El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 13
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13: Capítulo 13: Soledad 13: Capítulo 13: Soledad (Diana) El golpe de la oscuridad fue diferente a las explosiones de furia de Víktor o al frío punzante de Samara.
Para mí, no fue un ataque, sino una ausencia.
No veía nada.
Solo una niebla espesa y gris a un par de pasos de mí.
El camino, el bosque, el cielo…
todo había desaparecido.
Estaba atrapada en la nada.
El peor castigo para la Nextherian, para la criatura del movimiento y la adaptación: la quietud absoluta.
—¡Víktor!
¡Samara!
—grité, mi voz temblando.
Silencio.
Un silencio tan absoluto que podía oír el latido frenético de mi propio corazón, sonando desesperado en la inmensidad.
Grité de nuevo, una y otra vez, hasta que mi garganta se sintió en carne viva.
Nada.
Estaba sola.
Completamente sola.
El Lycan y la Banshee habían desaparecido, y el Djinn me había dejado con mi miedo más puro.
El miedo, ese que siempre lograba ahuyentar con bromas, ruido o transformaciones repentinas, me cayó encima como un baldazo de agua helada que no se quitaba, empapándome hasta los huesos.
Mi peor pesadilla no eran los monstruos ni los coleccionistas.
Era esto.
El silencio.
La soledad.
La irrelevancia.
Las preguntas inundaban mi mente, y sabía que eran las flechas que el Djinn había planeado para mí.
¿Y si no vienen?
¿Y si no quieren venir?… Víktor es fuerte, seguro salvará a Samara…
pero…
¿me salvará a mí?
¿Y si con Samara y él es suficiente?
¿Y si, en el fondo, yo no soy más que el ruido de fondo, la adición caótica que no necesitaban?
Me dejé caer al suelo, abrazándome las rodillas, temblando.
Por un instante, me hundí sin luchar.
La verdad era que, sin ellos, no era nada.
Solo era el caos.
Sin su luz, la estabilidad de Víktor y la certeza de Samara, yo no brillaba; solo era el desorden, me quede tendida por horas, perdida en la furia de mis pensamientos…
¿Cómo podrían amar a este desastre?
Soy un caos andante, un manojo de energías cambiantes.
No puedo ser el equilibrio que ellos necesitan, a pesar de lo que dijo Caelum.
Yo soy todo menos equilibrio… Samara es la persona más increíble que conozco, seguro superó su prueba… vendrá por mí… lo hará… ¿cierto?
La duda me desgarró.
Era el veneno del Djinn: dependencia.
No.
No puedo.
No debo depender de ella ni de él, por mucho que los ame.
Sé que me ayudarían si pudieran…
yo salté al fuego por ellos, ellos harían lo mismo por mí.
La verdad estaba clara, pero la prueba era que yo tenía que ser capaz de creérmelo, incluso estando sola.
Debo liberarme, necesito encontrarlos.
No quiero estar sola, pero no puedo esperar a que ellos me salven, tal vez… tal vez son ellos los que me necesitan a mí.
Corrí tanto como pude, buscando…gritando.
Mis piernas pedían un descanso, pero no podía detenerme, no sin encontrarlos primero.
La niebla entonces se convirtió en una pared pegajosa que no me dejaba avanzar.
El Vínculo… estaba en silencio.
No había voces, no había sentimientos, por más que intentaba concentrarme, algún pensamiento absurdo me distraía: ¿Debería haber traído más comida?
¿traigo atuendos adecuados para la montaña?
El Djinn estaba usando mi propia naturaleza caótica para ahogarme.
Tenía que parar.
Si usaba el caos de la Therian, la niebla solo se haría más espesa.
Cerré los ojos, deteniendo mis pasos.
Mi mente frenética era mi peor enemigo.
Pero entonces, recordé el baile sobre el lago.
No la magia, sino la sensación de ser una nube con Samara, tan ligera y libre.
Recordé la carrera por el Bosque Oscuro, corriendo al lado de Víktor, no detrás de él, sintiendo que mis piernas eran tan fuertes como sus patas.
Recordé sus risas, el calor de sus manos, recordé como ambos se dieron el tiempo de hacer el amor conmigo a solas.
No eran solo ellos.
Yo no era una intrusa…Éramos nosotros.
Me concentré.
Busqué en mi interior, no un animal en el que transformarme, sino esa sensación.
El vínculo…
silencio.
Nada.
Intenté meditar, como me enseñó Samara, pero con mi propia versión.
Dejé la mente en blanco y en mi corazón, solo ellos.
No sus rostros o sus poderes.
Solo la emoción de la certeza.
Lo sentí.
El vínculo parpadeaba.
Estaba débil, distorsionado, pero estaba ahí, latente.
Me aferré a él con todas mis fuerzas, no como una víctima que suplica, sino como el ancla que debía ser.
No grité sus nombres.
Simplemente proyecté mi amor.
Proyecté mi confianza.
Proyecté la certeza de que, aunque no pudiera verlos ni oírlos, ellos estaban ahí, luchando, igual que yo.
«Estoy aquí», susurré, no con la voz, sino con el alma.
«Voy a encontrarlos.
No están solos.
Y yo no estoy sola».
La niebla no se disipó de golpe.
Comenzó a retroceder lentamente, como una marea que se retira, revelando el camino, los árboles, el sol.
La realidad regresó en capas, un regalo bienvenido.
Parpadeé.
El sol de la tarde brillaba de nuevo.
A unos metros, vi a Samara de rodillas, con el rostro bañado en lágrimas, pero con una sonrisa serena.
Y a Víktor, de pie, mirando al cielo, con los puños cerrados, pero en calma.
Corrimos el uno hacia el otro, un encuentro desesperado de tres almas que volvían del abismo.
Nos abrazamos con fuerza, sintiendo el latido de los otros, anclándonos en la realidad.
La mía, la de ellos.
El Djinn seguía allí, observándonos con su sonrisa torcida.
—Interesante —dijo, su voz melódica rompiendo nuestro reencuentro—.
Han enfrentado sus propias sombras.
Veremos cómo enfrentan las de los demás.
Con un último gesto de burla, su figura se disolvió en una nube de humo y arena, dejando el camino libre y un silencio cargado de nuevas cicatrices.
Pero también, de una fuerza que no sabíamos que poseíamos.
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