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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Perdida
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12: Capítulo 12: Perdida 12: Capítulo 12: Perdida (Samara) La oscuridad me envolvió.

Cuando abrí los ojos, el mundo no estaba en llamas o congelado, sino en una penumbra silenciosa.

Estaba sola.

El camino de grava se extendía en grises y sombras, y el aire era pesado, sin movimiento.

Busque a Víktor, intenté encontrar la calidez de su mano, la presencia de Diana, pero solo había vacío.

—¡Víktor!

¡Diana!

—grité.

Mi voz se ahogó.

No hubo eco.

El pánico, ese viejo conocido que siempre había contenido con disciplina, intentó clavarse en mi pecho.

Busqué el vínculo, esa corriente dorada que se había convertido en mi razón de existir.

Solo encontré silencio, un silencio tan horrible como aquel que me había rodeado cuando salí de la hoguera, condenada a la soledad.

Caminé sola, buscando un rastro de ellos en aquel lugar, en el vínculo…

solo silencio.

Sentí que llevaba horas en esa oscuridad, en ese maldito silencio…No podía más.

La disciplina se rompió.

Me senté en el suelo, doblando mi cuerpo sobre mis rodillas, y las lágrimas se desbordaron.

No podía contenerlas.

Y entonces, escuché un susurro.

El brillo dorado en mi pecho, ese cálido recordatorio de lo que perdí, se intensificó.

La luz salió de mi cuerpo, flotando frente a mí hasta tomar la forma de una pequeña silueta luminosa.

Era él.

Era Alun’diel.

«De nuevo te rindes con increíble facilidad… Madre», susurró su voz.

No con amor, sino con un dolor que me partió el alma.

«Te rindes tan fácil como te rendiste conmigo…¿Por qué me dejaste ir?

¿Por qué te entregaste a la hoguera, sacrificando mi existencia?

¿Por qué renunciaste a mí sin siquiera conocerme?» Cada pregunta era una daga afilada, clavándose directamente en el centro de mi alma.

Me arrodillé, las lágrimas brotando sin control.

Mi pérdida, mi dolor más profundo, se había materializado para juzgarme.

—No lo sabía —respondí entre sollozos—.

No sabía que estabas ahí, jamás fue mi intención, no quería perderte… y… yo… no te entregué… t… te… llevaron… «Aun así, me dejaste ir» Por un momento, me rendí a ese dolor.

Dejé que me ahogara, quise que me consumiera, quise que el sufrimiento fuera el castigo final.

Solo quería ir con él.

—Llévame, Alun’diel, llévame contigo a donde sea que estés —supliqué—.

Quiero poder verte, abrazarte tan solo una vez, arroparte en una noche de frío… solo… llévame.

La figura de luz parpadeó.

El tono de su voz etéreo se transformó en una punzada de reproche, el más cruel de todos.

—¿Abandonarás a papá y… a Diana?

¡¿Así de fácil?!

¡¿Así como seguiste adelante sin mí?!

Ese dardo, el más cruel, el de la traición a mi nuevo vínculo, rompió el hechizo del dolor.

—Yo no seguí adelante sin ti.

—No te abandoné —respondí, mi voz era ahora un hilo de acero envuelto en seda mojada por las lágrimas—.

No te entregué… y definitivamente… no te olvidé, no seguí adelante sin ti.

El llanto se detuvo.

Recordé a Diana y a Víktor.

Con su imagen, volvieron a mí las palabras de la Dama de la Noche.

«Tejedora».

Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, la furia de mi amor por ellos tres me devolvió la fuerza.

Me levanté, mi mirada encontrando la de la pequeña figura de luz.

—Nunca renuncié a ti —dije, mi voz temblaba, pero se elevó, adquiriendo la firmeza del viento que se niega a ser detenido—.

Te amo más de lo que las palabras pueden expresar.

Y sí, me entregué al fuego, pero no te sacrifiqué…Creí que me consumiría yo.

Cuando tu papa dijo que sacrificaríamos nuestro amor, jamás, ni por un momento pensé que tu serias el precio, no sabia que en mi cuerpo ya eras una posibilidad y una realidad en el flujo de la magia…en mi mente eras un plan a futuro, un ideal.

Ahora, eres un eco, eres una herida en el alma, sí, pero también eres calor en mi corazón, eres fuerza y esperanza.

Tu pérdida no fue en vano.

Extendí mi mano, la mano de la tejedora, y sentí los hilos invisibles del mundo, los que el Djinn intentó cortar.

Vi el hilo dorado de su eco, aún enredado a mi corazón.

Vi los hilos plateado y rojo que me unían a Víktor y a Diana, más fuertes que nunca.

—Tu existencia no terminó esa noche, Alun’diel.

Se transformó.

Tu eco, tu amor, se convirtió en el ancla que nos salvó a los tres.

Es el guardián de nuestro vínculo.

No te perdí.

Ahora vives en los tres.

Nos proteges.

La figura de luz dejó de temblar.

El dolor en su voz etérea se suavizó, transformándose en una tonada serena.

Había sido convencido por la verdad, por la honestidad de mi amor que elegía la realidad, por dolorosa que fuera.

—¿Entonces seguiremos juntos?

—preguntó, con la voz quebrada.

—Siempre, Alun’diel —respondí, y mi voz era el eco de la promesa de la Bansheaver —.

Siempre.

La figura brillante, se acercó y rozó mi mejilla con su mano de luz, un tacto cálido y lleno de amor que se sintió como el adiós que nunca tuvimos.

Luego, se disolvió, no en la nada, sino de vuelta en mi pecho.

Ya no era una herida, era una estrella tranquila en mi interior.

La prueba había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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