mímicas por un buen tiempo, hasta que ambos quedamos agotados. Totalmente exhaustos de esa discusión.
—…
Puso una mano en mi hombro, y comenzó a señalar la pierna que me había lesionado en el día que la conocí. Recordé lo rápido que se había curado y las palabras de ella. Al fin había comprendido una mímica de su parte. Era claro que ya mis manos deberían de estar bien. O al menos… eso debía de haber sido así.
Me quité las vendas, con esperanzas de tener de vuelta unas pequeñas partes de piel aunque sea. Pero, no fue para nada así. Pequeñas líneas de mi carne se fueron con las vendas que jalaba. Devolví todo a su lugar. Estaba confundido.
<< ¿No habrá pasado el tiempo suficiente? ¿Por qué sucede esto ahora? ¿Qué sucede en esta ciudad? >>
No estaba seguro de lo que era real y de lo que no en estos instantes. Estaba confundido. Sentía una ligera presión en mí nuca, tenía imágenes borrosas de un pasado que no recordaba haber vivido: la baba, cenizas en el suelo, telas dañadas tiradas… No comprendía la razón de estas imágenes, solo sentía una enorme inseguridad por eso.
—…
Nuevamente, la ingrata me sujetó el hombro. Y me dedico una mirada de… ¿cómo explicarlo? Era una mirada de compañía. Una mirada que no estaba acostumbrado a ver, sobretodo en situaciones como estas.
<< Ella… ¿de verdad quiere ayudarme? >>
Despegue mi mirada de ella por un momento. Y en la lejanía, en un estrecho callejón, mire a un antiguo conocido: la llama azul. Estaba allí, viéndome, sintiéndome, oyendo mis pensamientos como siempre. El tiempo no había sido paralizado, notaba como los ojos de la ingrata temblaban desde abajo.
<< ¿No puedes sentir su presencia, eh? >>
Pensé, pero mi pregunta no era para la persona que tenía al frente. Sino para aquella presencia, para todas esas presencias que merodeaban en esta ciudad sin sentido ni rumbo…
—(Te equivocas, Gibson. Puedo. Todos ellos pueden, pero, no es quien necesito. Y para ellos, no es quien les estorba.)
Escuché esa voz. La misma que me pedía que no confiara, la misma que me observaba en cada momento de mi estancia en Heisenbourg. No importaba el tiempo que pasara, él o ella siempre estaba allí…
<< No… Ustedes siempre están allí… siempre nos ven. Siempre nos observan, ¿verdad? >>
Hubo silencio, esa maldita llama no se atrevió a abrir su boca invisible aunque sea por un momento. Solo nos miraba desde ese callejón, como un pequeño niño tímido, viendo a los demás jugar en el parque después de haber sido golpeado por su padre. Es tan patético que nos observe de esa manera… ¡Soy Frank Gibson! ¡No necesito ser el juguete de criaturas como esta!
—(Vuelve… vuelve al reloj, Gibson. Allí, encontraras la primera pista. Pero, asegúrate de no quedarte mucho tiempo…)
Dijo la llama, para después esfumarse dentro de la penumbra.
Nos quedamos solos nuevamente. Ella aún me sostenía con su mano mientras me veía de esa manera que me hacía olvidar el tipo de mujer que es. Sin prestarle mucha más atención de la que es debida, pase mi brazo por su cuello hasta cubrirlo por completo. Ella, al principio se asustó. Intenté tranquilizarla un poco, tocando su cabello con mi mano cubierta por vendas y moviendo mis labios, dedicándole unas pocas palabras de paz.
Debo de confesar, que no había hecho eso hace mucho tiempo. Creo que la última vez que lo hice, fue en un caso en donde encontré a una madre llorando por dos bolsas de basura. En ellas se encontraban su hija y su esposo. Al momento, no supe muy bien cómo reaccionar, pero; se me ocurrió hablar sobre lo desgraciada que es la vida para las personas buenas. Y de alguna manera, eso logró calmar su dolor. Aunque no quita la parte, de que ella fue la responsable de haber cometido dicho crimen…
Volviendo a mi realidad actual. Han pasado unas cuantas horas desde que la ingrata me ofreció su compañía de tal manera. Ahora, nos encontramos caminando por las calles oscuras. A pesar de que los edificios sean diferentes, Heisenbourg en todas sus esquinas se siente como Heisenbourg, nunca hay un cambio que me haga creer que probablemente, haya llegado a una nueva ciudad.
Continuábamos caminando, esta vez, ella se sostenía de mi brazo. Apoyando una parte de su cuerpo en mí. La calle, no se sentía tan sola en esta ocasión. No se sentía tan fría, no sentía para nada incomoda u observadora. Solo se sentía… normal…
—…
Volteé a mirarla, curioso de porque había reducido un poco su velocidad. Notando como se encontraba cabeceando, luchando contra el sueño o el cansancio.
A pesar de que yo no sufriera de eso. Ella de seguro sí, por ser habitante de esta ciudad…
<< Además… ¿qué quiso decir la llama hace rato? ¿Cómo qué ella no les estorba? ¿Acaso no la ha visto? >>
Pensaba y pensaba. Manteniendo la mente ocupada mientras intentaba recordar el camino hacia el reloj. Estos días, han sido demasiado extraños. He tenido una cantidad de recuerdos que me atormentan. Que me atrasan y atraen hacia ese pasado…
<< ¿Capaz por eso he perdido el foco del caso? >>
La duda ya había plantado su semilla dentro de mí. Esta cara, ser Frank Gibson, poco a poco… sentía como poco a poco se desmoronaba de alguna manera. Cómo sí, algo estuviese detrás de mí en cada momento, para sacar a relucir aquellos días.
>>——¿Por qué no sostienes mi mano, 052?
>>¿Preguntas eso? ¿De verdad lo preguntas? No la sostengo porque eres una niña boba. Una niña que se miente como todos los que están aquí.
>>——Simplemente, no quiero. Deja de molestarme.
>>——052, no me digas eso. Harás que llore, y eso es de niños malos…
>>¿Niños malos? ¿Repitiendo lo que dice la anciana esa? No creo que de verdad seas así … Tú mientes igual que todos esos niños, que fingen sonreír cada hora del día, sin ni siquiera tener una razón para hacerlo.
>>——No me molestes, estoy ocupado…
>>——¡¿En qué?! ¿Puedo ayudarte, 052?…
Sentí un breve punzón en mi corazón. Estar tomado de la mano con la ingrata, me hacía recordar los momentos con aquella pequeña niña de mi niñez… Aunque intente, no puedo recordar cuál era su número… O bueno, ¿tan siquiera tenía uno? Solo podía escuchar su voz, tener breves espasmos de su calidez y… sentirme un mentiroso… sentirme un niño malo…
<< ¿En qué mierda pienso ahora? ¡Debo de centrarme en esto! >>
—¡…!
—¿¡…!?
Separé a la ingrata de mi brazo, y señale hacía una especie de juguetería. Comparando su situación con los demás edificios. Se podría decir que este se mantenía en un estado de lujo. La mayoría de sus paredes se encontraban intactas, contando únicamente con una pequeña cantidad de grietas finas. Lo único que se encontraba dañado, eran los cristales de la puerta y de las ventanas de los pisos superiores. Al menos, eso era lo que se podía ver desde afuera.
Sin dudar, ambos entramos al establecimiento. Muy pocas luces mantenían su funcionalidad, alumbrando con una luz casi imperceptible. Como era de esperar, todo estaba cubierto de polvo y pequeños cristales. En los mostradores, aún se mantenían algunos juguetes que habían soportado el cruel paso de los años. Muchos eran peluches, pequeños osos de felpa, patos amarillos o incluso, imitaciones antiguas de un Mickey Mouse en blanco y negro. Se veían sin ánimos de ser usados para la diversión de un niño cualquiera.
La ingrata se alejó de mí, y se metió en la sección de juguetes con… ¿baterías? Al menos, eso era lo que me hacía entender el letrero gigante que se encontraba en aquella parte. Yo, en cambio; continué viendo aquellos peluches. Desplazándome entre los pequeños pasillos de mostradores, encontré unos muy curiosos. Estos eran unos peluches con formas de armas. Muchos hacían referencias a aviones y tanques. En su material, tenían bordadas esvásticas que estaban cubiertas por una gran cantidad de sucio. La mayoría tenía mugre en las costuras. Intente tomar uno con mis manos, pero solo terminó cayendo al suelo. Mis dedos se encontraban totalmente inservibles.
Continué paseándome por la tienda infantil. Llegue a la aérea femenina. Había hileras enormes de muñecas de distintos modelos. La mayoría era de plástico. Sus caras en cuanto menos inquietantes, y más con algunas que parecían salir de los cuentos más macabros de juguetes embrujados.
En ellas, podía ver como si su tiempo se hubiese detenido en el momento de la tragedia. Con sus bocas abiertas, o incluso rotas, podía escuchar cómo de allí, salían los gritos de todas las niñas que esperaron tenerlas en su hogar. Sus miradas vacías, sin vida, me explicaban el sentimiento de la muerte, de lo que ellas pasaron. Era inquietante estar parado en ese pasillo. Y más, cuando sentía que todas se movían al momento en que les daba la espalda. Como método de defensa, le metí un golpe a una de las que estaba más o menos a la altura de mi pecho. Extrañamente, no se movió ni un solo centímetro. Me pareció extraño, así que decidí quitarla para ver qué era lo que la frenaba.
—¿…?
—¡…!
Fui contraatacado a traición por parte de la ingrata. Al parecer, el objeto sobrenatural que detenía a la muñeca, era la cara de la maldita que ahora tenía el trasero del juguete marcado en toda la nariz. Su expresión era de furia, de seguro estaba pensando en todas las maneras de asesinarme. En un inútil intento de calmarla, me agache e hice el signo de las paz mientras la veía a los ojos… grave error.
—¡¿…?!
Nuevamente, fui atacado por la salvaje ingrata que tenía su furia a flor de piel. No quería saber absolutamente nada de mí, y eso lo hizo saber colocando una barrera para prohibirme la vista a la otra parte del mostrador.
Me sentí ofendido, no voy a mentir. La imagen que estaba cambiando para mejor de ella, ahora había empeorado totalmente. Llamarle “ingrata” se quedaba corto con la enorme cantidad de insultos que le tenía preparado para llamarla.
<< Bueno… pronto me cobraré esto, maldita infeliz. ¡Te lo juro! >>
Recogí como pude las muñecas que habían caído al suelo y continué explorando la tienda. Estaba llegando a una sección en donde la iluminación prácticamente era nula, así que me detuve un momento a pensar.
<< Si entro, estaría completamente a mi suerte, y ni siquiera tengo mis manos como método de defensa viable. Pero, si no entro, dejaría una gran parte de la tienda sin explorar… >>
Estuve detenido en aquella frontera de luz durante un buen rato. Pensando muy bien lo que me vendría mejor… Al final, terminé por decidir que lo mejor era no entrar… por ahora.
Doblé hacía mi izquierda, y seguí caminando por lo largo del establecimiento. Para este punto, le había perdido el rastro a la ingrata, no sabía en qué pasillo se había metido o si ya había sido brutalmente asesinado por alguna de esas bestias.
<< Aunque, pensándolo bien. Quizás si me sirva mantenerla viva… por ahora. >>
Con ese nuevo pensamiento, me dispuse a encontrarla. Caminando rápido por delante los pasillos y asomando la cabeza, con la esperanza de encontrarla. Pase por más o menos dos decenas de pasillos. Sin encontrar ni un solo rastro de su paradero. Quería gritar su nombre e insultarla para hacer que apareciera por arte de magia. Pero, esta metrópolis siempre aboga por mi desgracia. Comencé a mirar los lugares que había ignorado: las partes de debajo de los mostradores, las esquinas oscuras. Busque por todos lados, pero no había nada que me indicara en donde se encontraba.
<< Esta maldita… Es tan buena escondiéndose… ya veo, al fínal si tenía un talento esta desgraciada… >>
Me senté en una pequeña silla giratoria sin espaldar. Me quedé viendo un punto fijo mientras me fumaba un puro invisible. Sentía que la cabeza y las manos me iban reventar en cualquier momento. Comencé a girar en la silla, podía sentir como su cuerpo vibraba por cada vuelta que daba.
<< De seguro es el óxido de tantos años de abandono… Es un milagro que sus material pueden soportar mi cuerpo aún. >>
Continué por unos segundos, hasta que sentí que mi vista comenzaba a duplicarse. Con la misma sensación que un borracho, me levanté de la silla, tambaleándome y chocando mis pies con mis talones en repetidas ocasiones. De alguna manera, sentía gracia, sentía diversión, me sentía bien después de haber hecho eso. Quería reír en ese momento.
Tap…
<< ¿Eh? ¿Qué paso? >>
Sentí como mi pie se hundió en una baldosa, el suelo comenzó a temblar. Miré a mis alrededores y me lleve una de las manos al corazón. Aunque tuviese tres capas de vendas, podía sentir que no latía. Los temblores se originaban de la pared que tenía al frente. La observé con detenimiento, y vi como una grieta totalmente recta apareció… Era una puerta, una entrada que estaba oculta en un establecimiento…
<< Pero… ¿por qué? >>
Di unos pasos hacia atrás, y con mis dos manos tomé la pequeña silla. Estaba preparándome para una huida estratégica. De aquella oscuridad, salió alumbrando con una linterna, la persona que había estado buscando en todo este tiempo…
—¿Nojrí?…
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