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| El Asesino del Silencio | Frank Gibson | - Capítulo 20

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Capítulo 20: Capítulo XVII: Pequeñas púas.

Su mirada estaba perdida, confundida de lo que veía a su alrededor. Dio unos pasos adelante; creí ver su alma salir de su cuerpo una vez que la puerta se cerró con fuerza detrás de ella.

Estaba totalmente asustada, aterrada por cómo me veía. Sus ojos estaban llorosos; era como si se hubiese encontrado con todos los fantasmas de su pasado. Yo me mantuve en una posición de reserva, no tenía pensado moverme ni un solo centímetro hasta confirmar que ella se encontrara dentro de sus cabales.

—¿Nojrí?

Volvió a hablar, comunicándose en ese extraño idioma. No entendía a lo que se quería referir, ni siquiera si me estaba jugando una broma pesada. Lo único que tenía claro es que ella había vuelto a su anormal realidad.

<< Esta mujer… ¿qué le sucede ahora? ¿Por qué camina así? ¿Qué tanto ve hacia el cielo? ¿Qué hacía escondida? >>

Pensaba mientras ella caminaba como una borracha. Sus pasos eran imperfectos, chocaban entre sí y, en algunas ocasiones, hacían que tambaleara torpemente. Yo solo la miraba mientras mantenía la silla levantada por si necesitaba usar fuerza mayor sobre ella.

Pasaron los segundos y ella no se calmaba con nada. Caminaba. Se escondía. Veía y veía. Y no cambiaba la actitud. Sus manos temblaban, a pesar de que las ocultara en los bolsillos de su pantalón. Su rostro estaba pálido; podía suponer que, de seguro, se encontraba enferma…

—¿Lamá atá lo medabér?

Preguntó en la lengua extraña. Parecía una estúpida cada vez que abría la boca.

—¿…?

Separé mis labios con el pensamiento de que podría hablar. Pero no, no pude. Solo volví a hacer el estúpido al frente de ella; aunque ella lo estaba haciendo más…

Solté la silla, que rebotó contra el suelo un par de veces. Me tomé el pulso, notando que efectivamente no tenía pulso. Eso me confundió, ya que sí podía sentir cansancio en esta ocasión. El peso de la silla me estaba molestando mucho antes de haberla soltado. Incluso sentía que mi cuerpo se decaía por cada minuto que pasaba en este lugar.

La ingrata Aldeheid se acercó hacia mí con un paso algo inseguro. Daba uno adelante y dos para atrás. Una vez me tuvo enfrente, se atrevió a poner sus asquerosas manos sucias sobre mi ropa, manchándola en el proceso. Su mirada me hacía entender que ella no creía que, de verdad, me encontraba enfrente de ella en este momento.

Una pequeña lágrima cayó sobre su mejilla y, con eso, se abalanzó hacia mí, haciendo que ambos cayéramos sobre el polvoriento y desagradable suelo de loza.

<< ¿Qué diablos estás haciendo? ¡De verdad, ¿qué mierda te sucede?! >>

Desahogó ese terror que había acumulado durante el tiempo en que desapareció, hasta el punto en que toda la parte del pecho de mi camisa quedó totalmente arruinada. Ella continuaba llorando mientras gritaba:

—¡Pajádti meód!

Su nuevo idioma era incomprensible, viera por donde lo viera. Parecía que solo juntaba letras a la vez y las decía con un extraño acento árabe. Su voz temblaba al hablar; sus desagradables mocos se terminaron de fusionar con la tela de mi ropa, dejándola pegajosa y desagradable.

Después de segundos enteros en donde solo se enfocó en llorar sin ninguna razón aparente, ella consiguió calmarse. Se quitó de mí, que ya estaba un poco harto de ella. Y, levantando la silla que había tirado, terminó por sentarse en ella. Entrecruzó sus piernas y pareció volver a su compostura habitual.

—…

Me levanté, limpiando un poco el polvo que se había pegado a mi pantalón. Me quité la chaqueta, que ahora contenía una pequeña laguna de los líquidos de esta ingrata. Sentí el frío del viento chocar contra mis pequeños pelos; aun así, fue agradable aquella sensación…

La ingrata tenía una tímida sonrisa de alivio en su rostro. Aunque eso no le duró por mucho tiempo. De un momento a otro, abrió sus dos ojos como un gran par de platos y se quedó viendo fijamente la pared por la que ella había aparecido. Ese cambio tan repentino es algo habitual, he de admitir; pero algo me pareció que no estaba exactamente bien en ese instante. Sin hacerme notar demasiado, me acerqué a ella y le toqué el hombro por encima de su chaqueta.

—¡Eima! —gritó con miedo al sentirme; sus ojos por poco se terminaron de salir de su cráneo por el susto.

Escuchar aquel grito hizo que me congelara y me aterrara a la vez. Ahora ella tenía una cara de muerta, como si hubiese vuelto a la vida después de volver a respirar aire. Comenzó a suspirar, dando pequeñas arcadas en el proceso. Yo también tuve que recuperar un poco de aire, pero no como lo estaba haciendo la ingrata.

Sin habernos dado cuenta, nuestras caras estaban cercanas una de la otra. Ambos teníamos la columna parcialmente inclinada hacia delante y, por ello, nuestros ojos se encontraron inevitablemente…

<< ¿Por qué sus ojos están así? ¿Qué habrá visto para llegar a estar a este punto? >>

Pensé cuando, en una fracción de segundos, ella tomó mi brazo con fuerza después de haberse levantado y, sin mirarme, me dijo:

—¡Bo! ¡Aní jayavá lehar’ót lejá et ze! —gritó en ese dialecto extraño que me rehúso totalmente a entender.

Rompiendo mi oposición, me arrastró unos pasos hacia delante hasta que conseguí ponerme en pie. Una vez planté ambos pies en el suelo, la jalé con todas mis fuerzas en dirección contraria a la que ella se dirigía. Su brazo se tensó y, con eso, terminó cayendo fuertemente contra el suelo. El sonido del golpe no resonó; solo sentí cómo el suelo vibró un poco debajo de mí. La ingrata gritó un poco y se quejó por el golpe que se llevó en toda la espalda, todo esto en su lengua imaginaria…

Un repentino viento chocó contra nosotros, causando que el cabello de la ingrata se moviera. Su temperatura era fría, helada, congelante. Mi cuerpo se tensó por su culpa. Este extraño aire provenía justamente del lugar que era apuntado por Aldeheid: la pared. Aquella pared desgastada, depresiva; esa pared añeja y sufrida. Parecía que nos llamaba con una fuerza tan incomprensible como esta mujer.

—Sham… anajnu jayavim lalejet… —murmuró con un tono tan suave como el polvo.

No entendí absolutamente nada de lo que quiso expresar. Pero parecía ser una orden que se lamentaba por cumplir. Se levantó lentamente del suelo, como si no pudiera evitar el destino que me quería mostrar, y me ofreció la mano para estar a su par. Claramente, la rechacé. ¿Cómo podría tomar su mano después de todo lo que ha hecho? Esta mujer definitivamente no está bien de la cabeza; así que debo evitar cualquier clase de roce con ella.

La rechacé colocando mi mano sobre el suelo. Busqué la suficiente fuerza para poder impulsarme… La ingrata terminó por golpearme la cabeza. No sentí dolor por el golpe, solo molestia por ser intervenido por esta mujer. Ella seguía extendiéndome su mano, viéndome con una mirada fija; me obligaba a tomarla.

Solté un largo suspiro mudo y, sin más opción, llevé mi mano vendada hacia la suya, tomándola como pude, y me levanté con un poco de su ayuda. Una vez estuve de pie, ella dijo casi con un susurro:

—Bo… anajnu jayavim lejijans… —susurró, mientras sus delgados dedos se aferraban con fuerza a la venda.

Su pulso temblaba, pero a la vez estaba lleno de determinación. Se volteó hacia la pared y comenzó a caminar hacia delante. Yo la seguí, aguantando las ansias de sobrepasarla con mi velocidad.

Dimos una decena de pasos hasta que, al fin, nos posamos a escasos centímetros de la pared. A simple vista, no podía percibir ninguna separación; únicamente veía lo liso de la pared. Se me hacía imposible imaginar que la mujer que tenía al lado había salido de allí directamente. Volteé a mirarla, notando que había comenzado a temblar. Antes de que pudiera tomarla, ella apuntó hacia un costado de la pared.

—Tiljatz sham —dijo mientras señalaba con un dedo. Su voz salió después de haber balbuceado unos segundos.

El punto al que señalaba estaba cerca de mi brazo izquierdo. Seguí hacia donde miraba la punta de su dedo. En aquel lugar únicamente había pared, como… todo lo que tenía enfrente. Volví a verla, esta vez con una mirada de furia. Podía pensar que todo esto se trataba de una estúpida broma proveniente de su cerebro retorcido…

O al menos eso fue lo que pensé por unos instantes.

Con un movimiento ágil, ella tomó con fuerza mi muñeca izquierda, llevando mi mano hacia el lugar que estaba apuntando. Sentí cómo mi mano se hundió dentro de la pared; los bordes del botón que se encontraba camuflado se mostraron ante mí y, con eso, aquella puerta volvió a darnos paso a lo que ocultaba.

El piso dejó de temblar una vez que el mecanismo llegó a su límite. Al frente de nosotros había un enorme pasadizo completamente comido por la penumbra. Mis ojos no eran capaces de ver hacia adentro. Todo, absolutamente todo, era negro dentro de aquel lugar. La ingrata al fin soltó mi muñeca izquierda; pero fue incapaz de soltar mi mano derecha. El temblor que presentaba instantes anteriores ahora era mil veces peor.

—T-tavó ajarái.

Su voz salió como un fino hilo que se corrompe al tensarse. Con eso dio un gran paso hacia delante y, sin voltearse, repitió las mismas palabras.

Por el tono con el que lo decía, estaba más que claro que se trataba de una orden; una orden carcomida por el miedo. Sin más remedio, di un paso al igual que ella e intenté soltarme de su agarre. Algo que no pudo suceder gracias a que clavó el filo de sus uñas en la venda. Por esa acción sentí cómo mi carne ardió un poco, recordando la razón por la cual estaba así. También un breve recuerdo se me cruzó justo delante de los ojos.

<< Acaso, ¿esta puerta no se había abierto por pisar una baldosa, verdad? Tengo que revisar… >>

Ambos ya habíamos cruzado por la puerta. Volteé a mirar el lugar en donde estábamos, notando que en el mismo lugar que había pisado momentos atrás ahora se encontraba una muñeca de felpa con rizos blancos…

—¡…!

Intenté correr para salir del peligro en el que nos estábamos induciendo. Pero esta maldita ciudad no lo quiso así. La puerta se cerró con violencia, levantando una pequeña nube de polvo consigo. Después de eso, unas pequeñas luces se encendieron, iluminando el largo pasillo desde el suelo. En las paredes había decenas de telarañas.

La ingrata, para ese momento, seguía sin soltar mi mano vendada. Algo que me había empezado a incomodar, ya que sentía cómo su calor empezaba a penetrar hasta llegar a mi piel…

—Al ta’atzór… —dijo con una voz temblorosa.

Continuamos avanzando por el extenso pasillo hasta que llegamos a una pequeña intersección. Tres puertas estrechas aparecieron justo al frente de nosotros. Ella se detuvo y, al fin, se atrevió a soltar mi mano. Nuevamente había recuperado la libertad que me quitó momentáneamente.

Todo se quedó en silencio por un tiempo. Ella miraba el trío de puertas como si intentase recordar un camino olvidado.

<< Aún sigo sin entender de qué trata todo esto. ¿Por qué comenzó a hablar de esa manera? ¿Es más estúpida de lo que pensé? De verdad, no comprendo a esta mujer; no la entiendo para absolutamente nada, nada de nada. ¿Qué tanto quiere ella? ¿Por qué ahora solo se queda callada y ve sin hacer nada? >>

Pensaba y me perdía en eso, mientras la ingrata seguía viendo las puertas. Algunas veces las señalaba; otras veces solo balbuceaba palabras extrañas. Se veía confundida con facilidad.

Hasta que, después de minutos en donde lo único que hice fue contar los pequeños gramos de polvo en el suelo, la ingrata Aldeheid pareció haberse decidido o recordado aquella puerta importante, diciendo:

—¡Zó hi! —gritó mientras señalaba la puerta que estaba en el extremo derecho.

Sin ni siquiera permitirme refutar, me tomó fuerte del hombro, arrastrándome por el suelo hasta aquella puerta. Se detuvo durante unos segundos delante de la misma; segundos en los que la maldije un poco más de lo que ya lo había hecho. Con un largo suspiro, al fin se decidió por abrirla con fuerza, haciendo que una enorme ráfaga de aire intentara impedirnos la entrada.

El viento dejó de soplar al entender que no podría contra una enloquecida. ¡Y mucho menos contra una excelencia como yo!

Nos adentramos en la penumbra de la nueva habitación. No podía ver más lejos que los dedos de mi mano. Una vez la ingrata avanzó unos cuantos pasos adentro, por fin me soltó. Y con eso, la puerta se cerró con rapidez, como si supiera de nuestra presencia.

Me levanté en medio de un inmenso mar de quejas que eran calladas por el enorme silencio. La ingrata se mantuvo quieta, sin moverse ni un milímetro. Una pequeña luz tenue apareció justo arriba de nosotros, alumbrando lo justo para que pudiera darme cuenta de lo que la oscuridad me ocultaba…

Una enorme pizarra blanca, llena de fotos y recortes de periódicos, todos sostenidos por una gigantesca cantidad de púas metálicas que se clavaban con fuerza en el material. No pude soportar el asombro. Justo en ese momento tenía una gran cantidad de información. Mi instinto de detective se reanimó en ese instante. La energía que había sido resguardada comenzó a fluir en mi cuerpo como si de sangre se tratara.

Teniendo el nuevo hallazgo de frente, comencé con las observaciones importantes. Era la primera vez, desde que llegué a esta desgraciada metrópolis, que tenía una fuente de información de este calibre a la mano.

Me enfoqué primero en las fotos; eran retratos cubiertos por tres capas de polvo. Eran de hombres, mujeres, niños; incluso hasta retratos de animales había. Parecían ser fotografías normales, pero de una antigüedad bastante lejana. Su tono marrón, combinado con su baja calidad, me decía que eran de principios del siglo XX.

En todas las fotos que sostenía con mi mano izquierda había una extraña similitud: las sonrisas. Sonrisas que podría decir que eran más que exageradas; sonrisas casi de caricatura. Al principio se lo atribuí a la terrible calidad. Pero ese pensamiento se fue al momento en que vi que los animales también poseían estas características.

Antes de continuar, me giré a observar a la ingrata. Su expresión decía más que su limitado léxico. Lágrimas oprimidas por sus pestañas, un intento fallido por ocultar la mueca de dolor. Todo esto, de seguro, era lo que había causado su extraña actitud.

—Slijá… —susurró, sin fuerzas algunas, bajando su mirada, que casi penetraba el suelo de concreto de la habitación.

Nuevamente su voz cambió; su tamaño pareció encogerse por una pesadez invisible. De su cara comenzaron a caer incontables lágrimas mientras gritaba:

—¡Ze ayóm! ¡Hem sonejím otánu! ¡Hem har’gú otánu!

Su voz se rompía por cada palabra que salía de su boca. En un solo abrir y cerrar de ojos se desplomó completamente en el piso mientras murmuraba cosas extrañas.

Por un momento pensé en dejarla tirada y seguir recolectando toda la información que se me ofrecía. Pero algo me lo impidió.

Solté todas las imágenes que sostenía con mi mano sana y, apoyando la vendada en el suelo, comencé a evaluar la situación de la ingrata. Su cuerpo temblaba, su color se había palidecido, su piel carecía de temperatura… Probablemente estaba presenciando una muerte triste y dolorosa.

Ella me miraba, perdida, pero lo hacía; pidiéndome ayuda en cada maldito segundo que pasaba.

Sin más remedio y haciendo un gran esfuerzo, la tomé sobre mis brazos. No tenía nada planeado para hacer después de subirla con mi fuerza.

Miré desesperadamente los alrededores del penumbroso cuarto, encontrando una vieja mesa de madera que tenía algunos libros encima. Como pude, logré acercarme a la mesa y quitar todos los libros posibles, colocando a la ingrata encima.

Los temblores habían cesado un poco, pero su piel poco a poco empezaba a perder su color, su vida… Varias arrugas comenzaron a formarse en su piel. La misma se comprimía poco a poco consigo misma, haciendo que varios de sus huesos se notaran con facilidad.

—Ta’azór li… zar… —con una voz ronca y dolorosa soltó las palabras.

Cualquier tipo de juventud que me había mostrado en ocasiones anteriores había desaparecido totalmente. Poco a poco se empezaba a perder la ingrata en el dolor invisible…

Sus labios se secaron y agrietaron delante de mis ojos. No podía. De verdad, no podía creer lo que ocurría. Su cuerpo se secaba y perdía su vida.

<< Esta maldita habitación… ¡Todo esto tuvo que ser una trampa! ¡Pero, ¿por qué esta mujer caería así?! ¿Qué demonios está sucediendo? >>

Sus labios temblaban; su mirada también. Sus gritos de ayuda estaban atrapados por aquel dolor que se reflejaba a lo largo de su cuerpo. Casi sin fuerzas pudo levantar una de sus manos, dirigiendo uno de sus dedos hacia mi pecho. Y con un pequeño hilo de voz dijo:

—Du wirst sterben… Gibson…

Su piel comenzó a enrojecerse junto al nacimiento de un terrible calor abrasivo. De las esquinas del pequeño cuarto una especie de aura naranja empezó a sobresalir de la oscuridad. Pequeñas esferas calientes salieron desde el suelo, elevándose hasta el techo de concreto.

<< ¿Q-qué carajo?… ¿Qué está sucediendo en este lugar? >>

Volteé a ver el cuerpo de la ingrata, pero este había desaparecido sin dejar ni un solo rastro, al igual que la pizarra y las fotos que revisaba.

El inmenso calor estaba empezando a aturdir mis sentidos. Mi visión se hacía borrosa y sentía cómo la carne de mi mano comenzaba a arder más y más.

—Lass das Spiel von neuem beginnen… ¡Gibson!

Aquella enorme bola de fuego, que me había atacado pocos días después de mi ingreso a Heisenbourg, volvía a encontrarse conmigo.

<< ¡Debo salir de aquí ya! ¡Esto no pinta nada bien! >>

Consumió con sus llamas gran parte del espacio. Su tamaño no hacía más que aumentar sin ninguna clase de límite. Me giré y corrí despavorido por el largo pasillo que había recorrido al entrar.

Esta vez se sentía eterno. Las paredes parecían encogerse más, aumentando su grosor. Las luces del suelo se desvanecían por cada paso que daba. La voz de la llama retumbaba hasta la última parte de mi cuerpo. El suelo temblaba con fuerza y la maldita llama azul no se aparecía por ningún lado.

<< ¡Maldición! ¿Cómo salgo de esto ahora? ¿Dónde está Aldeheid? ¿Qué carajo le sucedió a su cuerpo? >>

La situación me obligó a subir mi velocidad. Con el pasillo haciéndose más estrecho, sabía que el final estaría a nada de llegar. La llama me perseguía de cerca, calentando de gran manera la tela de mis ropas, los pelos de mi cabello, incluso enrojeciendo mi nuca.

Las piernas se me hacían pesadas, el sudor se hacía notar con el cansancio; mi cuerpo estaba a segundos de caer rendido ante la feroz llama…

—Gibson… salva a Aldeheid…

Un suave susurro apareció en mi tímpano junto al aura azul que emergió desde el suelo. Aquella llama azul había vuelto para darme una extraña orden…

Lo siguiente que sucedió fue una enorme explosión en donde un frío extremo se mezcló con el abrasivo calor de la presencia. Sentí cómo mi cuerpo fue despojado del suelo en cuestión de instantes, culpa de la onda expansiva. Volé y, mientras lo hacía, pensaba en todo lo que había ocurrido…

<< ¿Qué acaba de pasar? ¿Esa fue la llama azul? ¿Qué fue lo que hizo?… >>

Mi mente voló hasta que sentí un fuerte impacto. Choqué contra un suelo lleno de filos; eran cristales que se clavaron en mí al momento del impacto. Me costó volver a abrir los ojos. El dolor que sentía era terrible; mi mano quemada ardía como nunca antes lo había hecho…

Tap…

<< ¿Eh? ¿Un paso?… >>

—¿…?

Sentí una mano cálida tocar mi rostro, con unos dedos más delgados y pequeños que los míos, y una tranquilidad que se transmitió con el sonido de su respiración…

Su olor llegó a mi olfato después de un tiempo. Abrí los ojos un poco; todo era borroso, excepto su figura natural…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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