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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 101

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  4. Capítulo 101 - 101 Epílogo El Silencio del Vacío
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101: Epílogo: El Silencio del Vacío 101: Epílogo: El Silencio del Vacío El lugar donde cayó el elfo no tenía nombre en los mapas de Thryndal.

No aparecía en los libros de geografía mágica de ULTIMA, ni en los pergaminos estelares de los elfos de la Primera Era.

Era una costura en la realidad, un pliegue gris entre los planos donde la luz iba a morir y el sonido se asfixiaba antes de nacer.

El Profesor Ványar, el último Guardián del Orden, el Arquitecto de la Contención, yacía boca abajo sobre una arena que no era polvo, sino ceniza de estrellas muertas.

No se movió durante lo que parecieron horas, o tal vez siglos.

El tiempo allí no fluía; se estancaba.

Su respiración era un sonido rasposo, húmedo.

Sangre negra, espesa como el alquitrán, goteaba de su nariz y de las grietas de su propia piel, ahora opaca y retorcida.

Cada inhalación era un recordatorio agónico de la Sinfonía.

Ese sonido… ese maldito sonido compuesto por el rugido de una bestia, el lamento de una espectro y el grito de un dragón.

Aún resonaba en sus huesos, vibrando con una frecuencia que le impedía concentrarse, que le impedía pensar.

—Caos… —susurró a la nada.

Su voz sonó patética, pequeña.

La odió.

Ványar se obligó a levantarse.

Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una furia tan fría que quemaba.

Se apoyó en una roca flotante para erguirse.

Su báculo de hueso ya no estaba.

Su colección de esencias, el trabajo de milenios se había dispersado como semillas al viento.

Estaba vacío.

Hueco.

—Creen que han ganado —dijo, y esta vez su voz recuperó un filo de acero—.

Creen que liberar el río es un acto de bondad.

Mentes simples.

Niños jugando con fuego en una biblioteca de papel.

Caminó arrastrando los pies por el paisaje desolador.

Su mente, fracturada por el ataque psíquico de la Banshee, intentaba reordenar las piezas del tablero.

Recordó el rostro de Víktor, la arrogancia del Lycan.

Recordó los ojos dorados de Diana, la herejía de su transformación.

Recordó a Samara, y cómo ella había usado su propio dolor como un arma.

Se rió.

Fue un sonido seco, sin humor, que se perdió en la inmensidad gris.

—No han salvado el mundo —murmuró, sus ojos moviéndose frenéticamente, viendo patrones en la oscuridad—.

Lo han engordado para el matadero.

El entorno no le ofrecía el confort de la física.

Aquí, su magia de la Tierra se sentía inútil; la Tierra no existía.

Su Fuego se asfixiaba en el éter frío.

Este era el plano de la entropía pura, el lugar al que van los errores y las contradicciones de la creación.

Estaba más allá del Velo que los jóvenes habían aprendido a manipular, más allá incluso de las defensas ancestrales de ULTIMA.

Aquí, su mente era la única ley.

Y su mente estaba rota.

Ványar se detuvo.

Frente a él, el vacío se espesaba.

No era una simple oscuridad; era una presencia.

Una masa de sombras que se retorcían y ondulaban, observándolo con mil ojos que no estaban allí.

Eran los Antiguos.

Los que esperaban en los márgenes.

Aquellos a los que su clan había temido incluso más que a los dragones.

El aire se enfrió aún más, si tal cosa era posible en la nada.

El frío no era una temperatura; era la necesidad.

Una hambre tan inmensa que trascendía la ambición.

Podía sentir el pulso de estas entidades: eran el equilibrio esperando para devorar el excedente.

El caos que el Vínculo acababa de liberar al mundo era, para ellos, una fiesta.

La magia liberada era una invitación en letras gigantescas y doradas.

—Sabía que vendrían —habló Ványar a las sombras, abriendo los brazos en un gesto de bienvenida macabra—.

Tenía razón, yo lo sabía, sin mi muro, sin mi Contención, ustedes encontrarían el camino.

Las sombras no respondieron con palabras, pero el aire se heló.

Una presión inmensa cayó sobre los hombros del elfo.

Podía sentir su hambre.

Un hambre de magia, de vida, de orden para devorar.

Ványar sonrió.

No con arrogancia, sino con la lucidez gélida de la demencia.

En otro tiempo, Ványar habría levantado su báculo para sellar esta grieta.

Habría dado su vida para mantenerlos fuera.

Pero ULTIMA lo había traicionado.

El mundo había elegido el caos de los dragones y la pasión de las bestias.

Si el mundo quería caos, él no se lo negaría.

Él les traería la única forma de orden que es absoluta, perfecta y eterna: el Silencio Final.

—Me equivoqué —confesó Ványar, arrodillándose ante la oscuridad creciente.

La sonrisa de lucidez dentro de la locura se acentuó—.

Traté de ser el carcelero.

Traté de preservar.

¡Qué ingenuidad!

Ellos creyeron que el orden era la ausencia de fuerza.

Pero no.

Levantó una mano hacia las sombras.

Una voluta de oscuridad se extendió, tímida, curiosa, y se enroscó alrededor de sus dedos pálidos.

No lo quemó.

Se sintió fría, lógica, correcta.

Su mente, despojada de su orgullo, vio el verdadero camino.

—Para construir el verdadero orden… primero hay que permitir que la entropía haga su trabajo.

Hay que abrazar el incendio.

Hay que limpiar el lienzo.

Su magia dorada, la magia de la Primera Era, comenzó a teñirse de un violeta oscuro, casi negro.

Se estaba fusionando con la esencia fría de la entropía.

Estaba convirtiendo su cuerpo en una llave para el Vacío.

—Vengan —susurró Ványar, y sus ojos élficos brillaron, ya no con luz, sino con el reflejo del abismo—.

Tengo un plan, un mundo que hacer arder y renacer, un campo de cosecha perfecto.

El orden nacerá del caos, y será mío.

Las sombras respondieron con un susurro que no era audible, sino sentido en el núcleo de su ser.

—Y tengo tres nombres que deben ser borrados de la existencia para que no interfieran con la cosecha: Víktor, Samara, Diana.

El vacío pareció sonreír.

En la soledad de la nada, el arquitecto caído comenzó a trazar los planos de su nueva obra.

No sería una prisión esta vez.

Sería una tumba.

Y el Aullido y el Lamento serían la primera nota de su réquiem.

FIN

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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