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El aullido y el lamento 2: La sinfonia del vínculo - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 Campamento
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14: Capítulo 14: Campamento 14: Capítulo 14: Campamento (Víktor) El Guardián se desvaneció, pero el eco de su prueba permaneció, una herida abierta en la quietud de la tarde.

El silencio que dejó atrás era pesado, lleno de los fantasmas que acabábamos de enfrentar.

Nos quedamos abrazados por un momento, anclándonos en la realidad, en el calor de los otros.

Fui el primero en separarme, aunque cada fibra de mi ser se negaba a hacerlo.

—Tenemos que irnos de aquí —dije, mi voz sonaba ronca, extraña.

El camino de vuelta al coche fue silencioso.

Caminábamos pegados, nuestros hombros rozándose, como si temiéramos que la distancia pudiera permitir que la oscuridad del Djinn se filtrara de nuevo entre nosotros.

Una vez dentro, el peso de nuestras confesiones llenó el coche.

Arranqué el motor, su ronroneo un sonido mundano en medio de nuestra tormenta interna.

Mi intención era seguir, llegar a Rocagris, aferrarme al plan.

Pero al mirar sus rostros, vi lo mismo que sentía yo: una fragilidad que no podíamos ignorar.

—¿Qué…

qué fue lo que vieron?

—preguntó Diana, su voz un susurro tembloroso.

Samara, sentada a mi lado, se estremeció.

Tomé su mano, y sus dedos fríos se aferraron a los míos.

—Era Alun’diel —dijo, con la voz quebrada—.

O una versión de él, nacida de mi culpa.

Me preguntó por qué lo había dejado ir…

por qué lo había sacrificado.

Apreté su mano con más fuerza, sintiendo una punzada de su dolor a través del vínculo.

Diana sollozó en el asiento trasero.

—Yo…

yo estaba sola —confesó—.

Completamente.

No había nada.

Grité y grité…

y nadie respondió.

Pensé…

pensé que no vendrían por mí.

Que ustedes, seguirían adelante sin mí.

Me giré para mirarla.

La imagen de su terror, de su soledad absoluta, me golpeó con la fuerza de un puñetazo.

—Eso nunca pasaría —dije con una ferocidad que me sorprendió a mí mismo.

Les conté mi propia batalla.

El lobo, la personificación de mi antigua furia, la impotencia de no poder conectar con la tierra, y la aterradora revelación de que, para ganar, no tenía que destruirlo, sino aceptarlo.

Aún falta mucho para el siguiente pueblo, y sabía, con una certeza absoluta, que no estábamos en condiciones de seguir.

Fue entonces que lo vi, a un lado del camino, un pequeño sendero de terracería que se perdía entre los árboles, una invitación a salir de la carretera principal.

Sin pensarlo dos veces, giré el volante, abandonando el asfalto.

Necesitábamos un respiro.

El coche se internó en una pequeña zona boscosa hasta que el camino se desvaneció en un claro cubierto de pasto.

Detuve el motor.

—Acamparemos aquí esta noche —propuse.

Mi voz sonaba más a una súplica que a una orden.

Las chicas asintieron en silencio.

Montamos el campamento con una eficiencia automática, nuestros cuerpos moviéndose por costumbre mientras nuestras mentes seguían a la deriva.

Sacamos algunas provisiones, encendimos una fogata.

El crepitar de las llamas comenzó a ahuyentar el frío antinatural que se nos había pegado a los huesos.

Cuando todo estuvo listo, me giré.

Samara y Diana estaban paradas juntas, hombro con hombro, mirando fijamente las llamas danzantes.

Sus miradas estaban vacías, perdidas en el recuerdo de sus pesadillas.

Parecían derrotadas.

El corazón se me encogió.

El miedo que había sentido en la ilusión —el terror de no sentir el vínculo con claridad, de perderlas— volvió con una fuerza abrumadora.

Avancé hasta quedar frente a ellas.

Sus miradas estaban perdidas en el fuego, sus hombros caídos por un peso invisible.

Gentilmente, tomé sus manos, una en cada una de las mías, y tiré de ellas con suavidad hasta que sus cuerpos se encontraron con el mío.

Las envolví con mis brazos, atrayéndolas a un abrazo frontal, un nudo de tres cuerpos buscando calor y refugio.

—Las amo —susurré, mi voz quebrada por la emoción—.

Más que a nada.

No sentir el vínculo con claridad…

fue aterrador.

Sentí cómo ambas se aferraban a mí, sus manos buscando mis brazos, aferrándose a mí.

—Ya he perdido demasiado —murmuró Samara contra mi hombro—.

No los perderé a ustedes también.

Diana, entre lágrimas silenciosas, levantó la cabeza, su mejilla presionada contra mi pecho.

—No permitiré que nada ni nadie nos intente alejar de nuevo.

En el instante en que pronunció esas palabras, una promesa forjada en el miedo y el amor, algo cambió.

Una luz suave comenzó a emanar de nosotros.

Un resplandor rojo e intenso brotó de mi pecho, el color de la furia y la pasión ahora convertidos en protección.

Un aura verde y serena envolvió a Samara, el eco de la vida y la muerte en perfecto equilibrio.

Y de Diana, surgió una chispa plateada y vibrante, la luz del nexo, del corazón que nos unía.

Las tres luces se encontraron en el centro de nuestro abrazo, entrelazándose, fusionándose en un solo torrente de energía pura que nos envolvió en un halo cálido y protector.

No fue una explosión de poder.

Fue una comunión.

Y en el centro de todo, sentí un cuarto calor, una brasa dorada y serena.

Alun’diel.

Estaba allí, no como una luz propia, sino como el corazón silencioso que alimentaba nuestro fuego.

El dolor no desapareció, pero ya no quemaba.

La soledad se disipó, reemplazada por una certeza absoluta de pertenencia.

La furia se calmó, integrada en una fuerza serena y protectora.

Nos quedamos así, bajo la luz de nuestra propia magia, sanando juntos en el corazón del bosque, un solo ser con tres latidos, más fuertes que cualquier sombra que se atreviera a interponerse en nuestro camino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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